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La Historia de la Iglesia es una continuada
muestra de las dificultades que se han presentado muchas veces, a lo largo
de los siglos, en lograr acuerdos, convivencia pacífica y beneficios mutuos
entre las autoridades civiles y la jerarquía eclesiástica.
El estallido de la Revolución Francesa, el
advenimiento de la República y la posterior llegada de Napoleón van a dar
cabida, en la relación Iglesia-Estado francés, a una serie de hechos, de
ribetes dramáticos los más, heroicos muchos, vergonzantes otros y ridículos
algunos.
La Revolución llegó, en el caldo de cultivo
representado por un lado por las nuevas ideas, y por el otro en la
proverbial ceguera, sordera y necedad de quienes no supieron ver que el
estado de cosas del ancienne regime no podía sostenerse más.
Y así como llegó la Revolución, así se
instaló. Y comenzó el desfile de personajes, en lucha entre sí para
demostrar quién era el que tenía ideas más novedosas. Quién era más
revolucionario. Así, se sucedieron hechos que serían risibles si no
fuesen crueles y dramáticos. Pero que en todo caso resultaron absurdos.
Luego vino la República, y posteriormente
esa restauración monárquica representada por el Imperio, que las
casas reales europeas llamaron usurpación.
La personalidad de Napoleón Bonaparte ha
sido ampliamente estudiada y descrita. No es el objeto de este pequeño
trabajo analizar su paso por la historia de Francia y del mundo, sino
mostrarlo en cuanto a lo que se rerlacionó con el Papa Chiaramonti, con
quien tuvo momentos de acercamiento y de lucha, para concluir en un gesto
generoso y grande del Papa.
Pío VII
Pío VII nació en 1740 (42?) con el nombre de
Luigi Barnaba, conde de Chiaramonti. Era oriundo de la ciudad italiana de
Cesena. Su familia pertenecía a la nobleza: su padre era Conde de
Chiaramonti, y su madre, marquesa Chini. La educación del niño y joven
Chiaramonti es la que corresponde a un aristócrata: en Ravena cursa estudios
clásicos, y más tarde en Padua hace sus estudios teológicos y canónicos.
Ingresó en la Orden de San Benito a los 16 años, profesando en la abadía de
Santa María de Cesena. Será un benedictino toda su vida, impregnado por el
carácter religioso de la Orden que lo viera nacer en la vida religiosa.
Enseñó Teología en Parma y en Roma. Fue
nombrado abad benedictino, y posteriormente Obispo en las sedes de Tívoli,
primero, y de Imola después. Fue elevado a la púrpura cardenalicia, en 1785,
por Pío VI, que era pariente suyo.
Chiaramonti fue un hombre abierto a las
ideas de su tiempo. Fue definido como tolerante e ilustrado”. Serán estas
características las que, en 1800, esgrimirá el Cardenal Consalvi, gran
elector de Chiaramonti, en el cónclave que lo eleva al solio pontificio.
Pero a la vez es un hombre de concepciones
firmes. Cuando en 1797 los franceses invaden las legaciones, Chiaramonti es
obispo de Imola, y permanece en su sede. Napoleón Bonaparte, al enterarse,
le envía su felicitación. El obispo Chiaramonti, sin embargo, no se presenta
al Emperador, como una forma de reprobar todos los ataques hechos a los
derechos de la Iglesia.
Sin embargo, una homilía de Navidad del
obispo alcanzará una gran fama. Dirá en ella: “La forma de gobierno
democrático, elegido por ustedes, no repugna de ninguna manera al Evangelio.
Al contrario: exige todas la sublimes virtudes que no se encuentran más que
en la enseñanza de Jesucristo. Sean buenos cristianos y serán buenos
demócratas”. Esta homilía fue difundida y le valió al obispo Chiaramonti la
aprobación y una cierta protección de Napoleón, quien si bien era fiel a las
ideas revolucionarias y a su propio proyecto personal, tenía en lo profundo
de su corazón ciertas inclinaciones favorables a la Iglesia, aunque más no
fuera como fuerza moral aglutinante. Dirá de Chiaramonti: “este ciudadano
cardenal predica como un jacobino”.
