|
Ser distinto es ser diferente al resto.
Y ciertamente que todos somos diferentes al
resto en una cantidad de aspectos. Nos constituimos en la vida,
como se ha dicho hasta el cansancio, únicos e irrepetibles.
Pero tanto la conformación genética como la
conformación cultural, en la práctica, tienden a igualarnos, o
mejor dicho: hacen que en muchos aspectos los seres humanos seamos
muy parecidos. A veces hasta demasiado parecidos. Como
ejemplo: masificamos nuestro pensamiento, nuestros gustos, nuestra
forma de opinar y de juzgar. Aparece así lo “socialmente
correcto”, que es aquello que “se debe pensar” de tal problema o
de cual asunto.
Los seres humanos somos distintos en nuestra
historia personal, nuestros dolores y nuestras alegrías. Nuestros
recuerdos y nuestras fotografías mentales. Somos distintos desde
el complejo entramado de vivencias, inputs, educación,
ascendencia.
Pero somos parecidos en nuestra forma de
insertarnos en lo real.
Y somos semejantes en nuestra capacidad de
trascendencia, de sobresalir. De hecho, no sobresalimos demasiado
unos de otros. Estamos inmersos en una medianía anónima.
Es aquí, en el ámbito de la medianía anónima,
donde se produce el malestar.
Desde el malestar del anonimato, ser
“distintos” nos afirma en el “ser-nosotros-mismos-y-no-otro”.
Nos establece siendo. Existiendo autónomamente.
Pero de Kant a esta parte, idealismo mediante,
ser es ser percibido. Por lo mismo, no sólo debo
“sentirme” distinto, sino que debo ser “distinguido” (no digo
distinguido como “premiado”, aunque el ser distinguido siempre es
para el sujeto un premio, una recompensa, un logro) sino ser
percibido por los demás como distinto. El mundo debe
distinguirme de la masa; de los muchos y demasiados de Niesztche.
De los simples. De la multitud.
Entonces hay dos cosas: ser distintos, y ser
distinguidos.
Uno puede ser distinto, y tener plena
conciencia de ello; por ejemplo por cumplir las normas; por ser
honesto; por hacer el bien siempre y sin desmayo; por privilegiar
el bien común sobre el bien individual no solo desde la
declamación fácil e interesada sino desde el accionar humilde y
silencioso de cada día. Uno puede ser distinto también por su
interés por estudiar, por profundizar los problemas; por su
capacidad de análisis; por su cultura y penetración. Puede ser
distinto por su trabajo silencioso para agregar algo a la Historia
de la Cultura. O por pensar. Por imaginar nuevos horizontes.
Sin embargo uno puede ser distinto y no ser
distinguido como distinto. No ser percibido como distinto por
los demás. Aparecer, a los ojos de los otros, como uno más del
anonimato en la medianía.
Quien soporte esta doble dimensión de saberse
distinto (y digo saberse, comprobarse distinto, cosa bien
difícil dado el benévolo juicio que nos hacemos a nosotros
mismos), y a la vez no ser percibido-distinguido como tal por los
demás, es generalmente una persona feliz que vive apaciblemente.
Pero lo más frecuente es que quien se sabe distinto quiera ser
percibido como tal, y aún más: que quienes no son demasiado
distintos objetivamente, quieran ser percibidos como distintos por
los demás. Por aquello de que cuanto más me perciban más me
individualizan, me separan del “ser genérico”. Me otorgan una
cuota de ser personal, de individuo.
Veamos algunas posibilidades.
Podemos diferenciarnos y buscar ser
distinguidos por nuestra forma de vestir; por nuestras
excentricidades estudiadas (son raras las excentricidades
espontáneas), por nuestra grosería también estudiada; por nuestra
de igual manera ensayada transgresión, o por teñirnos el pelo de
verde y violeta. Podemos diferenciarnos y buscar ser distinguidos
disparando sobre John Lennon, si además de deseo de distinción
tenemos un desarreglo psíquico importante. Podemos distinguirnos
por ponernos el calzoncillo por encima del pantalón. Podemos
distinguirnos, en suma, merced al disparate, porque hay muchos que
nos otorgarán su distinción más bien por nuestros disparates que
por nuestras capacidades y logros. Para percibir el talento
también hay que tener un cierto talento.
