|
|
|
Análisis del artículo
"Ontología y Ética en América", de Nerva Bordas de Rojas
Paz |
Por Raúl F. Llusá
REVISTA DE FILOSOFIA
LATINOAMERICANA Y CIENCIAS SOCIALES, AÑO XIV, Nº 14, BUENOS
AIRES, NOVIEMBRE DE 1989
Introducción
Cuando referimos a la génesis
ontológica de América hacemos alusión a la gestación del
ser americano fenoménicamente describible en el
existencial concreto actual, pero que solo deviene
comprensible a través de la toma en cuenta de al menos tres
circunstancias fontales de un proceso en devenir, aún
inacabado:
a. La existencia de dos modelos
de aproximación y avance del europeo a la tierra americana: el
modelo sajón y el modelo íbero; modelos que se encuentran
en sus consecuencias disgregantes y fracturantes del
proceso autóctono de desarrollo que se venía dando en esta
tierra, pero que tienen características, motivaciones y
metodologías distintas, apoyadas las tres en filosofías
diversas que las sustentan;
b. El desigual índice de
mestización o acriollamiento que experimenta América en
los ámbitos influidos por uno u otro proceso; y
c. La fractura en el desarrollo
socioeconómico de los pueblos que se fueron desplegando en el
continente.
Es partiendo de estos supuestos
que se puede ahondar en un abordaje teórico de la cuestión
ontológica americana, su relación con la ética, la existencia
de una fractura ontológica que la autora sitúa en el
contexto del sujeto iberoamericano y las consecuencias
que en la praxis se manifiestan en este ámbito concreto, que
es el objetivo del artículo que analizamos.
En un primer momento procederemos
a analizar el artículo en cuestión, definiendo los alcances
del problema, el marco referencial empleado por la autora, y
las consecuencias filosóficas que se desprenden del trabajo,
para finalizar con nuestra crítica y aporte personal.
El artículo
1. En la introducción,
plantea la autora que su trabajo integra otro de mayor
envergadura en el que la cuestión de la fractura ontológica
es abordada en relación a los pueblos en general,
dedicándose en el artículo que nos ocupa al análisis de tal
proceso en el ámbito del sujeto iberoamericano. En lo general,
sostiene Bordas que hay una “desatención” del producido
cultural comunitario de los pueblos, desleído en lo que ella
llama “las mediaciones infecundas” que se desprenden de los
pueblos en unidades políticas abstractas en las cuales no hay
participación plena y efectiva de los sujetos plurales en su
propia génesis y en su funcionamiento. Se produce, en este
marco, un destilado en el cual hay una fractura de integración
entre individuos y comunidad, y ambas con sus dirigentes.
El contexto general de
interpretación debe ser encontrado en el campo de la ética,
desde que -sostiene la autora- lo ético se despliega en un
nivel ontológico, ya que la acción libre tiene carácter
constitutivo del ser, y cuando la libertad se objetiva en una
ley se manifiesta lo ético: la ley ética supone el ejercicio
real de la libertad por parte del sujeto que la produce.
Admite la existencia de un
caos del que un individuo o un pueblo pueden salir a
través de la ley ética, que desde la libertad del
individuo ordena el caos, constituyendo ontológicamente
los distintos sujetos de análisis, sean éstos individuos o
pueblos.
La ley ética así considerada
configura un sujeto real autónomo, con función
creadora. Distingue, sin embargo, la libertad de la que hace
referencia, una libertad solidaria, que se concretiza
en un ámbito de encuentro con el otro, que no amenaza la
proyección del individuo como tal sino que lo potencia, en
contraposición con el concepto moderno de libertad, centrada
en el individuo como absoluto. Así, la ética se mueve dentro
de un tramado consensual que se genera del enlace de
voluntades libres que resuelven sus tensiones internas y
establecen una ley que identifica la identidad del grupo,
de la que se desprenden todos los producidos del mismo.
Aparece aquí en el artículo el
concepto de justicia originaria que se da
sustancialmente en los grupos así constituidos, porque éstos
reconocen el nivel ético y su posibilidad de realización. Una
negación ética conlleva la negación del ser del grupo y de la
posibilidad de concreción de la justicia originaria.
De esta forma, la fractura
ontológica aparece cuando se impide a los pueblos constituirse
y obrar éticamente, o sea, cuando la libertad de los
individuos o los pueblos no puede objetivarse como ley,
porque no hay un ejercicio real de la libertad por parte del
sujeto que produce la ley. Los pueblos que están impedidos de
tomar decisiones libres que se constituyan en una ley están
por ende impedidos de expresar la justicia originaria,
y se produce en este caso la fractura ontológica,
entendiendo como tal a una escisión en su ser.
