Hacia las Cumbres Liber et Sapientia Fe y Razón Cerros del  Sur Rutas Argentinas Fotos UAC

Reflexiones sobre el carisma palotino

Reflexiones sobre el carisma palotino

 

Para empezar a presentar el carisma puede servirnos muy bien un lema que no pocas veces ha presidido nuestros encuentros: Juntos para evangelizar.

Este lema resalta dos ideas: las de unidad y apostolado.

 

En efecto: en la Unión del Apostolado Católico nos unimos en comunidad para emprender, juntos, una actividad apostólica, por aquello que decía Pallotti: “El bien realizado en forma individual es escaso y a menudo no produce frutos, pero en cambio el que surge de la comunión es mas grande y duradero”.

 

De hecho, para esto nace la UAC. Pallotti necesitaba editar las Máximas Eternas de San Alfonso María de Ligorio, para enviar a Arabia, tierra de misión, y le pidió a un amigo y penitente suyo, el señor Giacomo Salvati, que hiciera una colecta para conseguir los fondos necesarios. El éxito de la colecta impulsó a Pallotti a llevar a cabo una idea que venía seduciéndolo desde hacía tiempo: la de fundar una sociedad de laicos, sacerdotes y religiosos a la que llamaría “Apostolado Católico”, y que buscaría aunar esfuerzos en aras de impulsar el apostolado en aquellos tiempos difíciles para la Iglesia.

 

Aquí tenemos, entonces, un primer elemento de nuestro carisma: trabajar juntos, en obras apostólicas. Juntos para evangelizar.

 

Hay un segundo rasgo en el carisma, que es la dimensión vocacional del apostolado universal. Jesús no nos llama a ser sola y simplemente cooperadores del apostolado de otros, sino apóstoles desde nuestra propia vocación, desde nuestro propio llamado personal. Esto tiene que ver con el estado de vida que elegimos (sacerdocio, vida consagrada, matrimonio, etc.), pero también con nuestros talentos, nuestros gustos, nuestras posibilidades, hasta nuestros bienes.

 

Todo lo que tenemos o somos, y es bueno, viene de Dios. Y todo lo que viene de Dios está llamado a retornar a Dios cristificado, redimido, transformado. Por eso lo que Dios nos da en clave de vocación, se plenifica y realiza totalmente cuando está ordenado a Dios como a su fin último.

 

Por lo mismo nuestros talentos, nuestras personales habilidades, las cosas que nos gusta hacer y que sabemos hacer, deben ser puestas en obra para la Gloria de Dios y la salvación de los hombres.

 

Todo está llamado a servir al Reino de Dios y al Pueblo de Dios: la vocación artística, los oficios, el talento para escribir, el trabajo periodístico, la vocación docente, los carismas especiales, todo aquello que hace de cada persona un factor de modificación y construcción del mundo.

 

Y así hemos tipificado un segundo elemento de nuestro carisma: Juntos para evangelizar, poniendo al servicio de esa tarea nuestros talentos, habilidades y gustos personales.

 

Un tercer elemento en el carisma es la convicción de que estas dos realidades que hemos mencionado surgen de una raíz, un lugar determinado: el de la corresponsabilidad de los bautizados en el despliegue del Reino que inauguró Cristo, corresponsabilidad fundada en la contemplación y la vivencia del amor misericordioso de Cristo. Es este amor que da la vida por la humanidad, el que nos urge -en una dinámica de seguimiento e imitación- a dar nuestra propia vida, urgidos por el amor de Cristo y llamados por el amor a los hombres, en un apostolado fecundo y comprometido.

 

Este llamado, entonces, involucra a todos. No solamente a aquellos y aquellas que han seguido a Cristo en una particular vocación en la vida consagrada. El bautismo configura al cristiano con Cristo, y con el bautismo todos nos incorporamos a la Iglesia, Misterio de Salvación, y por ende nos incorporamos a su misión celebrante y salvadora, por aquello de que el obrar sigue al ser de la cosa, y si soy Iglesia, y la Iglesia es misionera y apostólica, yo soy misionero y apóstol.

