Reflexiones sobre el carisma palotino
Para empezar a presentar el
carisma puede servirnos muy bien un lema que no pocas veces ha
presidido nuestros encuentros:
Juntos para evangelizar.
Este lema resalta dos ideas: las
de unidad y apostolado.
En efecto: en la Unión del
Apostolado Católico nos unimos en comunidad para emprender,
juntos, una actividad apostólica, por aquello que decía
Pallotti: “El bien realizado en forma individual es escaso y a
menudo no produce frutos, pero en cambio el que surge de la
comunión es mas grande y duradero”.
De hecho, para esto nace la UAC. Pallotti necesitaba editar las
Máximas Eternas de San Alfonso María de Ligorio, para enviar a
Arabia, tierra de misión, y le pidió a un amigo y penitente suyo,
el señor Giacomo Salvati, que hiciera una colecta para conseguir
los fondos necesarios. El éxito de la colecta impulsó a Pallotti a
llevar a cabo una idea que venía seduciéndolo desde hacía tiempo:
la de fundar una sociedad de laicos, sacerdotes y religiosos a la
que llamaría “Apostolado Católico”, y que buscaría aunar esfuerzos
en aras de impulsar el apostolado en aquellos tiempos difíciles
para la Iglesia.
Aquí tenemos, entonces, un primer
elemento de nuestro carisma: trabajar juntos, en obras
apostólicas. Juntos para evangelizar.
Hay un segundo rasgo en el
carisma, que es la dimensión vocacional del apostolado
universal. Jesús no nos llama a ser sola y simplemente
cooperadores del apostolado de otros, sino apóstoles desde nuestra
propia vocación, desde nuestro propio llamado personal. Esto
tiene que ver con el estado de vida que elegimos (sacerdocio, vida
consagrada, matrimonio, etc.), pero también con nuestros talentos,
nuestros gustos, nuestras posibilidades, hasta nuestros bienes.
Todo lo que tenemos o somos, y es bueno, viene de Dios. Y todo lo
que viene de Dios está llamado a retornar a Dios cristificado,
redimido, transformado. Por eso lo que Dios nos da en clave de
vocación, se plenifica y realiza totalmente cuando está ordenado a
Dios como a su fin último.
Por lo mismo nuestros talentos,
nuestras personales habilidades, las cosas que nos gusta hacer y
que sabemos hacer, deben ser puestas en obra para
la Gloria de Dios y la salvación de los hombres.
Todo está llamado a servir al
Reino de Dios y al Pueblo de Dios: la vocación artística, los
oficios, el talento para escribir, el trabajo periodístico, la
vocación docente, los carismas especiales, todo aquello que hace
de cada persona un factor de modificación y construcción del
mundo.
Y así hemos tipificado un
segundo elemento de nuestro carisma: Juntos para evangelizar,
poniendo al servicio de esa tarea nuestros talentos, habilidades y
gustos personales.
Un tercer elemento en el carisma es la convicción de que estas dos
realidades que hemos mencionado surgen de una raíz, un lugar
determinado: el de la corresponsabilidad de los bautizados en
el despliegue del Reino que inauguró Cristo,
corresponsabilidad fundada en la contemplación y la vivencia del
amor misericordioso de Cristo. Es este amor que da la vida por
la humanidad, el que nos urge -en una dinámica de seguimiento e
imitación- a dar nuestra propia vida, urgidos por el amor de
Cristo y llamados por el amor a los hombres, en un apostolado
fecundo y comprometido.
Este llamado, entonces, involucra a todos. No solamente a aquellos
y aquellas que han seguido a Cristo en una particular vocación en
la vida consagrada. El bautismo configura al cristiano con Cristo,
y con el bautismo todos nos incorporamos a la Iglesia,
Misterio de Salvación, y por ende nos incorporamos a su misión
celebrante y salvadora, por aquello de que el obrar sigue
al ser de la cosa, y si soy Iglesia, y la Iglesia es misionera
y apostólica, yo soy misionero y apóstol.