Muerte de Pío VI y elección de Chiaramonti
La historia deberá remarcar siempre con
letras bien visibles la afrenta recibida por el octogenario Papa Pío VI. El
Directorio francés, en su avance, consideró que el régimen clerical de
Italia era incompatible con el suyo. Por ello las tropas francesas invaden
Roma y entran en el Vaticano. El anciano Papa rogó a sus enemigos que le
dejaran morir donde había vivido, pero los franceses le contestaron que
cualquier lugar era bueno para morir. Saquearon su habitación en su
presencia, llevándose hasta los más pequeños objetos. Se le arrebató hasta
su anillo pastoral. Después de pasearlo como prisionero por el norte de
Italia, sin consideración a lo precario de su salud, fue transportado a
través de los Alpes hasta Valence, donde fallece el 22 de agosto de 1799 en
medio de una gran amargura. El trono de Pedro, una vez más, está vacío.
El cónclave
Pío VI había previsto las dificultades que
habría de traer a la Iglesia la elección de su sucesor. Los cardenales, en
principio, estaban dispersos. Francia, descristianizada por la revolución.
Gran parte de Europa, bajo la férula de la apostasía francesa. Austria bajo
el josefinismo. España, con una corte decididamente antirromana, bajo Carlos
IV. Rusia e Inglaterra, en actitud contemplativa de lo que, preveían, era el
fin del Papado. Efectivamente, parecía que la Iglesia católica había llegado
a su fin.
El papa muerto había firmado tres actas, de
su puño y letra, reformando
las normas para elegir a su sucesor. Una de
ellas ampliaba los plazos previstos
para la elección, aunque urgiendo la
decisión de los electores; una segunda autorizaba a los cardenales a
determinar por ellos mismos fecha y lugar de la asamblea electiva, y la
tercera designaba al decano del colegio cardenalicio, el cardenal más
anciano, para que fijara el lugar de la elección en el territorio de un
príncipe católico, convocando a los cardenales electores.
A la sazón, el decano del Sacro Colegio era
el cardenal Albani. Este estaba en Venecia, por entonces posesión austriaca,
junto con gran parte de los cardenales, y desde allí hizo la convocatoria.
Así, en el convento de la Isla de San Jorge el Mayor, comenzó el cónclave el
1° de diciembre de 1799, con la presencia de 35 de los 46 cardenales
electores, bajo la protección y el financiamiento de Francisco II y bajo la
tranquilidad proporcionada por un triunfo de la segunda coalición, que había
echado de Italia a los franceses; triunfo que duraría, sin embargo, poco
tiempo.
Francisco II quiere intervenir ampliamente
en el cónclave y dar su voz para la elección del Pontífice. Para ello cuenta
con los oficios del cardenal Herzan, para que sostuviese la candidatura del
cardenal Mattei. En otro extremo, España había comisionado al cardenal
Despuig para excluir a los candidatos de Austria. Fue este quien se había
fijado en el obispo de Imola y lo tenía in péctore como candidato al
solio pontificio. En este juego de influencias e intrigas van pasando los
meses en un cónclave que parecía haber llegado a un punto muerto entre las
candidaturas de los cardenales Bellisomi y Mattei. Finalmente interviene el
secretario del Cónclave, Consalvi, que más tarde será cardenal, Secretario
de Estado de Pío VII, y se distinguirá por sus dotes de negociador. Consalvi
presenta la opción de un cardenal que pudiera satisfacer tanto a la mayoría
como a la minoría: el obispo de Imola, Bernabé Chiaramonti. La edad del
nombrado (58 años) juega en contra, en un grupo de electores habituados a
elegir papas ancianos, con una expectativa de pontificados cortos que les
permitiesen volver a su deporte favorito: la elección en la cual cada uno de
ellos tenía cifradas secretas esperanzas. Consalvi menciona este detalle,
pero explica que las dramáticas horas que vive la Iglesia, sumado a las
excepcionales condiciones del candidato, hacen que este asunto pase a
segundo plano. Así, al día siguiente, 14 de marzo de 1800, y con la probable
ayuda del cardenal Despuig en una serie de contactos previos a la votación,
Chiaramonti recibe 34 votos, contra uno sólo (el suyo) que va a Albani.
