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Un carisma debe limitarse estrictamente
a lo que imaginó y desarrolló en vida el fundador, o puede
admitir desarrollos y explicitaciones ulteriores? Trascripción
de una charla dada sobre este tema en el mes de noviembre de
2005. |
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Cabe que los palotinos, hoy, nos formulemos
algunas preguntas en relación con la actualidad de nuestro
carisma:
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El carisma,
la teología del apostolado y la praxis apostólica y
pastoral que atesoramos hoy los palotinos de la SAC, las
dos congregaciones de hermanas y los diferentes grupos
laicales: ¿responde con fidelidad a lo que imaginó y
desarrolló Vicente Pallotti?
-
¿O hubo en
estas cosas un desarrollo, una evolución, un
crecimiento?
-
Y de
haberlo habido… ¿son legítimas, y hasta qué punto, una
evolución, un desarrollo o una complejización de nuestro
carisma o de un carisma cualquiera?
A mi humilde entender, las tres preguntas
tienen una respuesta afirmativa.
A la primera pregunta:
Sí, responde con fidelidad
a lo que pensó |
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Pallotti,
pero por la meditación, la oración y la praxis
de todos estos años, ha ahondado mucho, y hoy extrae
consecuencias que en tiempos de Pallotti no estaban expresadas
con claridad.
A
la segunda: Sí; hubo un desarrollo,
una evolución y un crecimiento.
Y
a la tercera: Sí, es legítima,
siempre que se trate de una evolución y no de una
transformación.
Dejemos por un rato estas preguntas y hablemos de la
comprensión actual del carisma.
El Carisma de la Unión del Apostolado Católico
Como todos sabemos, la UAC nació el 4 de abril de 1835 como un
impulso del Espíritu Santo en su fundador, San Vicente
Pallotti.
Este sacerdote romano, que experimentó de una manera muy
especial en su vida el Amor Infinito de Dios, sintió la
urgencia de apremiar a todos los cristianos a trabajar juntos
en el apostolado de la Iglesia, sin distinción de edades, sexo
o estado de vida.
Él advertía el proceso de secularización que comenzaba a
socavar la fe de tantas personas de su tiempo, proceso que
lejos de revertirse se ha ido haciendo cada vez más profundo
según fueron pasando los años. Para enfrentar las
consecuencias individuales y sociales de este olvido de Dios,
intuyó que era menester la movilización de todas las fuerzas
de la Iglesia, y que ningún bautizado podía dejar de colaborar
en ello, aunque más no fuese con la oración incesante.
La Unión del Apostolado Católico fue así, según la inspiración
del Santo, una comunidad de sacerdotes, laicos, religiosas y
religiosos unidos por el vínculo del amor, ya que Pallotti
sabía bien que es éste el más fuerte de todos los vínculos.
La misión de esta nueva comunidad fue, desde el principio,
emprender todas aquellas obras tendientes a reavivar la fe y
reencender el amor en el mundo, para que cuanto antes llegue
el momento deseado en el Cielo y temido en el infierno, en el
que habrá un solo rebaño bajo un solo Pastor.
La nota más original de la fundación del Padre Pallotti fue
la inclusión de los laicos en la misión apostólica, no ya como
simples colaboradores sino como miembros activos, según su
propio estado.
Esta novedad puede resultarnos tal vez una obviedad en la
eclesiología post conciliar. Pero para el momento constituyó
un aporte significativo y sorprendente.
Nuestro carisma palotino es simple pero a la vez profundo.
Es una teología del apostolado sustentada por una
espiritualidad que hunde sus raíces en la oración común en
presencia de María, Reina de los Apóstoles, como en la noche
de Pentecostés en la que Ella, los Apóstoles y los discípulos
de aquella primera comunidad rezaban juntos pidiendo a Dios
que les mostrase caminos, y el Padre, como lo había prometido
el Hijo, les envió la efusión de su Espíritu Santo.
