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Carisma palotino: ¿Inmovilidad o desarrollo?

Un carisma debe limitarse estrictamente a lo que imaginó y desarrolló en vida el fundador, o puede admitir desarrollos y explicitaciones ulteriores? Trascripción de una charla dada sobre este tema en el mes de noviembre de 2005.

 

Cabe que los palotinos, hoy, nos formulemos algunas preguntas en relación con la actualidad de nuestro carisma:

 

  1. El carisma, la teología del apostolado y la praxis  apostólica y pastoral que atesoramos hoy los palotinos de la SAC, las dos congregaciones de hermanas y los diferentes grupos laicales: ¿responde con fidelidad a lo que imaginó y desarrolló Vicente Pallotti?

 

  1. ¿O hubo en estas cosas un desarrollo, una evolución, un crecimiento?

 

  1. Y de haberlo habido… ¿son legítimas, y hasta qué punto, una evolución, un desarrollo o una complejización de nuestro carisma o de un carisma cualquiera?

 

A mi humilde entender, las tres preguntas tienen una respuesta afirmativa.

A la primera pregunta: Sí, responde con fidelidad a lo que pensó

 Pallotti, pero por la meditación, la oración y la praxis de todos estos años, ha ahondado mucho, y hoy extrae consecuencias que en tiempos de Pallotti no estaban expresadas con claridad.

A la segunda: Sí; hubo un desarrollo, una evolución y un crecimiento.

Y a la tercera: Sí, es legítima, siempre que se trate de una evolución y no de una transformación.

Dejemos por un rato estas preguntas y hablemos de la comprensión actual del carisma.

 

El Carisma de la Unión del Apostolado Católico

 

Como todos sabemos, la UAC nació el 4 de abril de 1835 como un impulso del Espíritu Santo en su fundador, San Vicente Pallotti.

Este sacerdote romano, que experimentó de una manera muy especial en su vida el Amor  Infinito de Dios, sintió la urgencia de apremiar a todos los cristianos a trabajar juntos en el apostolado de la Iglesia, sin distinción de edades, sexo o estado de vida.

Él advertía el proceso de secularización que comenzaba a socavar la fe de tantas personas de  su tiempo, proceso que lejos de revertirse se ha ido haciendo cada vez más profundo según fueron pasando los años. Para enfrentar las consecuencias individuales y sociales de este olvido de Dios, intuyó que era menester la movilización de todas las fuerzas de la Iglesia, y que ningún bautizado podía dejar de colaborar en ello, aunque más no fuese con la oración incesante.

La Unión del Apostolado Católico fue así, según la inspiración del Santo, una comunidad de sacerdotes, laicos, religiosas y religiosos unidos por el vínculo del amor, ya que Pallotti sabía bien que es éste el más fuerte de todos los vínculos.

La misión de esta nueva comunidad fue, desde el principio, emprender todas aquellas obras tendientes a reavivar la fe y reencender el amor en el mundo, para que cuanto antes llegue el momento deseado en el Cielo y temido en el infierno, en el que habrá un solo rebaño bajo un solo Pastor.

La nota más original de la fundación del Padre Pallotti fue la inclusión de los laicos en la misión apostólica, no ya como simples colaboradores sino como miembros activos, según su propio estado.

Esta novedad puede resultarnos tal vez una obviedad en la eclesiología post conciliar. Pero para el momento constituyó un aporte significativo y sorprendente.

Nuestro carisma palotino es simple pero a la vez profundo. Es una teología del apostolado sustentada por una espiritualidad que hunde sus raíces en la oración común en presencia de María, Reina de los Apóstoles, como en la noche de Pentecostés en la que Ella, los Apóstoles y los discípulos de aquella primera comunidad rezaban juntos pidiendo a Dios que les mostrase caminos, y el Padre, como lo había prometido el Hijo, les envió la efusión de su Espíritu Santo.

Los palotinos estamos plenamente convencidos de que el Bautismo nos incorpora plenamente a la dimensión apostólica y misionera de la Iglesia, y de que nadie puede quedar al margen de esta tarea, que es, más que un derecho, una obligación.

