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Está la Ley de Protección de Sangre
dictada el 15 de septiembre de 1935, una de las muchas leyes
raciales que prepararon la “solución final”.
Y hay cientos de elementos de prueba
más. No cabe en este artículo consignarlos a todos.
Pero por sobre todo está el hueco,
el hueco enorme dejado por 6 millones de ausencias. Antes de la
guerra, había 6 millones de judíos que luego no estuvieron. Porque
fueron exterminados. Niños, mujeres, ancianos, hombres maduros. No
importaba.
Confieso que estoy dolido, indignado
y preocupado. Porque dudar del holocausto es dudar de una
conglomeración de sufrimiento humando como no tuvo parangón ni
antes ni después. Es dudar de la desesperación desgarrada, y la
brutalidad exacerbada que se encontraron en un hecho que
constituye, sin lugar a dudas, lo más aberrante de la historia de
la humanidad.
Se duda del holocausto desde la
ideología.
Se duda desde el preconcepto.
La mayor parte de los que dudan
jamás se ha preocupado por averiguar ni siquiera mínimamente qué
sucedió. Ni por verificar una fuente.
Se duda desde la maldita propensión
a imaginar teorías conspirativas por todos lados.
Se duda desde el odio racial.
La duda constituye una nueva afrenta
hacia seis millones de personas que sufrieron lo indecible.
Pareciera que una parte del mundo no
aprendió nada de esa tragedia que significó la guerra.
Ni aprendió que todo lo que surgió
del universo nazi y de su dislatado creador y conductor, Adolfo
Hitler, está para siempre en el territorio de lo miserable y
tenebroso.
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