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Una página dedicada a la Teología católica y temas pastorales y litúrgicos.

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Acerca del Motu Proprio Summorum Pontificum

 

 

 

Motu Proprio en latín con traducción no oficial

 

Carta del Papa Benedicto XVI

 

 

El 7 de julio pasado se conoció el Motu Proprio "Summorum Pontificum", del Papa Benedicto XVI, que autoriza la celebración de la vieja misa llamada “Tridentina”, “De Pío V” o “de Juan XXIII”,  que es, en suma, la misa tal como se celebraba antes de la reforma del misal llevada a cabo por el Papa Paulo VI, en 1969.

Para algunos, la medida obedece a cierto retroceso en determinadas concepciones doctrinarias y litúrgicas a posiciones anteriores a la magna asamblea que fue el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965)

Se dice también que la autorización conforma una “concesión” a los católicos más tradicionalistas, especialmente a aquellos que siguen el pensamiento del arzobispo francés Marcel Lefebvre, fallecido en 1991, que resistió tenazmente la enseñanza conciliar, y que con su acto de ordenar sin autorización del Vaticano a cuatro obispos, en 1988 provoco un cisma al menos material (hay quienes sostienen que el cisma lefebriano no es un cisma formal) y cayó en la pena de Excomunión. Con la autorización para celebrar la vieja misa (que los lefebvrianos siguen celebrando por considerar ilegítima la misa de Paulo VI) se pondría, por parte del Vaticano, un gesto de buena voluntad para que la Sociedad Sacerdotal San Pío X, fundada por Lefebvre, y otros grupos tradicionalistas, se avengan a mostrarse más contemporizadores en otros asuntos centrales y delicados, como la eclesiología post conciliar, la cuestión del ecumenismo y cosas así.

No podemos descartar ninguna de estas dos aparentes razones que aconsejarían la ampliación de la autorización. Hay, en el seno de la Iglesia Católica, fuertes grupos que, sin llegar al extremo de los que desconocen la validez del Concilio, o de los que incluso sostienen que desde la muerte de Pío XII no hubo ningún papa legítimo ya que todos cayeron en herejía (y por tanto habría sede vacante desde entonces) añoran muchas de las cosas que el Concilio cambió. Y estos grupos ejercieron y ejercen presiones para restaurar algunas de las cosas antiguas.

Sabemos también que desde el Vaticano se hacen grandes esfuerzos por reconducir a los grupos cismáticos tradicionalistas a la disciplina católica.

Pero no creemos que estas dos razones, aunque existan, sean las únicas que motivan la autorización de celebrar la vieja misa (o mejor dicho, la ampliación de la autorización, que de hecho ya existía para determinadas circunstancias).

No obstante, a quienes ven en esta medida una concesión a los tradicionalistas de cuño lefebvriano, podemos admitirles que sea una concesión. Pero no es una concesión infamante: la Misa de Juan XXIII es venerable tanto por su antigüedad como por su contenido y espiritualidad. Y si es una concesión lo es, nos parece, no como una claudicación sino como una propuesta de apertura, como una invitación a retornar a la unidad en la diversidad. ¿Es otra cosa acaso el espíritu del Ecumenismo, al que la Iglesia Católica adhiere definitivamente desde el Concilio Vaticano II?

Ampliar la autorización de la celebración significa abrir oportunidades pastorales. La Misa de Juna XXIII, en sí misma, es un ritual rico y sumamente espiritual. Y no creo que nadie que disponga de una cierta cultura teológica la critique en sí misma. Lo que se critica, quizá, es la impresión que queda flotando de un retroceso en el espíritu de la reforma conciliar.

Sería un contrasentido y tal vez un desastre pastoral pretender celebrar la antigua Misa (¡y en Latín!) allí donde los fieles están habituados a la liturgia más participativa de la Misa actual. Sería una hecatombe retroceder en la rica eclesiología y en la apertura sin precedentes que se desprende de aquella magna asamblea que fue el Concilio Vaticano II. Pero estoy convencido de que ni una ni otra de estas cosas sucederán.

