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Motu
Proprio en latín con traducción no oficial
Carta del Papa Benedicto XVI
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El 7 de julio pasado se conoció el Motu Proprio "Summorum
Pontificum", del Papa Benedicto XVI, que autoriza la
celebración de la vieja misa llamada “Tridentina”, “De Pío
V” o “de Juan XXIII”, que es, en suma, la misa tal como
se celebraba antes de la reforma del misal llevada a cabo
por el Papa Paulo VI, en 1969.
Para algunos, la medida obedece a cierto retroceso en
determinadas concepciones doctrinarias y litúrgicas a
posiciones anteriores a la magna asamblea que fue el
Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965)
Se dice también que la autorización conforma una
“concesión” a los católicos más tradicionalistas,
especialmente a aquellos que siguen el pensamiento del
arzobispo francés Marcel Lefebvre, fallecido en 1991, que
resistió tenazmente la enseñanza conciliar, y que con su
acto de ordenar sin autorización del Vaticano a cuatro
obispos, en 1988 provoco un cisma al menos material (hay
quienes sostienen que el cisma lefebriano no es un cisma
formal) y cayó en la pena de Excomunión. Con la
autorización para celebrar la vieja misa (que los
lefebvrianos siguen celebrando por considerar ilegítima la
misa de Paulo VI) se pondría, por parte del Vaticano, un
gesto de buena voluntad para que la Sociedad Sacerdotal
San Pío X, fundada por Lefebvre, y otros grupos
tradicionalistas, se avengan a mostrarse más
contemporizadores en otros asuntos centrales y delicados,
como la eclesiología post conciliar, la cuestión del
ecumenismo y cosas así.
No podemos descartar ninguna de estas dos aparentes
razones que aconsejarían la ampliación de la autorización.
Hay, en el seno de la Iglesia Católica, fuertes grupos
que, sin llegar al extremo de los que desconocen la
validez del Concilio, o de los que incluso sostienen que
desde la muerte de Pío XII no hubo ningún papa legítimo ya
que todos cayeron en herejía (y por tanto habría sede
vacante desde entonces) añoran muchas de las cosas que el
Concilio cambió. Y estos grupos ejercieron y ejercen
presiones para restaurar algunas de las cosas antiguas.
Sabemos también que desde el Vaticano se hacen grandes
esfuerzos por reconducir a los grupos cismáticos
tradicionalistas a la disciplina católica.
Pero no creemos que estas dos razones, aunque existan,
sean las únicas que motivan la autorización de celebrar la
vieja misa (o mejor dicho, la ampliación de la
autorización, que de hecho ya existía para determinadas
circunstancias).
No obstante, a quienes ven en esta medida una concesión a
los tradicionalistas de cuño lefebvriano, podemos
admitirles que sea una concesión. Pero no es una concesión
infamante: la Misa de Juan XXIII es venerable tanto por su
antigüedad como por su contenido y espiritualidad. Y si es
una concesión lo es, nos parece, no como una claudicación
sino como una propuesta de apertura, como una invitación a
retornar a la unidad en la diversidad. ¿Es otra cosa acaso
el espíritu del Ecumenismo, al que la Iglesia Católica
adhiere definitivamente desde el Concilio Vaticano II?
Ampliar la autorización de la celebración significa abrir
oportunidades pastorales. La Misa de Juna XXIII, en sí
misma, es un ritual rico y sumamente espiritual. Y no creo
que nadie que disponga de una cierta cultura teológica la
critique en sí misma. Lo que se critica, quizá, es la
impresión que queda flotando de un retroceso en el
espíritu de la reforma conciliar.
Sería un contrasentido y tal vez un desastre pastoral
pretender celebrar la antigua Misa (¡y en Latín!) allí
donde los fieles están habituados a la liturgia más
participativa de la Misa actual. Sería una hecatombe
retroceder en la rica eclesiología y en la apertura sin
precedentes que se desprende de aquella magna asamblea que
fue el Concilio Vaticano II. Pero estoy convencido de que
ni una ni otra de estas cosas sucederán.
El nuevo orden de cosas la participación de aquellas
personas que se sienten identificadas con la antigua
liturgia. Se atribuye a San Agustín una frase de mucho
valor: “En lo esencial, unidad. En lo demás, pluralidad.
