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Ambrogio Damiano Aquille Ratti (Pío XI)
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Hijo de Francisco Ratti y Teresa Galli,
Aquille Ratti nació en Desio, en la llanura lombarda situada al norte de
Milán, el 31 de mayo de 1857. Era el cuarto y penúltimo hijo de este digno y
laborioso matrimonio. En la mañana del 1° de junio fue bautizado con los
nombres de Ambrosio, Damián y Aquille.
Su infancia la pasó entre su casa, la
parroquia y la casa de su maestro, don Giusseppe Volontieri. Fue un tío de
Aquille, Don Damiano, quien primer que nadie advirtió la vocación sacerdotal
del pequeño, y no dudó en solicitar su admisión al seminario.
El 3 de octubre de 1867 Aquille fue admitido
en el Seminario Menor de San pedro Mártir, de Milán. Tenía 10 años de edad.
Con notas sobresalientes culminó sus estudios e ingresó en el Seminario
Mayor de Milán. Fue ordenado diácono a los 22 años, e inmediatamente enviado
a Roma para completar sus estudios en el Colegio Lombardo y la Universidad
Gregoriana. Corría el año 1879. El 20 de diciembre de ese año recibió la
ordenación sacerdotal en la Patriarcal Basílica de San Juan de Letrán.
Posteriormente se doctoró en Derecho Canónico en la Gregoriana, y en
Teología en la Sapienza. En aquella época de restauración tomista, instituyó
León XIII la Academia de Santo Tomás para la enseñanza escolástica. El joven
Padre Ratti se destacó en ella obteniendo el puntaje máximo en el doctorado
en Filosofía.
Vuelto a Milán, enseñó Elocuencia Sagrada y
Teología en el Seminario Mayor de Milán, con método riguroso.
En 1907 fue nombrado Prefecto de la célebre
Biblioteca Ambrosiana de Milán, y prelado doméstico de Su Santidad, con
derecho al uso del título de Monseñor. Pero en 1912 fue llamado a Roma,
donde recibe el cargo de Prefecto de la Biblioteca Vaticana, además de los
de Canónigo de la Basílica Vaticana y Pronotario Apostólico.
El clérigo andinista.
Mientras tanto, sus vacaciones las pasa
entre las cumbres de los Alpes. Monseñor Ratti es un apasionado andinista,
que no descuida sus desvelos intelectuales por acceder a las heladas alturas
de sus amadas montañas. Es socio del Club Alpino Italiano. Hay rutas de
ascensión que llevan su nombre. Trepaba con la sotana recogida. Dicen
quienes le conocieron bien que fue una de las más grandes renuncias que hubo
de hacer cuando ascendía las cumbres de la jerarquía eclesiástica: dejar las
excursiones a las cumbres alpinas.
El erudito.
El Concilio Vaticano I
había afirmado solemnemente que entre la Ciencia y la Fe no pueden haber
discensos. “Nulla Inter. Fidem et rationem vera discentio esse potest”.
León XIII había abierto de par en par las puertas de la Biblioteca y el
Archivo Vaticano (con restricciones para los documentos de antigüedad menor
a 100 años). Monseñor Ratti afirmó entonces: “El Papa ha merecido
soberanamente de la ciencia, no sólo por haber sido el primero que puso a
disposición del mundo este inmenso y precioso material, sino también por
haber hecho de esta Biblioteca la Asamblea de los investigadores y de los
eruditos de todos los países del mundo, un congreso científico internacional
permanente”.
Como investigador y autor, Ratti consiguió
rápido renombre. Se entregó a la investigación de la historia lombarda. Su
gran obra, Acta Ecclesiae Mediolanensis, compite con su Missale
Ambrosianum Duplex, mina inagotable para los liturgistas de entonces y
de hoy. Son estudios de especialista, destinados a un público escaso. Se
dedicó además a estudios artísticos, especialmente de la obra de Leonardo Da
Vinci.
Nos lo pinta de cuerpo entero una frase de
su alocución a sus compañeros de seminario, con ocasión de sus bodas de
plata sacerdotales, en 1904: “Agradecemos a la Divina Providencia el
habernos conservado para ver tanta grandeza, tanto humano progreso. A pesar
de los abusos y defectos, alcanzamos a percibir en sus resultados el
movimiento ascendente de la humanidad hacia la verdad y hacia el bien, es
decir, hacia Dios…”
Nuncio Apostólico.
