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La Sociedad del Apostolado Católico...
I — A LOS HOMBRES DEL TERCER MILENIO
El mundo postmoderno (nn. 2-6)
El hombre en búsqueda de su realización (n. 7)
El mundo deseoso de Dios (n. 8)
Imagen y semejanza de Dios (nn. 9-10)
Dios, amor y misericordia infinita (n. 11)
II — LES ANUNCIAMOS A JESÚS, ENVIADO DE DIOS
La figura de Cristo, Apóstol del eterno Padre (nn. 12-14)
Siguiendo a Jesús, Apóstol (nn. 15-20)
¡Abrid las puertas a Cristo! (nn. 21-24)
III — PARA QUE TAMBIÉN ELLOS ANUNCIEN SU NOMBRE
A SUS HERMANOS
Cómo ser apóstol y vivir como tal (nn. 25-29)
Vida comunitaria (nn. 30-31)
Acción y contemplación (nn. 32-33)
Apóstoles fieles al futuro (n. 34-38)
18 de marzo 2000.
FIELES AL FUTURO
…con la mirada puesta en Jesús,
autor y perfeccionador de nuestra fe.
Carta a los Hebreos 12, 2
I — A LOS HOMBRES DEL TERCER MILENIO
1. Fieles al futuro del hombre, con la
mirada puesta en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe,
en comunión con toda la Iglesia, renovamos el compromiso de
compartir la historia humana reafirmando, al comienzo de este
nuevo milenio, que los gozos y las esperanzas, las tristezas y
las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay de
verdaderamente humano que no encuentre eco en (nuestro) corazón.
Para ser fieles a Dios y a nosotros mismos, nuestra
relación con el hombre sujeto del amor de Dios, consiste en el
feliz anuncio de esperanza de que esta meta del Tercer Milenio es
una nueva oportunidad para cambiar de vida. Ésta es la buena
noticia que anunciamos.
El mundo postmoderno
[Insertos en la historia]
2. Vivimos y compartimos la historia de la humanidad y
todas sus circunstancias. El mundo que tenemos presente es el de
la entera familia humana con el conjunto universal de las
realidades en las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia
humana, con sus afanes, fracasos y victorias…,
y oímos el clamor que viene de lo profundo del corazón del hombre
que busca la vida y la verdad sobre sí mismo.
Somos solidarios con el hombre que marcha hacia el
Tercer Milenio por un camino de esperanza y en un mundo donde se
borran las fronteras. Los progresos técnicos ofrecen recursos
maravillosos y se abren a un desarrollo sin límites al servicio
de la educación, de la salud y de todo tipo de necesidad humana.
Somos también solidarios con esa gran parte de la
humanidad que no puede acceder a ese desarrollo. Además, vemos
cómo la solidaridad universal una vez más se ve vencida por los
enfrentamientos entre diversos grupos y por las nuevas y más
duras fronteras entre bloques culturales y religiosos, por la
guerra y por todo tipo de violencia.
[Los medios masivos de comunicación social (MCS)]
3. Los medios de comunicación tienen un rol central en
este proceso. Más allá de las maravillas de la comunicación se han
transformado en «superpoderes» que consiguen concentrar el interés
de las masas sobre ciertas actualidades parciales y esconder
otras, tal vez más importantes, vitales y graves . Muchas veces
los MCS se transforman en criterio de verdad y establecen
la temática a discernir en cada paso de la historia como una gran
Ágora de nuestro tiempo y, como tales, son manipulados por
diversos sectores de poder que los usan en la lucha por el
predominio.
Éste es el marco en el que nos encontramos al ir a la
búsqueda de nuevas respuestas sobre los distintos aspectos de la
vida.
[La religiosidad]
4. Sabemos de la confusión en la que se encuentra el
hombre de hoy desde el punto de vista religioso. Junto a la
tolerancia y al pluralismo, en diversos sectores culturales se
pasa de una gran indiferencia a la extrema credulidad (magia,
supersticiones, sectas, etc.).
También en la actitud espiritual y moral el hombre se
ve arrastrado por los integrismos que dominan algunos pueblos y
culturas, o por el relativismo que lo lleva a la indiferencia
hacia el prójimo. Además, la prescindencia del juicio moral del
progreso científico y de las vivencias de la política y de la
economía, expresa la idea de un total relativismo en los criterios
éticos y morales. En todo caso, la persona humana y la misma vida
a veces se ven transgredidas, despreciadas y manipuladas. Son
muchas las cosas que llevan a pensar más en una civilización de la
decadencia que de la promoción de la vida.
[El deseo de un mundo mejor]
5. También es cierto que el hombre espera un futuro cada
vez mejor, ya sea superando las condiciones de injusticia de
muchos, ya sea con la perspectiva de una mejora en la «calidad de
vida», pero se vuelve a encontrar inmerso en ese materialismo que
sigue siendo el trasfondo que lo hace insensible a toda situación
de sufrimiento humano.
Algunos sectores alcanzan sus niveles de progreso
mediante el empobrecimiento de otros. Las marginaciones de todo
tipo, los migrantes, los refugiados y los excluidos son como
«efectos indeseados» de la llamada «civilización del bienestar».