Los palotinos estamos plenamente convencidos de que el
Bautismo nos incorpora plenamente a la dimensión apostólica y
misionera de la Iglesia, y de que nadie puede quedar al margen
de esta tarea, que es, más que un derecho, una obligación.
Sabemos también que cada uno debe aportar sus conocimientos,
sus habilidades, sus talentos, sus bienes, su tiempo, para
esta tarea que es, en definitiva, la continuación de un
ministerio que Jesús mismo puso en manos de su Iglesia.
Sabemos además que estamos llamados a ocupar este lugar
desde el estado de vida al que el Señor nos llama. Desde
nuestra propia vocación: al matrimonio, a la paternidad y
maternidad cristianas, al sacerdocio, a la vida consagrada, a
la docencia, a la actividad gremial, a la militancia política,
a las artes, a la vida intelectual, a las distintas
profesiones y oficios. Nada de lo que constituyen los
legítimos y sanos intereses de los hombres y las mujeres queda
fuera del ámbito del apostolado. Hagas lo que hagas, -parece
decirnos San Vicente Pallotti- hacelo para la Gloria de Dios y
la salvación de los hombres.
Pero estamos persuadidos de que todo lo que hagamos debemos
hacerlo en profunda comunión con la Iglesia, en la
certeza de que, como decía San Vicente, “El bien que se
realiza en forma individual es escaso y a menudo no produce
frutos; en cambio, el que surge de la comunión es más grande y
duradero”.
La raíz, por fin, de nuestro apostolado; la fuerza que lo
nutre, es el amor misericordioso de Dios que se patentiza
en Jesucristo, en su Encarnación, en su Ministerio, y
especialmente en su Pasión, Muerte y Resurrección.
El amor de Cristo nos urge, nos apremia, nos impulsa a
trabajar sin descanso para extender su Reino. Reino que es
justicia, que es pan en todas las mesas, trabajo en todos los
brazos, posibilidades para todos. Reino que es honestidad, que
es política para el bien común y no para los intereses
individuales; que es respeto por los mayores; que es
compromiso para con las nuevas generaciones y su formación
humana. Reino que es privilegio para con los más débiles, los
más olvidados: los pobres, los que sufren, los enfermos, los
marginados, los excluidos.
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Escrito Original de Vicente
Pallotti |
Juntos para evangelizar
Para entender más profundamente el carisma puede servirnos
muy bien un lema que no pocas veces ha presidido nuestros
encuentros: Juntos para evangelizar.
Este lema resalta dos ideas: las de unidad y apostolado.
En efecto: en la Unión del Apostolado Católico nos unimos
en comunidad para emprender, juntos, una actividad
apostólica.
De hecho, para esto nace la UAC. Pallotti necesitaba
editar las Máximas Eternas de San Alfonso María de Ligorio,
para enviar a Arabia, tierra de misión, y le pidió a un
amigo y penitente suyo, el señor Giacomo Salvati, que
hiciera una colecta para conseguir los fondos necesarios.
El éxito de la colecta impulsó a Pallotti a llevar a cabo
una idea que venía seduciéndolo desde hacía tiempo: la de
fundar una sociedad de laicos, sacerdotes y religiosos a
la que llamaría “Apostolado Católico”, y que buscaría
aunar esfuerzos en aras de impulsar el apostolado en
aquellos tiempos difíciles para la Iglesia.
Aquí tenemos, entonces, un primer elemento de nuestro
carisma: “trabajar juntos, en obras apostólicas”.
Juntos para evangelizar.
Hay un segundo rasgo en el carisma, que es la dimensión
vocacional del apostolado universal. Jesús no nos
llama a ser sola y simplemente cooperadores del apostolado
de otros, sino apóstoles desde nuestra propia vocación,
desde nuestro propio llamado personal. |
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Esto tiene que ver con el estado de vida que elegimos
(sacerdocio, vida consagrada, matrimonio, etc.), pero también
con nuestros talentos y nuestros gustos, y hasta en cierta
medida con nuestras posibilidades y nuestros bienes.