El programa del artículo consiste
en marcar esta fractura en el ser iberoamericano para hacer
presente y visible un camino de retorno.
2. La génesis ontológica
iberoamericana. Indica
la autora la existencia de dos horizontes antagónicos en la
América en génesis: el del modelo sajón de conquista y el del
modelo íbero. En el primero, teñido del espíritu moderno
europeo, desaparece el conquistado, tanto desde una
perspectiva real, a través del exterminio, como desde una
perspectiva cultural, en la que no es tenido en cuenta. En el
horizonte íbero se produce un destilado mucho más complejo, en
el cual el conquistador se ve “conquistado” por la
tierra que lo recibe, sobre la que ejerce su violencia pero
que a la vez lo dociliza en una serie de tensiones de
opuestos: muerte y transfiguración, resistencia y génesis. La
naturaleza conquistada, la lengua que se impone, la religión
que establece bienes y males, enfrentados a la otra realidad,
la de la explotación, el dominio y la violencia. En este juego
de fuerzas van surgiendo los elementos constitutivos básicos
de una identidad que desde la multiplicidad va deviniendo
uno, un uno reformulado propio, distinto de las vertientes
que lo constituyeron.
Las primeras organizaciones
políticas van a comenzar a surgir -dice la autora- cuando aún
no ha acabado esta síntesis entre las fuerzas constitutivas
diversas. Estas formas políticas propias se van concretizando
y definiendo en su realización actual, y en este tejido ético
hace real su diferencia con los constituyentes: español,
europeo, indígena, para gestar el “americano”, al cual se irán
integrando los aportes migratorios posteriores, diversos, pero
que se adecuan al proceso en gestación acriollándose y
reabsorbiéndose en la identidad americana en ciernes.
Iberoamérica, para Bordas, presenta una unidad de sentido,
que surge de un espacio
compartido en
el que se despliega el sujeto conquistador, en su actuar
avasallante, alejado del espíritu de la modernidad, avalado
por Dios que lo lleva a la misión de salvación de las almas de
los pueblos descubiertos, aventura que establece como
realidad unificada al continente conquistado. Desde aquí se
abren tres caminos de análisis, a saber:
-El camino de las semejanzas
-El camino de las diferencias
-El camino de la integración
a. Camino de las semejanzas
Se alude aquí a un fundamento
originario común, dado por:
a.1. Nombre, espacio e
impronta histórica que son comunes.
a.2. Mestizaje y poder de
síntesis del hombre íbero, que proviene de su propia
cosmovisión y lo lleva a posibilitar su unión con el nativo
dando origen al “criollo”, nuevo tipo de hombre, y la magnitud
de este hecho se advierte cuando se lo enfrenta a la otra
visión, la sajona, en la que no se da. Señala Bordas la
dualidad inicial de la experiencia española de
conquista, en la que descubre ambigüedad, ya que esta
capacidad de mestización se enfrenta a la
originaria violencia, devastación y exterminio; pero la
capacidad de abrigo de América posibilita esta acción
condensadora plena de reabsorción y génesis de algo
nuevo, una síntesis plena de energía. Síntesis en la que
conquistador y nativos van siendo reabsorbidos en el nuevo
sujeto, con matices diversos según las distintas zonas.
Hay en América un poder especial
de síntesis, síntesis creadora, cuyo desconocimiento conduce a
la desarticulación general afectando su crecimiento efectivo.
Y alude la autora aquí a la negación del ser mestizo,
parta ésta de la afirmación del indigenismo a ultranza como
del europeísmo puro. El error, señala, está en suponer la
autonomía genética de las raíces negando la
capacidad sintética que se da en los pueblos. De aquí deviene
la resistencia de los pueblos iberoamericanos a ser
incorporados al proyecto europeo moderno o
posmoderno, que desconoce sus particularidades propias.
Planes que, dice Bordas, intentan
hacer de América algo que no es, fracturando su ser y
alterando su ontología, ya que América vive de diferente
manera los sentidos de hombre, humanidad, Dios, y de todo lo
humano en general.
El mestizaje involucra a todos
sus componentes en renuncias que devienen en un emergente de
identidad nueva.
a.3. Religión y lengua,
impuestas a todo el ámbito conquistado, pero sin poder
permanecer en su pureza original.
Así, los dioses indígenas no
desaparecen del todo; y la religión cristiana va siendo
afectada por lo que luego se llamará la “piedad popular”, en
donde desde la imaginería hasta la concepción de los ritos, de
la “fiesta” y los personajes sagrados se tiñen de las fuentes
de los dioses indígenas que subterráneamente subsisten.
A este debe agregarse la
particular aceptación del concepto de libertad cristiana,
alejada del concepto de libertad propio del liberalismo
dogmático de la modernidad europea, tocado de individualismo
extremo.
