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Fieles al futuro

 La Sociedad del Apostolado Católico...

 

I — A LOS HOMBRES DEL TERCER MILENIO

 

El mundo postmoderno (nn. 2-6)

El hombre en búsqueda de su realización (n. 7)

El mundo deseoso de Dios (n. 8)

Imagen y semejanza de Dios (nn. 9-10)

Dios, amor y misericordia infinita (n. 11)

 

II — LES ANUNCIAMOS A JESÚS, ENVIADO DE DIOS

 

La figura de Cristo, Apóstol del eterno Padre (nn. 12-14)

Siguiendo a Jesús, Apóstol (nn. 15-20)

¡Abrid las puertas a Cristo! (nn. 21-24)

 

III — PARA QUE TAMBIÉN ELLOS ANUNCIEN SU NOMBRE

A SUS HERMANOS

 

Cómo ser apóstol y vivir como tal (nn. 25-29)

Vida comunitaria (nn. 30-31)

Acción y contemplación (nn. 32-33)

Apóstoles fieles al futuro (n. 34-38)

 

18 de marzo 2000.


 

 

FIELES AL FUTURO

 

…con la mirada puesta en Jesús,

autor y perfeccionador de nuestra fe.

Carta a los Hebreos 12, 2

 

 

I — A LOS HOMBRES DEL TERCER MILENIO

 

1.         Fieles al futuro del hombre, con la mirada puesta en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe[1], en comunión con toda la Iglesia, renovamos el compromiso de compartir la historia humana reafirmando, al comienzo de este nuevo milenio, que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez go­zos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay de verdaderamente humano que no encuentre eco en (nuestro) corazón[2].

            Para ser fieles a Dios y a nosotros mismos, nuestra rela­ción con el hombre sujeto del amor de Dios, consiste en el fe­liz anuncio de esperanza de que esta meta del Tercer Milenio es una nueva oportunidad para cambiar de vida. Ésta es la buena noticia que anunciamos.

 

El mundo postmoderno

[Insertos en la historia]

2.         Vivimos y compartimos la historia de la humanidad y todas sus circunstancias. El mundo que tenemos presente es el de la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades en las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias…[3], y oímos el clamor que viene de lo profundo del corazón del hombre que busca la vida y la verdad sobre sí mismo.

            Somos solidarios con el hombre que marcha hacia el Tercer Milenio por un camino de esperanza y en un mundo donde se borran las fronteras. Los progresos técnicos ofrecen recursos maravi­llosos y se abren a un desarrollo sin límites al servicio de la educación, de la salud y de todo tipo de necesidad humana.

            Somos también solidarios con esa gran parte de la humanidad que no puede acceder a ese desarrollo. Además, vemos cómo la solidaridad universal una vez más se ve vencida por los en­fren­tamientos entre diversos grupos y por las nuevas y más du­ras fronteras entre bloques culturales y religiosos, por la guerra y por todo tipo de violencia.

 

[Los medios masivos de comunicación social (MCS)]

3.         Los medios de comunicación tienen un rol central en este proceso. Más allá de las maravillas de la comunicación se han transformado en «superpoderes» que consiguen concentrar el interés de las masas sobre ciertas actualidades parciales y esconder otras, tal vez más importantes, vitales y graves . Muchas veces los MCS se transforman en criterio de verdad y establecen la temática a discernir en cada paso de la historia como una gran Ágora de nuestro tiempo y, como tales, son manipulados por diversos sec­tores de poder que los usan en la lucha por el predominio.

            Éste es el marco en el que nos encontramos al ir a la bús­queda de nuevas respuestas sobre los distintos aspectos de la vida.

 

[La religiosidad]

4.         Sabemos de la confusión en la que se encuentra el hombre de hoy desde el punto de vista religioso. Junto a la tolerancia y al pluralismo, en diversos sectores culturales se pasa de una gran indiferencia a la extrema credulidad (magia, supersticiones, sectas, etc.).

            También en la actitud espiritual y moral el hombre se ve arrastrado por los integrismos que dominan algunos pueblos y culturas, o por el relativismo que lo lleva a la indiferencia hacia el prójimo. Además, la prescindencia del juicio moral del progreso científico y de las vivencias de la política y de la economía, expresa la idea de un total relativismo en los criterios éticos y morales. En todo caso, la persona humana y la misma vida a veces se ven transgredidas, despreciadas y manipuladas. Son muchas las cosas que llevan a pensar más en una civilización de la decadencia que de la promoción de la vida.

 

[El deseo de un mundo mejor]

5.         También es cierto que el hombre espera un futuro cada vez mejor, ya sea superando las condiciones de injusticia de muchos, ya sea con la perspectiva de una mejora en la «calidad de vida», pero se vuelve a encontrar inmerso en ese materialismo que si­gue siendo el trasfondo que lo hace insensible a toda situación de sufrimiento humano.

            Algunos sectores alcanzan sus niveles de progreso mediante el empobrecimiento de otros. Las marginaciones de todo tipo, los mi­gran­tes, los refugiados y los excluidos son como «efectos indeseados» de la llamada «civilización del bienestar».

            La violencia del desequilibrio y de la injusticia genera la otra violencia de la rebeldía y de la revancha, como se en­cuentra en los permanentes «puntos de conflicto» en todo el mundo.

 

[Una nueva oportunidad]

6.         Este no es el mundo que los cristianos creen fundado y con­ser­vado por el amor del creador, esclavizado bajo la servidum­bre del pecado pero liberado por Cristo crucificado y resucita­do, roto el poder del demonio y destinado a transformarse según el propósito divino y alcanzar su consumación[4].