Sabemos también que cada uno debe aportar sus conocimientos, sus habilidades, sus talentos, sus bienes, su tiempo, para esta tarea que es, en definitiva, la continuación de un ministerio que Jesús mismo puso en manos de su Iglesia.

Sabemos además que estamos llamados a ocupar este lugar desde el estado de vida al que el Señor nos llama. Desde nuestra propia vocación: al matrimonio, a la paternidad y maternidad cristianas, al sacerdocio, a la vida consagrada, a la docencia, a la actividad gremial, a la militancia política, a las artes, a la vida intelectual, a las distintas profesiones y oficios. Nada de lo que constituyen los legítimos y sanos intereses de los hombres y las mujeres queda fuera del ámbito del apostolado. Hagas lo que hagas, -parece decirnos San Vicente Pallotti- hacelo para la Gloria de Dios y la salvación de los hombres.

 

Pero estamos persuadidos de que todo lo que hagamos debemos hacerlo en profunda comunión con la Iglesia, en la certeza de que, como decía San Vicente, “El bien que se realiza en forma individual es escaso y a menudo no produce frutos; en cambio, el que surge de la comunión es más grande y duradero”.

 

La raíz, por fin, de nuestro apostolado; la fuerza que lo nutre, es el amor misericordioso de Dios que se patentiza en Jesucristo, en su Encarnación, en su Ministerio, y especialmente en su Pasión, Muerte y Resurrección. El amor de Cristo nos urge, nos apremia, nos impulsa a trabajar sin descanso para extender su Reino. Reino que es justicia, que es pan en todas las mesas, trabajo en todos los brazos, posibilidades para todos. Reino que es honestidad, que es política para el bien común y no para los intereses individuales; que es respeto por los mayores; que es compromiso para con las nuevas generaciones y su formación humana. Reino que es privilegio para con los más débiles, los más olvidados: los pobres, los que sufren, los enfermos, los marginados, los excluidos.

 

 

Escrito Original de Vicente Pallotti

Juntos para evangelizar

 

Para entender más profundamente el carisma puede servirnos muy bien un lema que no pocas veces ha presidido nuestros encuentros: Juntos para evangelizar.

Este lema resalta dos ideas: las de unidad y apostolado.

En efecto: en la Unión del Apostolado Católico nos unimos en comunidad para emprender, juntos, una actividad apostólica.

De hecho, para esto nace la UAC. Pallotti necesitaba editar las Máximas Eternas de San Alfonso María de Ligorio, para enviar a Arabia, tierra de misión, y le pidió a un amigo y penitente suyo, el señor Giacomo Salvati, que hiciera una colecta para conseguir los fondos necesarios. El éxito de la colecta impulsó a Pallotti a llevar a cabo una idea que venía seduciéndolo desde hacía tiempo: la de fundar una sociedad de laicos, sacerdotes y religiosos a la que llamaría “Apostolado Católico”, y que buscaría aunar esfuerzos en aras de impulsar el apostolado en aquellos tiempos difíciles para la Iglesia.

Aquí tenemos, entonces, un primer elemento de nuestro carisma: “trabajar juntos, en obras apostólicas”. Juntos para evangelizar.

Hay un segundo rasgo en el carisma, que es la dimensión vocacional del apostolado universal. Jesús no nos llama a ser sola y simplemente cooperadores del apostolado de otros, sino apóstoles desde nuestra propia vocación, desde nuestro propio llamado personal.

Esto tiene que ver con el estado de vida que elegimos (sacerdocio, vida consagrada, matrimonio, etc.), pero también con nuestros talentos y nuestros gustos, y hasta en cierta medida con nuestras posibilidades y nuestros bienes.

Todo lo que tenemos o somos, y es bueno, viene de Dios. Y todo lo que viene de Dios está llamado a retornar a Dios cristificado, redimido, transformado. Por eso lo que Dios nos da en clave de vocación, se plenifica y realiza totalmente cuando está ordenado a Dios como a su fin último.