En lo tocante a la lengua,
también esta es asumida pero recreada, y en esta
recreación se sintetizan también
lo nativo y lo extraño en lo adviniente. Y esta lengua
recreada es -al decir de Humboldt- “expresión del espíritu y
la concepción del mundo de los sujetos hablantes” que, en el
caso del sujeto iberoamericano, será una concepción propia y
diversa de aquellas que le dieron origen.
El lenguaje -dice Bordas- es
creado activamente por el sujeto americano, con lo cual
participa del acontecimiento ético, en cuanto es más que una
herramienta de comunicación para establecerse como núcleo de
realización, tanto individual como grupal.
Por ello tanto religión como
lengua constituyen ontológicamente a América, un ser novedoso
en el que permanecen, sin embargo, sus raíces ancestrales.
a.4.
Sometimiento, como punto de partida común que despierta
una también común tarea liberadora sentida como propia e
igual por los distintos pueblos, que buscan su identidad de
tales y la posibilidad de tomar decisiones basadas en esta
identidad, tensión que motiva los distintos movimientos de
liberación experimentados como una experiencia de necesidad
común planteada en términos de unidad continental,
situación que se va a ir desnaturalizando con el correr de los
años, llegando a nuestro siglo con pueblos dispersos,
disociados, desmembrados, y por ende, con menos posibilidades
de gestar su liberación.
a.5. Relación filial,
rasgo central que identifica
a la relación entre los pueblos, entre los cuales no hay
voluntad imperial, y las luchas que se han dado y se dan son
vividas como luchas entre hermanos, y como tales deben
resolverse, dato que -dice la autora- habrá de retomarse
cuando se aluda a la problemática de la recomposición del
todo.
a.6. Fractura ontológica,
que Bordas sitúa en lo
que llama “la segunda conquista”, cuando en el siglo pasado,
siglo de la organización, se pretende sumar a América al
proyecto europeo, negando el ser originario y los procesos
descriptos en este apartado, en aras de instituciones formales
no construidas desde la ética propia, sino introyectadas de un
modelo europeo extraño al ser americano.
b. Camino de las
diferencias
Este segundo camino alude a las
formaciones culturales particulares en torno a las cuales se
nuclean las diversas identidades. A través de acciones
éticas, dice la autora, los pueblos generan núcleos
culturales autóctonos y autónomos. Un proceso en el cual
la raíz común se va especificando en sujetos diferentes, a
través de un movimiento de génesis de distintas imágenes
propias, que singularizan a los pueblos, y que puede ser
analizado de parecida manera que en el camino de las
semejanzas.
b.1. Nombre, suelo e
historia, en donde
los pueblos van nombrando sus núcleos constitutivos, y desde
la imagen verbal marcan impronta del proceso de mezcla
vivido por cada cual. Es además diversa la
geografía que condiciona a cada pueblo, y son diversas las
historias particulares -aún teniendo todas un marco original
común- con personajes -míticos o reales- que amparan el
devenir de cada singularidad en un despliegue propio. Y si
los pueblos buscan hallar su “sí mismo”, que es un modo de
hallar la libertad, sólo ha sido ganada la batalla primordial,
la de la gesta independentista
del siglo XIX, pero -dice la autora- aún queda mucho por
recorrer para llegar al final de
este relato inacabado.
b2. Mestizaje y poder de
síntesis, que al darse
de manera diversa en los distintos pueblos, configuran también
las diferencias resultantes (ejemplo: Argentina/Uruguay frente
a Ecuador, Bolivia, Perú, nota nuestra). Para la autora, la
composición no se remite sólo a las razas, sino que incluye
también a lo natural y a lo cultural, en las modelaciones
originales. Y se van a dar diferentes procesos de apertura a
la incorporación de lo nuevo, que van desde una negación
absoluta hasta una receptividad mucho más amplia, diversidad
que es visible en el análisis fenoménico de las naciones
americanas. Pero siempre, dice Bordas, la vuelta hacia el “sí
mismo” de cada pueblo implica conflicto, un esfuerzo
representado por las tensiones sin resolver, tensiones entre
aquél “si mismo” y las nuevas realidades que van adviniendo a
partir de mestizajes y aportes migratorios, proceso que
constituyen obstáculos para la posibilidad de ser de cada
pueblo.
b.3. Religión y lengua,
ya que por un lado lo
religioso toma de cada ámbito en donde se desarrolla las
características propias, que lo sustancializan con la
reinterpretación cultural propia de lo local, lo cual es
visible en la multiplicidad de ritos, tradiciones, coloridos y
aún ciertos contenidos que
aparecen en las diferentes religiosidades populares, influidas
tanto por el remanente prehispánico como por el aporte
migratorio posterior.