            En todo caso, nuestra fidelidad a Dios, al hombre y a no­sotros mismos nos impulsa a dar a todos los hombres el feliz anuncio de optimismo y de esperanza. Pensamos en modo particu­lar en los jóvenes. Muchos de ellos buscan sus ideales y están decididos a comprometerse plenamente en el cumplimiento de pro­puestas sólidas para la construcción de un mundo mejor. Aunque a veces no consiguen encontrar el camino de la fe, son de todos modos «hombres de buena voluntad» y están dispues­tos a caminar juntos.

            También pensamos en aquellos que, con una cierta actitud de pasividad no logran asumir la plenitud de su res­ponsabilidad en la vida. Son conscientes de esa deficiencia pero no encuentran el camino hacia una solución adecuada.

            Estamos llamados a anunciar a todos que Cristo fue enviado a llevar la bue­na noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cauti­vos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor[5]. Ése es el mensaje que tenemos para vivir juntos.

 

 

El hombre en búsqueda de su realización

[Solidarios con el hombre del Tercer Milenio]

7.         El hombre recorre mil caminos en la bús­queda de su felicidad. Y su clamor es aún más fuerte cuando intuye que los caminos que eligió lo llevan a nuevas y peores frustracio­nes. A la droga, a las varias formas de corrupción, a doctrinas y a la práctica de «sabidurías» exóticas, incluso al mismo cul­to del mal.

            Es cierto que al percibir que la vida siempre resurge con esa fuerza que le es propia y constitutiva, el hombre re­nueva la esperanza en una nueva etapa hacia esa plenitud a la que se siente llamado. Pero aún así le queda la pre­gun­ta sobre cómo remediar los errores del pasado y sus conse­cuen­cias y cuál será el camino a seguir en el futuro. Y todo esto a menudo desalienta toda tentativa de una vida nueva.

            Pero también es cierto que en Jesucristo, Dios no sólo habla al hombre sino que lo busca. … ¿por qué lo busca? porque el hombre se ha alejado de Él, escondiéndose como Adán entre los árboles del paraíso terrestre[6], y que el hombre del Tercer Milenio a menudo se quiere esconder de Dios.

            Por lo tanto, proclamando la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrecemos al género humano (nuestra) sincera colaboración … para lograr la fraternidad universal que corresponda a esa vocación … y con­tinuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido[7].

 

El mundo deseoso de Dios

[El hombre en búsqueda de Dios]

8.         La esperanza, en lo profundo del corazón del hombre, de reen­contrar a Dios no se detiene. El mismo resurgir de sectas, magias y tan­tas formas de credulidad no hacen más que demostrar la inmen­sa sed que el hombre tiene de lo espiritual y de lo trascendente. A pesar de todo, el hombre permanece deseoso de Dios[8].

            En nuestros días el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución del mundo … y sobre el sentido último de las cosas y de la humanidad[9].

            Nos sentimos animado por el dicho: Buscad a Dios y lo encontraréis. Buscadlo en todas las cosas y lo encontraréis en todo. Buscadlo siempre y lo encontraréis siempre[10].

 

Imagen y semejanza de Dios

[La dignidad del hombre]

9.         Para quien quiere verdaderamente lanzarse por el camino de la búsqueda de sí mismo y del sentido de la vida, el primer paso será el de entrar en lo profundo de su propio ser y encon­trar allí su propia identidad, la dignidad de su persona y su propia vocación. Para ir a las fuentes de su dignidad perso­nal, el hombre tendrá que redescubrir su seme­janza con Dios de quien es imagen[11]. Es Dios, y nadie más, quien le ha dado tal dignidad «poco menos que los ángeles» y nadie se la podrá nunca quitar.

            A este punto cabe preguntarse: “¿Quién soy yo? ¿Quién eres Tú, oh Dios? ¿Qué quisiste de mí?”[12]. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?…[13]. Estas son preguntas para hacerse en una relación de intimidad con Dios y es sobre la base de la confianza en Dios donde el hombre encuentra el camino de su propia vida.

 

[Restablecer la imagen de Dios en el hombre]

10.       Aunque el hombre pisotee la dignidad tanto de su prójimo como la suya propia, la diná­mi­ca de la fideli­dad al futuro del hombre consiste en buscar e incrementar esa dignidad, restableciendo y perfeccionando su semejanza con Dios. Todo hombre, de toda cul­tura y nación, de cualquier condición social, de cualquier edad, sexo y nivel cultural es por siempre imagen y semejanza de Dios y esto lo debe reconocer y vivir todo hom­bre.

 

Dios amor y misericordia infinita

[¿A cuál Dios se asemeja el hombre?]

11.       Pero, ¿a qué Dios se asemeja el hombre? ¿A un dios autor del mal y del sufrimiento? ¿A un dios juez inexorable que castiga toda transgresión? ¿A un dios sediento de venganza que no tolera a quien no le está sujeto incondicionalmente? ¿No se habrá fabri­cado el hombre un dios a imagen de su condición limitada?

            El verdadero Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva[14]. El verdadero Dios es misericordia infi­ni­ta. La misericordia es la disposición por la cual se perdona, se ama y se quiere solamente el bien. En su infinita misericordia Dios quiere el bien de todo hombre y le ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo; y está siempre dispuesto a ello porque ama infinitamente[15].

            En medio de toda la creación —signo de la sabiduría infi­ni­ta— resplandece el hombre como imagen del mismo amor y mise­ri­cordia infinita de Dios; y la voluntad de Dios es librarlo de todo lo que va contra su dignidad restaurando en él su propia ima­gen y semejanza.

            Por lo tanto, el ideal de comenzar una vida nueva no es más una vaga quimera sino una posibilidad real. Más aún, es una certeza porque depende de nuestra apertura a Dios que realiza en nosotros su proyecto de amor. La volun­tad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad[16]. ¡Ésta es verdaderamente la buena noticia!