Todo lo que tenemos o somos, y es bueno, viene de Dios. Y todo
lo que viene de Dios está llamado a retornar a Dios
cristificado, redimido, transformado. Por eso lo que Dios nos
da en clave de vocación, se plenifica y realiza totalmente
cuando está ordenado a Dios como a su fin último.
Por lo mismo nuestros talentos, nuestras personales
habilidades, las cosas que nos gusta hacer y que sabemos
hacer, deben ser puestas en obra para la Gloria de
Dios y la salvación de los hombres.
Todo está llamado a servir al Reino de Dios y al Pueblo de
Dios: la vocación artística, los oficios, el talento para
escribir, el trabajo periodístico, la vocación docente, los
carismas especiales, todo aquello que hace de cada persona un
factor de modificación y construcción del mundo.
Y así hemos tipificado un segundo elemento de nuestro carisma:
Juntos para evangelizar, poniendo al servicio de esa tarea
nuestros talentos, habilidades y gustos personales.
Un tercer elemento en el carisma es la convicción de que estas
dos realidades que hemos mencionado surgen de una raíz, un
lugar determinado: el de la corresponsabilidad de los
bautizados en el despliegue del Reino que inauguró Cristo,
corresponsabilidad fundada en la contemplación y la vivencia
del amor misericordioso de Cristo. Es este amor que da la
vida por la humanidad, el que nos urge -en una dinámica de
seguimiento e imitación- a dar nuestra propia vida, urgidos
por el amor de Cristo y llamados por el amor a los hombres, en
un apostolado fecundo y comprometido.
Este llamado,
entonces, involucra a todos. No solamente a aquellos y
aquellas que han seguido a Cristo en una particular vocación
en la vida consagrada. El bautismo configura al cristiano con
Cristo, y con el bautismo todos nos incorporamos a la
Iglesia, Misterio de Salvación, y por ende nos
incorporamos a su misión celebrante y salvadora, por
aquello de que el obrar sigue al ser de la cosa, y si soy
Iglesia, y la Iglesia es misionera y apostólica, yo soy
misionero y apóstol.
Y la
confirmación, a la que el Cardenal Pironio definía como el
Sacramento del Envío y la Misión, configura al cristiano
con Cristo Apóstol. Por esto mismo cualquier bautizado, y
mucho más si está confirmado, aunque no pertenezca al clero,
aunque no forme parte de una congregación, orden religiosa, de
un Instituto o Sociedad de Vida Apostólica, está llamado a
ejercer, en comunión con el resto de la Iglesia, el apostolado
de Jesucristo. Los fieles laicos no son entonces, simplemente,
meros ayudantes en el apostolado que realizan los obispos,
sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas. Tienen una
responsabilidad propia.
Esto, por
supuesto, no quiere decir que los laicos no puedan y aún deban
ayudar y colaborar con sacerdotes, consagradas y consagrados
en las tareas e iniciativas que éstos últimos desarrollen.
Quiere decir simplemente que el fiel laico tiene una
responsabilidad que le es propia, de la cual algún día deberá
dar cuenta a Cristo, no al obispo de su diócesis.
Pero por lo mismo, los fieles laicos están llamados a un nuevo
compromiso y una nueva madurez.
La redefinición del rol del fiel laico en la Iglesia,
adelantada por la visión profética de Vicente Pallotti en el
siglo XIX y confirmada por el Concilio Vaticano II en el siglo
XX, fue vista a veces por cierto pensamiento laical como un
“derecho” o “una conquista”, visión que es cuanto menos
incompleta.
Porque el apostolado católico es fundamentalmente un
deber, una obligación que surge del amor de Cristo, y
del mandato de Cristo.
Esta obligación no es sólo obligación a la acción
evangelizadora y apostólica, sino además:
-
A trabajar en profunda comunión con la Iglesia toda,
con sus pastores, con su estructura, tanto jerárquica como
carismática, con sus planes de pastoral.