El nuevo orden de cosas la participación de aquellas personas que se sienten identificadas con la antigua liturgia. Se atribuye a San Agustín una frase de mucho valor: “En lo esencial, unidad. En lo demás, pluralidad. En todo, caridad”. Me parece que la autorización no destruye la unidad esencial de la Iglesia Católica, que es una unidad en la caridad.

En lo personal, afirmo la prudencia y sabiduría de esta disposición, que considero aperturista y de brazos abiertos, quitando obstáculos a la unidad entre los católicos desde el aspecto litúrgico, habida cuenta de la legitimidad y belleza de ambos
misales.

Remito además a la carta de Benedicto XVI que acompaña a la promulgación del Motu Proprio, en donde quedan aclaradas diversas cuestiones, y no en último lugar el deseo de la Iglesia de hacer todo lo posible para que a aquellos que realmente tienen en su corazón un deseo de unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o  reencontrarla. La Iglesia Católica ha dado un paso enorme hacia la apertura y la unidad, sin resignar en lo más mínimo la eclesiología de apertura del Vaticano II. Dios suscite en quienes se sienten separados un deseo genuino de aceptar este
gesto.
Dicho esto, paso a hacer un análisis, con toda humildad y conciencia de mis
limitaciones.

1. La autorización concedida para usar el Misal llamado "de Juan XXIII", que consiste en una revisión del Misal de Pío V, y que el papa Juan revisó a través del Motu Proprio "Rubricarum Instructum", del 23 de junio de 1962, no implica de manera alguna abolir y ni siquiera limitar el uso del Misal de Pablo VI, de 1969. Por el contrario, éste último sigue siendo la forma ordinaria (normal) de celebrar la Eucaristía. La Misa de Pío V fue promulgada por este papa en 1570 a través de la bula "Quo Primum Tempore", como resultado de la renovación impulsada por el Concilio de Trento. Se celebró desde entonces sin variaciones hasta 1962, año en que se conoció la reforma de Juan XXIII. La misa tridentina, así modificada (con cambios menores) permaneció hasta la promulgación del Novus Ordo Missae a través de la Constitución Apostólica Missale Romanum, en 1969. Esta última es conocida como “La Misa de Paulo VI”, por ser éste el papa que aprobó el Novus Ordo. Desde su promulgación, la nueva misa fue cuestionada desde distintos sectores de la teología y la liturgia católica, por distintas razones que exceden el objetivo de este artículo. No obstante, es el sentir enormemente mayoritario de teólogos y liturgistas que la nueva Misa responde plena y adecuadamente a la esencia del Sacrificio Eucarístico de Cristo y de la Iglesia, y que (aunque no han sido plenamente aprovechadas) contiene numerosas ventajas pastorales, tanto en el ámbito de la participación de los fieles como en el de la inculturación del mensaje cristiano a las diversas culturas. No en último lugar debe destacarse el hecho de que la misa se celebre en los idiomas vernáculos.

 

2.  La autorización de Benedicto XVI no implica -huelga decirlo- que se vuelva a usar el idioma latino en las misas celebradas según el actual misal. Si bien desde la promulgación de éste, en 1969, existió la posibilidad de celebrar la misa tanto en latín como en los idiomas vernáculos, se hizo consuetudinaria la celebración en estos últimos, con enormes ventajas pastorales. Esta costumbre no cambiará. De la misma manera hay que decir que la vieja Misa puede celebrarse tanto en latín como en los idiomas vernáculos. De hecho, durante un tiempo antes del Novus Ordo, así se hizo en la Iglesia Católica. Yo mismo poseo (y pongo a disposición de quien lo quiera tener) un registro sonoro del Papa Paulo VI celebrando en italiano la Misa de Juan XXIII.