 

II — LES ANUNCIAMOS JESUCRISTO, ENVIADO DE DIOS

 

La figura de Cristo,

Apóstol del eterno Padre

[Dios envió a su Hijo]

12.       Dios no realizó su plan de salvación de un modo mágico o teledirigido desde una altura extraterrestre sino viniendo en medio a los hombres, insertándose en su misma con­dición humana y poniendo su morada en su corazón. Como un padre que «entra en el mundo de su hijo» para compartir sus alegrías y sus esperanzas, sus tristezas y sus angustias y hacerse uno con él, así Él hizo su opción definitiva por el hombre. ¡Dios está con nosotros, en nosotros y a favor de nosotros!

            Así Dios envió a su Hijo nacido de mujer[17], confirmó la misión de Jesús y le dio testimonio haciendo oír su voz cuando era bautizado: Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”[18].

 

[Dios se hizo uno de nosotros]

13.       Jesús que, siendo de condición divina … se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor y, haciéndose seme­jan­te a los hombres[19], vino para realizar el plan de salvación de Dios. “Yo he venido para que … tengan vida y la tengan en abundancia”[20]. Y cumple su misión salvífica en su obediencia al Padre.

            Luego, Cristo es amado por Dios porque es su hijo pero más aún porque le es obediente[21]. Aceptando la voluntad de su Pa­dre de compadecerse de nuestras debilidades, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado[22], fue fiel a su misión hasta la muerte y muerte de cruz[23].

            Para cumplir la voluntad del Padre, Él tuvo que realizar del modo más absoluto la misma Misericordia infinita de Dios. Para cumplir en obediencia la voluntad de Dios de salvar el mundo, Cristo Rey partió con el sé­quito real de la via crucis hacia su Trono, la cruz, y por eso Dios lo exaltó … para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla … y toda lengua proclame, para gloria de Dios Padre, “Jesucristo es el Señor”[24]. Gloria de Cristo realizada en su Resurrección, meta triunfal en la realización de la misión que tenía que cumplir.

            Jesucristo es, por tanto, el Enviado de Dios, es decir, el Apóstol del Amor y la Misericordia infinita. Es más, dado que en su ser y en su actuar se identificó con la voluntad de su Padre, la vida de Jesucristo, que es su Apostolado, debe ser el modelo del apostolado de cada uno[25].

 

[La plenitud de la libertad]

14.       Esta vocación suya —”debo anunciar la buena noticia … para esto he sido enviado”[26]— Jesús la percibió plenamente en su profunda experiencia personal. En el monte Tabor confirmó su identidad y su misión y las asumió libremente. Jesucristo identificó su voluntad con la del Padre y, con la potencia del Espíritu, li­bre de toda atadura de tentación, se vio en condición de serle obediente.

            Esta feliz experiencia de conocer con certeza su propio ser personal y el por qué ser el que es, será la base de esa fi­delidad a sí mismo y al Padre que se manifestó en su transfi­guración. Los discípulos dieron testimonio de ello «después de la resurrección», cuando estuvieron en grado de comprender de dónde le venía esa fortaleza que le permitió realizar fie­l y libremente la tarea que Dios le había confiado.

 

Siguiendo a Jesús Apóstol

[Cristo presente en todo tiempo y en todo hombre]

15.       Jesucristo es el Apóstol y quien lo sigue se hace también apóstol de Dios.

            La toma de conciencia de la propia identidad y de la pro­pia misión en el mundo lleva al hombre, además de alegrarse por ese descubri­m­ien­to, a darse cuenta de que esa misión es propiamente la suya, que la debe realizar él y que nadie podrá nunca cumplirla en su lugar. Y si, a veces, el hombre se ve impedido de cumplir su rol histórico por barre­ras insuperables, el compromiso de la comunidad cristiana de promover la dignidad humana consiste en buscar la manera de liberarlo de esas barreras.

            Todas las personas pueden y son llamadas a hacerse mensa­je­ros del infinito amor y misericordia de Dios. Éste es el fundamento de una verdadera responsabi­li­dad personal por el Reino de Dios y todos los hombres están llama­dos a ser apóstoles.

 

[El testimonio de María]

16.       María encontró el sentido de su vida en cumplir la volun­tad de Dios. Ella cumple, en obediencia perfecta, la voluntad del Padre. Ése es su apostolado y, en su compromiso, superó a todos los apóstoles[27]. María participó en el sacrificio de su Hijo, dio testi­mo­nio al pie de la cruz y se podría decir que «se alegró» de ese sacrificio que llevaba la salvación al mundo. Además, con su oración apoyó a los primeros apóstoles y sigue apoyándonos también a nosotros, apóstoles de hoy[28].

 

[En el espíritu de los Apóstoles y de las primeras comunida­des]

17.       Los testigos de la resurrección encontraron en el aposto­lado el camino de su vida. Los discípulos de Emaús, la Magda­lena, Tomás y, en fin, todos los miembros de la primera comuni­dad. Tenemos presente en modo particular a Pedro y a Pablo, pero todos partieron de Jerusalén para todo el mundo.

            Cada uno de nosotros tuvo también su experiencia personal de Cristo y de lo que hemos visto y oído[29] damos testimonio. Es un anuncio jubiloso que de ningún modo podríamos callar porque brota de nuestro corazón con la potencia del Señor resucitado y de su Espíritu Santo infundido en el Cenáculo[30]. “Quisiera sen­tirme en el cenáculo, con los discípulos y con María, el día de la Pentecostés”[31].