Por lo mismo nuestros talentos, nuestras personales habilidades, las cosas que nos gusta hacer y que sabemos hacer, deben ser puestas en obra para la Gloria de Dios y la salvación de los hombres.

Todo está llamado a servir al Reino de Dios y al Pueblo de Dios: la vocación artística, los oficios, el talento para escribir, el trabajo periodístico, la vocación docente, los carismas especiales, todo aquello que hace de cada persona un factor de modificación y construcción del mundo.

Y así hemos tipificado un segundo elemento de nuestro carisma: Juntos para evangelizar, poniendo al servicio de esa tarea nuestros talentos, habilidades y gustos personales.

Un tercer elemento en el carisma es la convicción de que estas dos realidades que hemos mencionado surgen de una raíz, un lugar determinado: el de la corresponsabilidad de los bautizados en el despliegue del Reino que inauguró Cristo, corresponsabilidad fundada en la contemplación y la vivencia del amor misericordioso de Cristo. Es este amor que da la vida por la humanidad, el que nos urge -en una dinámica de seguimiento e imitación- a dar nuestra propia vida, urgidos por el amor de Cristo y llamados por el amor a los hombres, en un apostolado fecundo y comprometido.

Este llamado, entonces, involucra a todos. No solamente a aquellos y aquellas que han seguido a Cristo en una particular vocación en la vida consagrada. El bautismo configura al cristiano con Cristo, y con el bautismo todos nos incorporamos a la Iglesia, Misterio de Salvación, y por ende nos incorporamos a su misión celebrante y salvadora, por aquello de que el obrar sigue al ser de la cosa, y si soy Iglesia, y la Iglesia es misionera y apostólica, yo soy misionero y apóstol.

Y la confirmación, a la que el Cardenal Pironio definía como el Sacramento del Envío y la Misión, configura al cristiano con Cristo Apóstol. Por esto mismo cualquier bautizado, y mucho más si está confirmado, aunque no pertenezca al clero, aunque no forme parte de una congregación, orden religiosa, de un Instituto o Sociedad de Vida Apostólica,  está llamado a ejercer, en comunión con el resto de la Iglesia, el apostolado de Jesucristo. Los fieles laicos no son entonces, simplemente, meros ayudantes en el apostolado que realizan los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas. Tienen una responsabilidad propia.

Esto, por supuesto, no quiere decir que los laicos no puedan y aún deban ayudar y colaborar con sacerdotes, consagradas y consagrados en las tareas e iniciativas que éstos últimos desarrollen. Quiere decir simplemente que el fiel laico tiene una responsabilidad que le es propia, de la cual algún día deberá dar cuenta a Cristo, no al obispo de su diócesis.

Pero por lo mismo, los fieles laicos están llamados a un nuevo compromiso y una nueva madurez.

La redefinición del rol del fiel laico en la Iglesia, adelantada por la visión profética de Vicente Pallotti en el siglo XIX y confirmada por el Concilio Vaticano II en el siglo XX, fue vista a veces por cierto pensamiento laical como un “derecho” o “una conquista”, visión que es cuanto menos incompleta.

Porque el apostolado católico es fundamentalmente un deber, una obligación que surge del amor de Cristo, y del mandato de Cristo.

Esta obligación no es sólo obligación a la acción evangelizadora y apostólica, sino además:

 

  • A trabajar en profunda comunión con la Iglesia toda, con sus pastores, con su estructura, tanto jerárquica como carismática, con sus planes de pastoral.

  • A capacitarse en una formación continua, ya que no se puede anunciar cualquier mensaje sino el mensaje de Cristo y el Evangelio de Cristo. Esta formación y esta capacitación debe ser acorde al trabajo que cada uno quiere y puede realizar en el apostolado de la Iglesia.

  • A responsabilizarse por el trabajo asumido, y a perseverar en el propio compromiso.

 

En estos últimos tres puntos hay muchas veces un déficit debido a una incompleta teología del apostolado universal. Es quedarnos en los derechos sin pensar en las obligaciones y las responsabilidades concomitantes. Es pensar en la conquista de determinados roles sin asumir la madurez que es necesaria para ejercerlos.