Y la confirmación, a la que el Cardenal Pironio definía como el
Sacramento del Envío y la Misión, configura al cristiano con
Cristo Apóstol. Por esto mismo cualquier bautizado, y mucho más si
está confirmado, aunque no pertenezca al clero, aunque no forme
parte de una congregación, orden religiosa, de un Instituto o
Sociedad de Vida Apostólica, está llamado a ejercer, en comunión
con el resto de la Iglesia, el apostolado de Jesucristo. Los
fieles laicos no son entonces, simplemente, meros ayudantes en el
apostolado que realizan los obispos, sacerdotes, diáconos,
consagrados y consagradas. Tienen una responsabilidad propia.
Esto, por supuesto, no quiere decir que los laicos no puedan y aún
deban ayudar y colaborar con sacerdotes, consagradas y consagrados
en sus iniciativas apostólicas. Quiere decir simplemente que el
fiel laico tiene una responsabilidad que le es propia, de la cual
algún día deberá dar cuenta a Cristo, no al obispo de su diócesis.
Pero por lo mismo, los fieles
laicos están llamados a un nuevo compromiso y una nueva madurez.
La redefinición del rol del fiel laico en la Iglesia, adelantada
por la visión profética de Vicente Pallotti en el siglo XIX y
confirmada por el Concilio Vaticano II en el siglo XX, fue vista a
veces por cierto pensamiento laical como un derecho o una
conquista, visión que es al menos incompleta.
Porque el apostolado católico es fundamentalmente un deber, una
obligación que surge del amor de Cristo, y del mandato de Cristo.
Esta obligación no es sólo obligación a la acción evangelizadora y
apostólica, sino además:
1.
A trabajar en profunda comunión con la
Iglesia toda, con sus pastores, con su estructura, tanto
jerárquica como carismática, con sus planes de pastoral.
2.
A capacitarse en una formación continua, ya
que no se puede anunciar cualquier mensaje sino el mensaje de
Cristo y el Evangelio de Cristo. Esta formación y esta
capacitación debe ser acorde al trabajo que cada uno quiere y
puede realizar en el apostolado de la Iglesia.
3.
A responsabilizarse por el trabajo asumido,
y a perseverar en el propio compromiso.
En estos últimos tres puntos hay muchas veces un déficit debido a
una incompleta teología del apostolado universal. Es quedarnos en
los derechos sin pensar en las obligaciones y las
responsabilidades concomitantes. Es pensar en la conquista de
determinados roles sin asumir la madurez que es necesaria para
ejercerlos.
De esta forma el carisma de la Unión del Apostolado Católico
contempla evangelizar juntos, desde nuestra propia vocación,
desde nuestra corresponsabilidad de bautizados, e impulsados por
el amor de Cristo.
Pero hay otro elemento, sumamente importante, que completa el
carisma:
Nosotros vivimos todas estas cosas como una riqueza que aporta
mucho a la Iglesia. Y entonces buscamos entusiasmar a otros en
estas convicciones: despertar estas certezas en otros bautizados,
para que la Iglesia se ponga en movimiento con todas sus fuerzas,
y cuanto antes llegue el día de la Unidad, el día de “un solo
rebaño y un solo pastor”.
Entonces, como resumen, podríamos decir que el carisma de la
Unión del Apostolado Católico nos convoca a trabajar juntos en el
apostolado, para evangelizar, impulsados por el amor de Cristo y
habiendo asumido nuestra condición de bautizados, con
responsabilidad y sentido eclesial, desde nuestra vocación y
nuestras propias habilidades, proponiendo a todos este camino y
este desafío.
Si te sentís apóstol como
consecuencia del amor misericordioso de Jesús…
si trabajás en la pastoral y el
apostolado, en unidad y comunión con la Iglesia…
si lo hacés a partir de tus
inclinaciones vocacionales…
y si te sentís llamado a despertar
en otros tu misma vocación, entonces vos compartís nuestro
carisma. El palotino:
-
Vive su cristianismo, como
cualquier otro cristiano
-
Anuncia a Cristo con su palabra
y su testimonio de vida, como cualquier otro cristiano.
-
Y despierta vocaciones
apostólicas, impulsando a todos a trabajar en el apostolado de
la Iglesia desde su propia vocación y carisma. Y este es el
aporte propio de nuestra identidad.
Raúl F. Llusá
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