            La experiencia de la Pentecostés es, en efecto, fundamen­tal para la Iglesia y para su comprensión. Aún conscientes de su misión, los discípulos de todos los tiempos pueden quedar fre­nados por el miedo, como los primeros cristianos que se vie­ron frenados por temor a los judíos[32]. La venida del Espíritu San­to, por la intercesión orante de María, Reina de los apósto­les, será la causa de la fortaleza que los impulsará a llevar sin demora en medio del pueblo y proclamar en todas las lenguas las maravillas del Señor.

            En este nuevo milenio, como desde el tiempo de las prime­ras comunidades de los discípulos, renovados por el Espíritu Santo, anunciamos al mundo Cristo Resucitado[33].

 

[Con la Iglesia peregrina en el mundo]

18.       Apóstoles a lo largo de los siglos, como los setenta y dos discípulos enviados a todas las ciudades y sitios adonde él debía ir, sabemos que la mies es mucha pero los operarios son pocos. Rogamos, pues, al dueño de los sembrados que mande ope­rarios a su miesDíganles: “El Rei­no de Dios está cerca” … El que los escucha a ustedes me escucha a mí. El que los des­pre­cia me desprecia a mí. Y el que me desprecia, desprecia al que me envió”[34].

            Así el Pueblo de Dios comparte con todos los hombres una única historia y en ella realiza su determinada misión real sacerdotal y profética. También en este tiempo nuestro, en nue­stro milenio, seguimos llevando adelante, lo mejor posible, la misión que Dios nos ha confiado.

 

[Fortificados por el testimonio de los mártires]

19.       En un modo particular y eminente queremos detenernos sobre el testimonio sin parangón de los mártires a lo largo de estos veinte siglos de la Iglesia, especialmente en el vigésimo, pro­clamado —como los primeros— siglo de la Iglesia de los márti­res. Ellos se identificaron con la pasión redentora de Cristo en obediencia, como Él, a la voluntad de Dios. Esa es la culmi­nación de su apostolado. Fortificados por el Espíritu, amaron tanto a sus enemigos que los ultrajaban pidiendo a Dios “no les tengas en cuenta este pecado”[35]. Con su silencio se unieron al silencio salvador de Jesús cuando lo juzgaban. Su testimonio, empero, no se debe entender como un testimonio «de muerte» sino como el de «la vida» vivida como fidelidad a la misión y coherente con el mensaje del evangelio. Su testimonio fue como el de Jesús frente al cual, los que querían sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones … llenos de admiración por su respuesta, tuvieron que callarse[36]. Así, como única res­pues­­ta, recibieron la de la violencia absurda que se desencadenó contra ellos y que los llevó al supremo testimonio del martirio.

 

[Con la fuerza motriz de la caridad]

20.       Como en el nuestro, en el corazón de tantos hombres palpi­ta un amor incesante por la humanidad unido al deseo —que a ve­ces puede parecer un ideal inalcanzable— de «salvar» al mundo. Pero el amor que nos impulsa es el mismo amor y misericordia infinita de Dios que, con su fortaleza, nos da la certidumbre de que tal ideal es alcanzable y que se hace realidad. Por otra parte, en tal tentativa se encuentra el camino hacia la pleni­tud de la dignidad personal como es la de ser semejantes a Dios.

            No es, por lo tanto, sólo nuestra decisión la fuerza motriz del apostolado. Es la misma caridad de Dios: el amor de Cri­sto nos impulsa[37] y es por ese mismo amor de Dios que estamos invitados a participar en la misión de Jesucristo.

 

Ábranle las puertas a Cristo

[Reflejando el misterio de la presencia de Dios]

21.       Todas estas vivencias personales y comunitarias que, en su conjunto, constituyen el camino de la Iglesia en la historia del hombre, no hacen más que reflejar la presencia de Dios. La Iglesia y la huma­nidad misma permanecen frente al inagotable misterio de Cristo que nos precede siempre en el camino y no deja de sorprendernos con sus permanente intervenciones.

 

[Los precederé en Galilea]

22.       Los discípulos han hecho a lo largo de los siglos, la misma experiencia del primer momento de la resurrección. Sorprendidos frente al sepulcro vacío recordaron lo que Él les había dicho: “después de que yo resucite los precederé en Galilea”[38]. Él sie­mpre va adelante. Es Él el que abre el camino y los discípu­los, fieles a Él, lo siguen. “Habiendo sido yo mismo alcanzado por Cr­isto Jesúsme lanzo hacia adelante y corro en direc­ción a la me­ta”[39].

            Nunca podremos imaginar la vicisitudes que la vida nos ofrecerá en los próximos pasos de nuestro camino en medio a los hombres, pero el Señor conoce muy bien nuestros caminos y los de toda la humanidad. Es Él, por lo tanto, el que nos precede definitivamente en todos nuestros pasos, abriendo, además, el camino que nosotros tendremos que recorrer.

            De una cosa estamos seguros, de que Dios busca al hom­bre[40]. Antes de que el hombre busque a Dios, Él ya le salió al encuen­tro. Y antes de que nosotros, sus apóstoles, nos demos cuenta de los nuevos caminos que nos llevan al encuentro del hom­bre de nuestro tiempo, Él ha ya llegado y nos precede en las nuevas circunstancias de la historia. Él es, definitivamen­te, el Apóstol del eterno Padre.

 

[Horizontes nuevos]

23.       Es por eso que nuestra fidelidad al futuro nos lleva a estar abiertos a las novedades del nuevo milenio. La Puerta Santa del jubileo del año 2000 deberá ser … más grande que las precedentes[41]. Hay muchas novedades en el mundo actual y muchas más encontraremos en el milenio que se abre a nuestros ojos. Queremos ver la historia con un siglo de antici­pación. No podemos adivinar los desafíos que nos saldrán al paso, pero podemos sí renovar nuestra disponibilidad a acoger todo lo que sea humano, porque nada humano nos es indiferente.

