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La Teología del Apostolado en San Vicente Pallotti - P. A. Rubim

 

LA TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO

EN SAN VICENTE PALLOTTI

P. Achylles Alexio Rubim SAC

PRESENTACIÓN  

             Mucho se ha escrito sobre “las ideas de Pallotti” sin embargo hasta el presente todo se asemeja más a una tradición oral -y como tal, vital y familiar- que a una presentación sistemática.

            Este trabajo sobre la Teología del Apostolado forma parte de una serie de monografías que últimamente han aparecido en el ámbito palotino, todas ellas con la intención de aportar y esclarecer ideas para la realización práctica de la obra de Pallotti en la Iglesia actual.

            Todos estos escritos se apoyan en la frondosa literatura que nos dejara San Vicente Pallotti. Es admirable el trabajo que realizó el P. Moccia en la recopilación de las “Obras Completas”, pero hay que aceptar que por su extensión y su estilo asaz complicado son accesibles tan solo a los investigadores. Eso ha motivado la elaboración de selecciones como la que ha realizado el mismo P. Achylle en su publicación de “Textos de Pallotti” obra a la que hace permanente referencia en el presente trabajo.

            El P. Achylle Alexio Rubim es uno de los “padres” del nuevo Colegio Máximo Palotino. No sólo con su impulso en la línea de la espiritualidad, sino también con su profundo arraigo en la filosofía aristotélico-tomista, ha conseguido impulsar en nuestro continente una corriente clara y vigorosa en orden a la concepción de la realidad y de la Iglesia y, por lo tanto, en la práctica de la familia palotina.

            Debido a su preferencia por un estilo coloquial, el P. Achylle es reacio a transcribir sus ideas, por lo cual se torna aún más valioso el hecho de recibir, aunque sea de vez en cuando, una entrega como esta.

            La “Teología del Apostolado en San Vicente Pallotti” apareció en 1979, y desde entonces ha sido de gran utilidad y provecho para las comunidades palotinas, especialmente para los grupos de laicos. Por eso, vemos la necesidad de una nueva edición con el objetivo de difundir esta eclesiología en el comienzo del segundo siglo de la presencia de la Unión del Apostolado Católico en América del Sur.

 

INTRODUCCIÓN

             Se acostumbra ubicar a un autor o a un fundador en el tiempo en que vivió para entenderlo mejor Es muy importante, pero en el caso de san Vicente Pallotti, como en el de muchos otros fundadores, estamos llamados a interpretarlo no sólo a luz de su tiempo sino esencialmente a la luz del tiempo en que vivimos nosotros. Permanentemente tenemos que volver a reconsiderar las ideas de nuestro fundador.

            Nuestras asambleas anuales intentan repensar en forma práctica y “traducir” a Pallotti con el lenguaje del Concilio Vaticano II. En realidad, todas las congregaciones e institutos religiosos fueron invitados por el Papa a actualizar su propia fundación a través de asambleas extraordinarias. La razón es evidente porque en la Iglesia, cada fundación anticipa un aspecto del carácter profético y misterioso de la promesa. La Iglesia misma es un misterio y como misterio se la  conoce y se la realiza pero, al mismo tiempo, permanece aún desconocida y no realizada. En otras palabras, la realidad de la Iglesia como ministerio se va conociendo y realizando progresivamente a través de los tiempos. En cada tiempo se revela nuevamente a los hombres de su época como siempre idéntica y siempre distinta, siempre antigua y siempre nueva y a los cristianos nos corresponde estar vigilantes para percibir en cada época “la nueva imagen de la Iglesia”. El Concilio Vaticano II fue uno de esos momentos sobresalientes de esta revelación como fueron para nosotros, en América latina, lo mismo fue Medellín y lo será también Puebla.

            Lo mismo se puede decir de toda fundación religiosa. Las fundaciones participan del misterio de la Iglesia, y sus miembros deben aguzar siempre más la sensibilidad para poder percibir en cada etapa el modo en que su propio carisma se puede y se debe manifestar. De ahí la relatividad del elemento “constituciones”. Estas tienen ciertamente un gran valor, pero son letra más o menos fija, y una congregación avanza más por la renovación continua y cotidiana de la conciencia de su carisma que por el perfeccionamiento de sus leyes. Así una asamblea, por ejemplo, más que una instancia donde se elaboran resoluciones que serán cumplidas posteriormente, es un encuentro donde se reflexiona y donde crece la conciencia de familia en una permanente renovación del espíritu del fundador.

            Para una congregación como la nuestra es muy importante pues incentivar a todos al estudio, la investigación y la reflexión sobre su fundador, como también promover la vivencia de encuentros entre ellos. Una comunidad no avanza por tener un buen reglamento sino por lo imponderable del espíritu y del carisma de su fundador, lo que despierta, estimula y hace vivir. Habría que orientar toda nuestra sensibilidad a percibir ese imponderable. La certeza de que al menos por algunos viven el carisma y el espíritu del fundador confirma a la comunidad en su caminar en la esperanza.

