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“Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 22 (21), 23)
Estas palabras del salmo 21 las recitó Jesús sobre la cruz, y,
como mediador entre el hombre y Dios, continúa proclamándolas
hoy, en esta celebración eucarística. Él continúa anunciando
el nombre de Dios, ejercitando su tarea de definitivo
revelador del Padre en medio de la asamblea, que es la Iglesia
de la cual El es la cabeza; continúa alabando a Dios,
invitando a todos los pueblos, que ha redimido con su sangre,
a darle gloria, a volver a Él mediante la conversión interior.
Análogas palabras y análoga invitación sentimos hoy resonar en
este templo, como si viniesen de un gran seguidor de
Jesucristo, San Vicente Pallotti, que en toda su vida fue un
incansable anunciador del mensaje de salvación del Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo : deseo compartir con
todos ustedes, miembros de la familia palotina y devotos
admiradores de San Vicente Pallotti, la sincera alegría de
encontrarle junto a ustedes y de celebrar el sacrificio de la
Santa Misa sobre este altar, que custodia la más preciosa
reliquia de vuestro santo fundador.
He venido en visita a este lugar y a esta comunidad porque mi
historia personal posee muchos e importantes encuentros con
los hijos espirituales de san Vicente Pallotti. Wadowice, mi
ciudad natal, es la cuna de los palotinos polacos: frecuentes
fueron mis contactos con ellos, en mi juventud y especialmente
durante mi ministerio sacerdotal y episcopal. Pero un motivo
particular me liga a esta comunidad. Aún hoy recuerdo, no sin
emoción y gratitud, aquél día en el lejano 1946 cuando, joven
sacerdote, llegué a Roma para perfeccionar mis estudios en los
Ateneos Pontificios, y fui acogido en esta comunidad. No
obstante mi estadía no fue muy larga, fue suficiente para no
olvidar más el clima de serena fraternidad que se respiraba.
Pero mi visita de hoy encuentra su motivación más profunda en
mi admiración por la persona y por la obra de vuestro santo
fundador, admiración que se ha hecho más intensa en mi
frecuente contacto con un ilustre hermano vuestro, que
recuerdo con gran nostalgia: el Padre Guillermo Moler, por
muchos años Rector General de vuestra Congregación y también
miembro del Pontificio Consejo para los Laicos. Durante el
Concilio Vaticano II hemos trabajado juntos en la preparación
del Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam
Actuositatem, en el cual se halla la solemne confirmación de
la validez de la idea del apostolado católico, intuida y
proclamada ya en el siglo XIX por Vicente Pallotti.
Mi visita quiere ser, por tanto, un acto de reconocimiento a
vuestro fundador, este santo sacerdote romano que fue llamado
por mi inolvidable predecesor Juan XXIII “un ejemplo de
insigne santidad que en su tiempo… ha hecho honor a la
consigna que le venía de la pertenencia al clero de la primera
diócesis de la catolicidad… incansable apóstol, director de
conciencias, suscitador de entusiasmos santos, magnífico en
múltiples empresas” (Discorsi, Messaggi, Colloqui, V,
pp. 86. 90).
En este rendir homenaje quisiera también reflexionar junto
con ustedes, queridos hermanos y hermanas, sobre el origen y
la fuerza motriz de vuestro carisma. Vicente Pallotti deseaba
vivir en continua y siempre más intensa comunión con Cristo,
alpunro de querer ser totalmente transformado en él. Solía
repetir muchas veces esta plegaria, que hacía entrever la
grandeza de su corazón de cristiano y de sacerdote: “Sea
destruida mi vida, y que la vida de Jesucristo sea mi vida” (Opere
complete, X, 158 ss.).
En su cotidiano contacto con el Señor mediante la plegaria
constante, la escucha contemplativa de la Palabra de Dios, la
celebración edificante de la Eucaristía y del sacramento de la
Reconciliación, el tuvo propiamente los sentimientos de
Cristo, que anhelaba salvar a todos los hombres y
reconducirlos al Padre. En el corazón sacerdotal de Vicente
Pallotti resonaban los latidos del corazón de Jesús, el buen
pastor que busca a la oveja perdida. Sumergiéndose en la
contemplación del mandamiento de la caridad a Dios y al
prójimo Vicente Pallotti comprende que es imposible amar a
Dios sin amar al prójimo, y que no se puede amar
verdaderamente al prójimo sin empeñarse en su salvación
eterna.
Abriéndose a este amor de Dios, derramado en el corazón por el
Espíritu Santo, empujado por la caridad de Cristo, trabajó sin
descanso por la salvación eterna de todos los hombres. Del
amor salvífico de Cristo nace así el apostolado católico.
Vicente Pallotti trabajó incansablemente para renovar la fe y
reencender el amor entre todos los católicos, tornándolos
apóstoles de Cristo, testigos generosos de la fe y de una
auténtica dedicación a los hermanos, en particular los pobres
y necesitados. Reviviendo el mensaje del libro de Isaías (Is
58, 7-8. 10-11), concerniente al verdadero culto a rendir a
Dios, él multiplicaba las iniciativas para para estimular a
los cristianos a ver en el hermano marginado y debilitado el
rostro sufriente de Jesús. Al mismo tiempo estaba convencido
de que, en la base de la autodonación a los hermanos, era
necesario poner el amor a Dios, el amor superior de todos los
carismas. En tal sentido podía repetir con San Pablo: “Aunque
reparta todos mis bienes, y entregue mi cuerpo a las llamas,
si no tengo caridad, nada me aprovecha”. (1 Cor 13, 3):
son las fuertes expresiones del Himno a la Caridad que hemos
escuchado en esta Liturgia de la Palabra.