Y la confirmación, a la que el Cardenal Pironio definía como el Sacramento del Envío y la Misión, configura al cristiano con Cristo Apóstol. Por esto mismo cualquier bautizado, y mucho más si está confirmado, aunque no pertenezca al clero, aunque no forme parte de una congregación, orden religiosa, de un Instituto o Sociedad de Vida Apostólica,  está llamado a ejercer, en comunión con el resto de la Iglesia, el apostolado de Jesucristo. Los fieles laicos no son entonces, simplemente, meros ayudantes en el apostolado que realizan los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas. Tienen una responsabilidad propia.

Esto, por supuesto, no quiere decir que los laicos no puedan y aún deban ayudar y colaborar con sacerdotes, consagradas y consagrados en sus iniciativas apostólicas. Quiere decir simplemente que el fiel laico tiene una responsabilidad que le es propia, de la cual algún día deberá dar cuenta a Cristo, no al obispo de su diócesis.

 

Pero por lo mismo, los fieles laicos están llamados a un nuevo compromiso y una nueva madurez.

La redefinición del rol del fiel laico en la Iglesia, adelantada por la visión profética de Vicente Pallotti en el siglo XIX y confirmada por el Concilio Vaticano II en el siglo XX, fue vista a veces por cierto pensamiento laical como un derecho o una conquista, visión que es al menos incompleta.

Porque el apostolado católico es fundamentalmente un deber, una obligación que surge del amor de Cristo, y del mandato de Cristo.

Esta obligación no es sólo obligación a la acción evangelizadora y apostólica, sino además:

 

1.      A trabajar en profunda comunión con la Iglesia toda, con sus pastores, con su estructura, tanto jerárquica como carismática, con sus planes de pastoral.

2.      A capacitarse en una formación continua, ya que no se puede anunciar cualquier mensaje sino el mensaje de Cristo y el Evangelio de Cristo. Esta formación y esta capacitación debe ser acorde al trabajo que cada uno quiere y puede realizar en el apostolado de la Iglesia.

3.      A responsabilizarse por el trabajo asumido, y a perseverar en el propio compromiso.

 

En estos últimos tres puntos hay muchas veces un déficit debido a una incompleta teología del apostolado universal. Es quedarnos en los derechos sin pensar en las obligaciones y las responsabilidades concomitantes. Es pensar en la conquista de determinados roles sin asumir la madurez que es necesaria para ejercerlos.

 

De esta forma el carisma de la Unión del Apostolado Católico contempla evangelizar juntos, desde nuestra propia vocación, desde nuestra corresponsabilidad de bautizados, e impulsados por el amor de Cristo.

 

Pero hay otro elemento, sumamente importante, que completa el carisma:

Nosotros vivimos todas estas cosas como una riqueza que aporta mucho a la Iglesia. Y entonces buscamos entusiasmar a otros en estas convicciones: despertar estas certezas en otros bautizados, para que la Iglesia se ponga en movimiento con todas sus fuerzas, y cuanto antes llegue el día de la Unidad, el día de “un solo rebaño y un solo pastor”.

 

Entonces, como resumen, podríamos decir que el carisma de la Unión del Apostolado Católico nos convoca a trabajar juntos en el apostolado, para evangelizar, impulsados por el amor de Cristo y habiendo asumido nuestra condición de bautizados, con responsabilidad y sentido eclesial, desde nuestra vocación y nuestras propias habilidades, proponiendo a todos este camino y este desafío.

 

Si te sentís apóstol como consecuencia del amor misericordioso de Jesús…

si trabajás en la pastoral y el apostolado, en unidad y comunión con la Iglesia…

si lo hacés a partir de tus inclinaciones vocacionales…

y si te sentís llamado a despertar en otros tu misma vocación, entonces vos compartís nuestro carisma. El palotino:

 

  • Vive su cristianismo, como cualquier otro cristiano

  • Anuncia a Cristo con su palabra y su testimonio de vida, como cualquier otro cristiano.

  • Y despierta vocaciones apostólicas, impulsando a todos a trabajar en el apostolado de la Iglesia desde su propia vocación y carisma. Y este es el aporte propio de nuestra identidad.

 

Raúl F. Llusá