Con relación a la lengua, sostiene Bordas, la diversidad de
acentos, de giros idiomáticos, de pronunciaciones, establece
una diversidad en la unidad. Y este hecho individualiza a los
pueblos y los enriquece, dando cuenta de la capacidad creadora
que surge de la libertad de los pueblos, como sujetos
plurales, que paradojalmente, señala la autora, no pueden
ejercitar en su vida política. Nota nuestra: ¿no es
este un ejemplo de como los sujetos plurales, actuando en
libertad, establecen el ser de su “si mismo” y restablecen la
justicia originaria, ya que como sostiene Bordas en este texto
la ley ética supone el ejercicio real de la libertad por
parte del sujeto que la produce?
b.4. Otros elementos,
que señala Bordas como
costumbres, mitos, leyendas, símbolos, arte; productos todos
de un desarrollo individual de cada ser plural, en el que la
interioridad de cada uno se manifiesta en lo producido, por
una libertad de imaginación que define las diferencias.
También puede verse esto, dice la autora, en el deporte, en
donde, aún en los deportes advinientes -como fútbol, rugby,
etc.- se desarrolla un estilo sudamericano de juego y de
vivencia del entorno de juego, y hasta podemos advertir las
particularidades de un localismo mayor, a nivel de cada
nacionalidad.
b.5. Sometimiento y fractura
ontológica, que
analizará más adelante, pero que advierte que en cada pueblo
toma formas singulares.
c. Recomposición del todo a
partir de las diferencias
Sostiene Bordas que en el proceso
de individuación de cada unidad plural, los distintos pueblos
se
han desgarrado y desmembrado del
conjunto. Fractura ontológica, aislamiento y encierro en sí
mismo van juntos, y cada pueblo intenta solucionar sus
procesos críticos por sí mismo. Esto se potencia por la
eurofilia de las clases dirigentes, que motivan el
desfallecimiento de las culturas locales.
La autora propone formar un
sujeto ético continental iberoamericano que potencie el
encuentro de las semejanzas, enlazando particularidades y
llevándolas a una integración que las potencie a todas, y las
proteja como elemento cultural en sentido amplio (englobando
lo político, lo económico, lo artístico, etc) frente al
peligro de disolución a que las enfrenta el modelo que imponen
las organizaciones formales. Es por ello, por prescindir de
las organizaciones formales, que lo que propone Bordas se
inscribe dentro de lo ético, ya que se trata de gestar
acciones concretas en término de ontología continental,
en el sentido que la autora definía en la introducción: a
través de un tramado consensual que se genera del enlace de
voluntades libres que resuelven sus tensiones internas y
establecen una ley que identifica la identidad del grupo.
Advierte Bordas que no pretende
una homogeneización abstracta y niveladora sino atender a las
particularidades en el ámbito de una relación dialéctica
parte-todo, integrando las distintas
particularidades. Reconoce la dificultad que emana de este
hecho, del salir de cada país de su “si mismo”. Si no se
supera esta instancia, nos anclamos en el punto de las
distinciones particulares, lo que impide el desarrollo de un
nuevo ser plural, esta vez supranacional. Dice Bordas que el
movimiento debe ser continuado, a partir de la superación del
“si mismo” para que cada nación, sin dejar de ser lo que
es, tome la fuerza del todo. Esto es posible, agrega, por
los elementos aglutinantes presentes en la génesis ontológica
iberoamericana. Las semejanzas de origen operan como núcleo
reuniente. Y esto va más allá de una reunión económica: desde
lo ético-político, donde lo económico es una resultante.
3. La fractura ontológica.
Todo el artículo ha
afirmado que las comunidades alcanzan su concreción expansiva
plena, coincidiendo con su orden genético, sólo a partir de la
articulación de su ley constitutiva en decisiones éticas y por
lo tanto libres.
El no vivir este principio
produce una fractura ontológica, que se traduce en una
escisión, entre el sujeto real y el sujeto abstracto, no
ético, y ambos sujetos son antagónicos. En este esquema de
fractura ontológica, no puede haber un desarrollo auténtico
del “si mismo” del sujeto plural. Esta situación
estructural está presente en ibero América, y a ella hay que
atender para intentar cualquier recuperación.
En este esquema, lo
distorsionante, se aprecia, afecta a la totalidad de las
naciones, mas allá de sus historias particulares, y este
es un dato fundamental, ya que todos los sujetos plurales
sufren el mismo “ser negados como sujeto libre productor de
cultura”, y por tanto ético, siendo interpretados como objetos
adosados, en tanto que tales, a proyectos foráneos del que no
son productores ontológicos, pero que se establece para ellos
como arquetipo a seguir. Todos estos sujetos plurales se
encuentran en esta situación de negación de su eticidad,
fundamento de su ser, y en los procesos de su organización se
ha partido de esta negación, originada por el canto de sirena
con que la modernidad hechizó a los organizadores, que
buscaron la importación de modelos negando lo raigal, cortando
ligazones, produciendo desmembramiento y disolución del ser.