La violencia del desequilibrio y de la injusticia
genera la otra violencia de la rebeldía y de la revancha, como se
encuentra en los permanentes «puntos de conflicto» en todo el
mundo.
[Una nueva oportunidad]
6. Este no es el mundo que los cristianos creen fundado
y conservado por el amor del creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado pero liberado por Cristo crucificado y
resucitado, roto el poder del demonio y destinado a transformarse
según el propósito divino y alcanzar su consumación.
En todo caso, nuestra fidelidad a Dios, al hombre y a
nosotros mismos nos impulsa a dar a todos los hombres el feliz
anuncio de optimismo y de esperanza. Pensamos en modo particular
en los jóvenes. Muchos de ellos buscan sus ideales y están
decididos a comprometerse plenamente en el cumplimiento de
propuestas sólidas para la construcción de un mundo mejor. Aunque
a veces no consiguen encontrar el camino de la fe, son de todos
modos «hombres de buena voluntad» y están dispuestos a caminar
juntos.
También pensamos en aquellos que, con una cierta
actitud de pasividad no logran asumir la plenitud de su
responsabilidad en la vida. Son conscientes de esa deficiencia
pero no encuentran el camino hacia una solución adecuada.
Estamos llamados a anunciar a todos que Cristo fue
enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la
liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad
a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.
Ése es el mensaje que tenemos para vivir juntos.
El hombre en búsqueda de su realización
[Solidarios con el hombre del Tercer Milenio]
7. El hombre recorre mil caminos en la búsqueda de su
felicidad. Y su clamor es aún más fuerte cuando intuye que los
caminos que eligió lo llevan a nuevas y peores frustraciones. A
la droga, a las varias formas de corrupción, a doctrinas y a la
práctica de «sabidurías» exóticas, incluso al mismo culto del
mal.
Es cierto que al percibir que la vida siempre resurge
con esa fuerza que le es propia y constitutiva, el hombre renueva
la esperanza en una nueva etapa hacia esa plenitud a la que se
siente llamado. Pero aún así le queda la pregunta sobre cómo
remediar los errores del pasado y sus consecuencias y cuál será
el camino a seguir en el futuro. Y todo esto a menudo desalienta
toda tentativa de una vida nueva.
Pero también es cierto que en Jesucristo, Dios no
sólo habla al hombre sino que lo busca. … ¿por qué lo busca?
porque el hombre se ha alejado de Él, escondiéndose como Adán
entre los árboles del paraíso terrestre,
y que el hombre del Tercer Milenio a menudo se quiere esconder de
Dios.
Por lo tanto, proclamando la altísima vocación del
hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrecemos al
género humano (nuestra) sincera colaboración … para lograr
la fraternidad universal que corresponda a esa vocación … y
continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo que
vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no
para juzgar, para servir y no para ser servido.
El mundo deseoso de Dios
[El hombre en búsqueda de Dios]
8. La esperanza, en lo profundo del corazón del hombre, de
reencontrar a Dios no se detiene. El mismo resurgir de sectas,
magias y tantas formas de credulidad no hacen más que demostrar
la inmensa sed que el hombre tiene de lo espiritual y de lo
trascendente. A pesar de todo, el hombre permanece deseoso de Dios.
En nuestros días el género humano, admirado de sus
propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con
frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución del mundo … y
sobre el sentido último de las cosas y de la humanidad.
Nos sentimos animado por el dicho: Buscad a Dios y
lo encontraréis. Buscadlo en todas las cosas y lo encontraréis en
todo. Buscadlo siempre y lo encontraréis siempre.
Imagen y semejanza de Dios
[La dignidad del hombre]
9. Para quien quiere verdaderamente lanzarse por el camino
de la búsqueda de sí mismo y del sentido de la vida, el primer
paso será el de entrar en lo profundo de su propio ser y
encontrar allí su propia identidad, la dignidad de su persona y
su propia vocación. Para ir a las fuentes de su dignidad
personal, el hombre tendrá que redescubrir su semejanza con Dios
de quien es imagen.
Es Dios, y nadie más, quien le ha dado tal dignidad «poco menos
que los ángeles» y nadie se la podrá nunca quitar.
A este punto cabe preguntarse: “¿Quién soy yo? ¿Quién
eres Tú, oh Dios? ¿Qué quisiste de mí?”.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?….
Estas son preguntas para hacerse en una relación de intimidad con
Dios y es sobre la base de la confianza en Dios donde el hombre
encuentra el camino de su propia vida.
[Restablecer la imagen de Dios en el hombre]
10. Aunque el hombre pisotee la dignidad tanto de su prójimo
como la suya propia, la dinámica de la fidelidad al futuro del
hombre consiste en buscar e incrementar esa dignidad,
restableciendo y perfeccionando su semejanza con Dios. Todo
hombre, de toda cultura y nación, de cualquier condición social,
de cualquier edad, sexo y nivel cultural es por siempre imagen y
semejanza de Dios y esto lo debe reconocer y vivir todo hombre.
Dios amor y misericordia infinita
[¿A cuál Dios se asemeja el hombre?]