-
A capacitarse en una formación continua, ya
que no se puede anunciar cualquier mensaje sino el mensaje
de Cristo y el Evangelio de Cristo. Esta formación y esta
capacitación debe ser acorde al trabajo que cada uno quiere
y puede realizar en el apostolado de la Iglesia.
-
A responsabilizarse por el trabajo asumido, y a
perseverar en el propio compromiso.
En estos últimos tres puntos hay muchas veces un déficit
debido a una incompleta teología del apostolado universal. Es
quedarnos en los derechos sin pensar en las obligaciones y las
responsabilidades concomitantes. Es pensar en la conquista de
determinados roles sin asumir la madurez que es necesaria para
ejercerlos.
Por esto mismo el carisma también hoy resulta, -el trabajo
conjunto de religiosas, religiosos, laicos y sacerdotes-, un
desafío que nos interpela, en este tercer milenio del
cristianismo. Porque exige aperturas de corazón y nuevas
miradas eclesiológicas de parte de todos nosotros.
De los sacerdotes, religiosas y religiosos, reclama la
capacidad de compartir el apostolado no sólo en el ámbito del
simple apoyo a las tareas apostólicas que ellos realizan, sino
desde la aceptación de las iniciativas legítimas y eclesiales;
desde el pedido, la escucha y la ponderación del consejo y las
sugerencias que reciben de los laicos; desde el pensar juntos
la pastoral; desde el compartir la responsabilidad y la
decisión en aquellas materias en las que esto es posible.
Pero es menester de igual manera un urgente cambio de
mentalidad de gran parte del laicado, que debe asumir la
responsabilidad que la participación exige, con todo lo que
esto implica.
Una mirada demasiado simplista sobre la teología del
apostolado de San Vicente Pallotti cree descubrir en ella el
mero reconocimiento de los derechos de los
laicos, quizá mucho tiempo olvidados en los distintos modelos
de Iglesia que se vivieron a lo largo de los siglos.
Pero el aporte de nuestro carisma va mucho más allá: es un
reto, un desafío a todos los bautizados, para que cada
quien ocupe su lugar en la Iglesia con un compromiso
apostólico concreto, sin olvidar que esto reclama una profunda
formación doctrinal, una vida en Gracia alimentada por los
Sacramentos y por las prácticas espirituales, un compromiso
real y tangible, y perseverancia en el tiempo.
De esta forma el carisma de la Unión del Apostolado Católico
contempla evangelizar juntos, desde nuestra propia vocación,
desde nuestra corresponsabilidad de bautizados, e impulsados
por el amor de Cristo.
Pero hay otro elemento, sumamente importante, que completa el
carisma:
Nosotros vivimos todas estas cosas como una riqueza que aporta
mucho a la Iglesia. Y entonces buscamos entusiasmar a otros en
estas convicciones: despertar estas certezas en otros
bautizados, para que la Iglesia se ponga en movimiento con
todas sus fuerzas, y cuanto antes llegue el día de la Unidad,
el día de “un solo rebaño y un solo pastor”.
Entonces, como resumen, podríamos decir que el carisma de la
Unión del Apostolado Católico nos convoca a trabajar juntos en
el apostolado, para evangelizar, impulsados por el amor de
Cristo y habiendo asumido nuestra condición de bautizados, con
responsabilidad y sentido eclesial, desde nuestra vocación y
nuestras propias habilidades, proponiendo a todos este camino
y este desafío.
Si te sentís apóstol como consecuencia del amor misericordioso
de Jesús…
si trabajás en la pastoral y el apostolado, en unidad y
comunión con la Iglesia…
si lo hacés a partir de tus inclinaciones vocacionales…
y si te sentís llamado a despertar en otros tu misma vocación,
entonces vos compartís nuestro carisma.
El palotino:
-
Vive su cristianismo, como cualquier otro cristiano
-
Anuncia a Cristo con su palabra y su testimonio de vida,
como cualquier otro cristiano.
-
Y despierta vocaciones apostólicas, impulsando a todos a
trabajar en el apostolado de la Iglesia desde su propia
vocación y carisma. Y este es el aporte propio de nuestra
identidad.
