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Homilía del Cardenal Rylko en la misa de acción de gracias celebrada en la Basílica de San Lorenzo in Dámaso, Roma, el 24 de enero de 2004

En la basílica San Lorenzo in Dámaso de Roma, el 24 de enero de 2004, se celebró la misa de acción de gracias por la constitución canónica de la UAC, que dispuso la Santa Sede por medio del Pontificio Consejo para Laicos. Presidió la concelebración el Presidente del Consejo, Mons. Stanislaw Rylko, cuya homilía es la siguiente:

 

Al dar mi cordial saludo a todos vosotros que participáis en la acción de gracias por la costitución canónica de la Unión del Apostolado Católico como asociación pública internacional de fieles, quiero agradecer sinceramente a vuestro Presidente, el querido Padre Séamus Freernan, por haberme invitado a presidir esta solemne celebración eucarística, un gesto que me honra y que para mí –en mi calidad de Presidente del Pontificio Consejo para Laicos– es motivo de gran alegría. La elección de la basílica de San Lorenzo en Dámaso para esta celebración no es casual. En esta iglesia se respira la presencia de Vicente Pallotti ya que aquí fue bautizado en 1795.

La Unión del Apostolado Católico ha querido concluir así el triduo dedicado al Santo que, este año, ha tenido un carácter especial e, invocando la constante intercesión de su Fundador, retoma el propio camino al servicio de la misión de la Iglesia con arrojo y entusiasmo renovados. La mies evangélica es mucha, pero los obreros siempre son pocos. Rogamos, pues, el Dueño de la mies que suscite en la Iglesia muchos apóstoles e intrépidos testigos de su evangelio en el mundo.

 

Homilía

 
1. Un hito, un nuevo principio

 

El acto con el que, el 14 de noviembre pasado, el Pontificio Consejo para Laicos erigió a la Unión del Apostolado Católico en asociación pública internacional de fieles, constituye para ella una etapa histórica sobre la que merece la pena reflexionar en profundidad.  Con la erección canónica y la aprobación de los estatutos actualizados. vuestra Unión ha recibido de la Iglesia, por así decirlo, una nueva “carta constitucional”. Aquel acto –que es para imprimir en vuestra memoria, porque representa un hito en la vida de la Unión del Apostolado Católico– ciertamente fue para muchos de vosotros la ocasión para recorrer con el pensamiento el extraordinario camino espiritual que en el  siglo XIX inició vuestro Fundador, san Vicente Pallotti. Un camino que, a lo largo de casi dos siglos, ha involucrado a muchos sacerdotes y religiosas, pero sobre todo a filas de fieles laicos, entre los que el carisma palotino engendró un amor radical por los pobres y necesitados, un generoso compromiso misionero “hasta los confines de la tierra”, copiosos y sorprendentes frutos de santidad. Si se mira su obra, difundida en más de cuarenta países de los cinco continentes, no es arriesgado decir que san Vicente Pallotti ha adelantado doscientos años la teología del laicado del Concilio Vaticano II. De todo eso hoy damos gracias al Señor abrazando, en nuestra oración  de alabanza, la historia de la Unión como tesoro precioso a conservar y valorar.

En el vasto panorama de esta historia, la erección canónica de la Unión del Apostolado Católico de parte del Santa Sede significa sobre todo una acreditada confirmación de la actualidad de su carisma en la vida de la Iglesia. Este acto quiere decir que la Iglesia de hoy, la Iglesia que ha pasado apenas el umbral del tercer milenio, necesita vosotros y vuestro compromiso apostólico tal como lo trazó y enseñó vuestro gran maestro, san Vicente Pallotti. Este acto de la Santa Sede confirma la vitalidad de un carisma que, a pesar de los años y de generaciones de cristianos, no envejeció en absoluto, no perdió su frescura originaria, sino que sigue fascinando a muchos de nuestros contemporáneos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, entre los que suscita grandes frutos de santidad y compromiso misionero. Damos gracias al Espíritu Santo por esta permanente juventud del carisma de la Unión del Apostolado Católico, signo de esperanza para la Iglesia y para todos vosotros, hijos espirituales de Vicente Pallotti.

