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Marchaba yo ayer, 9 de abril, por la diagonal
sud, y delante de mí caminaban dos muchachos y una chica, de unos
ventidós o veintitrés años cada uno. No pude menos que escuchar la
conversación. Uno de los muchachos le preguntó al otro:
-Che… ¿vos estás a favor o en contra de la
policía de la capital?
-¿Policía de la capital? –contestó el otro
muchacho-. No entiendo.
-¡Pero vos vivís adentro de un zapato! ¿No
sabés que la ciudad de Buenos Aires puede llegar a tener su
propia policía?
-No, la verdad que no.
-Te voy a tener que poner un parche – siguió
diciendo el primero de los jóvenes, aludiendo a las
actualizaciones de los programas informáticos, que corrigen
errores en las versiones originales-. Sí, quieren poner una
policía propia de la ciudad, que reemplace a la policía federal.
-¡Ah, mirá vos! –dijo el otro, preguntando a
su vez-. ¿Y vos estás a favor o en contra?
-¡¡¡Obbbbviamente que en contra!!! –contestó
el preguntado. Se veía claramente que lo que buscaba con la
primera pregunta era que le diesen pié para exponer su visión-.
Mirá: te voy a explicar: si hay plata para poner una policía acá,
se manda la plata a Neuquén, para pagarles a los maestros, y se
matan varios pájaros de un tiro –concluyó triunfante, frente a la
fuerza de su razonamiento.
Más allá de la frescura de la ingenuidad de
estos muchachos, hay que tener bien presente que ellos votan, en
un sistema en donde muchas decisiones importantes se toman a
través del voto, de la construcción de mayorías. Y si el nivel de
razonamiento, de analítica, que tenemos en amplios sectores de la
población es este (se trataba, aclaro, de muchachos de clase
media, con aparente educación al menos secundaria; con aspecto de
detentar una razonable posición económica), estamos en problemas.
Porque el muchacho que llevaba la voz cantante
no empleó la razón analítica. Empezó mal, con su pregunta: ¿vos
estás a favor o en contra?, dando a entender que solo se puede
estar o a favor o en contra, sin matices, sin términos medios.
Luego mostró desconocer la base de la cuestión: las autonomías de
los distritos administrativos. Porque la eventual policía de la
Ciudad de Buenos Aires debe ser financiada con los recursos de la
Ciudad de Buenos Aires. Y de manera alguna los contribuyentes de
Buenos Aires aceptarán que sus impuestos se deriven a pagar o a
mejorar los sueldos de otra provincia (por otra parte rica), que
además tiene a los maestros mejor pagos del país.
Y como telón de fondo, obvió el tema central:
¿conviene a la ciudad de Buenos Aires tener una policía propia, o
conviene seguir con el servicio de la Policía Federal? ¿Qué
ventajas y desventajas le trae esto al sistema, a la
administración y al ciudadano?
Pero no: la cuestión del día es el conflicto
docente de Neuquén (reitero: donde los maestros cobran más que en
las otras provincias, aunque no me meto en la cuestión del salario
docente neuquino porque no lo conozco en demasía y porque es
resorte de los neuquinos, ya que tal vez el conflicto devenga de
un reparto hecho con inequidad de los recursos provinciales). Y
por eso, el muchacho de mi ejemplo razonó con lo primero que se le
ocurrió, y altamente satisfecho de su razonamiento (que hace agua
por todos lados) marcha por la vida convencido de su sabiduría.
El problema no es éste. El problema es que
seguimos poniendo todos, absolutamente todos los temas, bajo el
sistema de la construcción de mayorías para darles verdad y
entidad.
Y esto es lo preocupante.
Hay cosas que sí, que deben ser votadas y
decididas por mayorías. Otras que deben ser decididas por los
especialistas, siempre que se garantice que los especialistas no
se vean influenciados por ideologías o intereses ajenos a su
habilidad o competencia.
Pero lo fundamental, lo urgente, es que el
aparato educativo argentino enseñe a pensar, a analizar, a
razonar profunda, rigurosamente. En la medida en que la
educación centra sus esfuerzos en transmitir nociones y
contenidos, está desperdiciando tiempo y esfuerzo sin hacer
hincapié en lo que debe ser una tarea indelegable: enseñar a
pensar críticamente, enseñar a analizar; enseñar un método de
pensamiento que se meta en las honduras de los problemas, y que
vaya a la realidad, a las cosas, sin quedarse en la subjetividad.
Eterno problema, que sin embargo va siendo
cada vez más amplio y acuciante. Hora es que nos pongamos en serio
a meditar sobre ello. |