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El
ministro de educación de la Nación, Alberto Sileoni, dijo en
relación a la “rateada masiva” organizada desde Facebook para los
últimos días de mayo: “Los chicos están queriendo comunicarnos
algo y, en ese sentido, hay consenso (entre los ministros) en que
debemos escucharlos”
No
cabe duda de que cualquier actitud es un mensaje. Tampoco está en
discusión que hay que escuchar (y con atención profunda) a los
chicos. En esto tenemos que crecer: los adultos en general, los
padres y educadores en particular.
El
mensaje de los ministros restó dramatismo a la iniciativa, y
parece ser positiva una actitud así. No deja de ser una cosa de
chicos.
Pero
sería grave no “salir al encuentro” de la iniciativa desde un rol
formador y educador, propio de la autoridad educativa y también de
padres y maestros. Los chicos tienen que saber, de sus padres y
maestros, que lo que están organizando es una transgresión, y que
las transgresiones suelen, muchas veces, ir contra el bien común.
Los
chicos deben saber que las obligaciones de cada quien están para
ser cumplidas, y que quien no cumple con sus obligaciones está
actuando contra la comunidad.
Deben
saber también que el actuar en masa no resta responsabilidad
personal. Y que cada quien debe hacerse cargo de sí,
independientemente del actuar masificante de un colectivo como el
adolescente.
Sabemos que es muy difícil, para un chico, oponerse a la norma del
grupo de pares. Debemos ser comprensivos en esto. Pero el mensaje
adulto debe ser claro. La educación proporciona a niños y jóvenes
un entrenamiento para la vida adulta, además de la toma de
conocimientos y la socialización positiva (que también es un
entrenamiento, además de una vivencia propia y actual de los
chicos). Y este entrenamiento comprende también la certeza de que
quien incumple las normas se expone a algún tipo de sanción, moral
o fáctica. Si miramos al costado y dejamos pasar esta travesura,
estaremos dando un mensaje equivocado.
Los
chicos que tienen la suerte de no pertenecer a la inmensa masa de
niños y adolescentes excluidos del sistema por la pobreza
estructural, tienen una responsabilidad mayor. Deben saber que así
como disfrutan de infinidad de cosas que no producen (y entre
ellas las que más aman: Internet, los celulares, las ligas
deportivas, el circuito de diversión, el acceso a los bienes
básicos como casa, comida y educación), tienen concomitantemente
obligaciones que cumplir, hasta el momento en que ellos mismos se
integren en el mundo productivo y sean los productores de los
bienes que disfrutarán sus hijos durante el tiempo de su
improductividad. Y entre estas obligaciones, la tarea escolar está
en primerísimo lugar.
No
debemos dramatizar la situación. Pero no podemos tampoco hacernos
los desentendidos. Educar es, muchas veces, oponerse. Con el costo
que esto tenga.
Volviendo a los dichos del ministro: no creo que haya un mensaje
demasiado profundo de los chicos en esto. ¿Cuál es el mensaje para
el ministro? ¿Qué la escuela es aburrida? Es cierto que la escuela
es muchas veces aburrida. Pero el trabajo arduo también lo es. La
vida no es sólo diversión. ¡Ojalá lo fuera! Pero no es el caso. La
escuela entrena también en la fortaleza de hacer durante horas un
trabajo arduo, que sin embargo produce frutos, aunque no se vean
de inmediato. Hay que decírselo a nuestros chicos.
Pero
el mensaje que los adolescentes nos dan con su “rateada”, estoy
seguro, es mucho más simple: están probando la capacidad de
convocatoria que tienen como colectivo a través de estas nuevas
herramientas de comunicación. Y esto los divierte. Como los
divertirá transgredir las normas del mundo adulto con un día libre
empleado en simplemente estar juntos. Sólo esto. Lo de la
iniciativa solidaria conexa (llevar un alimento no perecedero para
donar a algún comedor) es una cortina de humo. El alimento no
perecedero lo sacarán de las alacenas de sus madres. No lo
comprarán. Después veremos como se organizan para recolectarlos,
clasificarlos, entregarlos. Pero aunque lo logren, es simplemente
un “bluff”. Lo importante, para ellos, es la rateada. Y repito: no
lo veo más que como travesura con un importante contenido de
prueba de tecnología (y en algunos, los organizadores, como manera
de autoafirmar su estima).
Pero debemos educar. En esto y con
esto.
Yo, también desde Facebook, hice circular lo siguiente, destinado
a los adolescentes:
Muchachos: déjense de joder. Una
rateada es una rateada. Yo me rateé alguna vez, y sé lo que es. El
que quiera transformar una rateada en un “hecho solidario” es un
chanta. Si me dijeras que se van a ratear para ir a laburar a la
villa 31 haciendo la limpieza de las zanjas; si me dijeran que se
ratean para ir a visitar enfermos, o viejitos que están solos,
podríamos hablar. Aunque también se puede hacer todo eso a
contraturno, o un sábado, o domingo. Pero que digan que es unja
“rateada solidaria” porque llevan un alimento no perecedero no sé
a dónde, no es serio. Máxime cuando ese alimento no perecedero
casi seguro que muchos, la mayoría, se lo van a afanar de la
despensa de casa. ¿Me equivoco?
Por eso cuando algunos padres dicen
que “admiran” a sus hijos porque tienen un gran corazón al hacer
una “rateada solidaria”, me pregunto si entendieron bien.
Insisto: no soy de los que se
escandalizan. No puedo escandalizarme. Aparte, ustedes saben que
conozco bien el mundo adolescente.
Pero hoy les recomiendo dos cosas.
La primera: no se rateen. ¿Por qué?
Porque hoy la cosa es distinta.
Somos nosotros, los grandes, los
que nos rateamos de nuestras obligaciones: muchos no pagamos los
impuestos que tenemos que pagar; no frenamos en los semáforos en
rojo; no cumplimos las leyes y los reglamentos; no vamos a
trabajar diciendo que estamos enfermos; no cumplimos lo que se
espera de nosotros en nuestro trabajo; no nos conmovemos frente a
las injusticias; no damos una mano al excluido, al pobre, al
oprimido; no pedimos el perdón que tenemos que pedir; no
agradecemos lo que tenemos que agradecer; no cuidamos a nuestros
viejos; no mostramos los límites a nuestros hijos; no respetamos a
los vecinos; no cedemos el asiento a los viejitos; en fin: nos
hacemos la rata en infinidad de cosas.
No está bueno que nos imites.
Porque como te decía en otra nota, si ustedes, los jóvenes, los
que son la esperanza de un cambio, nos imitan en nuestras
rateadas, ¿qué queda para el mañana?
La segunda cosa que propongo es
esta. Yo te diría que hagas distinto. Que nos demuestres que está
bueno cumplir la palabra empeñada, que es piola cumplir las
obligaciones que uno tiene, que el estudio (por más que las
materias sean aburridas) siempre hace crecer el bocho.
¿Entendés? Te propongo que seas
diferente. Que no te prendas en un boludeo generalizado. Sé libre.
Y ser libre es hacer lo que uno quiere, no lo que los demás
quieren que vos hagas. Aunque sean otros adolescentes.
Qué se yo: es un consejo. Tomalo
como quieras. Pero es un consejo sincero.
Raúl Llusá |