La institucionalización de los pueblos americanos se nutre de
esta concepción moderna, liberal. Y este proceso establece un
sujeto político ficticio, que impulsa al sujeto ético a que
deje de ser lo que es, como propone Sarmiento (cita de la
autora) en el Facundo, al decir que “Hay necesidad de una
sociedad ficticia para remediar esta desasociación normal”,
y nosotros agregamos: como fué proyecto de toda la
generación liberal de la segunda mitad del siglo pasado, en
donde se buscó negar no sólo la experiencia ontológica
iberoamericana, sino también todo aquello que, desde el origen
primordial, posibilitó esta génesis ontológica integral, a
saber: la hispanidad conquistadora; el indigenismo (a través
de las sucesivas “conquistas del desierto”, entendiendo
Buenos Aires al desierto como densidad vacua de sentido y
poblada de seres vacíos de sentido también, ignorando,
despreciando y destruyendo la presencia de su habitante y
dueño, el indio, que establecía al desierto en su
“ser-con-sentido” de lugar para habitar); y la catolicidad.
En este proyecto hay una voluntad
despótica que busca imponer un modelo anulando la voluntad
ética común. Y esto es posible de ser sostenido sólo a través
de una violencia, violencia coactiva que los pueblos
americanos han resistido y resisten, al sentir amenazada su
particular experiencia ética; resistencia que, empero, no ha
impedido la fractura. Este proceso, agrega Bordas, es sufrido
en todo el ámbito de iberoamérica.
Un sujeto fracturado
ontológicamente es un sujeto esquizofrénico, en tensión entre
dos realidades antagónicas simultáneas. Por un lado el sujeto
cultural genera éticamente un producido por tanto libre en el
ámbito de un juego de libertades, que en este producir genera
pluralidad. La fractura lo empuja a la resistencia, a veces a
la ilegalidad. Crece así marginalmente a las instituciones, y
a veces en contra de ellas. En América, -dice Bordas-
se da a contrapelo, en la más profunda ambigüedad, en el
ámbito de la historia no oficial, aquel proceso en el cual
se alcanza un resultado ético luego de resolver las
tensiones internas, quereres individuales que se encuentran en
el entramado creador plural, basado en el consenso, resultado
ético que sintetiza, reformulando, todo lo heterogéneo,
rechazando lo incompatible e incorporando lo que lo amenaza.
Los sujetos plurales buscan
expresarse, en lo político-institucional, de manera que los
organismos producidos sean expresión de sus interioridades.
Esto no puede pasar en Iberoamérica. De ahí su fractura.
Porque el otro sujeto, el impuesto desde lo
institucional-ficticio, desciende, en el ejercicio de un poder
abstracto, que es sentido como extraño, como “lo otro” (nota
nuestra). Así, el individuo ético en proceso de constitución
propia, proceso aún inacabado, se encuentra confrontado a
modelos políticos que experimenta como extraños, y que
producen, dice Bordas, un devastador efecto de confusión, y
que se establecen como freno de cualquier desarrollo autónomo
y libre.
Niega la autora que el sujeto
ficticio venga a llenar supuestos vacíos devengados de
carencias fundantes. Estas carencias son afirmaciones que
intentan justificar los proyectos extranjeros que han sido
valorados en más que nuestros propios procesos de desarrollo.
No puede resistir, apunta la autora, esta afirmación, a la
simple observación de la fecundidad y la riqueza de la
producción cultural de nuestros pueblos, en aquellos ámbitos
en donde no puede ser coartada su libertad.
Este planteo de fractura
ontológica permite superar la tesis desarrollo-subdesarrollo
que desorienta al poner fuera de nuestro contexto el campo
categorial, reubicándonos en aquello que nos define, de
aquello que nos ha sido negado pero que constituye nuestra
positividad, a partir de la cual podemos establecer nuestra
manera de interpretar al mundo, de crear, de hacer ciencia y
técnica a nuestra manera, en relación con nuestras
necesidades.
Afirma además la autora que esta
negación ontológica hace imposible la justicia en la
organización de lo económico, lo político y lo social, por lo
cual es necesario atender a la naturaleza profunda de esta
fractura, y no a elementos meramente formales.
Este desarraigo, esta fractura,
tiene consecuencias tanto sobre el sujeto singular como sobre
el sujeto plural. El individuo vive desorientado, y deviene
promotor de un proyecto ajeno, conciente o inconscientemente.