Por esto mismo el carisma también hoy resulta, -el trabajo conjunto de religiosas, religiosos, laicos y sacerdotes-, un desafío que nos interpela, en este tercer milenio del cristianismo. Porque exige aperturas de corazón y nuevas miradas eclesiológicas de parte de todos nosotros.

De los sacerdotes, religiosas y religiosos, reclama la capacidad de compartir el apostolado no sólo en el ámbito del simple apoyo a las tareas apostólicas que ellos realizan, sino desde la aceptación de las iniciativas legítimas y eclesiales; desde el pedido, la escucha y la ponderación del consejo y las sugerencias que reciben de los laicos; desde el pensar juntos la pastoral; desde el compartir la responsabilidad y la decisión en aquellas materias en las que esto es posible.

Pero es menester de igual manera un urgente cambio de mentalidad de gran parte del laicado, que debe asumir la responsabilidad que la participación exige, con todo lo que esto implica.

Una mirada demasiado simplista sobre la teología del apostolado de San Vicente Pallotti cree descubrir en ella el mero reconocimiento de los derechos de los laicos, quizá mucho tiempo olvidados en los distintos modelos de Iglesia que se vivieron a lo largo de los siglos.

Pero el aporte de nuestro carisma va mucho más allá: es un reto, un desafío a todos los bautizados, para que cada quien ocupe su lugar en la Iglesia con un compromiso apostólico concreto, sin olvidar que esto reclama una profunda formación doctrinal, una vida en Gracia alimentada por los Sacramentos y por las prácticas espirituales, un compromiso real y tangible, y perseverancia en el tiempo.

De esta forma el carisma de la Unión del Apostolado Católico contempla evangelizar juntos, desde nuestra propia vocación, desde nuestra corresponsabilidad de bautizados, e impulsados por el amor de Cristo.

Pero hay otro elemento, sumamente importante, que completa el carisma:

Nosotros vivimos todas estas cosas como una riqueza que aporta mucho a la Iglesia. Y entonces buscamos entusiasmar a otros en estas convicciones: despertar estas certezas en otros bautizados, para que la Iglesia se ponga en movimiento con todas sus fuerzas, y cuanto antes llegue el día de la Unidad, el día de “un solo rebaño y un solo pastor”.

 

Entonces, como resumen, podríamos decir que el carisma de la Unión del Apostolado Católico nos convoca a trabajar juntos en el apostolado, para evangelizar, impulsados por el amor de Cristo y habiendo asumido nuestra condición de bautizados, con responsabilidad y sentido eclesial, desde nuestra vocación y nuestras propias habilidades, proponiendo a todos este camino y este desafío.

 

Si te sentís apóstol como consecuencia del amor misericordioso de Jesús…

si trabajás en la pastoral y el apostolado, en unidad y comunión con la Iglesia

si lo hacés a partir de tus inclinaciones vocacionales…

y si te sentís llamado a despertar en otros tu misma vocación, entonces vos compartís nuestro carisma.

El palotino:

 

  • Vive su cristianismo, como cualquier otro cristiano

  • Anuncia a Cristo con su palabra y su testimonio de vida, como cualquier otro cristiano.

  • Y despierta vocaciones apostólicas, impulsando a todos a trabajar en el apostolado de la Iglesia desde su propia vocación y carisma. Y este es el aporte propio de nuestra identidad.

 

Todas estas cosas constituyen nuestro carisma, desde el cual servimos a la Iglesia en las distintas actividades a las que estamos convocados por nuestra vocación personal. Hoy, más que nunca, los que integramos la UAC somos llamados a profundizar nuestra identidad para repensar la tarea apostólica que llevamos a cabo desde esta visión eclesial concreta. Demos gracias a Dios por el don que nos hace al convocarnos una vez más a esta bendita tarea, y hagamos un nuevo compromiso con todos los desafíos que esto representa, muy especialmente en un renovado proceso de formación personal y comunitaria, en el estudio y la reflexión orante de la Palabra de Dios, y en la lectura y meditación frecuente de los documentos de la Iglesia, de nuestros pastores, el Papa y los obispos, y de nuestro Padre fundador, San Vicente Pallotti.