11. Pero, ¿a qué Dios se asemeja el hombre? ¿A un dios autor
del mal y del sufrimiento? ¿A un dios juez inexorable que castiga
toda transgresión? ¿A un dios sediento de venganza que no tolera a
quien no le está sujeto incondicionalmente? ¿No se habrá
fabricado el hombre un dios a imagen de su condición limitada?
El verdadero Dios no quiere la muerte del pecador sino
que se convierta y viva.
El verdadero Dios es misericordia infinita. La misericordia es
la disposición por la cual se perdona, se ama y se quiere
solamente el bien. En su infinita misericordia Dios quiere el bien
de todo hombre y le ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo; y
está siempre dispuesto a ello porque ama infinitamente.
En medio de toda la creación —signo de la sabiduría
infinita— resplandece el hombre como imagen del mismo amor y
misericordia infinita de Dios; y la voluntad de Dios es librarlo
de todo lo que va contra su dignidad restaurando en él su propia
imagen y semejanza.
Por lo tanto, el ideal de comenzar una vida nueva no
es más una vaga quimera sino una posibilidad real. Más aún, es una
certeza porque depende de nuestra apertura a Dios que realiza en
nosotros su proyecto de amor. La voluntad de Dios es que todos
los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
¡Ésta es verdaderamente la buena noticia!
II — LES ANUNCIAMOS JESUCRISTO, ENVIADO DE DIOS
La figura de Cristo,
Apóstol del eterno Padre
[Dios envió a su Hijo]
12. Dios no realizó su plan de salvación de un modo mágico o
teledirigido desde una altura extraterrestre sino viniendo en
medio a los hombres, insertándose en su misma condición humana y
poniendo su morada en su corazón. Como un padre que «entra en el
mundo de su hijo» para compartir sus alegrías y sus esperanzas,
sus tristezas y sus angustias y hacerse uno con él, así Él hizo su
opción definitiva por el hombre. ¡Dios está con nosotros, en
nosotros y a favor de nosotros!
Así Dios envió a su Hijo nacido de mujer,
confirmó la misión de Jesús y le dio testimonio haciendo oír su
voz cuando era bautizado: Éste es mi Hijo muy querido, en quien
tengo puesta toda mi predilección”.
[Dios se hizo uno de nosotros]
13. Jesús que, siendo de condición divina … se anonadó a
sí mismo tomando la condición de servidor y, haciéndose
semejante a los hombres,
vino para realizar el plan de salvación de Dios. “Yo he venido
para que … tengan vida y la tengan en abundancia”.
Y cumple su misión salvífica en su obediencia al Padre.
Luego, Cristo es amado por Dios porque es su hijo pero
más aún porque le es obediente.
Aceptando la voluntad de su Padre de compadecerse de nuestras
debilidades, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a
excepción del pecado,
fue fiel a su misión hasta la muerte y muerte de cruz.
Para cumplir la voluntad del Padre, Él tuvo que
realizar del modo más absoluto la misma Misericordia infinita de
Dios. Para cumplir en obediencia la voluntad de Dios de salvar el
mundo, Cristo Rey partió con el séquito real de la via crucis
hacia su Trono, la cruz, y por eso Dios lo exaltó … para
que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla … y toda lengua
proclame, para gloria de Dios Padre, “Jesucristo es el Señor”.
Gloria de Cristo realizada en su Resurrección, meta triunfal en la
realización de la misión que tenía que cumplir.
Jesucristo es, por tanto, el Enviado de Dios, es
decir, el Apóstol del Amor y la Misericordia infinita. Es más,
dado que en su ser y en su actuar se identificó con la voluntad de
su Padre, la vida de Jesucristo, que es su Apostolado, debe ser
el modelo del apostolado de cada uno.
[La plenitud de la libertad]
14. Esta vocación suya —”debo anunciar la buena noticia …
para esto he sido enviado”—
Jesús la percibió plenamente en su profunda experiencia personal.
En el monte Tabor confirmó su identidad y su misión y las asumió
libremente. Jesucristo identificó su voluntad con la del Padre y,
con la potencia del Espíritu, libre de toda atadura de tentación,
se vio en condición de serle obediente.
Esta feliz experiencia de conocer con certeza su
propio ser personal y el por qué ser el que es, será la base de
esa fidelidad a sí mismo y al Padre que se manifestó en su
transfiguración. Los discípulos dieron testimonio de ello
«después de la resurrección», cuando estuvieron en grado de
comprender de dónde le venía esa fortaleza que le permitió
realizar fiel y libremente la tarea que Dios le había confiado.
Siguiendo a Jesús Apóstol
[Cristo presente en todo tiempo y en todo hombre]
15. Jesucristo es el Apóstol y quien lo sigue se hace
también apóstol de Dios.
La toma de conciencia de la propia identidad y de la
propia misión en el mundo lleva al hombre, además de alegrarse
por ese descubrimiento, a darse cuenta de que esa misión es
propiamente la suya, que la debe realizar él y que nadie podrá
nunca cumplirla en su lugar. Y si, a veces, el hombre se ve
impedido de cumplir su rol histórico por barreras insuperables,
el compromiso de la comunidad cristiana de promover la dignidad
humana consiste en buscar la manera de liberarlo de esas barreras.