En todo, caridad”. Me parece que la autorización no
destruye la unidad esencial de la Iglesia Católica, que es
una unidad en la caridad.
En lo personal, afirmo la prudencia y sabiduría de esta
disposición, que considero aperturista y de brazos
abiertos, quitando obstáculos a la unidad entre los
católicos desde el aspecto litúrgico, habida cuenta de la
legitimidad y belleza de ambos
misales.
Remito además a la carta de Benedicto XVI que acompaña a
la promulgación del Motu Proprio, en donde quedan
aclaradas diversas cuestiones, y no en último lugar el
deseo de la Iglesia de hacer todo lo posible para que a
aquellos que realmente tienen en su corazón un deseo de
unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o
reencontrarla. La Iglesia Católica ha dado un paso enorme
hacia la apertura y la unidad, sin resignar en lo más
mínimo la eclesiología de apertura del Vaticano II. Dios
suscite en quienes se sienten separados un deseo genuino
de aceptar este
gesto.
Dicho esto, paso a hacer un análisis, con toda humildad y
conciencia de mis
limitaciones.
1. La autorización concedida para usar el Misal llamado
"de Juan XXIII", que consiste en una revisión del Misal de
Pío V, y que el papa Juan revisó a través del Motu Proprio
"Rubricarum Instructum", del 23 de junio de 1962, no
implica de manera alguna abolir y ni siquiera limitar el
uso del Misal de Pablo VI, de 1969. Por el contrario, éste
último sigue siendo la forma ordinaria (normal) de
celebrar la Eucaristía. La Misa de Pío V fue promulgada
por este papa en 1570 a través de la bula "Quo Primum
Tempore", como resultado de la renovación impulsada por el
Concilio de Trento. Se celebró desde entonces sin
variaciones hasta 1962, año en que se conoció la reforma
de Juan XXIII. La misa tridentina, así modificada (con
cambios menores) permaneció hasta la promulgación del
Novus Ordo Missae a través de la Constitución Apostólica
Missale Romanum, en 1969. Esta última es conocida como “La
Misa de Paulo VI”, por ser éste el papa que aprobó el
Novus Ordo. Desde su promulgación, la nueva misa fue
cuestionada desde distintos sectores de la teología y la
liturgia católica, por distintas razones que exceden el
objetivo de este artículo. No obstante, es el sentir
enormemente mayoritario de teólogos y liturgistas que la
nueva Misa responde plena y adecuadamente a
la esencia del Sacrificio Eucarístico de Cristo y de la
Iglesia, y que (aunque no han sido plenamente
aprovechadas) contiene numerosas ventajas pastorales,
tanto en el ámbito de la participación de los fieles como
en el de la inculturación del mensaje cristiano a las
diversas culturas. No en último lugar debe destacarse el
hecho de que la misa se celebre en los idiomas vernáculos.
2. La autorización de Benedicto XVI no implica -huelga
decirlo- que se vuelva a usar el idioma latino en las
misas celebradas según el actual misal. Si bien desde la
promulgación de éste, en 1969, existió la posibilidad de
celebrar la misa tanto en latín como en los idiomas
vernáculos, se hizo consuetudinaria la celebración en
estos últimos, con enormes ventajas pastorales. Esta
costumbre no cambiará. De la misma manera hay que decir
que la vieja Misa puede celebrarse tanto en latín como en
los idiomas vernáculos. De hecho, durante un tiempo antes
del Novus Ordo, así se hizo en la Iglesia Católica. Yo
mismo poseo (y pongo a disposición de quien lo quiera
tener) un registro sonoro del Papa Paulo VI celebrando en
italiano la Misa de Juan XXIII.
3. El Motu Proprio de Benedicto XVI da fuerza jurídica a
algo que de hecho nunca fue discutido seriamente: ambos
misales expresan adecuadamente el único rito latino. Si
bien hasta 1984 el uso del Misal de Juan XXIII no estuvo
permitido, y a partir de 1984 se lo permitió con algunas
restricciones, el viejo misal jamás fue jurídicamente
abrogado.