            Teniendo en cuenta estos elementos nos animamos a volver a reflexionar sobre la teología del apostolado en San Vicente Pallotti.

 

1. UNA TEOLOGÍA MOTIVADA POR LA NECESIDAD

             Aunque no fue propiamente un teólogo de profesión Pallotti estaba en condiciones de tratar temas de verdadera profundidad teológica debido a los estudios que hizo, a los contactos que siempre mantuvo con la enseñanza teológica y por su propia índole reflexiva. Pallotti tiene sobre el apostolado verdaderos elementos de teología, pero su intención no era hacer teología sino únicamente en función de su fundación, y todo lo que encontramos en sus numerosos escritos es el fruto del empeño por profundizar su concepción del apostolado.

            Estas reflexiones teológicas se orientaban en dos direcciones. En la dirección de las autoridades jerárquicas, frente quienes tenía que aclarar y defender sus puntos de vista y su carisma, y en dirección a todos los cristianos para mostrarles el derecho y el deber del apostolado y exaltar su belleza y sus méritos.

            Hay un texto en el que Pallotti manifiesta expresamente a las autoridades eclesiásticas la necesidad urgente de elaborar una verdadera y profunda teología del apostolado. Al aplicarse a la defensa de sus ideas -revolucionarias para su época- Pallotti se expresa así:

            “Será necesario -o al menos conveniente- una declaración autentica y teológica que se pueda publicar en el Decreto o Breve de confirmación de la institución canónica. Una tal declaración podría ser bien argumentada”[1].

                Nunca estará de más recordar que Pallotti parte siempre de su gran ideal, el de reconducir a todos los hombres a la unidad de un solo rebaño bajo un único Pastor. Esa unidad será el fruto de la propagación de la fe y del aumento de la caridad, pero para que esa fe sea propagada es imprescindible que todo fiel -todo bautizado- sea movido a esa acción adecuada que se llama apostolado. Y, como el concepto de apostolado es poco comprendido por la propia jerarquía y casi desconocido por los laicos, su gran preocupación es la de aclarar el verdadero concepto de apostolado.

                Una segunda y aún mayor preocupación de Pallotti es la de señalar los medios pedagógicos más aptos para alcanzar sus altos objetivos. El tema, por ejemplo, de los medios que Pallotti propuso en las circunstancias y con la mentalidad de la época y de los medios que propondría en nuestros días merecería también un estudio y una investigación especiales. Por ahora queremos ocuparnos sólo del primer tema. El segundo se podría intitular: “Por una pastoral palotina”.

 

2. EL CONCEPTO DE APOSTOLADO

                 Constatada la existencia de una realidad, se procede a descubrir sus notas fundamentales por las que se la pueda definir. Pallotti define el concepto de apostolado en pocas palabras y con mucha precisión. Hace dos consideraciones importantes que, por lo demás, deberían encontrarse en todo intento de definir algo. Una, la definición nominal, es la de considerar lo que nos dice la palabra en su propio origen; la otra es la de considerar el contenido que esa palabra tiene actualmente. La palabra espíritu, por ejemplo, que originalmente significaba “soplo” o “viento”, actualmente, como sabemos, tiene un contenido totalmente distinto. Sin embargo, su sentido original nos ayuda en buena medida a aclarar su sentido actual.

                En Pallotti encontramos ambas significaciones. Primeramente, en su sentido original, “apostolado” significa cualquier tipo de encargo, tarea o misión realizada en nombre de alguien. Quien realiza un encargo en nombre de otro se llama “apóstol' o “enviado” y el encargo que realiza es su apostolado (Cf. T. 95).

                “Apóstol significa enviado, y se llama apostolado al acto de hacer aquello para lo cual se ha sido enviado” (T. p. 25). Pallotti prefiere la palabra de origen griego -”apostolado”- a la de origen latino - “misión”- aunque reconoce que ambas tienen el mismo sentido (T. p. 96).

                Es claro que lo más importante en Pallotti será aclarar el sentido real y actual de la palabra “apostolado”. Ya no se trata de una tarea cualquiera, de cualquier encargo o misión, sino de la tarea suprema, del encargo supremo y de la misión suprema de salvar a los hombres reconduciéndolos a la unidad de un solo rebaño por la profesión de la misma fe y por el vínculo de la caridad. La suprema tarea es la voluntad salvadora del Padre eterno. Ése es el apostolado. Esa es la misión. Apóstol es, por tanto, todo aquél que realiza la voluntad salvadora del Padre; el que hace de la voluntad del padre su tarea. “En la Iglesia de Jesucristo todos los que fueron enviados a llevar a los pueblos y a todas las gentes la luz de la Verdad son llamados apóstoles” (T. p. 5)

 

3. CRISTO Y MARÍA, MODELOS DEL APOSTOLADO

                 La teología busca siempre en Cristo y en María los modelos supremos de todo comportamiento y de toda acción humana. En la acción que estamos analizando el más perfecto de todos los enviados -de todos los apóstoles- es ciertamente el mismo Cristo. Él es el apóstol por eminencia. El primer enviado del eterno Padre (T. p. 11) . Él, como primer enviado y como el más perfecto porque es igual al Padre, es también modelo y causa ejemplar de todos los enviados.