Chiaramonti se siente abrumado por la responsabilidad. Pide unos instantes
para rezar… y acepta, pidiendo el auxilio divino y el del Sacro Colegio. Se
llamará Pío VII, en homenaje al anciano Pío que había muerto en el
destierro.
El nuevo Papa es coronado en San Jorge el
Mayor, de Venecia, el 21 de marzo. Como Francisco II no había tomado bien la
elección del Papa Pío, negó la catedral de San Marcos. Así comenzó este
pontificado.
El pontificado Chiaramonti
Los primeros actos del nuevo Papa demuestran
su amplitud de criterios, y sus deseos de hacer adaptaciones y reformas.
Nombra a Consalvi como Secretario de Estado. Consalvi, tenido como liberal,
es de por sí un signo de lo que el Papa quiere para las líneas directrices
de la Iglesia. El 15 de mayo de 1800 el nuevo Papa hace conocer una
Encíclica en la que deja claro que sólo la Iglesia con su fuerza moral puede
contribuir a restablecer la paz y la armonía en el mundo, y que los
príncipes deben dar a la Iglesia la libertad que ella merece y necesita.
El 3 de julio del mismo año, el Papa hace su
entrada en Roma en medio del delirio popular. Inmediatamente se abocó a la
tarea de ordenar las exhaustas arcas de los Estados Pontificios, y nombró a
una comisión de cardenales para estudiar las medidas necesarias para bajar
los gastos y aprovechar mejor los recursos.
La cuestión de la Iglesia francesa
Si bien un problema para el nuevo Papa eran
las pretensiones de Francisco II con respecto a las legaciones, que habían
valido al Papa la primera de sus determinaciones férreas: “Que su majestad
tenga buen cuidado de no poner en su guardarropas ropas que no sean las
suyas, pues no solo no las podría gozar, sino que además podrían comunicar
la polilla a sus propias vestiduras”, habíale dicho al marqués de Ghisleri,
enviado de Francisco; uno de los asuntos más difíciles que esperaban al Papa
Pío VII era la cuestión de la Iglesia Francesa. Allí estaba todo por
resolver. El clero juramentado había caído en gran descrédito. El
indiferentismo y el ateísmo era grande. Para los funcionarios franceses,
crecidos a la sombra de la revolución, la Iglesia seguía siendo “la
superstición”.
Pero Bonaparte, en su ascenso meteórico,
tiene otros planes, independientemente de lo que piensen los antiguos
jacobinos y émulos de Robespierre. El 8 de frimario de VII (29 de noviembre
de 1799) aparece un decreto a favor, nominalmente, de los sacerdotes
juramentados, pero en la práctica favorece a varios de los resistentes, que
recuperan la libertad. Decretos posteriores, de diciembre de ese año,
restituyen las Iglesias a los municipios, “a quienes las detentaban en
posesión el primer día del año II”; y permiten el ejercicio del culto con
solo el juramento a la nueva Constitución. Un decreto siguiente, inesperado,
rinde honores póstumos al Papa Pío VI, “enemigo antiguo de Francia, aunque
seducido por el consejo de los hombres que rodearon su vejez… por lo cual
sus restos mortales, mientras esperan su retorno a Roma, recibirán los
honores que merecen”.
Estas medidas beneficiaron sobre todo a los
católicos no juramentados, que pudieron salir de la clandestinidad y ejercer
el culto, con la sola promesa de fidelidad a la Constitución, aunque esta
promesa encierra algunas dificultades para los católicos romanos.
El concordato
Pero se acercaba un momento muy distinto.
Napoleón, con la victoria de Marengo, había podido entrar en Italia. Europa
estaba a sus pies, pero el perspicaz corso sabía que sólo podría reorganizar
la Francia bajo la égida del catolicismo. Ya en Milán había manifestado muy
por encima su decisión de entenderse con el nuevo Papa. Pero el 19 de junio
de 1801 hizo saber al obispo de Vercelli, cardenal Martiniana, que estaba
dispuesto a entenderse con Pío VII para restablecer el culto católico en
Francia. Pío VII respondió con prontiutud: Roma estaba dispuesta.