4. La autorización para usar el misal de Juan XXIII está
regulada, entre
otras, por las siguientes normas:
a. Cualquier sacerdote puede celebrar la misa de Juan
XXIII sin restricciones en las misas celebradas sin el
pueblo, salvo en el Triduo pascual.
b. A las misas celebradas según ese Misal pueden ser
admitidos los fieles que lo soliciten voluntariamente.
c. En las misas conventuales o comunitarias de Institutos
de Vida Consagrada o Sociedades de Vida Apostólica, en sus
oratorios propios, puede ser celebrada la antigua Misa,
con autorización de los superiores respectivos.
d. Si en una parroquia hay una comunidad estable de
fieles adherentes a la antigua tradición, esta comunidad
puede solicitar al párroco se celebre también la misa del
viejo Misal, sin que esto signifique discordia con el
resto de la comunidad, ni dejar de celebrar la liturgia
actual.
e. Los domingos y fiestas, en las parroquias, debe haber
siempre al menos una misa celebrada según el Misal de
Paulo VI (el actual), pudiendo celebrarse también otra/s
Misa/s según el Misal de Juan XXIII.
5. La autorización de Benedicto XVI no pone en riesgo,
como se ve, la actual disciplina o norma litúrgica. Los
sacerdotes y fieles podrán seguir celebrando normalmente
la Santa Misa según el Misal actual. Pero esta
autorización implica en la práctica una apertura
tendiente a permitir, mediante una celebración
prudentemente periódica de la Misa según el antiguo Misal,
el retorno a nuestras parroquias de muchos cristianos
católicos que formaron comunidades de hecho separadas, por
permanecer fieles a la anterior tradición litúrgica. Dado
que esta tradición litúrgica ahora autorizada, no contiene
ningún elemento que la haga inválida, inconveniente o
indeseable, si la periódica celebración de misas según
este misal permite el retorno de comunidades de hecho
separadas, se justifica ampliamente la nueva normativa.
Máxime teniendo en cuenta que, como queda dicho, de
ninguna manera se dejará de celebrar en las misas feriales
y dominicales de nuestras parroquias la liturgia actual.
6. Una errónea comprensión de esta medida, alimentada
muchas veces por el desconocimiento, y otras por la acción
desinformada o a veces incluso malintencionada de ciertos
sectores formadores de opinión, genera en muchos católicos
la idea de que ha habido un "retroceso" en las reformas
promovidas por el Concilio Vaticano II. Sin embargo, una
atenta lectura de la Constitución Dogmática Sacrosantum
Concilium", primer fruto de aquella magna asamblea,
permitirá a cualquiera comprobar que esto no es así.
7. La Misa de Juan XXIII, que es una adaptación con
algunos cambios menores del venerable Misal de Pío V,
contiene todo lo que contiene la actual Misa. Sin analizar
la totalidad de las diferencias, ni responder tampoco a
quienes sostienen erróneamente que sólo aquella era
válida, (y no la actual), me detengo en tres aspectos que
se asocian con su práctica: el uso del idioma latino, la
celebración "de espaldas al pueblo" y el grado de
participación de éste último.
8. Con respecto al uso del idioma latino, su uso en la
Misa actual me parece justificado sólo en celebraciones
internacionales en las que participan personas de
distintas lenguas. En las Misas locales, es preferible
siempre, por razones pastorales, el uso del idioma
vernáculo, habida cuenta de que el latín es hoy en la
práctica un idioma desconocido. En el caso del Misal de
Juan XXIII, en cambio, el uso del latín es la forma
ordinaria de celebrar la Misa, aunque también se podría
celebrar en idioma vernáculo legítima y
válidamente. Pero el sentido inclusivo de esta reforma
hace conveniente, para abrir puertas a quienes están muy
acostumbrados a la antigua forma de celebración y hoy se
sienten fuera de la comunión eclesial, conservar el idioma
latino, máxime teniendo en cuenta que ningún católico está
obligado a asistir a misas celebradas con este Misal.