Todas las personas pueden y son llamadas a hacerse
mensajeros del infinito amor y misericordia de Dios. Éste es el
fundamento de una verdadera responsabilidad personal por el
Reino de Dios y todos los hombres están llamados a ser apóstoles.
[El testimonio de María]
16. María encontró el sentido de su vida en cumplir la
voluntad de Dios. Ella cumple, en obediencia perfecta, la
voluntad del Padre. Ése es su apostolado y, en su compromiso,
superó a todos los apóstoles.
María participó en el sacrificio de su Hijo, dio testimonio al
pie de la cruz y se podría decir que «se alegró» de ese sacrificio
que llevaba la salvación al mundo. Además, con su oración apoyó a
los primeros apóstoles y sigue apoyándonos también a nosotros,
apóstoles de hoy.
[En el espíritu de los Apóstoles y de las primeras comunidades]
17. Los testigos de la resurrección encontraron en el
apostolado el camino de su vida. Los discípulos de Emaús, la
Magdalena, Tomás y, en fin, todos los miembros de la primera
comunidad. Tenemos presente en modo particular a Pedro y a Pablo,
pero todos partieron de Jerusalén para todo el mundo.
Cada uno de nosotros tuvo también su experiencia
personal de Cristo y de lo que hemos visto y oído
damos testimonio. Es un anuncio jubiloso que de ningún modo
podríamos callar porque brota de nuestro corazón con la potencia
del Señor resucitado y de su Espíritu Santo infundido en el
Cenáculo.
“Quisiera sentirme en el cenáculo, con los discípulos y con
María, el día de la Pentecostés”.
La experiencia de la Pentecostés es, en efecto,
fundamental para la Iglesia y para su comprensión. Aún
conscientes de su misión, los discípulos de todos los tiempos
pueden quedar frenados por el miedo, como los primeros cristianos
que se vieron frenados por temor a los judíos.
La venida del Espíritu Santo, por la intercesión orante de María,
Reina de los apóstoles, será la causa de la fortaleza que los
impulsará a llevar sin demora en medio del pueblo y proclamar en
todas las lenguas las maravillas del Señor.
En este nuevo milenio, como desde el tiempo de las
primeras comunidades de los discípulos, renovados por el Espíritu
Santo, anunciamos al mundo Cristo Resucitado.
[Con la Iglesia peregrina en el mundo]
18. Apóstoles a lo largo de los siglos, como los setenta y
dos discípulos enviados a todas las ciudades y sitios adonde él
debía ir, sabemos que la mies es mucha pero los operarios
son pocos. Rogamos, pues, al dueño de los sembrados que
mande operarios a su mies… Díganles: “El Reino de Dios
está cerca” … El que los escucha a ustedes me escucha a mí. El que
los desprecia me desprecia a mí. Y el que me desprecia,
desprecia al que me envió”.
Así el Pueblo de Dios comparte con todos los hombres
una única historia y en ella realiza su determinada misión real
sacerdotal y profética. También en este tiempo nuestro, en
nuestro milenio, seguimos llevando adelante, lo mejor posible, la
misión que Dios nos ha confiado.
[Fortificados por el testimonio de los mártires]
19. En un modo particular y eminente queremos detenernos
sobre el testimonio sin parangón de los mártires a lo largo de
estos veinte siglos de la Iglesia, especialmente en el vigésimo,
proclamado —como los primeros— siglo de la Iglesia de los
mártires. Ellos se identificaron con la pasión redentora de
Cristo en obediencia, como Él, a la voluntad de Dios. Esa es la
culminación de su apostolado. Fortificados por el Espíritu,
amaron tanto a sus enemigos que los ultrajaban pidiendo a Dios
“no les tengas en cuenta este pecado”.
Con su silencio se unieron al silencio salvador de Jesús cuando lo
juzgaban. Su testimonio, empero, no se debe entender como un
testimonio «de muerte» sino como el de «la vida» vivida como
fidelidad a la misión y coherente con el mensaje del evangelio. Su
testimonio fue como el de Jesús frente al cual, los que querían
sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones … llenos de admiración
por su respuesta, tuvieron que callarse.
Así, como única respuesta, recibieron la de la violencia
absurda que se desencadenó contra ellos y que los llevó al supremo
testimonio del martirio.
[Con la fuerza motriz de la caridad]
20. Como en el nuestro, en el corazón de tantos hombres
palpita un amor incesante por la humanidad unido al deseo —que a
veces puede parecer un ideal inalcanzable— de «salvar» al mundo.
Pero el amor que nos impulsa es el mismo amor y misericordia
infinita de Dios que, con su fortaleza, nos da la certidumbre de
que tal ideal es alcanzable y que se hace realidad. Por otra
parte, en tal tentativa se encuentra el camino hacia la plenitud
de la dignidad personal como es la de ser semejantes a Dios.
No es, por lo tanto, sólo nuestra decisión la fuerza
motriz del apostolado. Es la misma caridad de Dios: el amor de
Cristo nos impulsa
y es por ese mismo amor de Dios que estamos invitados a participar
en la misión de Jesucristo.