Todas estas cosas constituyen nuestro carisma, desde el cual
servimos a la Iglesia en las distintas actividades a las que
estamos convocados por nuestra vocación personal. Hoy, más que
nunca, los que integramos la UAC somos llamados a profundizar
nuestra identidad para repensar la tarea apostólica que
llevamos a cabo desde esta visión eclesial concreta. Demos
gracias a Dios por el don que nos hace al convocarnos una vez
más a esta bendita tarea, y hagamos un nuevo compromiso con
todos los desafíos que esto representa, muy especialmente en
un renovado proceso de formación personal y comunitaria, en el
estudio y la reflexión orante de la Palabra de Dios, y en la
lectura y meditación frecuente de los documentos de la
Iglesia, de nuestros pastores, el Papa y los obispos, y de
nuestro Padre fundador, San Vicente Pallotti.
Después de dicho esto, volvamos a las preguntas del comienzo
Ampliando un poco más lo que decía al principio,
propongo que nuestro carisma hoy, en la Iglesia del Tercer
Milenio, es fiel a lo que pensó Pallotti, porque todo lo que
hemos explicitado de mejor manera estaba,
seminalmente, en el pensamiento del fundador. Un repaso de los
textos de Vicente Pallotti nos muestran esta realidad.
El carisma es hoy más explícito porque es mayor la
comprensión de un apostolado católico en:
-
La responsabilidad que acompaña a la tarea. La
seriedad con que debe ser asumida. Las obligaciones
a las que nos exponemos cuando optamos por el apostolado
universal.
-
El rol que cada uno, como individuo o como comunidad,
asume en el apostolado católico.
-
Las exigencias a las que este trabajo nos somete. La
entrega que este trabajo reclama.
-
Y el medio, el entorno, que ciertamente nos
condiciona.
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El carisma es hoy más explícito porque sería
imprudente no ver que el Espíritu Santo siguió suscitando,
y lo sigue haciendo, lo que sin embargo estaba todo en
Pallotti. No es necesario hacerle decir a Pallotti lo
que no dijo o no pensó. No lo necesita. Pero es
preciso reconocer que en el pensamiento de Pallotti estaba
todo, aunque seminalmente.
Nos interrogábamos, en la segunda pregunta, sobre la
naturaleza de este crecimiento, desarrollo, maduración.
Y respondemos: todo lo que vive, en el mundo
creado, se desarrolla y crece. Lo único que escapa a
esta dinámica es lo perfecto, o lo que ha alcanzado su
perfección posible. Lo único perfecto por esencia es Dios,
que se define como lo absoluto. Y en lo absoluto no hay
ninguna imperfección posible. Y han alcanzado su
perfección potencial los ángeles y la Virgen María, por
una especial gracia de Dios.
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Nadie más. Incluso los que ya están en presencia de
Dios, a los que Santo Tomás llama comprensores (en
contraposición a los viadores, que somos nosotros, los que
estamos en camino) son imperfectos, si nos basamos en lo que
dice San Pablo. Porque la perfección la alcanzarán cuando, en
el día de la Resurrección final, las almas separadas se unan a
los cuerpos transfigurados y se inaugure el tiempo definitivo,
el tiempo de la Jerusalén Celestial de la que habla el apóstol
Juan en el libro del Apocalipsis.
Un carisma es algo suscitado por el Espíritu Santo en
una realidad humana. Y como todo lo humano, va creciendo.
Creció en Pallotti. Creció en la SAC, en las congregaciones de
hermanas. Hoy crece en la UAC en su conjunto.
Se desarrolla en la mayor comprensión de los ideales de
Pallotti.
Y evoluciona porque se van viendo con
creciente claridad los alcances de estas intuiciones
que en cada época histórica se revelan con posibilidades
diferentes. El modelo eclesial que vivió Pallotti es distinto
que el que vivimos nosotros hoy.