9. Respecto a la celebración "de espaldas al pueblo"
(pongo esta frase entre comillas de manera deliberada)
debo decir, en primer término, que el Misal de 1962 nada
dice sobre la orientación del altar y del celebrante, que
respondían a costumbres seculares. Podría celebrarse, por
ello, la Misa de Juan XXIII de cara al pueblo sin ningún
problema. Pero más allá de ello, considero que resulta
grotesca la interpretación que ha alcanzado mucha
difusión, y que sostiene que la celebración de espaldas a
los fieles es una forma de "dejar afuera" al pueblo en
partes importantes de la Misa. No hay nada de ello. La
concentración teológica de la Reforma Litúrgica refuerza
el carácter de Banquete Eucarístico que tiene la
celebración de la Eucaristía, en el cual el Pueblo de Dios
se reúne en torno a la mesa. En la tradición anterior, en
cambio, se reforzaba más el aspecto sacrificial, en donde
el Pueblo de Dios, a través del sacerdote, actualizaba el
Sacrificio de Cristo en la Cruz para la remisión de los
pecados de la humanidad.
Todos, sacerdote y pueblo, se situaban simbólicamente
frente al Padre Eterno en esta actualización incruenta del
único sacrificio de Cristo. El hecho de que el sacerdote
diera la espalda al pueblo no tenía por sentido excluir a
éste, sino que remarcaba que el sacerdote celebraba y
consagraba en unión a la asamblea que participaba, a su
manera, de lo que el sacerdote hacía en el altar conforme
a su potestad ministerial. También en la Misa actual quien
consagra es el sacerdote, o los sacerdotes concelebrantes,
y no la asamblea, que sigue participando a su manera, con
devoción y reverencia, de lo que sucede en el altar. Por
otro lado, los antiguos templos eran edificados de forma
tal que la nave central, y el altar mayor, se orientaran
hacia el este, figura de Cristo, "sol que nace de lo alto
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de
muerte[1]". Por
idéntica razón resultaba natural que todos, sacerdote y
pueblo, se situaran de cara al este. Debemos decir que
ambos aspectos (el Sacrificio incruento y el Banquete
Eucarístico) forman parte del mismo misterio que la
Iglesia celebra desde sus comienzos. Ambos deben ser
valorados, y no debe menoscabarse, por lo mismo, ninguna
de las dos formas de celebración. Otros signos, en cambio,
(y en mi humilde opinión) aún esperan una reforma, ya que
marcan, aunque sea sin tal propósito, una cierta
separación entre clero y pueblo, como por ejemplo las
balaustradas que cierran en presbiterio en algunos
templos, o las graderías que indican, con alturas
crecientes, la
diversa jerarquía de los ministros celebrantes, olvidando
quizá que la mayor dignidad del cristiano proviene del
sacramento del Bautismo, que todos compartimos.
10. En relación con la participación del pueblo, la vieja
Misa contemplaba una participación acotada, ya que los
diálogos se verificaban entre el sacerdote celebrante y el
diácono. Esto seguirá siendo así en la Misa que se celebre
mediante el uso del Misal de Juan XXIII. En lo personal,
considero más rico lo contemplado por el nuevo Misal, con
participación del pueblo en las respuestas, aunque debo
decir que con demasiada frecuencia esta participación, en
nuestras misas, es mecánica, simplemente ritual, cuando no
inaudible (¡cuantos fieles murmuran las plegarias o
respuestas con un tenue hilo de voz, como si les diese
vergüenza rezar en voz alta!). La reforma litúrgica del
concilio tiene que ser aprovechada aún mucho más, y que
está aún lejos de mostrar los frutos que puede brindar.
Nuestra liturgia sigue siendo fría y poco participada. En
esto tenemos que aprender incluso de otras confesiones
cristianas separadas de Roma, que nos superan en cuanto a
participación y clima de comunión celebrativa, aunque en
cambio hayan perdido los aspectos centrales y esenciales
de la liturgia sacramental cristiana. Es nuestra
responsabilidad dotar a nuestras celebraciones de
auténtica
participación, devoción y también de la calidez que hoy
faltan en muchas
misas post conciliares. El reciente documento del papa
Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, advierte
sobre nuestras falencias.
Y sería oportuno que prestemos la debida atención a la
importancia de la liturgia, “por cuyo medio se ejerce
la obra de nuestra redención” (Concilio Vaticano II,
Sacrosantum Concilium, II), celebrándola con la intensidad
y la piedad que merece.
11. Una palabra con respecto a una lectura "antisemita" de
esta autorización, que no se corresponde con la realidad.
