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Visita de Juan Pablo II a la Iglesia de San Salvatore in Onda, el 22 de junio de 1986

“Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 22 (21), 23)

 

El Domingo, 22 de junio de 1986 el Santo Padre Juan Pablo II acudió a la pequeña Iglesia de San Salvatore in Onda, para visitar a la familia palotina. Oró frente a los restos de nuestro fundador, presidió una liturgia de la Palabra y luego pronunció la homilía que ofrecemos a continuación.

 

Traducción de Raúl Llusá

 

Ver texto en italiano

 

 

“Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 22 (21), 23)

 

Estas palabras del salmo 21 las recitó Jesús sobre la cruz, y, como mediador entre el hombre y Dios, continúa proclamándolas hoy, en esta celebración eucarística. Él continúa anunciando el nombre de Dios, ejercitando su tarea de definitivo revelador del Padre en medio de la asamblea, que es la Iglesia de la cual El es la cabeza; continúa alabando a Dios, invitando a todos los pueblos, que ha redimido con su sangre, a darle gloria, a volver a Él mediante la conversión interior.

Análogas palabras y análoga invitación sentimos hoy resonar en este templo, como si viniesen de un gran seguidor de Jesucristo, San Vicente Pallotti, que en toda su vida fue un incansable anunciador del mensaje de salvación del Evangelio.

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo : deseo compartir con todos ustedes, miembros de la familia palotina y devotos admiradores de San Vicente Pallotti, la sincera alegría de encontrarle junto a ustedes y de celebrar el sacrificio de la Santa Misa sobre este altar, que custodia la más preciosa reliquia de vuestro santo fundador.

He venido en visita a este lugar y a esta comunidad porque mi historia personal posee muchos e importantes encuentros con los hijos espirituales de san Vicente Pallotti. Wadowice, mi ciudad natal, es la cuna de los palotinos polacos: frecuentes fueron mis contactos con ellos, en mi juventud y especialmente durante mi ministerio sacerdotal y episcopal. Pero un motivo particular me liga a esta comunidad. Aún hoy recuerdo, no sin emoción y gratitud, aquél día en el lejano 1946 cuando, joven sacerdote, llegué a Roma para perfeccionar mis estudios en los Ateneos Pontificios, y fui acogido en esta comunidad. No obstante mi estadía no fue muy larga, fue suficiente para no olvidar más el clima de serena fraternidad que se respiraba.

 

Pero mi visita de hoy encuentra su motivación más profunda en mi admiración por la persona y por la obra de vuestro santo fundador, admiración que se ha hecho más intensa en mi frecuente contacto con un ilustre hermano vuestro, que recuerdo con gran nostalgia: el Padre Guillermo Moler, por muchos años Rector General de vuestra Congregación y también miembro del Pontificio Consejo para los Laicos. Durante el Concilio Vaticano II hemos trabajado juntos en la preparación del Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam Actuositatem, en el cual se halla la solemne confirmación de la validez de la idea del apostolado católico, intuida y proclamada ya en el siglo XIX por Vicente Pallotti.

Mi visita quiere ser, por tanto, un acto de reconocimiento a vuestro fundador, este santo sacerdote romano que fue llamado por mi inolvidable predecesor Juan XXIII “un ejemplo de insigne santidad que en su tiempo… ha hecho honor a la consigna que le venía de la pertenencia al clero de la primera diócesis de la catolicidad… incansable apóstol, director de conciencias, suscitador de entusiasmos santos, magnífico en múltiples empresas” (Discorsi, Messaggi, Colloqui, V, pp. 86. 90).

En este rendir homenaje quisiera también reflexionar  junto con ustedes, queridos hermanos y hermanas, sobre el origen y la fuerza motriz de vuestro carisma. Vicente Pallotti deseaba vivir en continua y siempre más intensa comunión con Cristo, alpunro de querer ser totalmente transformado en él. Solía repetir muchas veces esta plegaria, que hacía entrever la grandeza de su corazón de cristiano y de sacerdote: “Sea destruida mi vida, y que la vida de Jesucristo sea mi vida” (Opere complete, X, 158 ss.).

 

En su cotidiano contacto con el Señor mediante la plegaria constante, la escucha contemplativa de la Palabra de Dios, la celebración edificante de la Eucaristía y del sacramento de la Reconciliación, el tuvo propiamente los sentimientos de Cristo, que anhelaba salvar a todos los hombres y reconducirlos al Padre. En el corazón sacerdotal de Vicente Pallotti resonaban los latidos del corazón de Jesús, el buen pastor que busca a la oveja perdida. Sumergiéndose en la contemplación del mandamiento de la caridad a Dios y al prójimo Vicente Pallotti comprende que es imposible amar a Dios sin amar al prójimo, y que no se puede amar verdaderamente al prójimo sin empeñarse en su salvación eterna.

Abriéndose a este amor de Dios, derramado en el corazón por el Espíritu Santo, empujado por la caridad de Cristo, trabajó sin descanso por la salvación eterna de todos los hombres. Del amor salvífico de Cristo nace así el apostolado católico.  Vicente Pallotti trabajó incansablemente para renovar la fe y reencender el amor entre todos los católicos, tornándolos apóstoles de Cristo, testigos generosos de la fe y de una auténtica dedicación a los hermanos, en particular los pobres y necesitados. Reviviendo el mensaje del libro de Isaías (Is 58, 7-8. 10-11), concerniente al verdadero culto a rendir a Dios, él multiplicaba las iniciativas para para estimular a los cristianos a ver en el hermano marginado y debilitado  el rostro sufriente de Jesús. Al mismo tiempo estaba convencido de que, en la base de la autodonación a los hermanos, era necesario poner el amor a Dios, el amor superior de todos los carismas.  En tal sentido podía repetir con San Pablo: “Aunque reparta todos mis bienes, y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”. (1 Cor 13, 3): son las fuertes expresiones del Himno a la Caridad que hemos escuchado en esta Liturgia de la Palabra.