Del lado romano negociaron el arzobispo
Spina y el servita Caselli. De parte del emperador, estaba Bernier, el
pacificador de la Vendée. Paralelamente, en Roma, el embajador de Francia,
Francisco Cacault, negociaba con la corte pontificia. Las pretensiones de
Bonaparte eran pretensiones de máxima, y urgía al arreglo. Pero el papa
procedió con mesura y firmeza. Por otro lado, las presiones del partido
borbónico se oponían a las negociaciones con el usurpador, ya que –decían-
le concedía legitimidad a las pretensiones de éste. También se oponía el
clero francés, tanto el juramentado, que temía perder sus puestos y
prebendas, como el alto clero resistente, que esperaba una restauración
borbónica para recuperar sus sedes.
A esto se sumaba otra dificultad: las
pretensiones de Bonaparte, que eran incompatibles con las de Roma. Napoleón
urgía al Papa a aceptar sus términos sin modificación ninguna. Las
negociaciones parecen estancadas. Pero ni uno ni otro tenía intenciones, en
realidad, de fracasar. El Papa envía a París al cardenal Consalvi, su
Secretario de Estado, con instrucciones de resolver el problema, que tiene
que ver fundamentalmente con la cuestión de los obispos titulares de las
sedes, el destino del clero juramentado, la cuestión de los bienes
eclesiásticos, y las leyes anticatólicas.
Consalvi llega a Roma el 22 de junio, y es
recibido por Napoleón, que designa a su hermano José, al abate Bernier y al
consejero Cretet para entablar las conversaciones. Consalvi debió soportar
una serie de intrigas y presiones, e incluso las iras del cónsul. Es en
estas idas y vueltas cuando sucede aquél famoso diálogo en el que el Cónsul
Bonaparte amenaza al Secretario de Estado, diciéndole: “Sepa usted que si
no aceptan estas condiciones, en dos meses destruyo la Iglesia Católica”,
a lo que el sereno Consalvi replicó: “Pero Señor, ¿cómo podrá usted hacer
esto, si nosotros los sacerdotes estamos intentándolo, sin conseguirlo,
desde hace 1800 años?”
Al fin el 15 de julio de 1801 el documento
está listo. Consta de un preámbulo en el que el gobierno de Francia reconoce
que la religión católica es la mayoritaria en el pueblo francés. Luego, en
17 artículos, se establecen los puntos del concordato. El artículo 1°
autoriza el libre culto siempre y cuando se observen las prescripciones del
policía que el gobierno dictare para preservar la tranquilidad pública. El
artículo 2° establece el número de arzobispados y obispados. Estos últimos
serán 50. El artículo 3° dispone la renuncia de los antiguos obispos a sus
sedes, para bien de la paz y de la Iglesia. Los dos siguientes artículos
estipulaban que el primer cónsul nombraría a los obispos, mientras que el
Papa les daría la institución canónica. Los artículos 6 al 8 disponían que
los obispos y demás eclesiásticos debían prestar juramento de fidelidad, los
obispos frente al primer cónsul, y los eclesiásticos frente a las
autoridades civiles, además de rezar oraciones prescritas, por el cónsul y
por la República. Luego se disponía que la nueva limitación entre parroquias
se haría en acuerdo entre las autoridades civiles y los nuevos obispos, los
cuales nombrarían a los párrocos; Los artículos 12 al 15 establecían que
todas las Iglesias y parroquias no enajenadas, y necesarias al culto,
volverían a la Iglesia, la cual sin embargo no reclamaría todos los bienes
eclesiásticos ya enajenados. Los obispos y presbíteros recibirían una paga
congrua. Los dos últimos artículos concedían al primer cónsul los
privilegios que antes tenían los reyes, declarando que estos puntos se
revisarían en el caso de que el primer cónsul no fuera católico.