            Somos, por tanto, hombres de esperanza porque estamos en comunión con este Dios nuestro que cada mañana hace nuevas to­das las cosas[42] y es justamente Él el que se sorprende de la pa­labra nueva con la que, cada día, la humanidad responde a sus designios, y es siempre Él el que llama a cada uno de nosotros con una nueva propuesta, como próximo paso de nuestra propia vida. Es Él el que ha comprendido, antes que nadie, los nuevos desafíos de la historia. Es Él el que nos precede en la compasión  y en la misericordia para con el hombre del futuro. Es Él y su vo­luntad lo que queremos seguir fielmente.

 

[Ecumenismo y Diálogo interreligioso]

24.       El Señor está presente en los más diversos ámbitos de la realidad humana y sobre todo lo está en la apertura del hombre a lo trascendente. Y precisamente en el universo personal, en el mundo de lo espiritual, encontra­mos nuestro puesto específico de tarea apostólica para buscar la salvación de todos los hombres hasta los confines de la tie­rra.

            Tenemos, pues, la certeza de que Cristo se hace pre­sente en toda realidad humana y, por lo tanto, en toda expre­sión religiosa y espiritual de todas las culturas.

            Queremos estar abiertos a esa presencia de Cristo que en­contramos, en primer lugar, en las otras Igle­sias cristianas, y reconocemos con alegría y apreciamos, … porque eso es justo y saludable … los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran entre nuestros hermanos separados y reconocemos  las riquezas de Cristo y las obras  de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de sangre[43].

            También queremos acercarnos a todos los hombres de otras culturas y religiones. La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas reli­giones (no cristianas) hay de verdadero y santo. Con­sidera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los precep­tos y doctrinas que, aunque discrepan en mu­chos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un deste­llo de aque­lla Verdad que ilumina a todos los hombres[44].

            Reconocemos pues que también en las otras religiones se encuen­tra de algún modo un destello del Espíritu Santo y apr­eciamos los valores humanos presentes también en el corazón de quienes aún no han encontrado a Dios. Somos de todos modos conscientes de que Cristo ya llegó a todos y que los llama también a ellos a ser apóstoles del Padre.

            Éste es el Enviado de Dios. Éste es aquel Jesús de Nazaret y también el Cristo presente a lo largo de los siglos para realizar el designio de su Padre.


 

III — PARA QUE TAMBIÉN ELLOS ANUNCIEN SU NOMBRE

A SUS HERMANOS

[Cf. Sal 22(21), 23]

 

Cómo hacerse apóstol y cómo vivir como tal

[Somos embajadores de Cristo[45]]

25.       El embajador se ocupa de llevar a cabo la tarea que se le ha confiado, a la que debe ser fiel, aún cuando a veces no consiga comprender el mandato recibido y se encuentre incluso en cierto disenso. El volver a la experiencia feliz que culminó ­con su decisión por una vida nueva es lo que le da al embajador la fuerza para cumplir fielmente su misión. Eso es una confir­ma­ción de esa libertad personal por la cual está en grado de ser fiel, o no, a sí mismo y a su misión.

            La experiencia de Jesús en el Tabor será la fuente de la fuerza para realizar el plan de salvación previsto por el Pa­dre, esto es, la propia pasión y crucifixión que lo llevará hasta la resurrección. La fidelidad es la cualidad esen­cial del embaja­dor.

            El Apostolado es la misión suprema que Dios confía al hom­bre, de llevar la entera humanidad a la salvación reconducién­dola a la unidad de un solo rebaño[46] mediante el vínculo de la caridad. Y todos los que fueron enviados … son llamados «ap­óstoles»[47].

 

[Llamados al apostolado]

26.       Como hombres creados a imagen y semejanza de Dios, llegamos a ser, por medio del bautismo, hijos de Dios. Unidos a Cristo, participamos en la acción de Dios que, en Jesucristo, nos llama a cooperar en la obra de la salvación. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis manda­mie­ntos permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamien­tos de mi padre y permanezco en su amor”[48].

            Dios nos ha confiado esa misión como carisma de su Espíritu. Es un don de ese Espíritu Santo que nos recuerda todo lo que Jesús nos enseñó[49]. El don del apo­stolado se torna, pues, una responsabilidad personal al ti­empo que un derecho, una alegría y un honor, y la fidelidad a esa misión es, a su vez, reconocida por Dios.

 

[El Apostolado es una responsabilidad personal]

27.       El apostolado es esa decisión de ser obedientes a Dios mediante la identificación con su voluntad, siguiendo el ejemplo de Cristo, como hicieron María, los Apóstoles, los mártires y tantos otros testigos del evangelio. Y esta decisión se toma con la conciencia de que la propia misión personal es intrans­ferible.

            Como Cristo es el Apóstol y cumple su misión, todo hombre llamado al apostolado tiene su propia parte en el plan de Dios. Así, uno es el apostolado del Papa, otro el del obispo y otro el de un padre de familia o el de un profesional y así todos. Cada uno, de todos modos, tiene su propio apostolado y esa es una tarea que ningún otro podrá realizar en su lugar. “No son ustedes los que me eligieron, sino que soy yo el que los elegí y los destiné a que vayan y den fruto y ese fruto sea durade­ro[50].

            Tanto por el bautismo que nos inserta en Cristo[51] como por el mandamiento de la caridad[52] cada cual es responsable de su apostolado o misión en la que, además, realiza su propio ser personal y su vocación en plena li­ber­tad.

 

[El Apostolado es un derecho]

28.       El apostolado es un derecho propio de todo discí­pulo concedido por el Salvador mismo. Jesucristo, en efecto, nombró a los Apóstoles antes de conferirles el mi­niste­rio sa­cerdotal[53] y la Virgen, aún sin tener cargo ecle­siástico alguno ni consagración ministerial, es saludada por toda la Iglesia como «Reina de los Apóstoles»[54].