Tiene una experiencia de exilio en su tierra; participando -en
el mejor de los casos, aclara Bordas-en la institución
democrática a través de la emisión del voto. La sociedad vive
escindida, disociada, dependiente.
No obstante todos los fracasos y la frustración que devienen
de éstos, subsisten las iniciativas en la línea desarraigante;
tratando de insertar a nuestras sociedades en modelos
liberales o neoliberales. Sostiene Bordas que el mal de
América proviene del hecho
de haberla querido hacer partícipe de la modernidad pero
violando su ley ontológica; mientras que los teóricos
insisten en que los problemas parten del hecho de que América
no fué lo suficientemente moderna.
Pero América quiere ser ella
misma, y su poderosa fuerza cultural, defendida en el cada
día por el hombre común, prueba su fiel voluntad de querer
asumir su ser.
Los pueblos, dice Bordas,
elaboran su destino desde ese núcleo fundante, al que -en el
caso de los nuestros- alude en la génesis ontológica de
Iberoamérica. A partir de este núcleo fundante los pueblos
crecen con un modelo de interpretación desde el cual
interpretan y crean. Las experiencias externas pueden ser
asimiladas creativamente, siempre que pasen el tamiz
ontológico que surge del modelo de interpretación aludido. Si
lo logran, quedan reformulados como algo propio. En cambio,
si lo externo es impuesto de manera autoritaria, sobreviene el
sometimiento, la profanación del ser, la fractura.
La tarea del retorno a la
identidad será ardua -dice Bordas-, y el primer nivel reclama
sanar las instituciones, para que sean expresión de la
interioridad de nuestros pueblos y operen estimulando
un desarrollo genuino. Es preciso remostrar y recomponer
aquello que fue destruido y negado, y esto reclama que haya
una coincidencia entre el sujeto pensante -intelectual- y el
sujeto cultural, que establece el ser. Culmina la autora
afirmando que es necesario reinstalar la justicia originaria,
de la cual fuimos desalojados de manera coactiva, para
comenzar la recomposición de nuestros sujetos plurales.
Nuestra reflexión
Ningún observador puede dejar de
reconocer el proceso de desestructuración ontológica que ha
sufrido el suelo iberoamericano, a partir -especialmente- de
los movimientos independentistas del siglo XIX, que
paradojalmente produjeron la independencia “formal” en
términos de soberanía política y territorial, pero instalaron
la “desontización” de nuestros pueblos en aras de su inserción
en el proyecto ilustrado moderno propio de la Europa
posborbónica.
Desde este piso de
interpretación, es posible observar dos realidades paralelas
que afectan a Iberoamérica:
1. La progresiva
compartimentación de los distintos pueblos; la progresiva
potenciación del “camino de las diferencias”, y
2. La también progresiva
diferenciación de los procesos de fractura vividos en los
distintos pueblos, y aún más, entre unidades plurales
participantes de un mismo pueblo. No es posible hacer un mismo
análisis del sujeto rioplatense que del sujeto altoandino; ni
del sujeto rioplatense con el sujeto patagónico, por ejemplo.
Esta doble realidad tiene su
origen en lo que marcábamos en la introducción: las tres
circunstancias fontales de un proceso en devenir, aún
inacabado, a saber: la existencia de dos modelos de
aproximación y avance del europeo a la tierra americana: el
modelo sajón y el modelo íbero, el desigual índice de
mestización o acriollamiento que experimenta América en
los ámbitos influidos por uno u otro proceso; y la fractura en
el desarrollo socioeconómico de los pueblos que se fueron
desplegando en el continente.
1. La progresiva
compartimentación de los distintos pueblos
Los procesos políticos
desarrollados en los pueblos americanos luego de las gestas de
la independencia, y más allá de los sueños panamericanistas de
algunos de los libertadores, fueron deviniendo en una marcada
“localización” , realidad comprensiblemente necesaria
en el continente de las distancias enormes y las
comunicaciones difíciles. Ninguna unidad política podía
subsistir en estas circunstancias, s in
una compartimentación territorial. De allí el proceso de
fronterización progresivo, (proceso de larga movilidad, en el
cual distintos territorios formaron parte de uno y de otro de
los pueblos comprometidos, y cuyo precipitado son los
recurrentes conflictos limítrofes que agrian la relación de
numerosos países de origen común). Proceso de fronterización
que debe encontrar su explicación también en las unidades
políticas preexistentes; en las necesidades e intereses
económicos; en las particularidades geográficas y en los
aportes étnicos.