Vicente Pallotti estaba profundamente convencido de que sin la
acción del Espíritu Santo no puede existir un auténtico
apostolado en la Iglesia. Lo veía claramente en Jesucristo,
que empujado por el Espíritu completa la obra de la Salvación
(cf. Lc 4,18 ss.). Lo veía también en María Santísima,
que abriéndose y abandonándose al Espíritu, se convierte no
solo en la Madre del Apóstol del Padre, sino también en la
madre de los discípulos de Cristo. Lo veía también en la
comunidad del cenáculo, la comunidad que en obediencia al
último deseo de Jesús permanece en oración a la espera del
Espíritu.
Ustedes saben bien cuán importante fue para Vicente Pallotti
el significado y el valor del cenáculo. Cuando todavía no era
sacerdote, él hizo el propósito de permanecer siempre en el
cenáculo con María y con todas las criaturas para recibir la
abundancia del Espíritu Santo. Y cuando, no sin cierta
incertidumbre, incomprensiones y pruebas, gestaba los
fundamentos de su obra, él, en la comunidad del cenáculo
penetrada por el Espíritu Santo descubría la verdadera
naturaleza y el ideal de la propia fundación. He aquí un trozo
de su testamento: “Habiendo terminado de escribir la Regla de
la Pía Casa de la Caridad, leyendo en la vida de la santísima
Virgen cómo los apóstoles, después de la venida del Espíritu
Santo, fueron a predicar el sacrosanto Evangelio en las
diversas regiones del mundo, Nuestro Señor Jesucristo ha
puesto en mi mente la verdadera idea de la naturaleza y obra
de la Pía Sociedad: el propósito general del acrecentamiento,
la defensa y la propagación de la piedad y de la fe católica”
(Opere complete, III, 27).
Vuestro santo fundador ha ofrecido en sí el ejemplo de una
persona que se abre al Espíritu, lo acoge con generosidad y se
deja llenar por ese Espíritu, que es el alma de la Iglesia y
la fuente de vida y de fuerza de cualquier apostolado; ha
sentido la pasión ardiente por la salvación de las almas y,
meditando frecuentemente sobre el pasaje evangélico
concerniente a la misión de los apóstoles ha querido responder
al desafiante pedido de Jesús: “La mies es mucha, pero los
trabajadores son pocos. Pidamn al dueño del campo que mande
obreros a la mies” (Lc. 10,2)
Vicente Palloti ha rezado mucho y obrado mucho para que Dios
suscitase en la Iglesia numerosas y santas vocaciones y para
que muchos jóvenes acogiesen con entusiasmo y generosidad la
invitación de Jesús de ir por el mundo a anunciar: “Está cerca
el Reino de Dios” (Lc. 10, 9)
Quisiera focalizar aún sobre otro aspecto significativo de la
vida y de la actividad apostólica de San Vicente Pallotti,
como es su filial, tierna y apasionada veneración a María
santísima. Gran devoto de la Madonna, deseaba amarla
infinitamente, si fuese posible, darle los títulos más bellos,
amarla con el amor del padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Quería que la propia fundación fuese como un acto de obsequio
a María santísima, erigida, con el título de Reina de los
apóstoles, en celeste patrona de la Obra, para que ella
obtuviese de Dios todos los dones necesarios a fin de que el
apostolado católico existiese y fuese fecuindo en la Iglesia y
se propagase rápidamente en todo el mundo, pero especialmente
a fin de que “todos, laicos y eclesiásticos seculares y
regulares de cualquier orden, estado y condición, tengan en
María Santísima, después de Jesucristo, el más perfecto modelo
del celo católico y de la perfecta caridad, puesto que ella
trabajó tanto en las obras para la mayor gloria de Dios y la
salvación de las almas que, aunque no le fue confiado el
ministerio sacerdotal, superó en mérito incluso a los
apóstoles, porque lo mereció, por haber cooperado a la
propagación de la santa fe, muy por encima de los apóstoles. (Vincenzo
Pallotti, Opere complete, I, 6-7).
Siguiendo por lo tanto fiel y generosamente el ejemplo de
vuestro santo fundador, amad a María, glorificad a María,
invocad a María, imitad a María!
El encuentro de hoy no puede quedar en un simple recuerdo del
pasado, sino que debe estimular a reflexionar sobre el
presente y a proyectarse hacia el futuro. El amor de Cristo
nos mueve a obrar incansablemente para que la Iglesia sea
efectivamente la luz del mundo y la sal de la tierra, o, como
enseña el Concilio vaticano II, “sacramento universal de
salvación” (Lumen Pentium 48).
Si la idea de que todos los bautizados tienen el derecho y el
deber de ser apóstoles, derecho y deber fundados en el propio
“ser cristiano” (Apostolicam Actuositatem 3); si la idea del
apostolado católico ya no suscita perplejidad y controversias
como en el siglo XIX, aún su efectivo ejercicio en la Iglesia
no es aquello que con razón se podría esperar, particularmente
después de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Quisiera repetir aquello que manifesté a los miembros de
vuestro Capítulo General el 17 de noviembre de 1983: “Me
complazco vivamente por este empeño que queréis asumir para
responder siempre más generosamente a las exigencias de la
Iglesia en el espíritu de vuestro venerado fundador, para dar
vida a aquella forma de apostolado que asocia a los fieles en
la obra de evangelización y santificación que la Iglesia
entera, en su cabeza y sus miembros, está llamada a llevar
adelante en el mundo de hoy y de mañana”.
Continuad multiplicando vuestro empeño para que aquello que
proféticamente anunció Vicente Pallotti, y el Concilio
Vaticano II confirmó con autoridad, se transforme en una feliz
realidad, y todos los cristianos sean auténticos apóstoles de
Cristo en la Iglesia y en el mundo.
Amén.
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