            Muchos llegaron incluso a la gloria del martirio en defen­sa de este derecho lo que resulta, en todo caso, expresión de fi­delidad apostólica! “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” …  y salieron del Sanedrín, dichosos por haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús[55].

 

[El Apostolado es un honor y una alegría]

29.       El Apostolado es ese honor y esa alegría del hijo que ve cómo el padre tiene confianza en él y le confía su propio ofi­cio. “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean discípulos míos[56]. Dios se identifi­có con nosotros al punto de confiarnos la misma tarea a no­so­tros como si fuese Él mismo. …los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, ¡hasta los demonios se nos so­me­ten en tu Nombre!”[57].

            Esa alegría se transforma en un honor cuando nuestra mi­sión es reconocida por los hombres a causa de nuestra «transfiguración», por la presencia de Dios en nuestra vida que se nos refleja en el rostro con fulgor de santi­dad. “Ya no vivo yo sino que es Cristo el que vive en mí”[58]. En cada acto de caridad resplandece el rostro del Señor y los hom­bres lo reconocen como un gran misterio. Tantas veces oire­mos decir: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”[59] o tam­bién: “¡Qué hermosos son … los pies del mensajero que anu­ncia la paz!”[60].

            Pero el máximo honor es el que recibimos de Dios cuando Él mismo reconoce nuestra fidelidad. Como Jesús, en efecto, si somos amados por el Padre por ser sus hijos, tanto más lo sere­mos si le somos obedientes. Entonces, cuando habremos cumplido nuestra tarea, Jesús mismo nos dirá: “¡Vengan, benditos de mi Padre!”[61] y volveremos al Padre para gozar el fruto del Apos­tolado de Jesucristo por toda la eternidad[62].

 

Vida comunitaria

[Caminar y servir juntos]

30.       El apostolado es una tarea que se realiza en comunión. La razón y la experiencia demuestran que ordinariamente, el bien que se hace en forma aislada es escaso, incierto y de poca duración y que los esfuerzos más generosos de los individuos no logran nada … sino cuando están reunidos y ordenados a un fin común[63]. El Señor siempre envía sus discípulos en forma co­munitaria. Es más, la misión apostólica apunta a la unidad del género humano para que haya un solo rebaño y un solo pastor[64] y, por lo tanto, el testimonio apostólico toma fuerza del tes­timo­nio comunitario. Que sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti … para que el mundo crea que tú me enviaste”[65]. La Iglesia es testigo del apostolado de Jesucristo.

            Así es que la Iglesia es una y santa, porque en la comu­nión del Espíritu permanecemos como sarmientos unidos a Cristo que es la vid. También es católica, no sólo por ser «universal», sino también por ser «total» ya que en cada expresión suya de comunión se rea­liza la plenitud eucarística de Cristo. Final­mente es apostóli­ca porque está fundada por Cristo sobre los Apóstoles y sobre la «piedra» que es Pedro.

            Así, en la relación entre los diversos miembros de la co­mu­nidad cristiana se reflejan las actitudes de Dios para con no­sotros. “El que quiera ser el primero debe hacerse el úl­timo y el servidor de los demás”[66]. “No hagan nada por espíritu de dis­cordia o de vanidad”[67]. Nuestra fe en Dios se manifiesta en la práctica del amor fraterno y de la misericordia recípro­ca. La comunidad es, pues, el primer lugar donde los discípulos de Cristo son llamados a vivir la misericordia. La verdadera «par­ticipación» en la Iglesia comienza por la opción por el hombre presente en cada hermano, incluso como testimonio de colabora­ción entre los miembros de la comunidad apostólica. De ese modo somos llamados a una comunión de fe y de misión.

 

[La colaboración]

31.       La colaboración apostólica es la que se hace desde el comienzo como respuesta a la vocación per­sonal de cada uno. Como el Señor se hizo uno de nosotros y co­menzó por asumir nuestra humanidad para realizar la salvación, así también nosotros tenemos que hacernos uno con nuestros hermanos. Entonces, escuchando la voz del Espíritu que llama a cada uno y buscando juntos los caminos del Señor, realizaremos, en la verdadera «colaboración desde el comienzo», el verdadero proyecto de Dios. La colaboración en el sentido cristiano no es, por tanto, la llamada «colaboración para». En la realización concreta de las obras apostólicas no se trata de «participar» en la tarea de otro, donde hay uno que toma las decisiones y llama a otros a colaborar. Tampoco se trata de la llamada «colaboración con», es decir, la de realizar —aún sin discernir si ésa es su propia llamada— un proyecto «con» quien efectivamente está llamado a hacerlo.

 

Acción y contemplación

[Acción y contemplación]

32.       Para que nuestro apostolado sea verdade­ramente un instrumento de la salvación de Dios y permanezcamos fieles a la tarea que se nos ha confiado, tenemos que preguntarnos, a cada momento, cuál es la voluntad de Dios. El Apostolado de Jesucristo es una acción que se conforma a la voluntad del Padre. Por lo tanto, la acción del apostolado sólo será una verdadera actuación de Dios si se funda sobre la contemplación de la voluntad del Padre.

            Se trata pues de descubrir, antes que nada, la presencia de Cristo en el inagotable misterio de la persona y del actuar del prójimo, considerando el inmenso valor de su dignidad y contemplando en él la imagen de Dios.

            Es por medio del hombre, y considerando la presencia de Dios en él, como encontramos nuestra vocación. Cristo, en efecto, nos llama desde el interior mismo de la persona de nuestro prójimo, desde sus alegrías y sus esperanzas, desde sus angustias y sus tristezas y nos dice: “todo lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”[68].