3.  El Motu Proprio de Benedicto XVI da fuerza jurídica a algo que de hecho nunca fue discutido seriamente: ambos misales expresan adecuadamente el único rito latino. Si bien hasta 1984 el uso del Misal de Juan XXIII no estuvo permitido, y a partir de 1984 se lo permitió con algunas restricciones, el viejo misal jamás fue jurídicamente abrogado.
 
4.  La autorización para usar el misal de Juan XXIII está regulada, entre
otras, por las siguientes normas:
 
a.  Cualquier sacerdote puede celebrar la misa de Juan XXIII sin restricciones en las misas celebradas sin el pueblo, salvo en el Triduo pascual.
b.  A las misas celebradas según ese Misal pueden ser admitidos los fieles que lo soliciten voluntariamente.
c.  En las misas conventuales o comunitarias de Institutos de Vida Consagrada o Sociedades de Vida Apostólica, en sus oratorios propios, puede ser celebrada la antigua Misa, con autorización de los superiores respectivos.
d.  Si en una parroquia hay una comunidad estable de fieles adherentes a la antigua tradición, esta comunidad puede solicitar al párroco se celebre también la misa del viejo Misal, sin que esto signifique discordia con el resto de la comunidad, ni dejar de celebrar la liturgia actual.
e.  Los domingos y fiestas, en las parroquias, debe haber siempre al menos una misa celebrada según el Misal de Paulo VI (el actual), pudiendo celebrarse también otra/s Misa/s según el Misal de Juan XXIII.
 
5.  La autorización de Benedicto XVI no pone en riesgo, como se ve, la actual disciplina o norma litúrgica. Los sacerdotes y fieles podrán seguir celebrando normalmente la Santa Misa según el Misal actual. Pero esta autorización  implica en la práctica una apertura tendiente a permitir, mediante una celebración prudentemente periódica de la Misa según el antiguo Misal, el retorno a nuestras parroquias de muchos cristianos
católicos que formaron comunidades de hecho separadas, por permanecer fieles a la anterior tradición litúrgica. Dado que esta tradición litúrgica ahora autorizada, no contiene ningún elemento que la haga inválida, inconveniente o indeseable, si la periódica celebración de misas según este misal permite el retorno de comunidades de hecho separadas, se justifica ampliamente la  nueva normativa. Máxime teniendo en cuenta que, como queda dicho,  de ninguna manera se dejará de celebrar en las misas feriales y dominicales de nuestras parroquias la liturgia actual.
 
6.  Una errónea comprensión de esta medida, alimentada muchas veces por el desconocimiento, y otras por la acción desinformada o a veces incluso malintencionada de ciertos sectores formadores de opinión, genera en muchos católicos la idea de que ha habido un "retroceso" en las reformas promovidas por el Concilio Vaticano II. Sin embargo, una atenta lectura de la Constitución Dogmática Sacrosantum Concilium", primer fruto de aquella magna asamblea, permitirá a cualquiera comprobar que esto no es así.
 
7.  La Misa de Juan XXIII, que es una adaptación con algunos cambios menores del venerable Misal de Pío V, contiene todo lo que contiene la actual Misa. Sin analizar la totalidad de las diferencias, ni responder tampoco a quienes sostienen erróneamente que sólo aquella era válida, (y no la actual), me detengo en tres aspectos que se asocian con su práctica: el uso del idioma latino, la celebración "de espaldas al pueblo" y el grado de
participación de éste último.
 
8.  Con respecto al uso del idioma latino, su uso en la Misa actual me parece justificado sólo en celebraciones internacionales en las que participan personas de distintas lenguas. En las Misas locales, es preferible siempre, por razones pastorales, el uso del idioma vernáculo, habida cuenta de que el latín es hoy en la práctica un idioma desconocido. En el caso del Misal de Juan XXIII, en cambio, el uso del latín es la forma ordinaria de celebrar la Misa, aunque también se podría celebrar en idioma vernáculo legítima y
válidamente. Pero el sentido inclusivo de esta reforma hace conveniente, para abrir puertas a quienes están muy acostumbrados a la antigua forma de celebración y hoy se sienten fuera de la comunión eclesial, conservar el idioma latino, máxime teniendo en cuenta que ningún católico está obligado a asistir a misas celebradas con este Misal.
 