Pero la verdadera distinción se da de manera
natural frente, precisamente, al talento, la virtud o la obra. No
recuerdo quien decía: “Nos juzgamos a nosotros mismos por lo que
nos creemos capaces de hacer. Los demás nos juzgan por lo que
hemos hecho”. En una palabra: es la percepción de los demás la que
nos distingue. Pero, ciertamente, la percepción de los talentosos
nos otorga una distinción más reconfortante, porque los talentosos
tienen una mirada penetrante para percibir capacidades y bondades.
Frente al público poco exigente de un fogón de campamento,
cualquier aporrea-guitarras como yo pasa por músico. Distinta cosa
sería en un conservatorio.
De allí que sea más difícil captar el aplauso
de los talentosos. Los talentosos son exigentes, porque por ser
talentosos distinguen lo real de lo ficticio; lo prometido de lo
entregado; lo valioso de lo mediocre.
Es por ello que muchos se lanzan a conseguir
los fáciles laureles que vienen del gran público, ese que aplaude
de pie cualquier insignificante y vulgar representación teatral
carente de mérito. Ese que premia con su aprobación ruidosa la
guarangada banal. Ese que se aburre soberanamente frente a la
elegancia y el estilo.
Pero hablamos del ámbito del pensamiento,
principalmente. En el pensamiento, en la ciencia, en el ámbito
intelectual, existe siempre la tentación de buscar la distinción.
Esa que es difícil de lograr de manera tajante si uno constituye
un eslabón cualquiera de una cadena de conocimiento, un escalón
cualquiera en una ascendente escalera hacia el saber; si uno es un
ladrillo cualquiera de una pared siempre creciente en el edificio
de la cultura.
De hecho, históricamente comprobamos que
permanecen hondamente en la memoria colectiva aquellos que han
roto con una estructura, un paradigma, una idea preponderante. Lo
hayan hecho con razón o sin ella.
Por lo mismo, es tan buscado el romper con el
paradigma. Con lo corriente.
Y a veces se logra, y con justicia. Hay
mentalidades brillantes que descubren lo que permanecía oculto a
los demás. A veces por casualidad, a veces por auxilio de alguna
idea motivadora.
Pero no siempre “el mundo ha vivido equivocado”
respecto de todo, esperando la aparición de algún genial y
distinguible iluminado que nos venga a participar de su
perspicacia. A veces, o mejor muchas veces, el conocimiento es
lineal y progresivo. No siempre hay que dar giros copernicanos. No
siempre ponemos indebidamente a la Tierra en el centro del
universo hasta que alguien ponga al viejo planeta en su sitio.
Por lo mismo, quienes proponen “novedades”
demasiado forzadas, pueden ganar notoriedad, pero ésta será
efímera. Más útil y provechoso suele ser construir con los
demás y desde lo de los demás.
Aunque no hay que negar el lugar que les cabe a
los talentos desproporcionados, que son capaces de advertir una
grieta para otros imperceptible en cualquier realidad aceptada.
Pero en la práctica, vemos que son muchos más los que proponen
disparates que los que muestran un aspecto verdaderamente novedoso
de la realidad.
El pensador, el científico, el filósofo,
debieran estar prevenidos respecto de esta tentación de la
distinción. Es humano y perdonable que queramos ser distinguidos.
Pero no podemos poner a nuestra sed de distinción como motor de
nuestro trabajo, como estímulo primero, como causa final de lo que
hacemos. Que venga la distinción si la merecemos. Y por aquello
por lo que la merezcamos. Porque el genio humano es múltiple,
y podemos ser ignorados como músicos, pero aceptados como
escultores. Ignorados como escritores pero distinguidos como
maestros. Ignorados como filósofos pero reconocidos como
arquitectos.
Dejemos fluir nuestro trabajo movidos por la
sed del progreso de la idea, de cualquier idea. Pero la negación
hegeliana no necesariamente es la negación contrastante de lo
totalmente opuesto. Las cosas y las ideas evolucionan también por
crecimiento, por desarrollo, por despliegue, por natural avance de
agregación. Una cosa no quita a la otra.
Sería importante que los pensadores advirtieran este dato de
complejidad, y nos evitaran muchos episodios de egonecesidad
disfrazados de aportes contundentes.
Raúl Llusá |