                Como modelo, Él ilustra a la perfección, por su vida y sus actitudes, cómo debe ser todo apóstol. En una palabra, en Él no se da -como frecuentemente se da en nosotros- la separación entre vivir y hacer apostolado porque su vida “es su apostolado” (T. p. 12 y 140 y sig.).

                Él no es solamente apóstol sino que es el mismo apostolado por su identificación perfecta con la voluntad salvadora del Padre. La obediencia de Cristo, como toda obediencia, significa esa identificación con la voluntad sanadora del Padre (T. p. 11). Identificación, esto es, comunión de voluntades; comunión por tanto en el amor; comunión en las mismas intenciones, en las mismas inclinaciones y en la misma índole, “en el mismo empeño por la salvación de los hombres” (T. p. 17). Por eso el apostolado -la salvación de los hombres- es como su alimento (Jn 10, 15). Con eso Cristo gana un título más en el amor del Padre. Es amado por el Padre no sólo porque es su Hijo sino también porque es su Apóstol perfecto. “Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida por mis ovejas” (Jn 10, 17) (T. pp. 16 y 17).

                Después de Cristo el modelo más perfecto del apostolado es María Santísima que mereció el título supremo de Reina de los apóstoles. Fue tan perfecta apóstol en su manera de ser y en su actitud, que superó a todos los demás apóstoles (T. pp. 12, 26, 29 y 130).

                En primer lugar ella, por sus oraciones, sustentó el coraje de los primeros apóstoles de Cristo y fecundó sus esfuerzos (T. p. 20) y sigue garantizando la misma fecundidad para los apóstoles de hoy (T. p. 126).

                En segundo lugar, lo más importante es que María, por su celo apostólico y por su caridad, también se tornó el más perfecto modelo de apostolado (T. p. 143 Y 144). Fue y es modelo perfecto porque, a ejemplo de Cristo, se identificó en obediencia perfecta con a voluntad salvadora del Padre. Para ella tampoco había separación entre la vida y el apostolado. Su vida era su apostolado. Esto sucedió tan perfectamente que, en el decir de los Santos Padres, primero aceptó buenamente sacrificar su propio hijo; después fue testimonio personal al pie de la cruz de la muerte ignominiosa del propio hijo y en tercer lugar, hasta se podría decir que “se alegró” de que por ese sacrificio se diera la salvación del mundo y, cuarto, deseó antes sacrificarse a sí misma por la salvación de los hombres (Cf. T. p. 20). En una palabra, ella hizo de la voluntad salvadora del Padre su intención, su voluntad y su empeño hasta la ofrenda de su propia vida. Por eso es la más amada del Padre (Cf. T p 881).

 

4. EL APOSTOLADO DE LOS BAUTIZADOS

                 Después de considerar a Cristo y a María como los modelos supremos, Pallotti se aboca de manera especial a ilustrar el sentido teológico del apostolado en todos los fieles bautizados. Parte de la afirmación de que todos, absolutamente todos los cristianos pueden y deben ser apóstoles. Todos son igualmente enviados y, por eso, igualmente llamados a identificarse con Cristo de la manera más perfecta y en perfecta obediencia a la voluntad salvadora del Padre eterno. Ese no es sólo un deber sino también un derecho de todo bautizado dentro de la Iglesia. Y no sólo un deber y un derecho sino también un honor, una alegría y una fuente de méritos (Cf. T. pp. 22 y 261).

                Pallotti se esmera de manera especial en profundizar esta perspectiva. Para su época, esa es la gran originalidad de Pallotti. Y aún hoy nos preguntamos si esa originalidad no conserva toda su actualidad, justamente en una Iglesia postconciliar.  Intencionalmente, él desarrolla con sumo cuidado este tema porque quiere promover a todos al trabajo de la propagación de la fe y del aumento de la caridad a fin de que cuanto antes haya un solo rebaño bajo un solo Pastor.