            Podemos decir entonces que, si queremos responder al lla­mado del Señor a ser apóstoles, debemos obedecer a todos y a todo[69] porque cada hombre y cada cosa revelan la imagen del Cre­ador. Es precisamente en la contemplación del Señor, pre­sente en la realidad que nos rodea y en el prójimo, donde podre­mos es­cuchar su voz.

            Nuestra fidelidad al hombre es auténtica cuando tenemos la mirada puesta en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe[70] porque sólo Él es fiel. Fiel a Dios en la obediencia y fiel al hombre en el amor y la misericordia infinita. Él realiza plena­mente la síntesis de la acción y la contemplación apostóli­cas[71].

 

[Reavivar la fe y reencender la caridad]

33.       La contemplación y la acción apostólicas nos llevan a re­novar en nosotros la fe y a reencender nuestra caridad, no sólo para nuestro crecimiento personal sino como condición para ser eficientes instrumentos del Señor.

            Reavivar nuestra fe quiere decir hacer crecer en nosotros esa confianza viva y dinámica que nos hace conscientes del amor que Dios tiene para con nosotros y para con nuestro prójimo. Y esta responsabilidad personal significa, entre otras cosas, un permanente compromiso de formación. La caridad se nos reencien­de con la práctica de la misericordia en la relación con nues­tro prójimo, —en modo particular como nos la presenta S. Pa­blo[72]—, y nos hace capaces de llevar adelante la verdadera ac­ción ap­ostólica.

Apóstoles fieles al futuro

[Fieles al futuro del hombre]

34.       Y volvemos entonces al hombre, objeto del amor de Dios. Él espera recibir este mensaje de vida nueva que puede llevarlo a reencontrarse a sí mismo y a entender la razón de su ser en el mundo.

            A su vez, quien fue enviado, al contemplar la imagen de Dios en el hombre, descubrirá la presencia de Cristo en él. Encontrará ese Cristo, nuevamente crucificado, que llama desde el fondo del prójimo, desde sus necesidades, desde sus sufri­mientos y desde su soledad.

            Y luego, fiel al hombre y a Dios, que quiere ha­cerle co­nocer el camino de la vida[73], la respuesta del hombre del Ter­cer Milenio que descubrió su misión, será la de ir a su prójimo con una acti­tud de comprensión y solidaridad, a llevarle este men­saje. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea” … y volverán al Señor todos los confines de la tie­rra[74].

            He ahí la vocación apostólica del hombre del Tercer Mile­nio. Todos, ricos y pobres, hombres y mujeres de toda condi­ción y edad, todos están llamados a ser testigos activos de Jesucristo[75].

 

[Compartir solidario y misericordioso]

35.       Compasión es la opción por Cristo crucificado presente en el hombre indefenso y sometido como ovejas sin pas­tor[76].

            Compasión es compartir con quien sufre la soledad, el abandono en la vejez y en la enfermedad; con las familias sin techo ni sa­lud ni educación; con los migrantes, con las víctimas de la guerra, del hambre, del narcotráfico, de la co­rrupción, del racismo, de la manipulación de la vida; con los niños y la mujer explotados y con todo otro tipo de exclusión y de sufrimiento humano provocados como consecuencia del pecado.

            Pero el pecado no nos toma por sorpresa ni nos escandali­za. Sabemos que ése es un aspecto de la condición humana y, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en noso­tros[77]. Este es, en primer lugar, un reconocimiento sincero frente a nosotros mismos. “Yo soy nada y peca­do”[78]. Esa verdad solo podemos reconocerla cuando tenemos la certeza de que hemos sido salvados por Dios. Nuestra humildad se hace, por tanto, testimonio.

            Como nos fue posible sincerar nuestras miserias —lo que se nos convirtió en el camino de una vida nueva, de ese «volver a empezar»— nada más que por la infinita misericordia de Dios, así fuimos, a nuestra vez, enviados a manifestar esa misma misericordia a los otros, porque esa es la voluntad de Dios. “Sean misericordiosos porque el Padre de ustedes es mise­ricordioso”[79] y “felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia”[80].

 

[La opción por el hombre]

36.       Debemos cultivar los mismos sen­timientos de Cristo Jesús[81] que manifestó su misericordia in­ser­tándose en nuestra condición humana y asumiendo nuestras mise­r­ias. Que nuestra actitud como embajadores sea la misma que la de Cristo a quien Dios no envió … para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por Él[82].

            Es por todo esto que la solidaridad cristiana no consiste solamente en una disposición a «ayudar al que está peor que nosotros», en el sentido de una asistencia social o de una promoción hu­mana. No consiste en dejar caer las migajas de la mesa[83], y me­nos aún con la ilusión inútil de descontar de ese modo alguna carga de conciencia. Éste no es el proyecto de Dios ni su mo­do de actuar. Él no realiza la salvación desde lejos, desde lo alto de los cielos. “Yo no hablé en lo secreto, en  algún lugar de un país tenebroso. Yo no dije: …búsquenme en el vacío”[84] sino que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros[85].

 

[La solidaridad]

37.       Ser solidarios consiste en ayudarnos unos a otros a llevar el peso de las propias cruces[86]. Solidaridad es compartir. Com­partir tu pan con el hambriento, y hacer con él la fiesta de la comunión. y albergar a los pobres sin techo acogiendo a tu hermano en tu corazón y abriéndole las puertas de tu espíritu. Entonces despuntará tu luz como la aurora … y tu oscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente[87].

            Solidaridad es compadecer misericordiosamente la condi­ción del prójimo. Es dejarse enriquecer por sus virtudes de pobreza, de humildad y de paciencia, por su súplica en la an­gustia y por su alabanza en la consolación. Tal vez podremos retribuir estos dones suyos con algún recurso humano como el de nue­stra capacitación profesional o el de alguna posibilidad que tenemos debido a nuestra «posición social», pero no podremos nunca equiparar el gran don de Dios que él significa para nosotros.

