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No es
la primera vez, ni será la última.
La
gente ataca una comisaría pidiendo justicia. La Policía acaba de
detener a un delincuente, y comienza el proceso por el que el
Estado determinará si el presunto delincuente delinquió, y si le
corresponde pena.
Pero
a veces la gente no quiere esperar. No quiere esto que se
consiguió tras siglos de discrecionalidad de los jueces: las
garantías de la ley. Y quieren justicia por mano propia.
“Entreguen al asesino”. “Entreguen al violador”. “Entréguennoslo”.
Por supuesto: la policía no entrega nadie a nadie. Entonces la
gente incendia comisarías, apedrea, roba, grita. Y si llega una
cámara de un canal sensacionalista, mucho mejor. Es un efímero
salto al mundo de la TV. De la “fama”. Con noteros que hablarán,
seguramente, de la “justa indignación” de la gente. Y todos
contentos.
En
los desmanes participan todos. Incluso, por supuesto, muchos
menores de edad, muchos chicos, que tienen licencia para jugar a
romper. Con permiso de los padres, con permiso de la sociedad.
Hay
delitos y delincuentes que nos hacen dudar de todo. Pero no es
posible olvidar, en primer término, que las garantías del derecho,
que protegen a los individuos y a las sociedades de la injusticia
y de la discrecionalidad de los funcionarios, se alcanzaron luego
de muchos siglos y de mucho dolor, infamia, vergüenza, iniquidad.
Tampoco hay que olvidar que el pueblo no gobierna ni gestiona sino
a través de las instituciones y los organismos del estado. El
pueblo, cuando se ofusca, se transforma en turba. Y la turba no
razona. Se vuelve manada.
Una
palabra más: ¡pobre policía! A veces recibe palos que, quizá,
merezcan alguno de sus integrantes. Pero otras (muchas) veces,
además de los tiros de los delincuentes debe recibir las piedras
de la gente, que nunca quiso a la policía, porque además de los
excesos que lamentablemente a veces le conocimos; además de las
malas maneras que fueron parte de toda una época, además de la
coima, la corrupción y la delincuencia de algunos, quizá muchos de
sus integrantes, además de todo eso, la policía siempre
representa el límite, el control. Y eso molesta. Saquen a la
policía, háganla desaparecer, y después me cuentan.
Raúl Llusá |