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¿Es posible
en una Parroquia lograr una pastoral de conjunto,
orgánica, sistémica y unificada? ¿O es menester aceptar
una pastoral fragmentada, disgregada, incomunicada?
Vamos a reflexionar sobre este problema intentando
buscar algún camino de solución.
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Llamamos
comunidades pastorales a las entidades que tienen
una organización y una estructura común, y que viven y
trabajan comunitariamente en pos de los objetivos que
constituyen su razón de ser. Estos objetivos suelen
tener dos direcciones: hacia adentro (vida de piedad,
oración, sacramentos, vida comunitaria) y hacia fuera
(evangelización, asistencia y promoción social).
Un
ejemplo concreto de comunidad pastoral es la Parroquia.
Pero una Parroquia, además de ser comunidad pastoral, es
también una parte de la Iglesia local diocesana. En la
Parroquia está la Diócesis y está el Obispo. La
Parroquia es el signo y el lugar de la Iglesia como
Comunión. Por lo mismo, ninguna pastoral realmente
eclesial puede prescindir de una dimensión parroquial: a
través de la Parroquia cualquier grupo, movimiento,
institución o realidad pastoral toma contacto y se
inserta en la Iglesia-Comunión, en la Iglesia-Pueblo de
Dios, y
desde una perspectiva más práctica, en la
Pastoral de conjunto.
Lo
aclaramos más: en el ámbito territorial de una Parroquia
existen movimientos, Colegios, instituciones y grupos.
En este contexto, la Parroquia no es meramente una
realidad entre tantas, sino que es la realidad que
corporiza la unidad y la comunión en toda la vivencia
eclesial local.
No
queremos decir con esto que el párroco o los organismos
parroquiales tengan
o deban tener injerencia en los
asuntos que son propios y privativos de cada realidad
individual. Lejos de eso. Simplemente decimos que cuando
las realidades individuales dejan de tener toda relación
con la Parroquia, se rompe la unidad y la comunión, y se
hace difícil, cuando no imposible, una pastoral de
conjunto. Frecuentemente se constatan, en las
comunidades pastorales en las que sucede esto,
iniciativas aisladas de distinto origen, que constituyen
esfuerzos desperdigados e inorgánicos. Esfuerzos buenos
y valiosos, la mayor parte de las veces. Pero cada uno
surgiendo y muchas veces acotándose a una parte de la
comunidad. A cada movimiento, a cada institución.
Así, se
compartimentaliza la experiencia eclesial: se pierde de
vista la dimensión comunitaria, parroquial diocesana y
universal de la Iglesia que en oportunidades queda
reducida a una experiencia limitada a determinado
grupo.
Además,
muchas veces se duplican esfuerzos al hacerse
paralelamente cosas muy similares, y casi siempre se
malgastan recursos al desaprovecharse la capacidad
sinérgica que hay en cada iglesia parroquial.
Sabemos
que es difícil llevar a cabo una pastoral absolutamente
coordinada y sistémica. Es muy costoso porque colegios,
movimientos y realidades pastorales tienen tiempos
propios y desiguales; no es posible en la práctica
realizar la enorme cantidad de reuniones y encuentros
que reclama una pastoral unificada; e incluso cada
pastoral tiene que adecuarse a la forma de ser de la
comunidad en la que se realiza.
Pero
hay, creemos, una vía intermedia entre la pastoral
unificada (altamente deseable, y meta a alcanzar cuanto
antes) y el disgregamiento pastoral. Una vía intermedia
que nace necesariamente del deseo de todos los
involucrados de trabajar en unidad, y del esfuerzo
mínimo que reclama a cada uno el dar algunos pasos en
esta dirección, a través de cosas simples pero muy
eficaces, como pueden ser:
-
Establecer entre todos algunas
líneas pastorales comunes para cada año, líneas
pastorales que comprometan a todos los involucrados.
-
Realizar un cronograma común
para:
-
No superponer,
preferentemente, actividades y fechas
-
Poder promover y acompañar
las actividades de los demás, al menos con la
oración, y en la medida de lo posible, con
presencia concreta.
-
Establecer “Puntos de
encuentro”: una o dos cosas en el año que se
hagan conjuntamente, teniendo como destinatarios
a todos, y que puedan ser organizadas por todos
en conjunto: la Peregrinación a Luján, algo para
Semana Santa, un acontecimiento parroquial o
diocesano, etc.
-
Tener siempre una referencia
parroquial. Sentirse parte de la Parroquia; promover
la participación del colegio, el movimiento o la
realidad pastoral en la misa semanal, en los
acontecimientos parroquiales.
-
Tener una mirada fraterna hacia todos los demás.
Comprender y aceptar una realidad incuestionable:
antes de ser miembros de una institución, grupo,
movimiento o colegio, somos cristianos y miembros de
la Iglesia, cuya ley primera es el amor.
En
siguientes artículos continuaremos reflexionando sobre
estos temas.
Raúl F. Llusá
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