                Por otro lado encontraba un obstáculo muy grande en el hecho que de parte de la jerarquía no había conciencia sobre el concepto de apostolado. La visión acentuadamente jerarcológica de la Iglesia, en contraposición con la visión “populista” del protestantismo, hacía que se considerase al apostolado como una prerrogativa exclusiva o preponderante de la jerarquía. El apostolado católico era una tarea o una misión confiada por Cristo a los papas y a los obispos pero no a lo demás bautizados. Los laicos a lo sumo -como más tarde apareció explícitamente en la Acción Católica- podrían ser llamados a participar del apostolado jerárquico. La misma definición de la Acción Católica sonaba como la participación de los laicos en el apostolado jerárquico. El apostolado era sólo jerárquico. Lo laicos no estaban dotados de un apostolado propio. Sólo por concesión, por investidura o por “mandato” de la jerarquía participaban del apostolado. Ese error teológico de base es lo que Pallotti quiso superar en la Iglesia ya en la primera mitad del siglo pasado. Trató de demostrar a todo que el “mandato” -el llamado- viene, en primer lugar, de mismo Cristo y no sólo de la concesión de la jerarquía. El apostolado es, en otras palabras, un derecho natural del cristiano. Por lo tanto, todos los que tienen cargos jerárquicos o funciones eclesiásticas como los que no los tienen, todos sin excepción están llamados por derecho propio al apostolado.

 

5. RAZONES DEL APOSTOLADO DE LOS BAUTIZADOS

                 Como vimos, Pallotti se coloca decididamente en la perspectiva de todo bautizado y no sólo en la de los que ocupan algún cargo o, función jerárquica. Él dice textualmente: “se ha dado a esta Pía Sociedad el título de Apostolado Católico en el sentido amplio de lo que san Pedro llama «sacerdocio u oficio de todos los fieles»” (T. p. 112). Incluso en aquella época, en que la idea del sacerdocio común de los fieles tenía sabor a herejía, no podía ser más explícito y al mismo tiempo más valiente. Para aclarar este concepto Pallotti comienza por destacar el hecho de que la idea del apostolado es más amplia que la de jerarquía y que hay una distinción fundamental entre apostolado y jerarquía entre apostolado y cargos eclesiásticos. Para hacer apostolado no es pues absolutamente necesario tener un cargo jerárquico. El apostolado es un derecho que todo cristiano tiene por el mismo hecho de ser cristiano. El apostolado no es, por lo tanto, un valor jurídico si no un valor ontológico inherente a todo fiel.

                Para demostrar esto, Pallotti presenta diversos argumentos. No todos tienen el mismo peso y el mismo valor, pero todos manifiestan igualmente su preocupación por convencer a la jerarquía y a los laicos de su nueva visión de apostolado.

                En el primer argumento, tomado de los Hechos de los Apóstoles, se manifiesta claramente la distinción entre el cargo jerárquico y el apostolado. Dice, en efecto, el libro de los Hechos que los discípulos oraron así: “Señor Tú que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos elegiste para desempeñar el ministerio y el apostolado...” (Hch 1, 25) (T. p. 12).

                Para el segundo argumento cita Lucas 6,13.  “El sagrado texto dice en este pasaje que Jesucristo, después de haber pasado la noche en oración llamó a sus discípulos y de entre ellos eligió a doce a los que llamó apóstoles sin aún haberles conferido la facultad de consagrar y absolver ni el poder de regir y gobernar la Iglesia, lo que da claramente a conocer lo que dijimos” (T. p. 12).

                El tercer argumento, que Pallotti considera de gran peso demostrativo y que repite constantemente, está tomado de la figura de María Santísima. Es el hecho de que María, que no tuvo ninguna jurisdicción ni ninguna participación en el sacerdocio ministerial, fue una tan grande apóstol que mereció el título supremo de Reina de los Apóstoles. Eso prueba que no es necesario tener una jurisdicción o ministerio para ser apóstol y merecer el título y los méritos del apóstol. Por lo mismo, el cargo jurídico que alguien ocupa en la Iglesia no es decisivo ni mucho menos, para merecer el apostolado. María Santísima no ocupó ningún cargo y sin embargo superó en los merecimientos a todos los papas, obispos y presbíteros. Con una pizca de ironía, Pallotti señala que “la Iglesia, asistida siempre por el Espíritu Santo, no saluda a la Madre de Dios con el título de Reina de los sacerdotes ni Reina de los obispos ni Reina de los sumos pontífices, pero sí con el título de Reina de los Apóstoles”. (Cf.: T. pp. 12, 17, 18, 20, 25, 26, 29, 121 y 130).

                El cuarto argumento, también de gran peso, es de orden ontológico. Pallotti se vale frecuentemente de él para hacer verdaderas reflexiones teológicas. Se funda sobre el doble aspecto del hecho que somos criaturas y del hecho que somos cristianos.

                En primer lugar, el hecho de que somos criaturas indica que somos imagen y semejanza de Dios. Participamos de algunas de las perfecciones de Dios y, por eso, también de la tarea de comunicar esos bienes y esas perfecciones (T. pp. 32, 68 y sig. V.P: “Iddio, I'Amore Infinito”).

                En segundo lugar, el hecho de que somos cristianos por el bautismo nos inserta en Cristo y nos identifica con Él de tal suerte que siendo otros cristos somos también otros apóstoles del Padre Eterno. Cristo es siempre el “modelo del apostolado de cada uno”. En el bautismo hemos sido constituidos, por la vida de Cristo, en comunión con Él como la rama a la vid y, por consiguiente, en comunión con la voluntad salvadora del Padre, es decir, en el Apostolado. La misma obediencia, por lo tanto, que une al Hijo a las intenciones del Padre, une también al cristiano a las mismas intenciones.

