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No es objetivo
de este trabajo trazar una semblanza biográfica del Padre
Vicente, lo cual ya han hecho, por otra parte, muchos otros, y
disponemos, en castellano, de las obras de Juan Santos Gaynor
y de Karl Stelzer. Circula, además, una colorida revista en la
cual la vida de Pallotti fue hecha como historieta, con muy
buenos dibujos que reproducen fielmente la época y el caminar
del Santo. A todos estos trabajos remitimos a aquellos que
quieran ahondar en la biografía de Vicente Pallotti.
Lo que
ofreceremos en este título es una sucinta reseña que nos sirva
para conocerlo un poco más, antes de hablar específicamente de
su herencia, o sea: su teología del apostolado y su
espiritualidad.
Vicente
Pallotti nace en Roma el 21 de abril de 1795
Su padre, Pedro
Pablo Pallotti, era oriundo de la Umbría, desde donde se
trasladó a Roma siendo joven aún. Fue un comerciante que
paulatinamente y a costa de esfuerzos y talento alcanzó una
notable prosperidad.
Su madre se
llamaba Magdalena de Rossi, nacida romana pero que había
vivido en la misma aldea umbra que el padre de Vicente.
Nos dice Juan
Santos Gaynor que la familia de Pallotti había sido desde
hacía siglos una familia de agricultores (1) (1) Juan Santos
Gaynor: Vida de San Vicente Pallotti, Roma, 1963, P. 5.
El matrimonio
Pallotti tuvo 10 hijos, de los cuales Vicente era el …. Cinco
de los hermanos Pallotti murieron antes de la adolescencia, en
una época en la que la mortalidad infantil era sumamente
elevada.
Es sabido que
Vicente Pallotti estuvo atraído por la idea de hacerse
sacerdote desde muy pequeño. En 1807, a los doce años comenzó
a ser dirigido espiritualmente por un párroco de una pequeña
iglesia cercana a su casa, el P. Fazzini. La influencia de
este sacerdote fue decisiva, no solo en el proceso vocacional
de Pallotti, sino también en su idea de lo que debía ser su
sacerdocio y su apostolado.
En 1810
Pallotti comenzó sus estudios filosóficos y teológicos, pero
continuó viviendo en su casa, ya que por entonces los
seminarios aún estaban desarticulados, de resultas de los
cimbronazos del espíritu anticlerical de la Revolución
Francesa, extendido por toda Europa, hasta los límites,
incluso, de la ciudad de los Papas. Vicente era guiado, como
siempre, por el P. Fazzini.
El 16 de mayo
de 1818 Pallotti fue ordenado sacerdote, poco tiempo después
de cumplir sus 23 años. Era un sacerdote con título “de
patrimonio”, esto es: gozaba de una cierta libertad para
emprender su propio apostolado, sin ser llamado a cubrir un
cargo de párroco o vicario en alguna parroquia. Pudo así
seguir atendiendo todas las inicativas apostólicas que tenía
entre manos.
Muy poco
después terminaba sus estudios recibiendo el título de Doctor
en Filosofía y Teología en la Universidad de Roma (La Sapienza),
con tal buen desempeño que las autoridades de esta alta casa
de estudios ofrecieron al neosacerdote un cargo docente, que
Pallotti honraría durante diez años.
En 1827
Pallotti fue nombrado Director Espiritual del Seminario Romano
y del Colegio de la Propagación de la fe, en donde se formaban
los candidatos a misionar por el mundo. Sus dotes de director
espiritual le valieron además ser llamado reiteradas veces por
numerosos seminarios nacionales presentes en Roma, y
congregaciones religiosas femeninas, a fin de predicar retiros
o brindar conferencias. La cantidad de los requerimientos que
se le hacen lo obligan a dejar la Universidad de Roma luego de
diez años de labor docente.
A principios de
1835 Pallotti recibe un pedido desde lejanas tierras. Un
misionero trabajando apostólicamente en Medio Oriente, y que
ya había sido ayudado por el P. Vicente, le ruega que se ocupe
de hacer imprimir, con fondos que deberían ser conseguidos por
el mismo Vicente, 10.000 ejemplares de las “Máximas de San
Alfonso”, traducidas al árabe, a fin de usarlas en su trabajo
catequético. Pallotti se abocó enseguida al trabajo, para el
cual se requerirían fondos nada despreciables: unos
cuatrocientos escudos romanos. Pallotti recurrió, para
conseguirlos, a un laico amigo suyo: Giácomo Salvati.