9.  Respecto a la celebración "de espaldas al pueblo" (pongo esta frase entre comillas de manera deliberada) debo decir, en primer término, que el Misal de 1962 nada dice sobre la orientación del altar y del celebrante, que respondían a costumbres seculares. Podría celebrarse, por ello, la Misa de Juan XXIII de cara al pueblo sin ningún problema. Pero más allá de ello, considero que resulta grotesca la interpretación que ha alcanzado mucha difusión, y que sostiene que la celebración de espaldas a los fieles es una forma de "dejar afuera" al pueblo en partes importantes de la Misa. No hay nada de ello. La concentración teológica de la Reforma Litúrgica refuerza el carácter de Banquete Eucarístico que tiene la celebración de la Eucaristía, en el cual el Pueblo de Dios se reúne en torno a la mesa. En la tradición anterior, en cambio, se reforzaba más el aspecto sacrificial, en donde el Pueblo de Dios, a través del sacerdote, actualizaba el Sacrificio de Cristo en la Cruz para la remisión de los pecados de la humanidad.
Todos, sacerdote y pueblo, se situaban simbólicamente frente al Padre Eterno en esta actualización incruenta del único sacrificio de Cristo. El hecho de que el sacerdote diera la espalda al pueblo no tenía por sentido excluir a éste, sino que remarcaba que el sacerdote celebraba y consagraba en unión a la asamblea que participaba, a su manera, de lo que el sacerdote hacía en el altar conforme a su potestad ministerial. También en la Misa actual quien consagra es el sacerdote, o los sacerdotes concelebrantes, y no la asamblea, que sigue participando a su manera, con devoción y reverencia, de lo que sucede en el altar.  Por otro lado, los antiguos templos eran edificados de forma tal que la nave central, y el altar mayor, se orientaran hacia el este, figura de Cristo, "sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte[1]". Por
idéntica razón resultaba natural que todos, sacerdote y pueblo, se situaran de cara al este. Debemos decir que ambos aspectos (el Sacrificio incruento y el Banquete Eucarístico) forman parte del mismo misterio que la Iglesia celebra desde sus comienzos. Ambos deben ser valorados, y no debe menoscabarse, por lo mismo, ninguna de las dos formas de celebración. Otros signos, en cambio, (y en mi humilde opinión) aún esperan una reforma, ya que marcan, aunque sea sin tal propósito, una cierta separación entre clero y pueblo, como por ejemplo las balaustradas que cierran en presbiterio en algunos templos, o las graderías que indican, con alturas crecientes, la
diversa jerarquía de los ministros celebrantes, olvidando quizá que la mayor dignidad del cristiano proviene del sacramento del Bautismo, que todos compartimos.
 
10.  En relación con la participación del pueblo, la vieja Misa contemplaba una participación acotada, ya que los diálogos se verificaban entre el sacerdote celebrante y el diácono. Esto seguirá siendo así en la Misa que se celebre mediante el uso del Misal de Juan XXIII. En lo personal, considero más rico lo contemplado por el nuevo Misal, con participación del pueblo en las respuestas, aunque debo decir que con demasiada frecuencia esta participación, en nuestras misas, es mecánica, simplemente ritual, cuando no inaudible (¡cuantos fieles murmuran las plegarias o respuestas con un tenue hilo de voz, como si les diese vergüenza rezar en voz alta!). La reforma litúrgica del concilio tiene que ser aprovechada aún mucho más, y que está aún lejos de mostrar los frutos que puede brindar. Nuestra liturgia sigue siendo fría y poco participada. En esto tenemos que aprender incluso de otras confesiones cristianas separadas de Roma, que nos superan en cuanto a participación y clima de comunión celebrativa, aunque en cambio hayan perdido los aspectos centrales y esenciales de la liturgia sacramental cristiana. Es nuestra responsabilidad dotar a nuestras celebraciones de auténtica
participación, devoción y también de la calidez que hoy faltan en muchas
misas post conciliares. El reciente documento del papa Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, advierte sobre nuestras falencias[1]. Y sería oportuno que prestemos la debida atención a la importancia de la liturgia, “por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redención” (Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, II), celebrándola con la intensidad y la piedad que merece.