                Esa comunión constitutiva del apostolado es fruto del amor de Padre, la caridad. “Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él”. La caridad constituye ontológicamente al cristiano, lo une a la misma fuente de la caridad y lo estimula al dinamismo apostólico. “Charitas Christi urget nos”. De esta forma, el cristiano se vuelve en Cristo una imagen y semejanza de Dios mucho más perfecta y mucho más elevada  que la imagen y semejanza que tiene como creatura. (Cf.: T p 69 n. 8). En efecto, Dios nos eleva por Cristo de la condición de creaturas a la de hijos.

                El quinto argumento es de orden moral pero se basa en el fundamento ontológico del apostolado. Al hecho de ser hijos de Dios

Si somos hijos de Dios, que se sigue la consideración de varias consecuencias morales.

                Primera consecuencia. Dado que el cristiano debe identificarse progresivamente con Cristo y ser perfecto como el Padre es perfecto, una tarea fundamental que tiene que cumplir es la de conformar cada vez más su vida a su apostolado. El cristiano está llamado a superar la separación entre vivir y hacer apostolado. Su vida debe hacerse progresivamente su apostolado (T. pp. 12,13,140 y sig. ).

                Segunda consecuencia. No sólo la misma naturaleza de cristiano nos impele a identificarnos con el apostolado, sino también el hecho de que somos creaturas libres y de que este hecho es respetado y consagrado sobrenaturalmente por Dios de tal suerte que Él quiere nuestra cooperación. Él podría salvar al mundo por sí solo, pero no lo hace. Respeta y pide nuestra decisión libre; nuestra cooperación libre (Cf.: T. p. 69).

                Tercera consecuencia. Si somos hijos de Dios, unidos en obediencia e su voluntad salvadora, entonces debemos amar lo que Dios ama; querer lo que Dios quiere. Ahora bien, Dios quiere la salvación de todos los hombres. Por lo tanto nosotros también debemos querer fa salvación de todos (T. pp. 8 n. 42).

                Cuarta consecuencia. Si somos creaturas e hijos de Dios debemos tener sentimientos de compasión para con la humanidad. Compasión por las necesidades sobrenaturales, por los necesitados en materia de fe (T. p. 18 n. 11 y p. 71 n. 12).

                Quinta consecuencia. Si somos hijos de Dios debemos observar sus deseos. Esos deseos fueron expresados ya en el Antiguo Testamento: “...y a cada cuál le dio órdenes respecto a su prójimo” (Si 17, 14b) (T. p. 130). En el Nuevo Testamento “la misma orden la dio Nuestro Señor Jesucristo a sus apóstoles cuando les dijo: «como el Padre me envió a mí, también Yo los envío a ustedes»” (Jn 20, 21 ) (T. pp. 129 y 30). Pero Pallotti insiste más en el deseo supremo de Cristo de que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Esto es, lo que queremos de bueno para nosotros debemos quererlo también para nuestro prójimo. Y ¿qué buscamos y deseamos más que la salvación y la suprema felicidad? De la misma manera debemos desear y buscar la salvación del prójimo (T. p. 70).

                Sexta consecuencia. Si los cristianos participan de la vida de Cristo y si todos los cristianos están llamados a identificarse con Cristo, entonces el apostolado es una acción hecha al mismo Cristo, según lo que dice el Evangelio: “Todo lo que hicieren a uno de ellos me lo harán a Mí” (T. p. 19;

                Séptima consecuencia. Si el apostolado es una acción hecha al mismo Cristo por ser una acción de hijos de Dios en favor de los hijos de Dios, entonces es una acción sumamente agradable a Dios (T. p. 16, n. 8), sumamente agradable a María Santísima (T. p. 17, n. 9) y sumamente agradable a todos los santos del cielo (T. p. 18)

                La primera preocupación de Pallotti fue pues, probar que “el Apostolado Católico es universal y para cada uno” (T. n. 11) debiendo por lo tanto, todo cristiano, sin excepción alguna ser apóstol por derecho propio.

                “Por lo tanto, todos: grandes y pequeños, nobles y plebeyos, soberanos y súbditos, sabios e ignorantes, ricos y pobres, sacerdotes y laicos pueden.. “ (T. p 26).

 

6 EL SENTIDO ANALÓGICO DEL CONCEPTO DE APOSTOLADO

                 Para entender mejor el concepto de apostolado en Pallotti es necesario darse cuenta de la concepción analógica de apostolado que aparece a cada paso en sus escritos. La analogía se refiere al hecho de una realidad que se repite en medidas diversas y en proporciones distintas de forma  de ser al mismo tiempo una y múltiple, idéntica y diversa.