Salvati era un
comerciante romano que había conocido a Pallotti un año antes,
en circunstancias muy particulares. Un buen día el P. Vicente
entró en el negocio de los Salvati, atendido a la sazón por la
esposa del comerciante.
-¿Ustedes me
llamaron? –preguntó Pallotti a la mujer.
-No –contestó
la aludida, que quedó impresionada al saber que quién la
visitaba era nada más ni nada menos que el Padre Pallotti, de
quien todo el mundo hablaba con respeto. Como a la sazón una
hija del matrimonio Salvati estaba gravemente enferma, con
riesgo de muerte, la mujer pidió a Pallotti que visitara a la
niña. Pallotti, sin embargo, no quiso hacer la visita,
diciendo a la madre que la niña se repondría muy pronto.
Prodigiosamente, la enferma se repuso en pocas horas, en una
cura que los médicos no dudaron en calificar de milagrosa. De
más está decir que desde entonces los Salvati se convirtieron
en entusiastas admiradores y colaboradores del Padre Pallotti.
A este Salvati
fuéa ver entonces Pallotti para que consiguiera los fondos
para la edición de la obra de San Alfonso. Salvati tenía
reparos, ya que se le antojaba difícil la tarea de pedir
dinero para una obra de tal naturaleza. Tal vez, como sucede
muchas veces hoy entre nosotros, tenía en su corazón algo de
miedo o vergüenza de pedir para una obra religiosa. Ante la
insistencia del Padre Pallotti, Salvati comenzó la colecta, y
para su sopresa en poco tiempo recaudó dinero más que
suficiente para la edición.
Este fue un
emprendimiento muy importante en la historia del apostolado de
Pallotti.
Paralelamente,
leemos en su Diario espiritual, con fecha 9 de enero de 1835:
“Dios mío,
misericordia mía: en tu infinito amor me encargas la tarea de
promover, establecer, propagar, efectuar y perpetuar, según
los designios de tu Sagrado Corazón, las siguientes cosas:
La creación de
un apostolado Universal entre todos los católicos para la
propagación de la fe y la religión cristiana entre quienes no
tienen fe y los que no son católicos.
Otro apostolado
para la revivificación, preservación y aumento de la fe entre
los católicos.
Una institución
de caridad universal para el ejercicio de todas las obras de
misericordia, tanto corporales como espirituales, para que el
conocimiento de tu Persona, que eres la Caridad misma, sea
difundido lo más ampliamente posible”.
Estos dos
acontecimientos, juntos, dieron motivo a que Pallotti
emprendiera la fundación de una obra “que tuviera la finalidad
la multiplicación de los medios materiales y espirituales
apropiados para reavivar la fe, reencender la caridad entre
los católicos y propagar esas virtudes en todo el mundo” (x)
(x) Juan Santos Gaynor, Vida de San Vicente Pallotti, Buenos
Aires, 1963, Pag. 78
Nacía así la
Sociedad del Apostolado Católico, cuyo nombre quería
significar la aspiración de la obra de obedecer el mandato de
Jesucristo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis
discípulos” (Mt. 28, 19a). Los miembros de la nueva sociedad
eran quince personas, entre sacerdotes y laicos. La sociedad
fue puesta bajo la protección de María, Reina de los
Apóstoles, y el 14 de abril de 1835 Pallotti presentaba al
Cardenal Vicario de Roma una solicitud pidiendo la aprobación
de la obra. La misma fue obtenida en seguida, lo mismo que la
aprobación y bendición del pontífice, Gregorio XVI, que fue
dada el 11 de julio del mismo año 1835.
Muy pronto se
sumaron a la obra algunos sacerdotes que ya venían ayudando al
Padre Vicente a atender los numerosos pedidos que le llegaban
de predicar retiros, confesar y realizar obras de apostolado.
En 1836
instituyó el Octavario de Epifanía, para impulsar la devoción
del pueblo romano por este misterio de la manifestación del
Dios encarnado a todos los pueblos. El mismo Pallotti
recorrería las calles con la imagen del “Jesús niño”, que daba
a besar a los fieles.