Vicente Pallotti estaba profundamente convencido de que sin la acción del Espíritu Santo no puede existir un auténtico apostolado en la Iglesia. Lo veía claramente en Jesucristo, que empujado por el Espíritu completa la obra de la Salvación (cf. Lc 4,18 ss.). Lo veía también en María Santísima, que abriéndose y abandonándose al Espíritu, se convierte no solo en la Madre del Apóstol del Padre, sino también en la madre de los discípulos de Cristo. Lo veía también en la comunidad del cenáculo, la comunidad que en obediencia al último deseo de Jesús permanece en oración a la espera del Espíritu.

 

Ustedes saben bien cuán importante fue para Vicente Pallotti el significado y el valor del cenáculo. Cuando todavía no era sacerdote, él hizo el propósito de permanecer siempre en el cenáculo con María y con todas las criaturas para recibir la abundancia del Espíritu Santo. Y cuando, no sin cierta incertidumbre, incomprensiones y pruebas, gestaba los fundamentos de su obra, él, en la comunidad del cenáculo penetrada por el Espíritu Santo descubría la verdadera naturaleza y el ideal de la propia fundación. He aquí un trozo de su testamento: “Habiendo terminado de escribir la Regla de la Pía Casa de la Caridad, leyendo en la vida de la santísima Virgen  cómo los apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, fueron a predicar el sacrosanto Evangelio en las diversas regiones del mundo, Nuestro Señor Jesucristo ha puesto en mi mente la verdadera idea de la naturaleza y obra de la Pía Sociedad: el propósito general del acrecentamiento, la defensa y la propagación de la piedad y de la fe católica” (Opere complete, III, 27).

 

Vuestro santo fundador ha ofrecido en sí el ejemplo de una persona que se abre al Espíritu, lo acoge con generosidad y se deja llenar por ese Espíritu, que es el alma de la Iglesia y la fuente de vida y de fuerza de cualquier apostolado; ha sentido la pasión ardiente por la salvación de las almas y, meditando frecuentemente sobre el pasaje evangélico concerniente a la misión de los apóstoles ha querido responder al desafiante pedido de Jesús: “La mies es mucha, pero los trabajadores son pocos. Pidamn al dueño del campo que mande obreros a la mies” (Lc. 10,2)

Vicente Palloti ha rezado mucho y obrado mucho para que Dios suscitase en la Iglesia numerosas y santas vocaciones y para que muchos jóvenes acogiesen con entusiasmo y generosidad la invitación de Jesús de ir por el mundo a anunciar: “Está cerca el Reino de Dios” (Lc. 10, 9)

Quisiera focalizar aún sobre otro aspecto significativo de la vida y de la actividad apostólica de San Vicente Pallotti, como es su filial, tierna y apasionada veneración a María santísima. Gran devoto de la Madonna, deseaba amarla infinitamente, si fuese posible, darle los títulos más bellos, amarla con el amor del padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Quería que la propia fundación fuese como un acto de obsequio a María santísima, erigida, con el título de Reina de los apóstoles, en celeste patrona de la Obra, para que ella obtuviese de Dios todos los dones necesarios a fin de que el apostolado católico existiese y fuese fecuindo en la Iglesia y se propagase rápidamente en todo el mundo, pero especialmente a fin de que “todos, laicos y eclesiásticos seculares y regulares de cualquier orden, estado y condición, tengan en María Santísima, después de Jesucristo, el más perfecto modelo del celo católico y de la perfecta caridad, puesto que ella trabajó tanto en las obras para la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas que, aunque no le fue confiado el ministerio sacerdotal, superó en mérito incluso a los apóstoles, porque lo mereció, por haber cooperado a la propagación de la santa fe, muy por encima de los apóstoles. (Vincenzo Pallotti, Opere complete, I, 6-7).

Siguiendo por lo tanto fiel y generosamente el ejemplo de vuestro santo fundador, amad a María, glorificad a María, invocad a María, imitad a María!

 

El encuentro de hoy no puede quedar en un simple recuerdo del pasado, sino que debe estimular a reflexionar sobre el presente y a proyectarse hacia el futuro. El amor de Cristo nos mueve a obrar incansablemente para que la Iglesia sea efectivamente la luz del mundo y la sal de la tierra, o, como enseña el Concilio vaticano II, “sacramento universal de salvación” (Lumen Pentium 48).

Si la idea de que todos los bautizados tienen el derecho y el deber de ser apóstoles, derecho y deber fundados en el propio “ser cristiano” (Apostolicam Actuositatem 3); si la idea del apostolado católico ya no suscita perplejidad y controversias como en el siglo XIX, aún su efectivo ejercicio en la Iglesia no es aquello que con razón se podría esperar, particularmente después de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

Quisiera repetir aquello que manifesté a los miembros de vuestro Capítulo General el 17 de noviembre de 1983: “Me complazco vivamente por este empeño que queréis asumir para responder siempre más generosamente a las exigencias  de la Iglesia en el espíritu de vuestro venerado fundador, para dar vida a aquella forma de apostolado que asocia a los fieles en la obra de evangelización y santificación que la Iglesia entera, en su cabeza y sus miembros, está llamada a llevar adelante en el mundo de hoy y de mañana”.

Continuad multiplicando vuestro empeño para que aquello que proféticamente anunció Vicente Pallotti, y el Concilio Vaticano II confirmó con autoridad, se transforme en una feliz realidad, y todos los cristianos sean auténticos apóstoles de Cristo en la Iglesia y en el mundo.

Amén.