                Ese es el caso de la realidad del apostolado. El apostolado se da siempre idéntico y siempre diversificado -en proporciones distintas- en los diversos planos en que se verifica. Una es la proporción del apostolado de Cristo; otra, la del apostolado de María; otra, la del apostolado del Papa; otra, la del apostolado de los obispos; otra, la del apostolado de los presbíteros y aún otra, la del apostolado de los laicos. Se trata siempre de la misma voluntad salvadora del Padre que es asumida de maneras, proporciones o intensidades distintas por los más variados apóstoles. De tal suerte que, así como el apostolado de Cristo es su propio apostolado, y como el apostolado de la jerarquía es su propio apostolado así también el apostolado de los laicos es su propio apostolado.

                “Los doce nombrados en Lc 6 son los Apóstoles de Jesucristo, y todo lo que ellos hicieron es su apostolado. Y así, distintamente de los otros apóstoles, lo que hizo san Pedro como vicario de Jesucristo, es el apostolado de Pedro. Y lo que hacen los sumos pontífices es el apostolado del jefe visible de la Iglesia” (T. p. 11). “Y por eso, lo que cada uno haga en su estado y según sus fuerzas será su apostolado” (T. p. 12). La plenitud del Apostolado Católico que se encuentra solamente en el Romano Pontífice, fue llamada por los propios papas “supremi apostolatus culmen”, en contraposición al apostolado no supremo. Es lo mismo que llamar “santo” a cada siervo de Dios canonizado por la Iglesia, aunque la misma Iglesia cante en honor del Divino Redentor: “Tu solus Sanctus” (T. p 96). .

                Muchas otras veces Pallotti repite que todos están llamados al apostolado en la medida y proporción de su estado y condición o bien, lo que es lo mismo, analógicamente. (T, pp 12 y 70 n. 11 ). Expresamente Pallotti dice que el título de Apostolado Católico es “el más propio y análogo” (T. 130).

                Pallotti tenía conciencia de estar enfrentando una mentalidad univocista. Una mentalidad que atribuye al apostolado una única dimensión, la dimensión jerárquica. Es por eso que hizo hincapié en el concepto analógico del apostolado so pena de continuar con los malos entendidos y los equívocos de los que él mismo muchas veces fue víctima

 

CONCLUSIONES

                 De lo que vimos -aunque sea sumariamente- sobre la concepción de Pallotti, se podrían sacar varias conclusiones. Entre otras, nombramos las que siguen:

                PRIMERA CONCLUSIÓN. Pallotti no hizo una teología del apostolado laico, sino una teología del apostolado. Si se aplicó más en argumentar en favor del apostolado laico fue sólo porque, en primer lugar, los laicos son la parte más grande de la Iglesia y, en segundo lugar, porque la comprensión del sentido del apostolado de los laicos era deficiente, como se vio, y exigía mayores esclarecimientos teológicos, pero las reflexiones de Pallotti abarcan toda la extensión del concepto de apostolado.

                Por eso, Pallotti no gana mucho al ser llamado “precursor de la Acción Católica” pues, además de abarcar en su concepción a toda la Iglesia, no cometió el grave error de considerar apostolado legítimo sólo al establecido por “mandato” de la jerarquía. Como dice el P. Faller, Pallotti tenía “fundamentos más bíblicos y más auténticos” que la Acción Católica” (Cf. Rundbrief S.P.P., 7 Band, n. 2, p 59).

                SEGUNDA CONCLUSIÓN. El nuevo concepto de apostolado implica, en Pallotti, un nuevo concepto de Iglesia. En este aspecto, como en otros puntos, el Concilio Vaticano II nos ayuda a iluminar a Pallotti y a traerlo bajo una luz nueva. En efecto, Pallotti no se ocupó de los laicos en el sentido actual del término sino en su sentido original. En efecto, “laico” en griego significaba “pueblo”. La concepción de Pallotti coincide con la del Concilio. Parte de lo que es común y fundamental, es decir, a vida de Cristo comunicada a todos por el Bautismo. Ese es el elemento ontológico que constituye a la toda Iglesia en una comunión. Aquí hay una exigencia básica que es la de superar toda concepción de dos bloques en la Iglesia. Las dos clases, los dos órdenes bien distintos. Los pastores y el rebaño, la jerarquía y los laicos. Pallotti, en cambio, quería despertar indistintamente el sentido del apostolado en todos los bautizados. Concretó su idea en un movimiento que englobaba toda clase de personas. “Grandes y pequeños, nobles y plebeyos..., sacerdotes y laicos, religiosos y seculares...” (T. n. 26). En una palabra, quería resucitar la imagen primitiva y original de la Iglesia superando toda separación de clases. Aún hoy esa sigue siendo la única condición para que surjan las deseadas comunidades de base. Mientras los clérigos continuemos formando una clase de separados aparte de los laicos, jamás conseguiremos formar comunidades cristianas. Mientras pensemos que “También” los laicos deben “Participar”; o mientras pensemos con categorías al estilo de “laicos en la Iglesia”, estaremos pensando en dos clases. Más aún, estaremos pensando que la Iglesia es la jerarquía, y así se torna imposible la comunidad.

