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Mensajero
del amor infinito
Prólogo
En una suerte de peregrinación
espiritual, me traslado, con las alas del alma, a mi amada
ciudad de Roma, en la cual se desarrollará la mayor parte del
relato que hoy te ofrezco y que tiene tanto que ver con vos y
conmigo.
Es
temprano, y
camino por el Vícolo
del Mascherone, una angosta callejuela
romana que va desde la
Piazza Farnese hasta la Vía Giulia, y desemboca
en una antigua fuente barroca, cuyo surtidor lo constituye la
boca de una grotesca máscara de granito.
La máscara mira con
expresión insulsa a los paseantes, que por lo general la
ignoran sin respeto a su insistencia en el oficio de ofrecer
agua al paseante sediento.
La Vía Giulia, aún despoblada en la
mañana romana, es una calle que amo recorrer: está flanqueada
por vetustos edificios e iglesias pluriseculares.
Paso bajo el arco
diseñado por Miguel Ángel, casi enteramente cubierto por
plantas trepadoras es un complemento del complejo del
Palazzo Farnese, que se alza a mi derecha; en pocos
minutos alcanzo la Via Moretta, por la cual llego a la
Vía del Pellegrino, donde en el Nº 30 hoy existe un
panificcio (panadería), aunque las antiguas ventanas del
primer piso siguen siendo las de la casa en donde vivían Pedro
Pablo Pallotti con doña Magdalena Rossi, en la primera mitad
del siglo XIX.
Recuerdo la primera vez que vi esa vieja
casa: iba en compañía de un sacerdote palotino, el padre
Miguel Vegas, fallecido todavía joven, allá en su España
natal. Era aquél mi primer viaje a Roma, de los muchas que
vendrían después.
El Padre Miguel ofreció con generosidad
numerosas de sus mañanas y sus tardes para mostrarme la intimidad
de Roma, de sus monumentos, de sus rincones secretos. Robando
horas a la tarea de terminar su “tesina”
para la licenciatura en Espiritualidad, logró despertar en mí
un amor indestructible por la ciudad de los césares y los
papas.
Como todo advenedizo, los ojos no me
alcanzaban, (y la capacidad de comprensión tampoco) para
procesar tantos estímulos como se me ofrecían en aquélla, mi
primera experiencia romana.
Martirizaba mi vieja cámara reflex sacando
fotos diapositivas de lo que me parecía de interés (que era
prácticamente todo). Y trataba de memorizar la catarata de
datos que me proporcionaba el cura español.
-Y en esta casa -me dijo Miguel, indicando
el edificio de la Vía del Pellegrino- nació Vicente
Pallotti, el 21 de abril de 1795. ¿Qué te parece?
No contesté, abrumado por una emoción fácil
de entender. Tomé una o dos fotos que aún conservo,
descoloridas, cuando de pronto se asomó a una de las ventanas
una mujer madura, que empezó a gritarme no sé qué cosas, pero
que evidentemente no eran alabanzas ni estímulo a mi trabajo
de fotógrafo aficionado. Miguel, riendo, le contestó, en
italiano:
-¡Señora! ¡No se enoje! ¡Su casa es una
casa muy importante, porque aquí ha nacido un Santo!
-¡Santo o no santo, esta es mi casa, así
que váyanse! –contestó enojada la mujer.
Nos fuimos, divertidos por el episodio, y
aquella fue una de mis primeras lecciones acerca del
maravilloso carácter romano, que he aprendido a amar
profundamente.
Esta mañana de mi peregrinación espiritual,
las ventanas del primer piso están cerradas. El Panificcio
también. Pero aquí nació, a fines del siglo XIX, Vicente
Pallotti, fundador de la Unión del Apostolado Católico, de la
Sociedad del Apostolado Católico (padres y hermanos palotinos),
de la Congregación de Hermanas del Apostolado Católico y la
Congregación de Hermanas Misioneras del Apostolado Católico.
Aquí comenzó, en el tiempo, una apuesta fuerte de Dios, que se
fue concretizando (y sigue haciéndolo en nuestros días) en una
historia que involucra a muchas personas, a muchos sueños, a
muchas iniciativas. Es la historia de Vicente Pallotti y de
su obra. Una historia que está en la base de nuestro ser
cotidiano, en la base de nuestra identidad como miembros de la
Unión.
Y si bien otros lo han hecho, y seguramente
con más idoneidad, he querido yo también contar la historia
del padre Vicente y de sus sueños de amor infinito, un poco “a
mi manera”, más con el corazón de hijo espiritual que con el
rigor de un historiador, que no lo soy.
Estoy plenamente convencido de que la
fidelidad a un carisma fundacional se mueve entre dos ejes: la
lealtad a la idea del fundador, en este caso San Vicente
Pallotti, y la escucha atenta y comunitaria a la inspiración
del Espíritu Santo, que nos permite ir discerniendo de qué
manera la idea fundacional debe ponerse al servicio de los
tiempos de la Iglesia, y de los hombres de cada época.
En esta primera parte de mi trabajo, quiero
hacer un aporte sencillo a la tarea de recordar el origen de
nuestra espiritualidad y de nuestro carisma. Digo recordar,
que significa “volver a pasar por el corazón”, y que es
distinto a rememorar, que suele ser un simple ejercicio de la
memoria. Porque los sueños de Vicente Pallotti fueron y son
sueños de amor, y el amor se mueve en el ámbito del corazón.
No dejaré de narrar, aunque de manera
sucinta, todo lo que creo fundamental de aquellos años
fundacionales. Pero lo narraré con la tinta de alma. Como
quien contempla el nacimiento y desarrollo primero de un árbol
cuyo follaje está lleno de vida y alegra el corazón.
En la segunda parte de mi trabajo, si Dios
así lo quiere, expondré algunas ideas respecto de
cómo deberíamos pensar la Teología del Apostolado, la
espiritualidad y la praxis eclesial palotina, en un desarrollo
teológico más sistemático.
Mientras tanto, espero que las páginas
siguientes puedan ser de lectura grata y enriquecedora, no por
el mérito de mi pluma sino por la riqueza de las cosas que
tienen que ver con la corta pero apasionante vida de nuestro
fundador, Vicente Pallotti, el mensajero del Amor Infinito de
Dios.
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