 

Después de dicho esto, volvamos a las preguntas del comienzo

 

Ampliando un poco más lo que decía al principio, propongo que nuestro carisma hoy, en la Iglesia del Tercer Milenio, es fiel a lo que pensó Pallotti, porque todo lo que hemos explicitado de mejor manera estaba, seminalmente, en el pensamiento del fundador. Un repaso de los textos de Vicente Pallotti nos muestran esta realidad.

 

El carisma que heredamos del Fundador experimentó, a lo largo de los años, un proceso de explicitación y descubierta que creo sinceramente que está también inspirado por el Espíritu Santo, proceso que ha hecho que hoy este carisma tenga un desarrollo y una claridad que no tenía en la época del Fundador. De la misma manera, el desarrollo y la claridad que hoy tiene es ciertamente menor a la que tendrá en un siglo.

Estoy convencido también de que en el desarrollo experimentado por las ideas fundacionales no han habido desvíos o interpretaciones indebidas. Antes bien, es sentir común de los palotinos que la Unión del Apostolado Católico es cada día más fiel a las ideas de Vicente Pallotti que, además, seguramente no pudo desarrollar todo su pensamiento pastoral y espiritual por haber sido sorprendido prematuramente por la muerte.

 

El carisma es hoy más explícito porque es mayor la comprensión de un apostolado católico en:

 

  • La responsabilidad que acompaña a la tarea. La seriedad con que debe ser asumida. Las obligaciones a las que nos exponemos cuando optamos por el apostolado universal.

  • El rol que cada uno, como individuo o como comunidad, asume en el apostolado católico.

  • Las exigencias  a las que este trabajo nos somete. La entrega que este trabajo reclama.

  • Y el medio, el entorno, que ciertamente nos condiciona.

 

El carisma es hoy más explícito porque sería imprudente no ver que el Espíritu Santo siguió suscitando, y lo sigue haciendo, lo que sin embargo estaba todo en Pallotti. No es necesario hacerle decir a Pallotti lo que no dijo o no pensó. No lo necesita. Pero es preciso reconocer que en el pensamiento de Pallotti estaba todo, aunque seminalmente.

 

Nos interrogábamos, en la segunda pregunta, sobre la naturaleza de este crecimiento, desarrollo, maduración.

Y respondemos: todo lo que vive, en el mundo creado, se desarrolla y crece. Lo único que escapa a esta dinámica es lo perfecto, o lo que ha alcanzado su perfección posible. Lo único perfecto por esencia es Dios, que se define como lo absoluto. Y en lo absoluto no hay ninguna imperfección posible. Y han alcanzado su perfección potencial los ángeles y la Virgen María, por una especial gracia de Dios.

 

Nadie más. Incluso los que ya están en presencia de Dios, a los que Santo Tomás llama comprensores (en contraposición a los viadores, que somos nosotros, los que estamos en camino) son imperfectos, si nos basamos en lo que dice San Pablo. Porque la perfección la alcanzarán cuando, en el día de la Resurrección final, las almas separadas se unan a los cuerpos transfigurados y se inaugure el tiempo definitivo, el tiempo de la Jerusalén Celestial de la que habla el apóstol Juan en el libro del Apocalipsis.

Un carisma es algo suscitado por el Espíritu Santo en una realidad humana. Y como todo lo humano, va creciendo. Creció en Pallotti. Creció en la SAC, en las congregaciones de hermanas. Hoy crece en la UAC en su conjunto.

Se desarrolla en la mayor comprensión de los ideales de Pallotti.

Y evoluciona  porque se van viendo con creciente claridad los alcances de estas intuiciones que en cada época histórica se revelan con posibilidades diferentes. El modelo eclesial que vivió Pallotti es distinto que el que vivimos nosotros hoy.
Por eso decimos que el carisma crece, porque nuevas circunstancias, en al Iglesia y en el mundo, hacen que el carisma sirva para darles respuesta.