En primer término porque alude a una de las oraciones
universales que se usan en la liturgia de la Pasión del
Señor del Viernes Santo, en la que se reza por el pueblo
judío. En el Misal de Pío V, esta oración decía: "Oremos
por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite
el velo de sus corazones a fin de
que ellos también reconozcan a Jesucristo nuestro Señor".
Esta oración ya está modificada en el Misal de Juan XXIII,
en el que desaparece la palabra "pérfidos". Pero además,
el Motu Proprio de Benedicto XVI, excluye expresamente el
uso del Misal de Juan XXIII para el Triduo Pascual, con lo
cual la liturgia de la Pasión del Viernes Santo se seguirá
celebrando según las nuevas normativas, en las cuales la
oración por los judíos dice: «Recemos por los judíos a
quienes Dios habló en primer lugar: para que
progresen en el amor de su Nombre y en la fidelidad a su
alianza».
Sobre el empleo del idioma latino y el canto gregoriano
Hace poco tiempo se ha conocido la exhortación Apostólica
postsinodal “Sacramentum Caritatis”, de Su Santidad
Benedicto XVI, que sistematiza en un documento las
reflexiones de los obispos participantes en el reciente
Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía. En seguida se
alzaron nuevamente voces de alarma y a veces de protesta
fundamentalmente sobre dos cuestiones: el uso del idioma
latino y el canto gregoriano en las celebraciones
actuales.
Creo que quienes expresan sus temores han leído con poca
atención el documento papal. Ni el latín ni el canto
gregoriano se recomiendan para las celebraciones
parroquiales, ni para todo momento o lugar.
Hablando de la música litúrgica, el documento, en el
número 42, dice: “Por consiguiente, todo —el texto, la
melodía, la ejecución— ha de corresponder al sentido del
misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos
litúrgicos. Finalmente, si bien se han de tener en cuenta
las diversas tendencias y tradiciones muy loables, deseo,
como han pedido los Padres sinodales, que se valore
adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la
liturgia romana”.
Es un pedido de valoración de un tipo de música sacra rica
en contenidos espirituales y artísticos. No pretende el
papa ni la Iglesia que se cante en gregoriano en todas las
celebraciones. Pretende, en cambio, que no se lo mande al
desván de los recuerdos o de los trastos inútiles. Hay
ocasiones en las que algunos cantos gregorianos pueden ser
introducidos para provecho de la liturgia. Hay que se
prudentes en esto. Pero digamos claramente que la
exhortación no regula, no prohíbe. Solamente recomienda
valorar al canto gregoriano como propio de la liturgia
latina.
Con respecto al idioma latino, sucede algo parecido. No
pide la exhortación papal que la Misa de Paulo VI (la
actual Misa) se celebre en latín. Esto, las más de las
veces, sería un contrasentido y una catástrofe pastoral.
Pide en cambio que en las celebraciones internacionales,
en las que hay fieles de distintos idiomas, se celebre en
latín salvo las lecturas, la homilía y la oración de los
fieles, como signo de la universalidad de la Iglesia cuyo
idioma oficial sigue siendo (como lo dice el Concilio) el
idioma latino. El párrafo cuestionado es el número 62, que
incorporo totalmente para que se pueda apreciar el alcance
de la recomendación papal: “Lo dicho anteriormente, sin
embargo, (en relación al Nº 61 sobre las grandes
celebraciones eucarísticas, nota mía) no debe ofuscar
el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso
en las celebraciones que tienen lugar durante encuentros
internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Se las debe
valorar debidamente. Para expresar mejor la unidad y
universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha
sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las
normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas,
la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que
dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían
rezar en latín las oraciones más conocidas de la
tradición de la Iglesia y, eventualmente, cantar algunas
partes en canto gregoriano. Más en general, pido que los
futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se
preparen para comprender y celebrar la santa Misa en
latín, además de utilizar textos latinos y cantar en
gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles
conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten
en gregoriano algunas partes de la liturgia.
Conclusión
Las voces de protesta, tanto en relación a la misa de Juan
XXIII como a la cuestión del idioma latino y del canto
gregoriano, se escuchan desde diversos lugares. Uno de
ellos, sumamente respetable y atendible, es el de gente
del ámbito de la Teología o la Pastoral. O sea de un
ámbito ad intra de la Iglesia Católica. Se escuchan
también voces de protesta de otra gente que no
participa ni de la vida de la Iglesia ni de su liturgia.
