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¿Quienes son los palotinos?

 

Hablar de palotinos, o de palotinas, refiere de manera inmediata a los hermanos y sacerdotes de la SAC y a las hermanas de las dos congregaciones.

Pero hay muchos laicos que se sienten palotinos, o incluso que son conocidos con ese título: integrantes de comunidades, grupos e instituciones que nacieron impulsadas por el carisma; alumnos y egresados de nuestros colegios; miembros activos de las parroquias administradas por la SAC y muchos más.

Cabe entonces preguntarse: ¿se es palotino por la pertenencia a una realidad integrante de la UAC, o es menester además compartir el carisma, la teología del apostolado, las ideas fundantes y la espiritualidad de Vicente Pallotti y de sus seguidores[1]?

 

Incluso, y para completar el panorama, creemos que podría darse el caso de que hubiera quienes, perteneciendo de manera formal a la UAC individualmente o por integrar las Instituciones y familias religiosas que la conforman, no compartieran plenamente el carisma, como también, y de manera contraria, podría haber (y de hecho los hay, y muchos) quienes sin formar parte de ninguna realidad UAC hacen suyo el carisma y la espiritualidad del fundador.

 

Nosotros creemos (y lo proponemos al debate de los integrantes de la UAC) que al respecto del tema que nos ocupa, puede decirse de alguien que es “palotino” de tres maneras distintas.

En primer término es propio llamar palotinos a los miembros de la Sociedad del Apostolado Católico y de las dos congregaciones de hermanas, como de hecho se los conoce de manera común (padres y hermanos palotinos; hermanas palotinas).

En segundo lugar, se llaman palotinos con justo derecho aquellos laicos que concientemente hacen suyo el carisma, la espiritualidad y la teología del apostolado de San Vicente Pallotti, conociéndolo y encarnándolo en el ámbito de la UAC.

En tercer lugar también pueden ser llamados palotinos los integrantes de comunidades, grupos e instituciones miembros de la UAC, o al menos nacidas a la luz del carisma de Vicente Pallotti, aunque en sentido amplio y no tan propiamente.

 

Ser palotino reclama compartir lo que es propio de nuestra familia, y que constituye una teología del apostolado y una espiritualidad.

Nuestra teología del apostolado nos convoca a una vivencia de la fe que trascienda la simple adhesión al Evangelio y a sus exigencias morales, y aún que vaya más allá de la vida cultual y sacramental que es propia del cristiano católico.

Los palotinos nos sentimos llamados por Cristo al apostolado de la Iglesia, como consecuencia y responsabilidad del amor de Cristo, que nos impulsa, y de nuestra dignidad bautismal.

Este apostolado consiste en anunciar y hacer posible el anuncio del acontecimiento Cristo, el advenimiento del Reino, la Salvación conseguida a través de la Cruz, el surgimiento de la Iglesia y las exigencias proféticas que emanan de la adhesión al Evangelio.

Para nosotros este apostolado le pertenece a todos los bautizados, cada uno con su rol propio y particular.

En este sentido el laico tiene un muy amplio campo de acción en el apostolado de la Iglesia, aprovechando lo propio de su vocación y condición de vida.

Al respecto, cabe destacar que a veces se cayó en una lectura errónea del concepto de “sacerdocio común de los bautizados” que surge de las enseñanzas del Concilio Vaticano II [2], con una tendencia a creer que aquello significaba una cierta clericalización de los laicos.

De más está decir que no fue ése el sentido que los Padres Conciliares dieron al sacerdocio común[3], y que tampoco era la visión de Vicente Pallotti. Todos los cristianos somos consagrados por el bautismo, en efecto, como pueblo santo, real y sacerdotal, aunque algunos bautizados son llamados además al sacerdocio ministerial querido por Cristo para el pastoreo del rebaño y para actualizar su presencia sacramental hasta su vuelta. Y esa vocación y ese rol son propios de aquellos que son llamados por el Señor al ministerio ordenado.

Lo que sí es universal es la vocación al apostolado. No somos todos sacerdotes: somos todos apóstoles, y esto es lo real. Porque precisamente, el aporte novedoso de Vicente Pallotti es llamar la atención al respecto de que el apostolado es una nota esencial del ser cristiano, y no una consecuencia y rol a ser ejercido únicamente por aquellos que recibieron el sacramento del Orden o que realizaron una consagración en alguna familia religiosa[4].