Por eso decimos que el carisma crece, porque nuevas
circunstancias, en al Iglesia y en el mundo, hacen que el
carisma sirva para darles respuesta.
Pensemos si no en la apremiante prédica del Papa Juan
Pablo II, cuando reclamaba esa nueva evangelización, nueva en
métodos y ardor, frente a los desafíos enormes que nos
presenta un mundo secularizado y muchas veces negador de Dios
y de los valores trascendentes. Un mundo lanzado a esto que el
Papa Benedicto viene señalando desde hace muchos años, cuando
habla del relativismo que hace que todo sea medido con
la vara del hombre, de cada hombre, y no a la luz de la Causa
primera incausada, que es Dios.
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Y a la tercera pregunta, relativa a la legitimidad de la
evolución, el desarrollo del carisma, respondemos: ¿cómo
no va a ser legítimo, si el desarrollo y el progreso son
procesos vitales y naturales?
¿Vamos a querer encerrar nuestra comprensión teológica en
una visión que se habría cerrado 157 años atrás, a la
muerte de nuestro fundador?
¿Vamos a intentar ponerle un bozal al Espíritu Santo?
Lo que no es legítimo, de ninguna manera, es la
transformación del carisma, que es un riesgo que se
presenta mucho en la Iglesia, y que tiene que ver con
nuestras pequeñeces personales de querer destruir lo viejo
y hacer que el mundo “comience con nosotros”.
Distingamos los términos. Una cosa es el desarrollo, el
crecimiento, la complejización. Otra cosa es la
renovación. Y otra la transformación.
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Hablamos de desarrollo cuando hablamos de un proceso natural
de despliegue y crecimiento.
Hablamos de renovar cuando hablamos de quitar la mugre
adherida a una realidad por el paso del tiempo. Como sucede en
el caso de las obras de arte.
Y hablamos de transformación cuando hablamos, con lenguaje
aristotélico, de dar otra forma a una determinada
realidad. Aristóteles enseñaba que lo que define algo
no es la materia sino la forma substancial. Así, puesta otra
forma, cambia la esencia de esa realidad. Como sucede en la
transubstanciación de el pan y del vino. Cambia la forma, y ya
no hay pan y vino sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Entonces, pretender transformar el carisma sería llevarlo a
ser otra cosa. Y eso es NO SER FIELES AL ESPIRITU SANTO. NI AL
FUNDADOR. NI A LA OBRA.
Pero permitir el despliegue y el crecimiento, no sólo
es legítimo sino necesario.
¿Qué es lo que está desde siempre en el carisma?
-
En un mundo que día a día se olvida cada vez más de Dios, es
necesario emprender una nueva evangelización.
-
Es necesario llevar el Evangelio donde aún no ha llegado, y
renovar el impulso evangélico en aquellos que ya son
cristianos.
-
Este trabajo, de por sí monumental, enorme, no puede estar
sólo en manos de obispos, sacerdotes y religiosos. No sólo
porque es demasiado para ellos solos, sino porque el mandato
evangélico de llevar la Buena Noticia a todos está dirigido
a la totalidad de quienes han recibido el mensaje de Cristo.
-
De esto se desprende que TODOS LOS BAUTIZADOS ESTAN LLAMADOS
A TRABAJAR EN LA NUEVA EVANGELIZACION. A esto lo llamamos
APOSTOLADO UNIVERSAL (apostolado de todos)
-
Pero el apostolado de todos no puede ser una suma de
esfuerzos aislados, sino un esfuerzo orgánico, sistémico. De
conjunto.
-
Debe ser un apostolado de la Iglesia. De aquí se desprende
un segundo elemento del carisma: LA UNIDAD.
Apostolado de todos, unidad, comunión con la Iglesia.
Esto está desde siempre.