Ábranle las puertas a Cristo
[Reflejando el misterio de la presencia de Dios]
21. Todas estas vivencias personales y comunitarias que, en
su conjunto, constituyen el camino de la Iglesia en la historia
del hombre, no hacen más que reflejar la presencia de Dios. La
Iglesia y la humanidad misma permanecen frente al inagotable
misterio de Cristo que nos precede siempre en el camino y no deja
de sorprendernos con sus permanente intervenciones.
[Los precederé en Galilea]
22. Los discípulos han hecho a lo largo de los siglos, la
misma experiencia del primer momento de la resurrección.
Sorprendidos frente al sepulcro vacío recordaron lo que Él les
había dicho: “después de que yo resucite los precederé en
Galilea”.
Él siempre va adelante. Es Él el que abre el camino y los
discípulos, fieles a Él, lo siguen. “Habiendo sido yo mismo
alcanzado por Cristo Jesús … me lanzo hacia adelante y
corro en dirección a la meta”.
Nunca podremos imaginar la vicisitudes que la vida nos
ofrecerá en los próximos pasos de nuestro camino en medio a los
hombres, pero el Señor conoce muy bien nuestros caminos y los de
toda la humanidad. Es Él, por lo tanto, el que nos precede
definitivamente en todos nuestros pasos, abriendo, además, el
camino que nosotros tendremos que recorrer.
De una cosa estamos seguros, de que Dios busca al
hombre.
Antes de que el hombre busque a Dios, Él ya le salió al
encuentro. Y antes de que nosotros, sus apóstoles, nos demos
cuenta de los nuevos caminos que nos llevan al encuentro del
hombre de nuestro tiempo, Él ha ya llegado y nos precede
en las nuevas circunstancias de la historia. Él es,
definitivamente, el Apóstol del eterno Padre.
[Horizontes nuevos]
23. Es por eso que nuestra fidelidad al futuro nos lleva a
estar abiertos a las novedades del nuevo milenio. La Puerta
Santa del jubileo del año 2000 deberá ser … más grande que las
precedentes.
Hay muchas novedades en el mundo actual y muchas más encontraremos
en el milenio que se abre a nuestros ojos. Queremos ver la
historia con un siglo de anticipación. No podemos adivinar los
desafíos que nos saldrán al paso, pero podemos sí renovar nuestra
disponibilidad a acoger todo lo que sea humano, porque nada humano
nos es indiferente.
Somos, por tanto, hombres de esperanza porque estamos
en comunión con este Dios nuestro que cada mañana hace nuevas
todas las cosas
y es justamente Él el que se sorprende de la palabra nueva con la
que, cada día, la humanidad responde a sus designios, y es siempre
Él el que llama a cada uno de nosotros con una nueva propuesta,
como próximo paso de nuestra propia vida. Es Él el que ha
comprendido, antes que nadie, los nuevos desafíos de la historia.
Es Él el que nos precede en la compasión y en la misericordia
para con el hombre del futuro. Es Él y su voluntad lo que
queremos seguir fielmente.
[Ecumenismo y Diálogo interreligioso]
24. El Señor está presente en los más diversos ámbitos de la
realidad humana y sobre todo lo está en la apertura del hombre a
lo trascendente. Y precisamente en el universo personal, en el
mundo de lo espiritual, encontramos nuestro puesto específico de
tarea apostólica para buscar la salvación de todos los hombres
hasta los confines de la tierra.
Tenemos, pues, la certeza de que Cristo se hace
presente en toda realidad humana y, por lo tanto, en toda
expresión religiosa y espiritual de todas las culturas.
Queremos estar abiertos a esa presencia de Cristo que
encontramos, en primer lugar, en las otras Iglesias cristianas,
y reconocemos con alegría y apreciamos, … porque eso es justo y
saludable … los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del
patrimonio común, que se encuentran entre nuestros hermanos
separados y reconocemos las riquezas de Cristo y las obras de
virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces
hasta el derramamiento de sangre.
También queremos acercarnos a todos los hombres de
otras culturas y religiones. La Iglesia católica nada rechaza
de lo que en estas religiones (no cristianas) hay de
verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de
obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan
en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces
reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres.
Reconocemos pues que también en las otras religiones
se encuentra de algún modo un destello del Espíritu Santo y
apreciamos los valores humanos presentes también en el corazón de
quienes aún no han encontrado a Dios. Somos de todos modos
conscientes de que Cristo ya llegó a todos y que los llama también
a ellos a ser apóstoles del Padre.
Éste es el Enviado de Dios. Éste es aquel Jesús de
Nazaret y también el Cristo presente a lo largo de los siglos para
realizar el designio de su Padre.
III — PARA QUE TAMBIÉN ELLOS ANUNCIEN SU NOMBRE
A SUS HERMANOS
[Cf. Sal 22(21), 23]
Cómo hacerse apóstol y cómo vivir como tal
[Somos embajadores de Cristo]
25. El embajador se ocupa de llevar a cabo la tarea que se
le ha confiado, a la que debe ser fiel, aún cuando a veces no
consiga comprender el mandato recibido y se encuentre incluso en
cierto disenso. El volver a la experiencia feliz que culminó con
su decisión por una vida nueva es lo que le da al embajador la
fuerza para cumplir fielmente su misión. Eso es una confirmación
de esa libertad personal por la cual está en grado de ser fiel, o
no, a sí mismo y a su misión.