Los movimientos localistas no se
han circunscrito al ámbito de las naciones, ya que no podemos
olvidar las luchas que durante largos años enfrentaron a
distintos pueblos de nuestra propia patria, y que solo fueron
superados a través de muchos esfuerzos, sangre e iniciativa
política que condujeron a los distintos pactos federales.
Esto conduce a que se ahonden las diferencias, y que cada
pueblo ensaye sus propias iniciativas culturales -y por tanto
éticas- en un ámbito de desconexión con los demás. En cuanto a
las instituciones formales que son aludidas por el artículo de
Bordas, expresan de manera aún más dramática esta opción por
las diferencias, tanto desde lo político como desde lo
económico. Piénsese, como referencia, en las dificultades de
implementación que encuentra el “Mercosur”, en el cual son
sólo unos pocos países los adherentes, y sin embargo no pueden
encontrar la fórmula del bien común.
Compartimos la visión de Bordas
en lo atinente al hecho de que en Latinoamérica los conflictos
siempre han sido conflictos vividos “entre hermanos”.
Agregamos que siempre ha habido una inclinación natural,
óntica, a la resolución rápida de los conflictos, a menudo
mediante la a.
participación de alguna mediación
fecunda, de tipo filial (mediación papal en el conflicto
Chile-Argentina 1978) o mediación de otros hermanos
(Argentina, Brasil y otros en la “Guerra del Cóndor,
Perú-Ecuador, 1994). Sin embargo, debemos admitir también que
la diferenciación progresiva ha abierto abismos y fracturas
de difícil reparación; y si bien los grandes desafíos
cohesionan al sujeto plural iberoamericano, el “cada día” lo
muestra escindido y desconfiado. Ejemplo tal vez cristalino
de esto que marcamos lo puede representar Bolivia, que con
todos sus vecinos ha perdido una porción de territorio, y por
ende por todos se experimenta expoliada.
2. La también progresiva
diferenciación de los procesos de fractura vividos en los
distintos pueblos, y aún más, entre unidades plurales
participantes de un mismo pueblo.
Con esto aludimos a que no es
posible interpretar con el mismo marco de comprensión al
sujeto que ha estado más expuesto a la influencia de los
modelos impuestos que el que lo ha estado menos. Desde este
punto de vista nos parece que los países atlánticos, y en
ellos los pueblos porteños, han sufrido un proceso de fractura
más rápido pero a la vez más originario, y nos atrevemos a
decir que por estar sumergidos desde hace más tiempo en este
destilado cultural, viven con menos tensión la fractura
ontológica que estamos debatiendo, lo cual no implica negar
las consecuencias en términos culturales, políticos y
económicos, todos de dependencia, que devienen de esta
situación.
Creemos que no es difícil
entender la causa de este fenómeno que -por otro lado- es a
todas luces comprobable. Los litorales marítimos han sido -y
son- lugar de entrada y salida, sujetos de comunicación e
intercambio; puertas abiertas a las ideas nuevas;
posibilidades ciertas de búsqueda y curiosidad.
El interior, en cambio, es
cerrazón, encierro. En el modelo fracturante, vive una
“secundización” frente al litoral, que es el primero en
recibir los aportes foráneos, además de ser la puerta
comercial obligada. Es esta situación la que lo emp uja
a un reconcentrarse en sí. Y por eso se produce la paradoja:
menos influido por los modelos modernos, conserva una mayor
proporción de la cultura originaria; pero a la vez vive con
mayor desgarro la fractura que no deja de afectarla, porque
las decisiones son tomadas, siempre, por los hombres del
litoral, ya sea que han nacido en él, ya sea que se han
formado según sus modelos.
Qué dificultades se
desprenden de lo mencionado
Las dos dificultades mencionadas
-compartimentación y diferenciación en los procesos de
fractura- hacen más arduo el camino de retorno, ya que las
soluciones que podemos buscar no pueden tener la pretensión de
ser universales. No existe una solución general y abarcadora,
porque el problema, aún idéntico en su génesis, es diverso en
su desplegarse. Y la fractura que
vive un pueblo no es la misma que vive otro, por lo cual una
solución con pretensiones universales fatalmente caería en el
rechazo de todos aquellos que no la experimenten como propia.
Y aquí surge otra paradoja:
cualquier solución para el problema de la fractura ontológica
tiene que surgir como experiencia ética, o sea desde el campo
de la libertad creadora de los sujetos plurales que la
experimentan; pero aún cuando en un proceso de liberación los
sujetos plurales americanos pudiesen entizar un camino
de retorno, éste sería diverso para cada uno de ellos por ser
distinto su “ser-actual-fracturado” , y sería motivo de
una ulterior reflexión si los diferentes “caminos de retorno”
podrían converger en una genuina identidad latinoamericana que
no sea expresión voluntarista; y hasta que punto esta eventual
convergencia sería fruto de una “necesidad óntica” del
proceso, o de la decisión de los mismos sujetos plurales.