Como se ve, este Concordato hubo por fuerza
de ser un sapo vivo a ser tragado por Roma. El papa dio en esto muestra de
muchas de sus dotes: valentía, sagacidad, capacidad de aceptar lo posible
frente a lo deseable; tenacidad ante las dificultades, tanto externas como
internas. Porque muchos, en la Iglesia, se oponían al contenido del tratado.
Y no en último lugar los obispos que debían renunciar, muchos de los cuales
se negaron a hacerlo no por vanas o mezquinas consideraciones, sino por
fidelidad a la antigua monarquía. Los obispos juramentados renunciaron de
grado o por fuerza, ya que dependían del estado. Los obispos de la
monarquía, en cambio, tuvieron distintas reacciones. De hecho, 58
presentaron la renuncia, pero 37 se resistieron, incluso a una carta de puño
y letra del pontífice, que reconociendo sus derechos les suplicaba el
renunciamiento en aras de la paz y la unidad eclesiástica.
Entonces se dio un hecho sin precedentes: el
Papa, en la plenitud de su poder romano, dispuso la deposición de los
obispos que se negaban a dimitir, y suprimió las antiguas diócesis de
Francia, autorizando a su legado, el cardenal Caprara. para instituir a los
nuevos obispos. Jamás, en la historia de la Iglesia, se había dado una
muestra tan grande del poder papal.
Pero Napoleón enfrentaba una dura oposición
en sus mismas filas, de los recalcitrantes revolucionarios. Para acallar
esta oposición, y con la inspiración de Talleyrand, se establecieron los
77 artículos orgánicos, sin consulta con la Santa Sede, que de hecho
restablecían los puntos principales del galicanismo, como el hecho de que no
se podía publicar en Francia Bula o documento pontificio sin el visto bueno
del gobierno (el exquátur regio); que debían enseñarse en las universidades
de teología los cuatro artículos galicanos de 1682; que el gobierno debería
autorizar los concilios; que los seminaristas sólo podían ser ordenados con
25 años cumplidos; se prohibía el matrimonio eclesiástico antes de la
ceremonia civil, y habría solamente un catecismo en toda Francia, aprobado
por el gobierno. Pese a las protestas del Papa, estos artículos orgánicos
tuvieron fuerza de ley.
El día de pascua de 1802, 18 de abril, se
celebraba una solemne ceremonia en Notre Dame, con la presencia del
gobierno, para inaugurar oficialmente el culto católico. El cardenal Caprara
presidió la misa pontifical.
La época de las dificultades
Pero pronto comenzarían las dificultades
entre el papa, deseoso de lo mejor para la Iglesia, y este Napoleón que
además de su reconocida capacidad militar y política, tenía una enfermiza
pasión por su propia grandeza, una ambición sin límites y un desprecio por
todo lo que se opusiera, cosas todas que, a la postre, lo llevaron a la
ruina, para bien del mundo.
Poco a poco el gobierno napoleónico fue
tomando las características del antiguo gobierno borbónico. En agosto de
1802, por un plebiscito de 3,5 millones de votos, tomaba el título de cónsul
vitalicio. Siguieron guerras y triunfos, traiciones e intrigas. A instancias
de Fouché, y tras un plebiscito que obtuvo 3.600.000 votos favorables contra
2500 en contra, la República se transformaba en Imperio, con el título
hereditario de Emperador dado a la familia de Napoleón. Mientras como
reacción se preparaba la tercera coalición en su contra, Napoleón quiso
emular la coronación de Carlomagno, e invitó al Papa a asistir a ella. Mucho
debió meditar el papa la aceptación de esta invitación. Sus consejeros no
eran unánimes en las opiniones. Negarse hubiese significado hacer un
desplante al peligroso y poderoso Napoleón, y poner en peligro la paz
conseguida. Acceder, significaba en los
hechos reconocer la legitimidad de Napoleón frente a los Borbones. El
problema era difícil. Finalmente, el Papa decidió viajar a París, poniéndose
en marcha el 2 de noviembre de 1804,
en algo parecido a una marcha triunfal por
los estados que atravesaba. Fue recibido por un estudiadamente frío
Napoleón en Fontainebleu. El 2 de diciembre, en Notre Dame, se produjo la
ceremonia de la coronación, donde el papa ungió a Bonaparte y este, en un
arranque de soberbia propio de su enfermiza mente, se apoderó de la corona
imperial para ponérsela él mismo. Ni al Papa consideraba digno para
imponerle su corona.