            En todo caso, a partir de esta comunión —«opción por»—, la solidaridad consiste en buscar juntos los caminos del Señor para restaurar su imagen en nosotros y en el prójimo.

 

[La opción por una vida nueva: ser apóstol]

38.       Cristo resucitado llama a cada hombre a cambiar de vida, a volver a empezar, para alcanzar la plena liberación de todas las limitaciones que lo tenían encadenado, y no sólo la propia salvación sino la de los demás, realizando con Él la voluntad salvadora del Padre, incluso con la conciencia de que si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?[88].

            La invitación al destinatario de este mensaje es la de de­ci­dirse a ser apóstol también él. A vivir y a realizar su propia misión personal que, en todo caso, lo llevará al «hom­bre del Tercer Milenio» para decirle que él también puede comenzar una vida nueva y para llamarlo a la esperanza cierta del Cristo resuci­tado y presente en su vida. Ésta es nuestra misión y la de to­dos:

 

Ser apóstoles de Jesucristo, Apóstol del eterno Padre.

 


 

    [1] Hb 12,2.

    [2] Concilio Vaticano II: Constitución pastoral Gaudium et Spes (GS), n. 1.

    [3] Ibíd. 2.

    [4] GS 2.

    [5] Lc 4, 18s.

   [6] Juan Pablo II: Tertio Millennio Adveniente, n. 7.

    [7] GS 3 — cf. Mt 20, 28.

    [8] Cf. OOCC IV, p. 120.

    [9] GS 3.

    [10] OCL II, n. 382.

    [11] Cf. Gén 1, 26s — cf. Juan Pablo II: Mulieris dignitatem n. 6.

    [12] OOCC X, pp. 462 y sigs.

    [13] Sal 8, 5.

    [14] Cf. Ez 33, 11.

    [15] Cf. OOCC X, p. 455.

    [16] 1 Tm 2, 4.

    [17] Cf. Gál 4, 4.

    [18] Mt 3, 17.

    [19] Fil 2, 6s.

    [20] Jn 10, 10.

    [21] Cf. OOCC IV, p. 127.

    [22] Hb 4, 15.

    [23] Fil 2, 8.

    [24] Fil 2, 9ss.

    [25] OOCC III, p. 142.

    [26] Lc 4, 43.

    [27] OOCC III, pp. 6 y 145.

    [28] OOCC III, pp. 141 y sig.

    [29] Hch 4, 20.

    [30]Cf. Hch 2.

    [31] Cf. OOCC X, pp. 86 y sig.

    [32] Jn 20, 19.

    [33] Cf. Hch 3, 11-26.

    [34] Lc 10, 1c.2.9.16.

    [35] Hch 7, 60.

    [36]  Lc 20, 20b.26; cf. Lc 20, 40.

    [37] 2 Cor 5, 14: Caritas Christi urget nos.

    [38] Mc 14, 28; Mt 26, 32 — cf. Mt 28, 7.

    [39] Fil 3, 12c.13c.14a.

    [40] Cf. Juan Pablo II: Tertio Millennio Adveniente, n. 7.

    [41] Ibíd., n. 33 — cf. Is 54, 2.

    [42] Ap 21, 5.

    [43] Concilio Vaticano II: Unitatis Redintegratio, 4.

    [44] Concilio Vaticano II: Nostra Ætate, n. 2.

    [45] Cf. 2 Cor 5, 20.

    [46] Jn 10, 16.

    [47] Cf. OOCC III, p. 144.

    [48] Jn 15, 9c.10.

    [49] Cf. Jn 14, 26b.

    [50] Jn 15, 16.

    [51] Cf. Concilio Vaticano II: Apostolicam Actuositatem, n.3.

    [52] Cf. OOCC III, pp. 142 y sig. y  151 y IV, pp. 7, 131 y 308.

    [53] Lc 6, 13 — y la distinción entre apostolado y ministerio sagrado en Hch 1, 25.

    [54] Cf. OOCC II, pp. 6 y 145.

    [55] Hch 5, 29b.41.

    [56] Mt 28, 18s.

    [57] Lc 10, 17.

    [58] Gál 2, 20.

    [59] Sal 118(117), 26.

    [60] Is 52, 7.

    [61] Mt 25, 34.

    [62] OOCC IV, p. 21: oración a la Reina de los Apóstoles.

    [63] OOCC IV, p. 122.

    [64] Jn 10, 16.

    [65] Jn 17, 21.

    [66] Mc 9, 35.

    [67] Flp 2, 3.

    [68] Mt 25, 40.

    [69] Cf. OOCC III, p. 50.

    [70] Hb 12, 2.

    [71] Cf. la oración de Jesús en Lc 6, 12.

    [72] 1 Cor 12, 31 – 13, 1-8b.13.

    [73] Sal 16 (15), 11.

    [74] Sal 22 (21), 23.28.

    [75] Cf. OOCC IV, pp. 124 y 182.

    [76] Mt 9, 36.

    [77] 1Jn 1, 8.

    [78] OOCC X, pp. 252 y 746 — OCL I, p. 323; II, pp. 15, 30 y 56 — cf. OOCC X, pp. 160 y 267.

    [79] Lc 6, 36.

    [80] Mt 5, 7.

    [81] Flp 2, 5.

    [82] Jn 3, 17.

    [83] Cf. Mt 15, 27.

    [84] Is 45, 19.

    [85] Jn 1, 14.

    [86] Cf. Gál 6,2.

    [87] Is 58, 7 … 11.

    [88] Rm 8, 31.