Admitimos que ante esta dificultad debemos declararnos
perplejos.
El camino de retorno:
en búsqueda de un “sujeto ético superador”
América Latina se encuentra en un
punto dramático de su historia. Sus pueblos están hundidos en
la pobreza. Su cultura, negada, bastardeada, desleída,
encuentra mayor valoración en ciertos círculos intelectuales
extracontinentales que en su mismo seno. Lejos de haber
aprendido de las experiencias fracturantes y disgregantes, ha
insistido, en los últimos años, en la incorporación de los
modelos liberales o neoliberales, modernos o posmodernos; con
el agregado que a través de las nuevas tecnologías esta
introyección es mayor, más rápida y más abarcativa. Creemos
ver en este “plus” desontologizante el origen de la proverbial
desorientación actual de nuestros pueblos.
Creemos que es menester sopesar en todo su valor la magnitud
de las dificultades que involucra cualquier intento de
retorno. Las
mencionadas, y las nuevas.
Como por ejemplo la avasallante extensión de la red
informática (“Internet”) en gran parte de nuestras tierras.
A nuestro entender, no deberíamos
demonizar lo ocurrido, sino reflexionar sobre ello con la
menor carga afectiva posible, para encontrar el camino
superador.
Entendemos que no es tiempo de
instalar otro motivo de desencuentro, sino de caminar en la
búsqueda de las coincidencias que permitan llegar a un
producto nuevo, superador.
Cualquier solución debe incluir
el destilado cultural de esta fractura ontológica, que lleva
muchos años de desarrollo y complejización, y no podrá ser
negada, incluso como factor ontogenético de la realidad
actual.
Cualquier solución debe excluir
las interpretaciones integristas, porque no se puede tejer una
urdimbre de responsabilidades libres creativas en donde no hay
una decisión común de volver a encontrar caminos de encuentro.
Hay pueblos que aún hoy se
sienten ligados a un origen muy previo a la ontogénesis del
ser americano, aún del ser americano desencontrado. Son
pueblos que han sufrido la violencia y el escarnio, la
expoliación y la injusticia. Y de ser dueños de todo,
devinieron en dueños de nada. Por ello, muchos de ellos
avanzaron en la dirección de afianzarse en su identidad
primordial. Es necesario abordar también este problema, con
respeto y creatividad, porque los asiste un derecho
fundamental a ser lo que son: raza y principio, libertad y
futuro.
No vemos como tarea fácil toda
esta trabada urdimbre de complejidades a ser resueltas. No
compartimos con Bordas que pueda -si es que ella lo pretende
así- desandarse de manera simple un camino que, además de
fracturar, ha generado ser. Un ser escindido, pero un ser que
no puede ser negado.
Es precisa, en todo caso, una
negación global que nos conduzca a una nueva afirmación. No
decimos ”a una reafirmación”, sino a una nueva afirmación.
Para esta negación, es menester el surgimiento de un
nuevo pensamiento, capaz de revalorizar los fundamentos
ónticos iberoamericanos, para desde este lugar de reflexión
impulsar la búsqueda del “sujeto ético superador”, un sujeto
en marcha hacia el futuro, capaz de pensar desde sus propias y
originales categorías, capaz de valorar sus raíces, aún
aquellas que le negaron parte de su ser: la conquista; las
luchas fratricidas; los modelos foráneos impuestos
coactivamente. Este sujeto ético superador ha de ser un sujeto
capaz de vivir la unidad de la pluralidad, unidad que ha de
ser buscada en la dimensión emotivo-estética, dimensión
posible, como lo prueba la vivencia de conjunto que
experimentó América latina en el episodio de Malvinas.
Es, en todo caso, una tarea que
ha de llevar tiempo, esfuerzo y profundos desgarros. No todos
en nuestro continente iberoamericano experimentan la misma
necesidad; no todos identifican la misma génesis para nuestros
problemas, no todos comparten, siquiera, que iberoamérica
tenga otro problema que el problema del subdesarrollo, con lo
cual afirman tácitamente que es necesario profundizar el
modelo desgarrante.
Pero América Latina no puede
retornar a su “sí mismo” en contra de sí misma. Si no lo
entiende, si insiste en el camino de la confrontación, aún en
el de la confrontación intelectual vivida desde la misma
intransigencia que se vislumbra en otros conflictos,
económicos o políticos; si sus intelectuales, si los cultores
de su filosofía, no buscan el encuentro superador, el “sujeto
ético superador” nunca será posible, y el desgarro continental
permanecerá en el tiempo.
Raúl F. Llusá
|