Un año después,
en 1837, el cólera hace su entrada en la ciudad eterna. Un
diez por ciento de la población se ve afectada, y la Sociedad
del Apostolado Católico se lanza de lleno a la tarea de
aliviar tanto dolor, muerte y aflicción. Los huérfanos son
recogidos por las familias colaboradoras de Pallotti. Pronto
crearon dos hogares para niños huérfanos, muy necesarios por
la cantidad de chicos que habían perdido a ambos padres por
razón de la enfermedad. Más tarde estos hogares van a ser
asumidos por las Hermanas de una congregación que San Vicente
Pallotti habría de fundar: las Hermanas del Apostolado
Católico. De estas dos obras, aún perdura hoy, en Roma, y
atendida por las hermanas palotinas, la “Pía Casa di Caritá”,
que recibe a niñas huérfanas, en situación de riesgo o cuyos
padres se encuentran lejos.
Poco a poco la
Sociedad va a ir organizándose. Se establece una dirección
central cuyos miembros, en un determinado momento, comienzan a
vivir en común bajo el vínculo de una promesa hecha a la
Sociedad. Es el principio de lo que será después la Sociedad
de los Padres y Hermanos.
En 1840, la
minada salud de Pallotti lo obliga a abandonar su cargo de
Director Espiritual del Seminario Romano.
A la muerte de
Gregorio XVI, en …, lo sucede en la Sede de Pedro el cardenal
Mastai-Ferreti, que tomó el nombre de Pío IX. Este Papa
conocía a Pallotti desde su juventud. En una oportunidad,
Mastai-Ferreti, que aún no había entrado al Seminario y
deseaba formar parte de la Guardia Noble Vaticana, había
consultados sus deseos a Pallotti, quien le respondió estas
misteriosas palabras: “Usted no hará guardia, otros se la
harán a usted” (x) (x) J.S. Gaynor, Vida de San Vicente
Pallotti, Roma, 1963, Pag. 22 y 23. El sentido oculto de esta
premonición del Padre Pallotti vino a clarificarse cuando
muchos años después Mastai-Ferreti fue elegido Papa.
Pero el
pontificado de este gran Papa estuvo signado por los
disturbios políticos que desembocaron en el nacimiento del
Reino de Italia. En ….el Papa tiene que huir, y en Roma se
desata una feroz persecución contra los clérigos. Pallotti
debe entonces, a su pesar, recluirse en el Colegio Irlandés de
Roma, protegido por el carácter extranjero de esta
institución. Allí habrá de permanecer durante cinco
turbulentos meses, dedicándose a la oración y a escribir
largamente.
Es en esos días
cuando Pallotti, escribiendo sus preocupaciones al Cardenal
Decano, enumera las causas de la crisis de la fe y de la
caridad en el mundo, entre las cuales no deja de mencionar la
negligencia del clero y de los religiosos que no cuidaban con
celo del pueblo que les estaba confiado. Y ya por entonces
lanzaba una idea que años más tarde se haría realidad:
“El tiempo
–decía Pallotti- está maduro para los remedios eficaces y
universales, de manera que todos los órdenes de personas en la
Iglesia de Dios: el clero, los religiosos y el Pueblo de Dios
puedan tomar conciencia de su deber. La forma de realizar esto
sería la convocatoria de un Concilio General de la Iglesia”
(x) (x) J. S. Gaynor, Vida de San Vicente Pallotti, Roma,
1963, P. 24. Unos veinte años más tarde, el Papa Pío IX
convocaba al Concilio Vaticano I.
Cuando la calma
fue restablecida, volvió Pallotti a sus tareas habituales.
Pero su salud estaba muy resentida.
Poco después
del octavario de Epifanía de 1850, cayó enfermo. No volvería a
levantarse. Murió el 22 de enero de 1850, a los cincuenta y
cuatro años y nueve meses de vida santa.
El Papa Pío XI
lo beatificó el 22 de enero de 1950, y fue canonizado por Juan XXIII el 20 de enero de
1963, durante la primera sesión del Concilio Ecuménico
Vaticano II.
Raúl F. Llusá
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