El Papa Benedicto XV es un hombre perspicaz
para descubrir eminencias entre sus colaboradores. Cuando luego de la
Primera Guerra surge la cuestión polaca, envía como Visitador Apostólico a
Monseñor Ratti. Polonia resucita como nación, allí donde la fe católica
había conservado la identidad nacional. Monseñor Ratti enfrenta a numerosos
problemas, y le da a su gestión un marcado carácter religioso. Su gestión no
escapa de la mirada atenta del Papa, que lo eleva al archiepiscopado el 3 de
julio de 1919, como arzobispo titular de Lepanto, y lo hace Nuncio
Apostólico en Varsovia. Eran tiempos difíciles: la cuestión de Silesia,
disputada entre Alemania y Polonia, ofrece dificultades al Nuncio. Se
recuerda cierta desautorización que el cardenal Bertram, arzobispo de
Breslau, hizo hacia el nuncio, en el Plesbicito por la zona.
En 1920, la noche se abate sobre Varsovia.
El ejército Bolchevique estaba a las puertas de Varsovia. Los funcionarios
polacos y el cuerpo diplomático huye, pero Ratti se queda en su puesto. Los
Franceses vienen en ayuda de la renacida nación polaca, y se pone en fuga al
ejército bolchevique.
La púrpura cardenalicia.
A comienzos de febrero de 1921, un cáncer de
garganta extinguía la vida del cardenal Ferrari, arzobispo de Milán. Y
Benedicto decide que Monseñor Ratti será su sucesor. En el consistorio del
13 de junio de 1921 Ratti fue promovido como Arzobispo de Milán y Cardenal
Presbítero con el título de San Martín de los Montes. El 8 de septiembre el
nuevo arzobispo hacía su entrada en la arquidiócesis que le había sido
confiada. “Viva el cardenal de los jóvenes”, le grita la juventud milanesa.
“Vivan los jóvenes del Cardenal”, contesta el arzobispo.
La Tiara.
El 22 de enero de 1922, el Papa Benedicto,
amargado por no haber podido evitar la guerra, o al menos adelantar la paz,
y previendo, como su Secretario de Estado Gasparri, que el conflicto seguía
latente en Europa, moría en santidad. El 24, el cardenal Ratti celebraba en
el Duomo de Milán una misa de Réquiem con la presencia de las más altas
autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Esa misma tarde partía hacia
Roma para tomar parte en el Cóclave que elegiría al sucesor del Papa muerto.
En Roma, fue huésped del Colegio Lombardo en los días anteriores al
Cónclave. Este comienza el jueves 2 de febrero, fiesta de la Candelaria. Son
53 cardenales. La elección será reñida. Los dos grandes candidatos son el
cardenal Merry del Val, por un lado, y el cardenal Gasparri, por otro. En
los dos primeros días de las votaciones, están prácticamente empatados.
Pero el tercer día comenzó a gestarse la figura de Ratti como opción. Y el
cuarto día, en el segundo escrutinio, obtuvo 42 votos, seis más que los
necesarios. Poco después, el cardenal primer diácono Bisleti salía a la
Logia de las Bendiciones para anunciar al mundo que el nuevo Papa era el
cardenal Ratti, que había tomado el nombre de Pío XI.
Cuando el cardenal decano le interroga sobre
si acepta la elección canónica, el nuevo Papa hace silencio unos instantes,
y luego dice: “Para que no se diga que rehusé aceptar sin reservas la
voluntad divina; para que nos e diga que me sustraje a una carga que debe
pesar sobre mis hombros; que no he apreciado en todo su valor los votos de
mis colegas, y también a pesar de mi indignidad que reconozco profundamente,
acepto”.
El nuevo Papa quiso dar la bendición a la
ciudad y al mundo, urbi et orbi. Y lo hizo desde la logia de la
basílica vaticana, por primera vez desde 1870.
El 23 de diciembre de 1922 ve la luz su
encíclica programa: “Ubi arcano Dei”, que resume sus directivas y
ambiciones en un lema magistral: “Pax Christi in regno Christi”.
La Acción Católica.
La Acción Católica es sin duda la nota
dominante del pontificado de Pío XI. “La Acción Católica es la
participación de los laicos organizados en el apostolado jerárquico de la
Iglesia, fuera y por encima de los partidos políticos, para el
establecimiento del reinado universal de Jesucristo”, dice el Papa. Tres
notas distinguen a la nueva realidad: apostolado jerárquico, organización,
elemento laico. Obra de laicos, pero en unión con la jerarquía. Se trata de
devolver al laicado un rol protagónico en la Iglesia. “Este apostolado
–dice el Papa- debe ejercerse donde quiera se presenten la gloria de Dios,
el bien de las almas, la ley de Dios. No hay límite de tiempo ni lugar”.
El Papa maestro.
Pío XI dio a luz una serie de documentos que
no sólo hicieron avanzar la doctrina católica, sino que tuvieron gravitación
eminente en el mundo entero.