La experiencia de Jesús en el Tabor será la fuente de
la fuerza para realizar el plan de salvación previsto por el
Padre, esto es, la propia pasión y crucifixión que lo llevará
hasta la resurrección. La fidelidad es la cualidad esencial del
embajador.
El Apostolado es la misión suprema que Dios confía al
hombre, de llevar la entera humanidad a la salvación
reconduciéndola a la unidad de un solo rebaño
mediante el vínculo de la caridad. Y todos los que fueron enviados
… son llamados «apóstoles».
[Llamados al apostolado]
26. Como hombres creados a imagen y semejanza de Dios,
llegamos a ser, por medio del bautismo, hijos de Dios. Unidos a
Cristo, participamos en la acción de Dios que, en Jesucristo, nos
llama a cooperar en la obra de la salvación. Permanezcan en mi
amor. Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como
yo cumplí los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor”.
Dios nos ha confiado esa misión como carisma de su
Espíritu. Es un don de ese Espíritu Santo que nos recuerda todo lo
que Jesús nos enseñó.
El don del apostolado se torna, pues, una responsabilidad
personal al tiempo que un derecho, una alegría y un honor, y la
fidelidad a esa misión es, a su vez, reconocida por Dios.
[El Apostolado es una responsabilidad personal]
27. El apostolado es esa decisión de ser obedientes a Dios
mediante la identificación con su voluntad, siguiendo el ejemplo
de Cristo, como hicieron María, los Apóstoles, los mártires y
tantos otros testigos del evangelio. Y esta decisión se toma con
la conciencia de que la propia misión personal es intransferible.
Como Cristo es el Apóstol y cumple su misión, todo
hombre llamado al apostolado tiene su propia parte en el plan de
Dios. Así, uno es el apostolado del Papa, otro el del obispo y
otro el de un padre de familia o el de un profesional y así todos.
Cada uno, de todos modos, tiene su propio apostolado y esa es una
tarea que ningún otro podrá realizar en su lugar. “No son
ustedes los que me eligieron, sino que soy yo el que los elegí y
los destiné a que vayan y den fruto y ese fruto sea duradero.
Tanto por el bautismo que nos inserta en Cristo
como por el mandamiento de la caridad
cada cual es responsable de su apostolado o misión en la que,
además, realiza su propio ser personal y su vocación en plena
libertad.
[El Apostolado es un derecho]
28. El apostolado es un derecho propio de todo discípulo
concedido por el Salvador mismo. Jesucristo, en efecto, nombró a
los Apóstoles antes de conferirles el ministerio sacerdotal
y la Virgen, aún sin tener cargo eclesiástico alguno ni
consagración ministerial, es saludada por toda la Iglesia como
«Reina de los Apóstoles».
Muchos llegaron incluso a la gloria del martirio en
defensa de este derecho lo que resulta, en todo caso, expresión
de fidelidad apostólica! “Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres” … y salieron del Sanedrín, dichosos por haber sido
considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús.
[El Apostolado es un honor y una alegría]
29. El Apostolado es ese honor y esa alegría del hijo que ve
cómo el padre tiene confianza en él y le confía su propio oficio.
“Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y
hagan que todos los pueblos sean discípulos míos.
Dios se identificó con nosotros al punto de confiarnos la misma
tarea a nosotros como si fuese Él mismo. …los setenta y dos
volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, ¡hasta los demonios
se nos someten en tu Nombre!”.
Esa alegría se transforma en un honor cuando nuestra
misión es reconocida por los hombres a causa de nuestra
«transfiguración», por la presencia de Dios en nuestra vida que se
nos refleja en el rostro con fulgor de santidad. “Ya no vivo
yo sino que es Cristo el que vive en mí”.
En cada acto de caridad resplandece el rostro del Señor y los
hombres lo reconocen como un gran misterio. Tantas veces oiremos
decir: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
o también: “¡Qué hermosos son … los pies del mensajero que
anuncia la paz!”.
Pero el máximo honor es el que recibimos de Dios
cuando Él mismo reconoce nuestra fidelidad. Como Jesús, en efecto,
si somos amados por el Padre por ser sus hijos, tanto más lo
seremos si le somos obedientes. Entonces, cuando habremos
cumplido nuestra tarea, Jesús mismo nos dirá: “¡Vengan,
benditos de mi Padre!”
y volveremos al Padre para gozar el fruto del Apostolado de
Jesucristo por toda la eternidad.
Vida comunitaria
[Caminar y servir juntos]
30. El apostolado es una tarea que se realiza en comunión.
La razón y la experiencia demuestran que ordinariamente, el
bien que se hace en forma aislada es escaso, incierto y de poca
duración y que los esfuerzos más generosos de los individuos no
logran nada … sino cuando están reunidos y ordenados a un fin
común.
El Señor siempre envía sus discípulos en forma comunitaria. Es
más, la misión apostólica apunta a la unidad del género humano
para que haya un solo rebaño y un solo pastor
y, por lo tanto, el testimonio apostólico toma fuerza del
testimonio comunitario. Que sean uno como tú, Padre, estás en
mí y yo en ti … para que el mundo crea que tú me enviaste”.
