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Mensajero del amor infinito

En esta sección voy a ir compartiendo algo que he empezado a escribir, y que deseo seguir escribiendo con el escaso tiempo de que dispongo, tiempo diminuto que además, en lo que respecta a mi trabajo de "armalibros", es demandado con tenaz ímpetu por la querida gente de San Pablo, la editorial para la que escribo.

Pretende ser una Vida (¡otra más!) de San Vicente Pallotti. Bueno: otros han escrito la suya, déjenme escribir la mía. Ojalá que aporte algo.

Iré agregando los capítulos a medida que los vaya componiendo. Ténganme paciencia.

 

Raúl Llusá

 

 

Mensajero del amor infinito

 

Prólogo

 

En una suerte de peregrinación espiritual,  me traslado, con las alas del alma, a mi amada ciudad de Roma, en la cual se desarrollará la mayor parte del relato que hoy te ofrezco y que tiene tanto que ver con vos y conmigo.

 

Es temprano, y camino por el Vícolo del  Mascherone, una angosta callejuela romana que va desde la Piazza Farnese hasta la Vía Giulia, y desemboca en una antigua fuente barroca, cuyo surtidor lo constituye la boca de una grotesca máscara de granito.  La máscara mira con expresión insulsa a los paseantes, que por lo general la ignoran sin respeto a su insistencia en el oficio de ofrecer agua al paseante sediento.

La Vía Giulia, aún despoblada en la mañana romana, es una calle que amo recorrer: está flanqueada por vetustos edificios e iglesias pluriseculares. Paso bajo el arco diseñado por Miguel Ángel, casi enteramente cubierto por plantas trepadoras es un complemento del complejo del Palazzo Farnese, que se alza a mi derecha; en pocos minutos alcanzo  la Via Moretta, por la cual llego a la Vía del Pellegrino, donde en el Nº 30 hoy existe un panificcio (panadería), aunque las antiguas ventanas del primer piso siguen siendo las de la casa en donde vivían Pedro Pablo Pallotti con doña Magdalena Rossi, en la primera mitad del siglo XIX.

Recuerdo la primera vez que vi esa vieja casa:  iba en compañía de un sacerdote palotino, el padre Miguel Vegas, fallecido todavía joven, allá en su España natal. Era aquél mi primer viaje a Roma, de los muchas que vendrían después.

El Padre Miguel ofreció con generosidad numerosas de sus mañanas y sus tardes para mostrarme la intimidad de Roma, de sus monumentos, de sus rincones secretos. Robando horas a la tarea de terminar su “tesina”[1] para la licenciatura en Espiritualidad, logró despertar en mí un amor indestructible por la ciudad de los césares y los papas.

Como todo advenedizo, los ojos no me alcanzaban, (y la capacidad de comprensión tampoco) para procesar tantos estímulos como se me ofrecían en aquélla, mi primera experiencia romana.

Martirizaba mi vieja cámara reflex sacando fotos diapositivas de lo que me parecía de interés (que era prácticamente todo). Y trataba de memorizar la catarata de datos que me proporcionaba el cura español.

-Y en esta casa -me dijo Miguel, indicando el edificio de la Vía del Pellegrino- nació Vicente Pallotti, el 21 de abril de 1795. ¿Qué te parece?

No contesté, abrumado por una emoción fácil de entender. Tomé una o dos fotos que aún conservo, descoloridas, cuando de pronto se asomó a una de las ventanas una mujer madura, que empezó a gritarme no sé qué cosas, pero que evidentemente no eran alabanzas ni estímulo a mi trabajo de fotógrafo aficionado. Miguel, riendo, le contestó, en italiano:

-¡Señora! ¡No se enoje! ¡Su casa es una casa muy importante, porque aquí ha nacido un Santo!

-¡Santo o no santo, esta es mi casa, así que váyanse! –contestó enojada la mujer.

Nos fuimos, divertidos por el episodio, y aquella fue una de mis primeras lecciones acerca del maravilloso carácter romano, que he aprendido a amar profundamente.

 

Esta mañana de mi peregrinación espiritual, las ventanas del primer piso están cerradas. El Panificcio también. Pero aquí nació, a fines del siglo XIX, Vicente Pallotti, fundador de la Unión del Apostolado Católico, de la Sociedad del Apostolado Católico (padres y hermanos palotinos), de la Congregación de Hermanas del Apostolado Católico y la Congregación de Hermanas Misioneras del Apostolado Católico. Aquí comenzó, en el tiempo, una apuesta fuerte de Dios, que se fue concretizando (y sigue haciéndolo en nuestros días) en una historia que involucra a muchas personas, a muchos sueños, a muchas iniciativas.  Es la historia de Vicente Pallotti y de su obra. Una historia que está en la base de nuestro ser cotidiano, en la base de nuestra identidad como miembros de la Unión.

Y si bien otros lo han hecho, y seguramente con más idoneidad, he querido yo también contar la historia del padre Vicente y de sus sueños de amor infinito, un poco “a mi manera”, más con el corazón de hijo espiritual que con el rigor de un historiador, que no lo soy.

Estoy plenamente convencido de que la fidelidad a un carisma fundacional se mueve entre dos ejes: la lealtad a la idea del fundador, en este caso San Vicente Pallotti, y la escucha atenta y comunitaria a la inspiración del Espíritu Santo, que nos permite ir discerniendo de qué manera la idea fundacional debe ponerse al servicio de los tiempos de la Iglesia, y de los hombres de cada época.

En esta primera parte de mi trabajo, quiero hacer un aporte sencillo a la tarea de recordar el origen de nuestra espiritualidad y de nuestro carisma. Digo recordar, que significa “volver a pasar por el corazón”, y que es distinto a rememorar, que suele ser un simple ejercicio de la memoria. Porque los sueños de Vicente Pallotti fueron y son sueños de amor, y el amor se mueve en el ámbito del corazón.

No dejaré de narrar, aunque de manera sucinta, todo lo que creo fundamental de aquellos años fundacionales. Pero lo narraré con la tinta de alma. Como quien contempla el nacimiento y desarrollo primero de un árbol cuyo follaje está lleno de vida y alegra el corazón.

En la segunda parte de mi trabajo, si Dios así lo quiere, expondré algunas ideas respecto de cómo deberíamos pensar la Teología del Apostolado, la espiritualidad y la praxis eclesial palotina, en un desarrollo teológico más sistemático.

Mientras tanto, espero que las páginas siguientes puedan ser de lectura grata y enriquecedora, no por el mérito de mi pluma sino por la riqueza de las cosas que tienen que ver con la corta pero apasionante vida de nuestro fundador, Vicente Pallotti, el mensajero del Amor Infinito de Dios.

 


[1] Tesis.