 

Pensemos si no en la apremiante prédica del Papa Juan Pablo II, cuando reclamaba esa nueva evangelización,  nueva en métodos y ardor, frente a los desafíos enormes que nos presenta un mundo secularizado y muchas veces negador de Dios y de los valores trascendentes. Un mundo lanzado a esto que el Papa Benedicto viene señalando desde hace muchos años, cuando habla del relativismo que hace que todo sea medido con la vara del hombre, de cada hombre, y no a la luz de la Causa primera incausada, que es Dios.

 

Y a la tercera pregunta, relativa a la legitimidad de la evolución, el desarrollo del carisma, respondemos: ¿cómo no va a ser legítimo, si el desarrollo y el progreso son procesos vitales y naturales?

¿Vamos a querer encerrar nuestra comprensión teológica en una visión que se habría cerrado 157 años atrás, a la muerte de nuestro fundador?

¿Vamos a intentar ponerle un bozal al Espíritu Santo?

Lo que no es legítimo, de ninguna manera, es la transformación del carisma, que es un riesgo que se presenta mucho en la Iglesia, y que tiene que ver con nuestras pequeñeces personales de querer destruir lo viejo y hacer que el mundo “comience con nosotros”.

Distingamos los términos. Una cosa es el desarrollo, el crecimiento, la complejización. Otra cosa es la renovación. Y otra  la transformación.

 

Hablamos de desarrollo cuando hablamos de un proceso natural de despliegue y crecimiento.

Hablamos de renovar cuando hablamos de quitar la mugre adherida a una realidad por el paso del tiempo. Como sucede en el caso de las obras de arte.

Y hablamos de transformación cuando hablamos, con lenguaje aristotélico, de dar otra forma a una determinada realidad. Aristóteles enseñaba que lo que define algo no es la materia sino la forma substancial. Así, puesta otra forma, cambia la esencia de esa realidad. Como sucede en la transubstanciación de el pan y del vino. Cambia la forma, y ya no hay pan y vino sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Entonces, pretender transformar el carisma sería llevarlo a ser otra cosa. Y eso es NO SER FIELES AL ESPIRITU SANTO. NI AL FUNDADOR. NI A LA OBRA.

Pero permitir el despliegue y el crecimiento, no sólo es legítimo sino necesario.

¿Qué es lo que está desde siempre en el carisma?

 

  • En un mundo que día a día se olvida cada vez más de Dios, es necesario emprender una nueva evangelización.

  • Es necesario llevar el Evangelio donde aún no ha llegado, y renovar el impulso evangélico en aquellos que ya son cristianos.

  • Este trabajo, de por sí monumental, enorme, no puede estar sólo en manos de obispos, sacerdotes y religiosos. No sólo porque es demasiado para ellos solos, sino porque el mandato evangélico de llevar la Buena Noticia a todos está dirigido a la totalidad de quienes han recibido el mensaje de Cristo.

  • De esto se desprende que TODOS LOS BAUTIZADOS ESTAN LLAMADOS A TRABAJAR EN LA NUEVA EVANGELIZACION. A esto lo llamamos APOSTOLADO UNIVERSAL (apostolado de todos)

  • Pero el apostolado de todos no puede ser una suma de esfuerzos aislados, sino un esfuerzo orgánico, sistémico. De conjunto.

  • Debe ser un apostolado de la Iglesia. De aquí se desprende un segundo elemento del carisma: LA UNIDAD.

 

Apostolado de todos, unidad, comunión con la Iglesia. Esto está desde siempre.

 

El crecimiento y desarrollo se da en la mayor comprensión que tenemos hoy de algunas cosas:

 

  1. Para el ejercicio de este apostolado, los cristianos deben escuchar el llamado de la propia vocación. Estamos llamados a ejercer el apostolado desde el lugar que ocupamos, desde las cosas que hacemos, desde lo que sabemos hacer, desde lo que nos gusta hacer. Desde la familia, la profesión, la docencia, el sacerdocio, la escuela, los movimientos e instituciones cristianas, el periodismo. Desde el lugar que ocupemos. Los palotinos estamos llamados a trabajar en UNIDAD Y COMUNION con la Iglesia para llevar el Evangelio a todos los hombres y reavivar la fe y el compromiso de los ya creyentes desde el lugar que ocupamos, ya seamos sacerdotes, docentes, religiosos, amas de casa, profesionales, estudiantes o lo que fuere.