 
2. El carisma: un regalo y una tarea

 

El acto de erección canónica de la Unión del Apostolado Católico es también, para vosotros, un llamado a profundizar la identidad que deriva de su carisma. Pues, hace falta preguntarse: ¿Quiénes somos en la Iglesia como gran familia palotina? ¿Cuál es nuestro lugar entre los muchos carismas que el Espíritu prodiga tan generosamente a la Iglesia de nuestro tiempo?

 

El mismo Juan Pablo II en Christifideles Laici habla de una «nueva época asociativa de los fieles laicos» (cfr. n. 29) que, iniciada en la Iglesia después del Concilio Vaticano II, junto a asociaciones como la vuestra, con una larga y merecedora historia, ve florecer nuevos movimientos eclesiales y comunidades, pero espontáneamente hoy nos  preguntamos ¿cuántos de estos nuevos carismas tendrán una vida larga y fecunda como el vuestro? Los caminos del Señor son inescrutables...

Volvemos a nuestra pregunta: ¿Quiénes somos? Ahora bien, son justamente las lecturas que hemos oído las que nos conducen a las raíces del carisma palotino, porque hablan de lo que para san Vicente era absolutamente lo más entrañable: el amor. El profeta dice Isaías: “Comparte el pan con el hambriento, introduces en casa los pobres, sin techo, viste al que ves desnudo. Entonces tu luz surgirá como la aurora” (cfr. Is 58,7s). El apóstol va todavía más allá, revelando a nuestros ojos un horizonte fascinante: «aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo la caridad, soy como un bronce que repica o una pandera que tintinea; si tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y poseyera la plenitud de la fe como para transportar montañas, si no tengo la caridad, no soy nada» (1 Cor 13, 1s). Esas palabras de Pablo le hicieron exclamar a San Vicente: «¡No puede vivir, Jesús mío, el que no ama!». El apostolado no puede brotar más que de la caridad, que es como de su alma. Sin la caridad, arriesga parecerse a una mera filantropía, a una propaganda terriblemente vacía.. Quien en la propia vida ha encontrado a Dios, rico en misericordia, no puede más que gritar al mundo: ¡Dios te ama! «El amor de Cristo nos empuja» (2 Cor 5, 14) ahí está el corazón del apostolado, la mejor garantía de su autenticidad y su eficacia.

En el curso de esta celebración eucarística, mirando a San a Vicente Pallotti, vosotros queréis reasumir hoy el carisma del que nació vuestra Unión y, con gratitud, queréis reafirmar el sentido de responsabilidad que advertís por ese don que le dio una extraordinaria carga espiritual a vuestra vida y a la de muchas generaciones de cristianos que os han precedido sobre ese camino. Vivir el carisma de modo responsable quiere decir, ante todo, preservar en la fidelidad al pensamiento del Fundador. Pero no una fidelidad estereotipada, sino una fidelidad creativa y capaz de recoger los desafíos siempre nuevos que el mundo contemporáneo lanza a la Iglesia. Vivir el carisma de modo responsable quiere también decir cuidar del carisma, defenderlo de todo lo que lo amenaza o amenaza contaminarlo, como la peligrosa tentación del compromiso fácil con la mentalidad de este mundo; quiere decir también tratar de vivirlo en plenitud en nuestra vida personal y comunitaria. Porque el carisma conserva su vitalidad sólo si se vive con alegría y gratitud, si se comparte con los demás y si se pone al servicio de la misión de la Iglesia. Vuestro carisma contiene riquezas abundantes y a pesar del pasar de los años; reserva todavía muchas sorpresas a quien sabe acogerlo con corazón abierto y generoso. ¡Como no darle gracias al Espíritu Santo por esta “perla evangélica” que se os ha destinado gratuitamente! ¡Como no quedar estupefactos ante su fuerza, que sigue manteniendo unidos en una verdadera familia espiritual a hombres y mujeres diversos por estado de vida, vocación, edad, cultura, procedencia, que este don que aúna y en el que encuentran alimento para la propia vida de fe.

