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El sistema que otorga poder por la fuerza de los votos, no es
necesariamente el más perfecto, aunque desconozcamos al presente,
o no tengamos suficientemente clara, la manera de perfeccionarlo.
Decimos que no es el más perfecto porque para que lo fuese debería
presuponerse, por un lado, la honestidad absoluta y la sana razón
virtuosa
de los mandatarios elegidos por el voto popular, y la cultura,
honestidad y sana razón virtuosa de los mandantes, esto es: los
votantes.
Pero en la práctica no vemos que se haga presente, al menos en
nuestras naciones sudamericanas, una cosa ni la otra.
Los mandatarios buscan la perpetuación en el poder: sea por
convencimiento de que su propuesta y actuar es lo mejor que puede
esperarse para el bien público; sea porque los compele una secreta
y más o menos conciente compulsión al poder; sea porque desean el
statu quo que les deviene por estar donde están, sea porque desean
vivir, subsistir, y/o enriquecerse con la función pública.
Y los mandantes votan con una razón “a medias”: una razón no
siempre analítica. Es más: la razón votante es analítica las menos
de las veces. Se vota por oleadas emocionales. Porque es el humor
público el que manda el voto. Se votó por Alfonsín por miedo al
peronismo de Herminio Iglesias y los sindicatos con sus patotas.
No por convencimiento de las virtudes del candidato ganador
(aunque él lo haya creído así, y haya soñado con gestar un
“terrier movimiento histórico, detrás del yrigoyenismo y el
peronismo, con él mismo como líder. Triste papel le tocó al tener
que archivar su proyecto personal e irse del gobierno seis meses
antes, por las insidias del peronismo. Lo que no entendió Alfonsin
es que no lo votaron a él: se votó en contra del peronismo).
Volviendo: se votó a Menem por el gusto amargo de la crisis del
gobierno radical en el 89. No por convencimiento. Se lo volvió a
votar a Menem en el 95 porque había que mantener el 1 a 1. De la
Rúa ganó en el 99 por hartazgo de la gente hacia Menem. No por
convencimiento. La misma gente que lo había votado se hartó de De
la Rúa dos años después y permitió la barrabasada institucional
del helicóptero y los cinco presidentes. Hoy está en el candelero
Kirschner. Mañana… mañana seguramente que no.
Porque el votante vota con el estómago, con el humor, con la razón
superficial. Son minoría los que votan analizando.
Y esta situación es aprovechada por los gobernantes
inescrupulosos, o al menos poco prudentes.
Veamos si no los ejemplos de Venezuela y Ecuador, donde sus
mandatarios, aprovechando el efecto arrastre, lanzan consultas
populares para convocar asambleas constituyentes para reformar la
constitución nacional a su medida.
Claro: ganan las consultas, porque las hacen inmediatamente
después de ser electos, en el período de enamoramiento y bonanza
entre ellos y el pueblo. Y las elecciones subsiguientes, en las
que se eligen a los convencionales constituyentes, las ganan
también con los mismos márgenes. La gente vota al prestigio (real
o imaginario) del que manda. Y el que manda usa y abusa de esta
simplicidad. Y se reforman las constituciones… a medida de los
deseos (o caprichos) del mandatario popular. Deseos y caprichos
que tienen que ver, regularmente, con proyectos hegemónicos,
personalismos malsanos, reelecciones indefinidas y lindezas por
el estilo. Con el contubernio, claro… de los pueblos, que carecen
o demuestran carecer de capacidad analítica. Puede aducirse:
porque la escuela no se las proporcionó. No se enseñó a pensar
analíticamente. Y está siempre dando vueltas por ahí la sospecha
de que la escuela no enseña a pensar analíticamente porque no
conviene que los pueblos tengan capacidad analítica…
De cualquier forma, vamos al grano: las constituciones constituyen
(perdóneseme la cacofonía) la base de la convivencia de una
nación civilizada. La base de la legislación, de toda
legislación. El contrato social básico. No pueden ser reformadas
cada dos por tres, a la medida de los iluminados que llegan
pensando que el mundo ha vivido equivocado hasta que llegaron
ellos; o que hasta ellos solo gobernaron inescrupulosos enemigos
del pueblo, y que ellos vienen a ser los salvadores de la patria.
Estos personajes son nefastos. Lo han sido a lo largo de la
historia.
La Constitución debe ser todo lo perfecta que pueda serlo. Para
ello hay que mirar a las constituciones de los países antiguos y
serios, y comparar. Y preguntarse por qué, aquí y allá, aparecen
ciertos artículos, en nuestra constitución (o la de los países a
medida de los caprichos de sus gobernantes), que no aparecen en
las de los países serios, avanzados y exitosos.
La Constitución debe ser seria, amplia, y dejar espacio para la
legislación de coyuntura. LA CONSTITUCIÓN NO DEBE ESTABLECERSE POR
O PARA LA COYUNTURA. No puede legislar para las necesidades
concretas de una época determinada. Pero debe permitir que se
legisle para ella, y que sea la legislación ordinaria la que pueda
ser reformulada, adaptada, o simplemente abolida llegado el
momento de su inadecuación.
A la Constitución, una vez que está bien pensada, armada y
revisada, hay que dejarla en paz.
Es más: la Constitución debería contener una cláusula que
determinara que cualquier revisión deberá esperar un período
mínimo de, digamos, cuarenta años. Es decir: la constitución será
intangible por espacio de cuarenta años. Salvo que una causa
suficientemente grave, avalada por un plesbicito de por ejemplo un
80 un 85% de aceptación popular, obligara a alguna adaptación.
Pero por lo demás, la constitución debe defenderse a sí misma. De
los que pasan por encima de ella por las armas (sean fuerzas
armadas oficiales o guerrillas de cualquier signo o ideología); de
los que le hacen gambitos de interpretación para pasar por encima
de alguno o algunos de los poderes; o los que desean reformularla
para sus propios intereses.
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