Más de 20 encíclicas se deben a la pluma de
este incansable pontífice. Con Quas Primas instituye la fiesta de
Cristo Rey. Studiorum Ducem alude al VI centenario de la canonización
del Aquinate. Divini illius Magistri, sobre la educación cristiana de
la juventud, surge en 1929. Casti Connubii, sobre el matrimonio
cristiano, en 1930. Y en 1931 la maravillosa Quadragesimo Anno, en el
40° aniversario de la Rerum Novarum de León XIII.
La cuestión romana.
Corren días difíciles para Italia y para
Europa. Y el Papa lo sabe. No por ello deja de trabajar. La “cuestión
romana” derivada del asalto garibaldino había hecho que los papas, desde
1870, se autorecluyeran como en una prisión mística en la colina Vaticana.
Pío XI había respetado esta forma pacífica de resistencia. Pero Gasparri y
su equipo, y especialmente el hermano del futuro Papa Pacelli, Pío XII,
dirigidos todos por el Papa Ratti, negocian con el gobierno de Mussolini un
Concordato histórico. El 11 de febrero de 1929 los plenipotenciarios del
papa y del Rey de Italia firmaban el acuerdo, para asombro y maravilla de la
diplomacia mundial. Por este, la Santa Sede reconocía al Reino de Italia
bajo la dinastía de la Casa de Saboya, con Roma como capital del estado
italiano. Por su parte, Italia reconocía al estado de la Ciudad del Vaticano
bajo la soberanía del Pontífice Romano. El concordato resolvía los problemas
de la educación católica, del matrimonio religioso, y el espinoso asunto de
las compensaciones económicas por las expoliaciones de los años 1860 a 1870.
Pese a las arrogancias y pavoneos del muchas veces ridículo habitante del
Palacio Venecia, el concordato se firmó. Y el 20 de diciembre de 1929, Pío
XI celebró en San Juan de Letrán sus bodas de Oro sacerdotales. En la misma
patriarcal Basílica que no contaba con la presencia de un papa desde
septiembre de 1870, cuando Pío Nono había ido a hacerle una visita de
despedida.
Las tribulaciones del Papa.
Pero los tiempos se complican. El fascismo
quiere dominar la vida política y social italiana hasta las últimas
consecuencias, y la Acción católica del Papa es una amenaza. Por ello
estallan conflictos entre el estado totalitario y sus organizaciones
juveniles, y la Acción Católica y los estudiantes católicos. Los
acontecimientos se hacen cada vez más obscuros. Y el régimen fascista va
mostrando su verdadero rostro. Es por entonces que el Papa hace conocer su
encíclica Non abbiamo bisogno, preparada en el mayor secreto,
redactada hasta en sus menores detalles por el papa en persona, y
transmitida por vías seguras a las agencias noticiosas del mundo. Estaba
fechada el 29 de junio de 1931, fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. La
repercusión que tiene la encíclica en el mundo entero es inmensa. La tensión
disminuye, pero el mundo está advertido.
Pero no olvida el Papa el otro peligro que
se yergue: el avance del ateísmo comunista, una doctrina que eleva al
ateísmo a ideología oficial, y que persigue a los creyentes. Se solidariza
con las persecuciones en Rusia, en Méjico aquejado de crecientes luchas
religiosas, en España, donde la guerra civil había estallado.
Y al norte, en Alemania, el nazismo se
imponía y organizaba. El mundo asistía, expectante, a la gestación de un
conflicto universal. El Papa lo sabe también. La cruz esvástica se quiere
imponer a la Cruz de Cristo, y el Papa se levanta frente a esta amenaza. El
14 de marzo de 1937 el Papa hizo pública, desde su lecho de anciano enfermo,
su encíclica “Mit brenender sorge”, que condenaba al
nacionalsocialismo como antes había condenado la “Non abbiamo bisogno”
al fascismo italiano.
Pero los hechos se precipitan, y la guerra
se muestra cada vez más inevitable. El Papa declina, agobiado por la
amargura y el dolor, lanzando repetidas declaraciones contra la guerra,
contra el antisemitismo, contra la dictadura, contra el comunismo.
Finalmente, fallece el 10 de febrero de
1939, en Roma, a la edad de 82 años. Su pontificado ha sido pleno en hechos
importantes para la vida y la historia de la Iglesia y el mundo. Le tocó
gobernar la Barca de Pedro en los inquietos mares del intervalo entre las
dos guerras. Enfrentó el surgimiento de los despotismos bestiales
representados por el marxismo, el nacional socialismo y el fascismo. Pero
enfrentó todo esto con el alma puesta en la esperanza en Cristo, de quien
era Vicario. “Dios está con nosotros. ¿Quién podrá estar contra
nosotros”, solía decir.
Lo sucedió su Cardenal Secretario de Estado,
Eugenio Pacelli, que reinó con el nombre de Pío XII.
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