La Iglesia es testigo del apostolado de Jesucristo.
Así es que la Iglesia es una y santa,
porque en la comunión del Espíritu permanecemos como sarmientos
unidos a Cristo que es la vid. También es católica, no sólo
por ser «universal», sino también por ser «total» ya que en cada
expresión suya de comunión se realiza la plenitud eucarística de
Cristo. Finalmente es apostólica porque está fundada por
Cristo sobre los Apóstoles y sobre la «piedra» que es Pedro.
Así, en la relación entre los diversos miembros de la
comunidad cristiana se reflejan las actitudes de Dios para con
nosotros. “El que quiera ser el primero debe hacerse el
último y el servidor de los demás”.
“No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad”.
Nuestra fe en Dios se manifiesta en la práctica del amor fraterno
y de la misericordia recíproca. La comunidad es, pues, el primer
lugar donde los discípulos de Cristo son llamados a vivir la
misericordia. La verdadera «participación» en la Iglesia comienza
por la opción por el hombre presente en cada hermano, incluso como
testimonio de colaboración entre los miembros de la comunidad
apostólica. De ese modo somos llamados a una comunión de fe y
de misión.
[La colaboración]
31. La colaboración apostólica es la que se hace desde el
comienzo como respuesta a la vocación personal de cada uno. Como
el Señor se hizo uno de nosotros y comenzó por asumir nuestra
humanidad para realizar la salvación, así también nosotros tenemos
que hacernos uno con nuestros hermanos. Entonces,
escuchando la voz del Espíritu que llama a cada uno y buscando
juntos los caminos del Señor, realizaremos, en la verdadera
«colaboración desde el comienzo», el verdadero proyecto de Dios.
La colaboración en el sentido cristiano no es, por tanto, la
llamada «colaboración para». En la realización concreta de las
obras apostólicas no se trata de «participar» en la tarea de otro,
donde hay uno que toma las decisiones y llama a otros a colaborar.
Tampoco se trata de la llamada «colaboración con», es decir, la de
realizar —aún sin discernir si ésa es su propia llamada— un
proyecto «con» quien efectivamente está llamado a hacerlo.
Acción y contemplación
[Acción y contemplación]
32. Para que nuestro apostolado sea verdaderamente un
instrumento de la salvación de Dios y permanezcamos fieles a la
tarea que se nos ha confiado, tenemos que preguntarnos, a cada
momento, cuál es la voluntad de Dios. El Apostolado de Jesucristo
es una acción que se conforma a la voluntad del Padre. Por lo
tanto, la acción del apostolado sólo será una verdadera actuación
de Dios si se funda sobre la contemplación de la voluntad del
Padre.
Se trata pues de descubrir, antes que nada, la
presencia de Cristo en el inagotable misterio de la persona y del
actuar del prójimo, considerando el inmenso valor de su dignidad y
contemplando en él la imagen de Dios.
Es por medio del hombre, y considerando la presencia
de Dios en él, como encontramos nuestra vocación. Cristo, en
efecto, nos llama desde el interior mismo de la persona de nuestro
prójimo, desde sus alegrías y sus esperanzas, desde sus angustias
y sus tristezas y nos dice: “todo lo que hicieron con el más
pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”.
Podemos decir entonces que, si queremos responder al
llamado del Señor a ser apóstoles, debemos obedecer a todos y a
todo
porque cada hombre y cada cosa revelan la imagen del Creador. Es
precisamente en la contemplación del Señor, presente en la
realidad que nos rodea y en el prójimo, donde podremos escuchar
su voz.
Nuestra fidelidad al hombre es auténtica cuando
tenemos la mirada puesta en Jesús, autor y perfeccionador de
nuestra fe
porque sólo Él es fiel. Fiel a Dios en la obediencia y fiel al
hombre en el amor y la misericordia infinita. Él realiza
plenamente la síntesis de la acción y la contemplación
apostólicas.
[Reavivar la fe y reencender la caridad]
33. La contemplación y la acción apostólicas nos llevan a
renovar en nosotros la fe y a reencender nuestra caridad, no sólo
para nuestro crecimiento personal sino como condición para ser
eficientes instrumentos del Señor.
Reavivar nuestra fe quiere decir hacer crecer en
nosotros esa confianza viva y dinámica que nos hace conscientes
del amor que Dios tiene para con nosotros y para con nuestro
prójimo. Y esta responsabilidad personal significa, entre otras
cosas, un permanente compromiso de formación. La caridad se nos
reenciende con la práctica de la misericordia en la relación con
nuestro prójimo, —en modo particular como nos la presenta S.
Pablo—,
y nos hace capaces de llevar adelante la verdadera acción
apostólica.
Apóstoles fieles al futuro
[Fieles al futuro del hombre]
34. Y volvemos entonces al hombre, objeto del amor de Dios.
Él espera recibir este mensaje de vida nueva que puede llevarlo a
reencontrarse a sí mismo y a entender la razón de su ser en el
mundo.
A su vez, quien fue enviado, al contemplar la imagen
de Dios en el hombre, descubrirá la presencia de Cristo en él.