 

11. Una palabra con respecto a una lectura "antisemita" de esta autorización, que no se corresponde con la realidad. En primer término porque alude a una de las oraciones universales que se usan en la liturgia de la Pasión del Señor del Viernes Santo, en la que se reza por el pueblo judío. En el Misal de Pío V, esta oración decía: "Oremos por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones a fin de
que ellos también reconozcan a Jesucristo nuestro Señor". Esta oración ya está modificada en el Misal de Juan XXIII, en el que desaparece la palabra "pérfidos". Pero además, el Motu Proprio de Benedicto XVI, excluye expresamente el uso del Misal de Juan XXIII para el Triduo Pascual, con lo cual la liturgia de la Pasión del Viernes Santo se seguirá celebrando según las nuevas normativas, en las cuales la oración por los judíos dice: «Recemos por los judíos a quienes Dios habló en primer lugar: para que
progresen en el amor de su Nombre y en la fidelidad a su alianza».


Sobre el empleo del idioma latino y el canto gregoriano

 

Hace poco tiempo se ha conocido la exhortación Apostólica postsinodal “Sacramentum Caritatis”, de Su Santidad Benedicto XVI, que sistematiza en un documento las reflexiones de los obispos participantes en el reciente Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía. En seguida se alzaron nuevamente voces de alarma y a veces de protesta fundamentalmente sobre dos cuestiones: el uso del idioma latino y el canto gregoriano en las celebraciones actuales.

Creo que quienes expresan sus temores han leído con poca atención el documento papal. Ni el latín ni el canto gregoriano se recomiendan para las celebraciones parroquiales, ni para todo momento o lugar.

Hablando de la música litúrgica, el documento, en el número 42, dice: “Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones muy loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana[2]”. Es un pedido de valoración de un tipo de música sacra rica en contenidos espirituales y artísticos. No pretende el papa ni la Iglesia que se cante en gregoriano en todas las celebraciones. Pretende, en cambio, que no se lo mande al desván de los recuerdos o de los trastos inútiles. Hay ocasiones en las que algunos cantos gregorianos pueden ser introducidos para provecho de la liturgia. Hay que se prudentes en esto. Pero digamos claramente que la exhortación no regula, no prohíbe. Solamente recomienda valorar al canto gregoriano como propio de la liturgia latina. 

Con respecto al idioma latino, sucede algo parecido. No pide la exhortación papal que la Misa de Paulo VI (la actual Misa) se celebre en latín. Esto, las más de las veces, sería un contrasentido y una catástrofe pastoral. Pide en cambio que en las celebraciones internacionales, en las que hay fieles de distintos idiomas, se celebre en latín salvo las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, como signo de la universalidad de la Iglesia cuyo idioma oficial sigue siendo (como lo dice el Concilio) el idioma latino. El párrafo cuestionado es el número 62, que incorporo totalmente para que se pueda apreciar el alcance de la recomendación papal: “Lo dicho anteriormente, sin embargo, (en relación al Nº 61 sobre las grandes celebraciones eucarísticas, nota mía) no debe ofuscar el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Se las debe valorar debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas  de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, cantar algunas partes en canto gregoriano. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.

 

Conclusión

 

Las voces de protesta, tanto en relación a la misa de Juan XXIII como a la cuestión del idioma latino y del canto gregoriano, se escuchan desde diversos lugares. Uno de ellos, sumamente respetable y atendible, es el de gente del ámbito de la Teología o la Pastoral. O sea de un ámbito ad intra de la Iglesia Católica. Se escuchan también voces de protesta de otra gente que no participa ni de la vida de la Iglesia ni de su liturgia.