El pueblo parisino había recibido
apoteósicamente al Papa Pío. El nuevo Emperador, en cambio, se cuidaba de
hacerle ver cómo consideraba él la relación de fuerzas. Pocas son las
concesiones que el Papa le arranca., De hecho, los artículos orgánicos
permanecen en pié. En tanto, Napoleón había propuesto al papa permanecer en
Avignon o en París, a lo que el papa se opuso con gran dignidad. Volvió a
Roma el 16 de mayo de 1805, mientras que Napoleón seguía adelante en su
carrera: el 15 de mayo de ese año se coronó a sí mismo rey de Italia. Ocupó
Ancona, de los estados pontificios, “para evitar que cayera en manos de sus
enemigos”. Napoleón exigía al Papa que saliera de su neutralidad y se
decidiese por Francia, a lo que el Papa, una y otra vez, contestaba que no
podía hacer tal cosa, ya que se debía a la causa de la paz y a los católicos
de todas las naciones. Además, le dijo a Napoleón: “Sepa el emperador que
no es emperador de Roma sino de los franceses. El título de emperador de
Roma lo lleva otro”.
Más tarde se produjo otro altercado
relacionado con la deposición del rey de Nápoles, Fernando, para entronizar
a José Bonaparte.
Las cosas se fueron precipitando. Consalvi
había renunciado luego del incidente de Nápoles, pero el nuevo Secretario,
el cardenal Casconi, tampoco fue del gusto del Emperador. Los sucesos se
complicaron más y más, hasta que el 2 de febrero de 1808 las tropas
imperiales del general Miollis ocuparon Roma. Poco a poco se encarceló a los
disidentes; los cardenales fueron dispersados a sus tierras para aislar al
Papa, y se encarceló al gobernador de Roma, cardenal Cavalchini, y al
Secretario de Estado, cardenal Gabrielli. Los abusos arreciaron.
Finalmente, el 17 de mayo de 1809, Napoleón
incorporaba lo que restaba de los Estados Pontificios a su imperio,
declarando a Roma ciudad imperial. El Papa hizo algo acorde a su grandeza:
excomulgó al Emperador, el cual sin embargo se rió de la medida. El Papa y
el Secretario de Estado fueron detenidos, y Pío VII comenzó un destierro
primero en la cartuja de Florencia donde había estado antes Pío VI, y más
tarde fue llevado a Génova, Grennoble y Savona, donde quedó preso en el
palacio episcopal.
Nuevas complicaciones
Mientras tanto, Napoleón, en sus sueños
imperiales, necesitaba un heredero, y su esposa Josefina no se lo daba.
Logró la anulaciópn del matrimonio civil con ella, y la nulidad del
religioso fallada por el tribunal diocesano y el metropolitano, en un fallo
venal dado que correspondía al Papa de Roma establecer la legitimidad de la
pretensión de Napoleón. El caso es que Bonaparte, una vez más, hizo su
voluntad, y se casó con María Luisa, hija del emperador de Austria. Ahora el
corso estaba emparentado con una auténtica casa real: Los Habsburgos.
El problema de la provisión de los obispados
vacantes, que se acumulaban desde la prisión del Papa, requería una acción
urgente. Napoleón pensaba en la convocatoria a un concilio nacional, en la
práctica un cisma. Y Napoleón convocó al concilio para el 9 de junio de
1810, en París. Pero el concilio no avanzó como Napoleón quería, sino que al
contrario muchas de sus disposiciones causaron el disgusto de Bonaparte, por
lo cual lo suspendió el 11 de julio, y dispuso el encarcelamiento de algunos
obispos. Más tarde se reabrió el concilio con los obispos adictos, que se
abocó al tema de los obispados vacantes. La resolución suplicaba al
Emperador que siguiese nombrando los obispos, y al Papa que los aceptase.