                El vicio de considerar a la estructura de la Iglesia como constituida por dos clases está tan arraigado como el vicio de decir “la Iglesia manda” en vez de decir “la autoridad eclesiástica manda”.

                El mismo Sínodo de 1971 continúa usando expresiones totalmente ambiguas a este respecto. En el documento conclusivo de ese Sínodo, encontramos expresiones como la siguiente:

                “La estructura esencial de la Iglesia, constituida por el rebaño y por los pastores designados para eso, según la tradición de la misma Iglesia, fue y permanece siempre cono normativa...” (R.E.B. Vol. XXXI, n. 114, p 952). Aún se concibe a la Iglesia como si su fundamento fuese el sacramento del Orden Sagrado y no el sacramento del Bautismo. En ese caso el “simple bautizado” estará siempre en una relación de dependencia y de pasividad.

                El mismo documento, al hablar de les presbíteros, los exhorta a realizar una comunidad sacramental formando asociaciones o comunidades de presbíteros. Pero al hablar de la relación de los presbíteros con los laicos, el documento usa un lenguaje por lo menos ambiguo, cómo si los laicos y los presbíteros fuesen dos clases que hay que armonizar y que tienen que ayudarse mutuamente. No se encuentra ninguna palabra sobre la necesaria comunión de vida que el bautismo establece entre laicos y presbíteros. Veamos los propios términos del documento:

                “Recuerden los presbíteros entregar con confianza encargos a los laicos dejándoles espacio y libertad de acción e invitándolos incluso a que tomen oportunamente iniciativas propias” (pp. 9). Los laicos, por su parte, participen en las preocupaciones de los presbíteros; auxílienlos cuando les sea posible con oraciones y con obras para que ellos puedan vencer mejor las dificultades y puedan cumplir más fructíferamente sus encargos” (R.E.B., 1. c. P 961 y 962).

                El documento cita la Presbiterorum Ordinis y, con eso también muestra cuán insegura quedó esa intuición primitiva del Concilio de superar toda concepción de clases para llegar a la Iglesia Comunión, Pueblo de Dios.

                La idea de clases, jerarquía y pueblo, pastores y rebaño, estaba favorecida por la concepción de la Iglesia que había antes del Concilio, y que se funda en el origen vertical de los ministerios, comenzando por los Apóstoles. Cristo transmitió el ministerio a los Apóstoles; estos a los obispos; estos a los presbíteros que, por su parte, comunican la vida cristiana a los laicos. Esta imagen no sugiere la idea de jerarquía en el sentido de orden sino en el sentido de superioridad. Y superioridad implica inferioridad, dependencia y sumisión, cosa intolerable después del Vaticano II.

                Por parte de teólogos de gran peso, como Yves Congar, hoy tenemos otra imagen de Iglesia. Cristo no constituyó apóstoles en primer lugar sino una comunidad cristiana. De esa comunidad constituida por su vida surgieron los Apóstoles, los obispos, los presbíteros, los diáconos y todos los ministerios. De ahí la costumbre saludable de las comunidades antiguas de elegir a su propio obispo. En efecto, el sujeto de derecho no es la jerarquía sino la propia comunidad.

                “La comunidad reunida en asamblea para el culto divino constituye la Iglesia en el pleno sentido de la palabra” (Ratzinger, Joseph. “¿Democracia en la Iglesia?” Ed: Paulinas, España, 1971, p 50).

                De aquí se sigue una consecuencia de mayor importancia para la misma liturgia. La liturgia es la acción de la comunidad cristiana como un todo y no sólo del presbítero.

                “Si algunos presiden, ¿no sería preciso decir que todos celebran y que todos comulgan en un pie de igualdad?” (Laurentin, Réné. “Réorientation de l’Eglise aprés le troisième synode”, Ed. du Seuil, 1973, p 116).

                “La asamblea para el culto divino no es algo que se añade a la Iglesia sino su forma primera y fundamental” (Ratzinger, J. o. c., 1. c.).

                TERCERA CONCLUSIÓN. La concepción de que la Iglesia es dualidad de jerarquía y pueblo trajo, antes del Concilio, problemas que subsisten en nuestros días de postconcilio. Uno de los principales es el de la integración de la comunidad. Hoy se habla mucho de “inserción en la Iglesia”. Esa queja está siempre dirigida a la otra parte, a la que no es jerarquía. El problema no existiría si la Iglesia fuese concebida como comunión. Pero la concepción dualista trae ese problema. En efecto, inserción sugiere adhesión a otra cosa. En este caso, a la iglesia-jerarquía. Por otro lado, sugiere algo que está afuera y que hay que traer adentro. Ahora bien, el bautizado -todo bautizado- es por definición aquél que por el bautismo entró en comunión. Entonces, ¿en qué, dónde deberá insertarse? Todo bautizado tiene no sólo el deber sino también el derecho de la comunión y la participación (Cf.: L.G. “Los laicos” y A.A. n. 3 y 25).