He escuchado hablar en contra del latín y de la misa de Juan XXIII a personas que no van a Misa desde las épocas del Concilio. Esto, lo confieso, me desconcierta.

En cambio, el debate interno, siempre que se mueva en una atmósfera de caridad y respeto, es algo que siempre sirve.

Reafirmo lo que decía antes, citando a Agustín: en lo esencial, unidad. En lo demás, pluralidad. Y en todo, caridad.

No podemos prestarnos al criterio mundano de identificar las distintas formas de pensar, en la Iglesia, como “derecha” o “izquierda”. Esto es una lamentable contaminación con lo peor de las divisiones que existen en el mundo civil.

En la Iglesia hay tradicionalismo, conservadurismo, y progresismo, aunque no me parezca que este último nombre sea absolutamente adecuado, ya que la progresión, el avance de la Iglesia, no es patrimonio de un solo sector, y se debe, por otro lado, al Espíritu Santo como causa eficiente.

Los tradicionalistas son aquellos que consideran que nada debe cambiar en la Iglesia. Ni en su doctrina, ni en su disciplina, ni en su liturgia. Ni lo esencial ni lo inesencial.

Los conservadores, por su lado, están abiertos al cambio, pero en determinadas cuestiones, y con la prudencia debida. Prefieren ser lentos en el cambio, aún en los cambios que haya que hacer.

Los progresistas, por fin, quieren que la Iglesia experimente un proceso de constante transformación, a la luz de los signos de los tiempos.

Estos tres sectores piensan y actúan, no me cabe la más mínima duda, con la mejor intención. De Buena fe. No podemos demonizar a unos o a otros. La Iglesia los necesita a todos. Lo que no necesita la Iglesia es el conflicto entre unos y otros. Porque la ley suprema de la Iglesia es la caridad.

Algunos ven a quienes quieren introducir cambios como “protestantizadores” de la Iglesia Católica. Como emisarios del secularismo o el relativismo. Me parece inadecuado. Conozco a muchísimos progresistas que merecen el título innegable de santos y que tienen un profundo celo pastoral y un gran amor por la Iglesia.

También es cierto a mi modo de ver que hay quienes le tienen miedo al pasado. A todo el pasado.  Muchas generaciones de cristianos, en todos los tiempos y también en el nuestro (¡y cuantos obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, teólogas y teólogos cayeron en esto!) parecen sentirse protagonistas de una época en la que el Espíritu Santo se despertó y se acordó de hablarle a la Iglesia, después de siglos de siesta!

Parte de cada generación siente que es la privilegiada del Espíritu. Con lo cual afirma tácitamente o que el Espíritu ignoró a las generaciones anteriores, o que las generaciones anteriores eran tontas, o desobedientes a las inspiraciones del Espíritu.

El Espíritu sopla en todo momento de la vida de la Iglesia. Y en todo momento se lo escucha, o se lo deja de escuchar, o se lo escucha y no se lo entiende. En cualquier momento se lo puede entender o entender mal. Y en cualquier momento se lo puede desobedecer.

Pero la Iglesia sigue adelante, porque es la Iglesia de Cristo. Y porque el Espíritu Santo no la abandona, aunque nosotros andemos confundidos y litigantes peleando unos contra otros.

Evidentemente no hay que dar el más mínimo paso atrás en lo propio de la visión de los Padres Conciliares. La riqueza del Concilio debe ser preservada por toda la Iglesia, y en toda la Iglesia. Es más: hay que seguir profundizando en la comprensión eclesiológica de la visión conciliar. Esta materia no es revisable. Ni es materia de negociación para el regreso de los díscolos.

Tengamos fe en el Espíritu. Fe en la Iglesia. Y fe en nosotros mismos, en la medida en que estemos inundados de amor, que nunca pasará.

 

Raúl Francisco Llusá

 

[1] Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística «como espectadores mudos o extraños» (Sacramentum Caritatis, 52)

 

[2] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116