El crecimiento y desarrollo se da en la mayor
comprensión que tenemos hoy de algunas cosas:
-
Para el ejercicio de este apostolado, los cristianos deben
escuchar el llamado de la propia vocación. Estamos llamados
a ejercer el apostolado desde el lugar que ocupamos, desde
las cosas que hacemos, desde lo que sabemos hacer, desde lo
que nos gusta hacer. Desde la familia, la profesión, la
docencia, el sacerdocio, la escuela, los movimientos e
instituciones cristianas, el periodismo. Desde el lugar que
ocupemos. Los palotinos estamos llamados a trabajar en
UNIDAD Y COMUNION con la Iglesia para llevar el Evangelio a
todos los hombres y reavivar la fe y el compromiso de los ya
creyentes desde el lugar que ocupamos, ya seamos sacerdotes,
docentes, religiosos, amas de casa, profesionales,
estudiantes o lo que fuere.
-
Asumiendo una responsabilidad que deviene de nuestra
condición de bautizados y de la fuerza del amor de Cristo
que nos urge. Una responsabilidad que nos exige:
·
Una formación y capacitación permanente
·
Una dedicación responsable, predecible. No
podemos ser aves de paso.
·
Una mayoría de edad en el propio rol.
Sabedores de que no somos apóstoles por concesión de la
jerarquía sino por el bautismo y el amor de Cristo que nos
impulsa.
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Hoy sigue vigente el "problema de los laicos”, o sea la
ausencia, el no compromiso de la mayor parte del laicado
en la vida eclesial.
Muchos laicos no sienten la Iglesia como algo propio.
Reniegan de la comunidad eclesial. Le dicen “sí” a Cristo,
pero “no” a la Iglesia.
Otros laicos se automarginan del trabajo.
Hay laicos que intentas hacer de curas.
Otros se transforman en “superlaicos”, queriendo adueñarse
de la pastoral de parroquias, instituciones o colegios.
Hay muchos que no se capacitan.
Otros que de pronto desaparecen dejando “colgado” el
trabajo que asumieron.
Otros más, por fin, que forman camarillas
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De más está decir que todo esto no solo no tiene nada
que ver con el carisma de Pallotti, sino que además atenta
contra el espíritu que debe animar el trabajo eclesial.
Cabe destacar que a veces se cayó en una lectura errónea del
concepto de “sacerdocio común de los bautizados” que surge de
las enseñanzas del Concilio Vaticano II,
con una tendencia a creer que aquello significaba una cierta
clericalización de los laicos. De más está decir que no fue
ése el sentido que los Padres Conciliares dieron al sacerdocio
común,
y que tampoco era la visión de Vicente Pallotti. Todos los
cristianos somos consagrados por el bautismo, en efecto, como
pueblo santo, real y sacerdotal, aunque algunos bautizados son
llamados además al sacerdocio ministerial para el pastoreo del
rebaño y para actualizar la presencia sacramental de Cristo
hasta su vuelta. Y esa vocación y ese rol son propios de
aquellos que son llamados por el Señor al ministerio ordenado.
Lo que sí es universal es la vocación al apostolado. No
somos todos sacerdotes: somos todos apóstoles, y esto es lo
real. Porque precisamente, el aporte novedoso de Vicente
Pallotti es llamar la atención al respecto de que el
apostolado es una nota esencial del ser cristiano, y no una
consecuencia y rol a ejecutar únicamente por aquellos que
recibieron el sacramento del Orden o que realizaron una
consagración en alguna familia religiosa.
Por eso, los palotinos nos sentimos llamados a despertar en
todos los bautizados la vocación apostólica, animando a cada
uno a poner de sí todo para la construcción del Reino y la
salvación de las almas. |
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Para finalizar, digamos que hay también un importante
desarrollo en la comprensión de que nosotros, los
palotinos, estamos llamados a llevar conciencia a la
Iglesia de todas estas cosas de las que hemos hablado. No
nos quedamos esta riqueza para nosotros sino que las
llevamos a la Iglesia, proclamando que todos debemos
asumir el apostolado, y concienciando a todos de esta
realidad que no en vano está en el nombre de nuestra
Unión, y sabemos que el nombre, en clave bíblica, define
la misión: el apostolado universal.
Raúl Llusá
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