He escuchado hablar en contra del latín y de la misa de
Juan XXIII a personas que no van a Misa desde las épocas
del Concilio. Esto, lo confieso, me desconcierta.
En cambio, el debate interno, siempre que se mueva en una
atmósfera de caridad y respeto, es algo que siempre sirve.
Reafirmo lo que decía antes, citando a Agustín: en lo
esencial, unidad. En lo demás, pluralidad. Y en todo,
caridad.
No podemos prestarnos al criterio mundano de identificar
las distintas formas de pensar, en la Iglesia, como
“derecha” o “izquierda”. Esto es una lamentable
contaminación con lo peor de las divisiones que existen en
el mundo civil.
En la Iglesia hay tradicionalismo, conservadurismo, y
progresismo, aunque no me parezca que este último nombre
sea absolutamente adecuado, ya que la progresión, el
avance de la Iglesia, no es patrimonio de un solo sector,
y se debe, por otro lado, al Espíritu Santo como causa
eficiente.
Los tradicionalistas son aquellos que consideran que nada
debe cambiar en la Iglesia. Ni en su doctrina, ni en su
disciplina, ni en su liturgia. Ni lo esencial ni lo
inesencial.
Los conservadores, por su lado, están abiertos al cambio,
pero en determinadas cuestiones, y con la prudencia
debida. Prefieren ser lentos en el cambio, aún en los
cambios que haya que hacer.
Los progresistas, por fin, quieren que la Iglesia
experimente un proceso de constante transformación, a la
luz de los signos de los tiempos.
Estos tres sectores piensan y actúan, no me cabe la más
mínima duda, con la mejor intención. De Buena fe. No
podemos demonizar a unos o a otros. La Iglesia los
necesita a todos. Lo que no necesita la Iglesia es el
conflicto entre unos y otros. Porque la ley suprema de
la Iglesia es la caridad.
Algunos ven a quienes quieren introducir cambios como
“protestantizadores” de la Iglesia Católica. Como
emisarios del secularismo o el relativismo. Me parece
inadecuado. Conozco a muchísimos progresistas que
merecen el título innegable de santos y que tienen un
profundo celo pastoral y un gran amor por la Iglesia.
También es cierto a mi modo de ver que hay quienes le
tienen miedo al pasado. A todo el pasado. Muchas
generaciones de cristianos, en todos los tiempos y también
en el nuestro (¡y cuantos obispos, sacerdotes, religiosas
y religiosos, teólogas y teólogos cayeron en esto!)
parecen sentirse protagonistas de una época en la que el
Espíritu Santo se despertó y se acordó de hablarle a la
Iglesia, después de siglos de siesta!
Parte de cada generación siente que es la privilegiada
del Espíritu. Con lo cual afirma tácitamente o que el
Espíritu ignoró a las generaciones anteriores, o que las
generaciones anteriores eran tontas, o desobedientes a las
inspiraciones del Espíritu.
El Espíritu sopla en todo momento de la vida de la
Iglesia. Y en todo momento se lo escucha, o se lo deja de
escuchar, o se lo escucha y no se lo entiende. En
cualquier momento se lo puede entender o entender mal. Y
en cualquier momento se lo puede desobedecer.
Pero la Iglesia sigue adelante, porque es la Iglesia de
Cristo. Y porque el Espíritu Santo no la abandona, aunque
nosotros andemos confundidos y litigantes peleando unos
contra otros.
Evidentemente no hay que dar el más mínimo paso atrás
en lo propio de la visión de los Padres Conciliares.
La riqueza del Concilio debe ser preservada por toda la
Iglesia, y en toda la Iglesia. Es más: hay que seguir
profundizando en la comprensión eclesiológica de la visión
conciliar. Esta materia no es revisable. Ni es materia de
negociación para el regreso de los díscolos.
Tengamos fe en el Espíritu. Fe en la Iglesia. Y fe en
nosotros mismos, en la medida en que estemos inundados de
amor, que nunca pasará.
Raúl Francisco Llusá
Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la
Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium,
que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia
eucarística «como espectadores mudos o extraños» (Sacramentum
Caritatis, 52)
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116
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