 

3. ¡Heme aquí, mándame!

 

La historia de la Unión del Apostolado Católico, por su mismo espesor, no puede más que suscitar expectativas exigentes y hoy, concientes de eso, la Iglesia espera sobre todo de vosotros frutos de madurez eclesial. Una madurez que se mide por esos criterios fundamentales que enumeró el Papa en la Christifsdeles laici, : la búsqueda de la santidad, la fidelidad al magisterio de la Iglesia, el espíritu de comunión y el espíritu de obediencia respecto a los Pastores, el salto generoso en el anuncio del Evangelio, el empeño en la transformación del mundo según el espíritu evangélico (cfr. n. 30[1]).

La erección canónica de vuestra Unión significa, por lo tanto, por vosotros un nuevo envío de parte de la Iglesia, un renovado mandato misionero. La Iglesia os dice: ¡Id! Narra Lucas en el pasaje del Evangelio que hemos escuchado: «el Señor eligió otros setenta y dos discípulos y los mandó de dos en dos delante de si a todas las ciudades y lugares donde él debía ir, y les dijo: –la mies y mucha, pero los obreros son pocos» (Lc 10, 1-2). Hoy, tenéis que sentir que sois vosotros esos setenta y dos discípulos que el Señor ha mandado delante de si. Para vosotros éste es el momento de partir de nuevo[2], conscientes del alcance de las tareas y los desafíos que se le plantean a la Iglesia en este principio de milenio. En la carta apostólica Novo millenio ineunte, el Papa dice con pasión: «Duc in altum ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos». (NMI n. 58). “Ojos penetrantes” y un “corazón grande” Sin duda, al afrontar los desafíos apostólicos de su tiempo, San Vicente Pallotti los ha tenido. Con su ejemplo nos pide a todos nosotros que, iluminados de la fe y de la caridad de Cristo, dilatemos el corazón y abramos los ojos. No os asusten los grandes desafíos de nuestro tiempo, los obstáculos, la indiferencia y hasta la hostilidad de muchos al mensaje evangélico. ¡La mies es grande! ¡Nadie puede quedarse ocioso! Cristo a os repite las mismas palabras que dirigió a aquellos setenta y dos discípulos: «he aquí que yo os mando como corderos entre lobos» (Lc 10, 3), «pero tened confianza, yo he vencido el mundo!» (Jn 16, 33) .Celebrando el acto de su erección canónica, la Unión del Apostolado Católico se presenta hoy delante del Señor lista para partir de nuevo con renovado ánimo y entusiasmo. Lista para decir con el Profeta: «¡heme aquí, mándeme! » (Is 6, 8), en la convicción de que el Señor que «ha iniciado esta obra buena, la llevará a cabo hasta el día de Cristo» (Fil 1, 6). Repartid, pues, teniendo mirada fija en la persona de Jesucristo –como nos invita el Santo Padre– contemplando su rostro en la escuela de Maria, Reina de los Apóstoles.

 


 

[1] Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales

30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con la libertad de asociación.

Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada una de las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden considerar, unitariamente, los siguientes:

El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta «en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles»(109) como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad.(110)

En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de ellas, están llamadas a ser -cada vez más- instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica y la fe de sus miembros».(111)

La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.

El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal,(112) y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad»(113) en la Iglesia particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la Iglesia».(114)

La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.

La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la Iglesia», que es «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes».(115)

Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.

El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre.

En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.

 

[2] Fuera del texto, Mons Rylko acentuó que, en la tarea de ofrecer a la  Iglesia el tesoro del Espíritu Santo que recibimos con nuestro carisma, debemos recuperar las décadas en las que no contamos con este reconocimiento que hoy recibimos de la Madre Iglesia.