Encontrará ese Cristo, nuevamente crucificado, que llama desde el
fondo del prójimo, desde sus necesidades, desde sus sufrimientos
y desde su soledad.
Y luego, fiel al hombre y a Dios, que quiere
hacerle conocer el camino de la vida,
la respuesta del hombre del Tercer Milenio que descubrió su
misión, será la de ir a su prójimo con una actitud de comprensión
y solidaridad, a llevarle este mensaje. “Anunciaré tu nombre a
mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea” … y volverán al
Señor todos los confines de la tierra.
He ahí la vocación apostólica del hombre del Tercer
Milenio. Todos, ricos y pobres, hombres y mujeres de toda
condición y edad, todos están llamados a ser testigos activos de
Jesucristo.
[Compartir solidario y misericordioso]
35. Compasión es la opción por Cristo crucificado presente
en el hombre indefenso y sometido como ovejas sin pastor.
Compasión es compartir con quien sufre la soledad, el
abandono en la vejez y en la enfermedad; con las familias sin
techo ni salud ni educación; con los migrantes, con las víctimas
de la guerra, del hambre, del narcotráfico, de la corrupción, del
racismo, de la manipulación de la vida; con los niños y la mujer
explotados y con todo otro tipo de exclusión y de sufrimiento
humano provocados como consecuencia del pecado.
Pero el pecado no nos toma por sorpresa ni nos
escandaliza. Sabemos que ése es un aspecto de la condición humana
y, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros
mismos y la verdad no está en nosotros.
Este es, en primer lugar, un reconocimiento sincero frente a
nosotros mismos. “Yo soy nada y pecado”.
Esa verdad solo podemos reconocerla cuando tenemos la certeza de
que hemos sido salvados por Dios. Nuestra humildad se hace, por
tanto, testimonio.
Como nos fue posible sincerar nuestras miserias —lo
que se nos convirtió en el camino de una vida nueva, de ese
«volver a empezar»— nada más que por la infinita misericordia de
Dios, así fuimos, a nuestra vez, enviados a manifestar esa misma
misericordia a los otros, porque esa es la voluntad de Dios.
“Sean misericordiosos porque el Padre de ustedes es
misericordioso”
y “felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia”.
[La opción por el hombre]
36. Debemos cultivar los mismos sentimientos de Cristo
Jesús
que manifestó su misericordia insertándose en nuestra condición
humana y asumiendo nuestras miserias. Que nuestra actitud como
embajadores sea la misma que la de Cristo a quien Dios no envió
… para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por Él.
Es por todo esto que la solidaridad cristiana no
consiste solamente en una disposición a «ayudar al que está peor
que nosotros», en el sentido de una asistencia social o de una
promoción humana. No consiste en dejar caer las migajas de la
mesa,
y menos aún con la ilusión inútil de descontar de ese modo alguna
carga de conciencia. Éste no es el proyecto de Dios ni su modo de
actuar. Él no realiza la salvación desde lejos, desde lo alto de
los cielos. “Yo no hablé en lo secreto, en algún lugar de un
país tenebroso. Yo no dije: …búsquenme en el vacío”
sino que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
[La solidaridad]
37. Ser solidarios consiste en ayudarnos unos a otros a
llevar el peso de las propias cruces.
Solidaridad es compartir. Compartir tu pan con el hambriento,
y hacer con él la fiesta de la comunión. y albergar a los
pobres sin techo acogiendo a tu hermano en tu corazón y
abriéndole las puertas de tu espíritu. Entonces despuntará tu
luz como la aurora … y tu oscuridad será como el mediodía. El
Señor te guiará incesantemente.
Solidaridad es compadecer misericordiosamente la
condición del prójimo. Es dejarse enriquecer por sus virtudes de
pobreza, de humildad y de paciencia, por su súplica en la
angustia y por su alabanza en la consolación. Tal vez podremos
retribuir estos dones suyos con algún recurso humano como el de
nuestra capacitación profesional o el de alguna posibilidad que
tenemos debido a nuestra «posición social», pero no podremos nunca
equiparar el gran don de Dios que él significa para nosotros.
En todo caso, a partir de esta comunión —«opción
por»—, la solidaridad consiste en buscar juntos los caminos del
Señor para restaurar su imagen en nosotros y en el prójimo.
[La opción por una vida nueva: ser apóstol]
38. Cristo resucitado llama a cada hombre a cambiar de vida,
a volver a empezar, para alcanzar la plena liberación de todas las
limitaciones que lo tenían encadenado, y no sólo la propia
salvación sino la de los demás, realizando con Él la voluntad
salvadora del Padre, incluso con la conciencia de que si Dios
está con nosotros, ¿quién contra nosotros?.
La invitación al destinatario de este mensaje es la de
decidirse a ser apóstol también él. A vivir y a realizar su
propia misión personal que, en todo caso, lo llevará al «hombre
del Tercer Milenio» para decirle que él también puede comenzar una
vida nueva y para llamarlo a la esperanza cierta del Cristo
resucitado y presente en su vida. Ésta es nuestra misión y la de
todos:
Ser apóstoles de Jesucristo, Apóstol del eterno Padre.
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