 

Por eso, los palotinos nos sentimos llamados a despertar en todos los bautizados la vocación apostólica, animando a cada uno a poner de sí todo para la construcción del Reino y la salvación de las almas.

Pero además, los palotinos creemos y predicamos que cada uno debe realizar la tarea apostólica a la que se siente llamado por su vocación personal y específica, poniendo al servicio del Reino y para la mayor gloria de Dios sus talentos personales, sus habilidades, sus dones y en general todo lo que ha recibido de Dios[5].

 

Este apostolado, por último, debe ser ejercido en unidad con la pastoral de la Iglesia, y en el seno de una comunidad. Y esto último se entiende con relación a nuestra espiritualidad palotina, ya que es aquí, en lo comunitario, donde la teología del apostolado se encuentra de manera plena con nuestra espiritualidad[6].

 

La espiritualidad palotina es una espiritualidad atravesada por la imagen del cenáculo de Pentecostés, en el que los apóstoles, los discípulos y las mujeres (la primera comunidad cristiana) se encontraban en oración junto a la Virgen María, la Madre del Señor, cuando recibieron la efusión del Espíritu prometido por Jesucristo, y se lanzaron sin más a la tarea de evangelizar a todos.

En esta imagen vemos la figura de la Iglesia: todos los carismas, todos los ministerios, todas las vocaciones reunidas en oración al Padre en presencia de María, Reina de los Apóstoles, y con Jesucristo, quien dijo: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20). Y es en este ámbito eclesial en el que se hace presente el Espíritu, que anima y vivifica, e impulsa a los miembros del Cuerpo al apostolado.

 

Pero hay algo más, cuya importancia no es en absoluto menor. Todo lo dicho dejaría incompleto nuestro carisma y nuestra teología del apostolado, si no puntualizáramos que es menester también trabajar para despertar vocaciones palotinas; vocaciones de personas que se entusiasmen con nuestro carisma, nuestra espiritualidad y nuestra teología del apostolado, y que quieran formar parte de la gran familia de la UAC como consagrados o como laicos, individualmente o en cualquiera de las instituciones miembro, ya que estamos convencidos de que la Iglesia de hoy necesita y reclama de nuestro aporte particular, ya que las motivaciones que impulsaron a Vicente Pallotti a urgir a todos a sumarse al apostolado de la Iglesia no sólo no desaparecieron sino que, antes bien, se hicieron más apremiantes.

 

Raúl Llusá (UAC)


 


[1] El carisma que heredamos del Fundador experimentó, a lo largo de los años, un proceso de explicitación y descubierta que creemos inspirado por el Espíritu Santo, proceso que ha hecho que hoy este carisma tenga un desarrollo y una claridad mayor aún que en la época del Santo, y que seguirá profundizándose y plenificándose, sin duda. Estamos convencidos además de que en el desarrollo experimentado por las ideas fundacionales no han habido desvíos o interpretaciones indebidas. Antes bien, es sentir común de los palotinos que la Unión del Apostolado Católico es cada día más fiel a las ideas de Vicente Pallotti que además, seguramente no pudo desarrollar todo su pensamiento pastoral y espiritual por haber sido sorprendido prematuramente por la muerte.

[2] Lumen Gentium, 10

[3] “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante”. (LG, 10,3)

[4] Cabe destacar que  esto fue visto claramente durante muchos siglos en la Iglesia, aunque posteriormente se fue desdibujando. El Concilio vaticano II lo rescató, especialmente en la Constitución Dogmática Lumen Gentium y en el Decreto Apostolicam Actuositatem, sobre el apostolado de los laicos. La eclesiología postconciliar aceptó el reto, y hoy es opinión común de los teólogos que el apostolado es una consecuencia del bautismo, y no del Orden Sagrado.

[5] No necesariamente este apostolado debe ser un apostolado directo. Para Vicente Pallotti también era una labor apostólica (y de especial importancia) la oración que los fieles elevan a Dios por el apostolado de la Iglesia. Así, los grupos de oración que rezan insistentemente por el trabajo de las fuerzas apostólicas de la Iglesia, ejercen ellos mismos un apostolado fecundo cuya importancia resulta fundamental en la pastoral.

[6] En efecto, no sé hasta qué punto pueden llamarse plenamente coherederos del carisma aquellos que, por opción personal, realizan un apostolado individual sin, al menos, una comunidad en la cual revisar la vida y el tal apostolado, y compartir la oración por el apostolado de la Iglesia.