                La integración de la Iglesia se encuentra únicamente en la fuerza integradora de la misma fe. Todo lo demás no lleva a la liberación sino a la tiranía” (Ratzinger, J., o c., p 45). Aún hoy, cuando se piensa en una integración, se piensa en acciones comunes, normas comunes y planes comunes. No nos damos cuenta de que la integración se da en primer lugar en la comunión de las personas, en la comunión personal del laico, el presbítero y el obispo participando todos de la misma fe y de la misma vida de Cristo. Hoy en día no se cree en este elemento ontológico sino sólo en el jurídico.

                CUARTA CONCLUSIÓN. La concepción analógica de apostolado de Vicente Pallotti parece tan actual hoy como en la primera mitad del siglo pasado.

                Si el apostolado es propio, guardadas las proporciones, de todos los miembros de la Iglesia, entonces todo bautizado, como vimos, debe ser apóstol por pleno derecho y no por concesión especial o favor de quienquiera que sea. Fácilmente aún hoy para designar al apostolado se usan expresiones que implican una cierta segregación porque son de un sentido unívoco. Se habla, por ejemplo, de un “apostolado diocesano” en el que nos tenemos que “insertar”. Y la cuestión continúa cuando nos preguntamos conflictivamente cómo podemos hacer un apostolado palotino si tenemos que hacer un apostolado “diocesano”. ¿Qué significa esa expresión?

                Parece que por apostolado diocesano se entiende el planeado y fundado -por decirlo así- por el coordinador de pastoral, el del Plan de Pastoral de Conjunto. Hasta hace poco, ese era el único apostolado. Hoy parece ser el más auténtico. Las otras iniciativas apostólicas serían de segunda importancia, mal comprendidas y prácticamente apenas toleradas. Aunque se afirma con toda fuerza que esas iniciativas están contempladas en el Plan, parece que no se encuentran muy a gusto así, encuadradas en el Plan. Muchas veces se ha visto que hay fuerzas apostólicas que sólo encuentran reconocimiento pleno cuando están encuadradas en las iniciativas de los planes de pastoral, es decir, en las iniciativas del coordinador pastoral.

                Aquí se podría cuestionar el papel del coordinador y el del mismo del obispo frente a la pastoral. En todo caso parece que ellos no tienen la función de fundar un apostolado determinado llamado diocesano, sino en casos excepcionales. Pero lo que tenía un carácter de excepción se hizo ordinario y común. Todavía se mantiene la mentalidad de la Acción Católica para la cual el apostolado no era natural sino delegado por la jerarquía.

                El Plan de Pastoral de Conjunto sigue siendo la participación de los laicos en el apostolado jerárquico. El Apostolado, como derecho natural de todo bautizado, afirmado por el Concilio, todavía no es reconocido por los Obispos (Cf.: L.G. “Los laicos” y A.A. n. 3 y 25).

                El papel del obispo sería más bien el de captar los movimientos del Espíritu en la comunidad, discernirlos, orientarlos, estimularlos y hacerlos madurar por su presencia pastoral, antes que preocuparse por fundar un apostolado. Sería suficiente con creer de verdad en el elemento ontológico del apostolado que ya ha sido implantado por el bautismo en el corazón de todo bautizado. Pero desde que el obispo se identifica con un apostolado determinado al que se le da el nombre de “diocesano” se está concibiendo al apostolado en forma unívoca, y se está yendo por un camino de segregación del Espíritu.

                Él Plan de pastoral tendría sentido si estuviese realmente constituido por todos los movimientos apostólicos representados en asamblea por sus respectivos coordinadores. Claro que en ese caso el coordinador diocesano de pastoral con casi todo su montaje estaría demás. ¿Por qué tanto desgaste de personas y material para montar un movimiento llamado “diocesano”, cuando los movimientos apostólicos existen o surgen del impulso del carisma mucho más auténticos y eficaces y no menos diocesanos?

                Hay además otros elementos del concepto de apostolado que están en juego. Por ejemplo, el apostolado ¿es iniciativa y planeamiento humano o es eminentemente iniciativa y planeamiento de Dios? Muchas iniciativas apostólicas, sobre todo las que se establecen por medio de un plan, ¿no incurren en el gravísimo error teológico de considerar que la salvación es en primer lugar iniciativa y plan del hombre?

                En cambio, si entendemos que la salvación es iniciativa y plan de Dios, tendremos que hacer que las asambleas no sean tanto para planificar sino mucho más para la acción de gracias especialmente en la Eucaristía.

                Estas son, entre otras, algunas de las conclusiones a las que se puede llegar a partir de las concepciones de san Vicente Pallotti sobre la Teología del Apostolado.


 


    [1] RUBIM, A.A.: Pallotti - Textos (En adelante: T), p. 96. Ed. Pallotti, Santa María 1978