Como este puso condiciones que no contentaron al Emperador, Bonaparte
declaró concluido, unilateralmente, el concordato, y decidió que a partir de
entonces él nombraría a los obispos sin el consentimiento papal.
Reveses napoleónicos
Pero tiempos obscuros se avecinaban. La
campaña de Napoleón en Rusia fracasó estrepitosamente. Mientras tanto, en
junio de 1812, el ya anciano Papa es trasladado a Fontainebleu, a donde
llega tras once días de viaje, gravemente enfermo. El Papa ya estaba
exhausto, y Napoleón se valió de ello para entablar nuevas conversaciones en
torno a la coinfección de un nuevo concordato, que se firmó el 25 de enero
de 1813 con el nombre Concordato de Fontainebleu, con 11 artículos, en los
que se especificaba que el papa ejercería el pontificado en Francia e
Italia; se establecían los mecanismos de provisión de obispados vacantes, y
una serie de puntos lesivos a la autoridad y prerrogativas del Papa y de la
Iglesia. Era tan desastroso el concordato firmado por el anciano y enfermo
Papa, que una vez libres los cardenales Consalvi, Pacca y Di Pietro,
presurosamente se apersonaron ante el pontífice para hacerle ver el alcance
de lo que había firmado. El papa, angustiado, consultó al resto de los
cardenales, y terminó escribiendo al emperador una carta en que declaraba
nulo todo lo hecho.
La estrella de Napoleón comenzaba a
apagarse. En Leipzig, la derrota militar minaba el ánimo del corso, que veía
obscuros nubarrones en el futuro. Los acontecimientos lo obligan a liberar
al Papa, que marcha en un largo viaje que incluyó Savona, Tanaro, Parma,
Módena y Bolonia, llegó a Roma el 24 de mayo de 1814 junto a Consalvi, que
seguirá siendo su Secretario de Estado, mientras que en Francia, los
mariscales de Napoleón se negaban a seguir luchando, y el Emperador, en
abril, se veía obligado a abdicar, siendo desterrado a la isla de Elba y
permitiéndosele seguir ostentando el título de emperador. Lo acompañaron
unos 800 veteranos de su ejército. En Francia, el hermano de Luis XVI
accedía al trono, con el nombre de Luis XVIII. Los monarcas retornaron a sus
reinos, y se imponía la ímproba tarea de reconstruir a la Europa
postnapoleónica, cuando en marzo de 1815 Napoleón escapó de Elba y retornó
triunfalmente a Francia, de la que escapó Luis XVIII, dando inicio a los
cien días, que concluyeron con la derrota definitiva de Napoleón en
Waterloo, contra Wellington, y su confinamiento en Santa Elena, donde
moriría seis años más tarde, el 5 de mayo de 1821.
En la desgracia de
Napoleón, se vió otro de los gestos magnánimos del pontífice. Mandó a su
familia una esquela, en la que más allá de todo lo acontecido, se ponía a
disposición de la familia del emperador caído para lo que pudieren
necesitar.
Conclusión
Muchos otros aspectos podríamos mencionar de
este gran pontífice, pero el espacio nos lo impide. Restableció al Compañía
de Jesús; reimplantó la Inquisición; combatió a la secta de los carbonarios,
y con su tenaz lucha contra el absolutismo napoleónico engrandeció el
prestigio y la talla moral del pontificado. Y en suma, fue siempre un monje
que se vio en la necesidad de defender a la Iglesia contra las pretensiones
de un monarca poderoso, que quiso ponerla a sus pies.
Su pontificado había sido de todo menos
tranquilo. Sus sufrimientos, enormes. Pero su voluntad y su entereza fueron
grandes. Murió santamente, el 20 de agosto de 1823, a los 81 años de edad,
luego de un pontificado de 23 años y cinco meses, para bien de la Iglesia.
Bibliografía
Llorca, García Villosada, P. de Leturia,
Montalbán: Historia de la Iglesia Católica; Tomo IV: Edad Moderna.
Bliblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1953
Hertling, Ludwig: Historia de la Iglesia,
Herder, Barcelona, 1964
Von Ranke, Leopold: Historia de los Papas;
Fondo de Cultura Económica, México, 1943
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