  2. Asumiendo una responsabilidad que deviene de nuestra condición de bautizados y de la fuerza del amor de Cristo que nos urge. Una responsabilidad que nos exige:

·         Una formación y capacitación permanente

·         Una dedicación responsable, predecible. No podemos ser aves de paso.

·         Una mayoría de edad en el propio rol. Sabedores de que no somos apóstoles por concesión de la        jerarquía sino por el bautismo y el amor de Cristo que nos impulsa.

 

Hoy sigue vigente el "problema de los laicos”, o sea la ausencia, el no compromiso de la mayor parte del laicado en la vida eclesial.

Muchos laicos no sienten la Iglesia como algo propio. Reniegan de la comunidad eclesial. Le dicen “sí” a Cristo, pero “no” a la Iglesia.

Otros laicos se automarginan del trabajo.

Hay laicos que intentas hacer de curas.

Otros se transforman en “superlaicos”, queriendo adueñarse de la pastoral de parroquias, instituciones o colegios.

Hay muchos que no se capacitan.

Otros que de pronto desaparecen dejando “colgado” el trabajo que asumieron.

Otros más, por fin, que forman camarillas

 

De más está decir que todo esto no solo no tiene nada que ver con el carisma de Pallotti, sino que además  atenta contra el espíritu que debe animar el trabajo eclesial.

Cabe destacar que a veces se cayó en una lectura errónea del concepto de “sacerdocio común de los bautizados” que surge de las enseñanzas del Concilio Vaticano II[1], con una tendencia a creer que aquello significaba una cierta clericalización de los laicos. De más está decir que no fue ése el sentido que los Padres Conciliares dieron al sacerdocio común[2], y que tampoco era la visión de Vicente Pallotti. Todos los cristianos somos consagrados por el bautismo, en efecto, como pueblo santo, real y sacerdotal, aunque algunos bautizados son llamados además al sacerdocio ministerial para el pastoreo del rebaño y para actualizar la presencia sacramental de Cristo hasta su vuelta. Y esa vocación y ese rol son propios de aquellos que son llamados por el Señor al ministerio ordenado.


 

Lo que sí es universal es la vocación al apostolado. No somos todos sacerdotes: somos todos apóstoles, y esto es lo real. Porque precisamente, el aporte novedoso de Vicente Pallotti es llamar la atención al respecto de que el apostolado es una nota esencial del ser cristiano, y no una consecuencia y rol a ejecutar únicamente por aquellos que recibieron el sacramento del Orden o que realizaron una consagración en alguna familia religiosa[3].

Por eso, los palotinos nos sentimos llamados a despertar en todos los bautizados la vocación apostólica, animando a cada uno a poner de sí todo para la construcción del Reino y la salvación de las almas.

Para finalizar, digamos que hay también un importante desarrollo en la comprensión de que nosotros, los palotinos, estamos llamados a llevar conciencia a la Iglesia de todas estas cosas de las que hemos hablado. No nos quedamos esta riqueza para nosotros sino que las llevamos a la Iglesia, proclamando que todos debemos asumir el apostolado, y concienciando a todos de esta realidad que no en vano está en el nombre de nuestra Unión, y sabemos que el nombre, en clave bíblica, define la misión: el apostolado universal.

 

Raúl Llusá

 

[1] Lumen Gentium, 10

[2] “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante”. (LG, 10,3)

[3] Cabe destacar que  esto fue visto claramente durante muchos siglos en la Iglesia, aunque posteriormente se fue desdibujando. El Concilio vaticano II lo rescató, especialmente en la Constitución Dogmática Lumen Gentium y en el Decreto Apostolicam Actuositatem, sobre el apostolado de los laicos. La eclesiología postconciliar aceptó el reto, y hoy es opinión común de los teólogos que el apostolado es una consecuencia del bautismo, y no del Orden Sagrado.