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"Desdichado el que
pretenda mantener encendida su llama rechazando a la
Iglesia".
Henri de Lubac, en "Meditation sur L'Eglise"
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Biografía del Cardenal
Henri de Lubac
Henri de Lubac,
uno de los principales pensadores de la corriente de la
Nouvelle Theologie francesa, y uno de los
intelectuales más grandes del pensamiento católico en el
siglo XX, nació en Cambrai, Francia, el 20 de febrero de
1896. En 1913, a los 17 años, ingresó como novicio en la
Compañía de Jesús. Hubo de interrumpir sus estudios en
1917, cuando en razón de la guerra fue convocado al frente
franco-alemán, donde fue herido.
Posteriormente retomó la
formación jesuítica, ahora en Inglaterra.
Fue amigo de Auguste
Valensin, que lo llevó a seguir las huellas del filósofo
Maurice Blondel y del jesuita Theillard de Chardin, entre
otros.
En 1929 es profesor de
Teología Fundamental e Historia de las Religiones en la
Facultad de Teología de Lyon. La preferencia por esta
materia tal vez le venga de Bondel, y en el grupo de
especialistas que se dedicaban a la misma estaban, entre
otros, Chenú, Congar y Bouillard, gran partidario de Henri
de Lubac.
Es a fines de los años
treinta que se nuclea en torno a de Lubac un grupo de
teólogos jesuitas que demuestra una notable vivacidad
intelectual. Las ideas de los llamados “nuevos
teólogos” se resumen en dos coordenadas:
-
una valoración de la instancia moderna (importancia de
la subjetividad, de la historicidad, de la realidad
existencial)
-
pero primeramente un retorno a la Tradición, a las
fuentes, especialmente a la teología Patrística, que les
permite relativizar determinadas cosas del neotomismo.
Frente a estas tentativas,
se levantarán sospechas y disidencias en el mundo
teológico católico, sobre todo de los teólogos dominicos
como Garrigou Lagrange y Labourdette
Entre 1935 y 1940 fue
profesor en la universidad de los jesuitas de Fourvière.
Estudió toda la tradición
cristiana, pero con gran preferencia en los Padres. Fue un
gran interesado en la obra de Orígenes. En grado menor,
pero igualmente intenso, estudió la medievalidad.
Se ocupó también de otras
tradiciones religiosas, como el Budismo, al cual le
reconocía importancia en la historia espiritual de la
humanidad, aunque marcaba también sus límites, límites
expuestos en una mística demasiado “natural”, ignorando la
revelación hecha por Dios en Jesucristo, desconociendo la
vocación última de la humanidad. De Lubac siempre
diferenció claramente entre el movimiento ascendente del
intento del hombre por descubrir a Dios, por llegar a
Dios, y el movimiento descendente en el que Dios se Revela
al hombre y le ofrece su salvación.
Junto con Danielou el P.
De Lubac fundó la colección patrística “Sources
Chrétiennes”, destinada a hacer conocer los mejores
textos de los Padres de la Iglesia.
Congar pidió a de Lubac
que escribiese uno de los primeros volúmenes de la serie
Unam Sanctam, y Lubac le envió Catholicisme, les
aspects sociaux du Dogme.
Uno de los problemas que
atrajo su atención y lo ocupó mucho fue el de la relación
entre lo natural y lo sobrenatural; entre la pregunta del
hombre por Dios y las consecuencias de la respuesta divina
en la existencia terrenal y el desarrollo del hombre;
entre la impotencia de la pregunta y la Gracia de la
respuesta.
En 1942 Lyon fue ocupada
por los alemanes, y Lubac entró en la Resistencia, como
Capellán Militar. Allí se relacionó con mucha gente,
incluso con comunistas, lo que le llevó a estudiar a
Feuerbach, Marx, Proudhon, Niestche y Compte. De esta
etapa surge la génesis de varios libros sobre el marxismo
y el humanismo ateo, que por entonces se alzaban como
amenazas reales en el horizonte. Frente a la pretensión de
Feuerbach, de edificar un mundo sin Dios o contra Dios, él
opone la fe de un Dostoievski, profetizando el fracaso del
ateísmo moderno. De esta época surge “El drama del
Humanismo Ateo”, en donde se vuelcan sus estudios sobre
Proudhon, y es un llamado de atención sobre la crisis
espiritual del hombre contemporáneo de occidente.
La cuestión de “Surnaturel”
Poco después de la guerra,
en 1946, aparece Surnaturel, resultado de muchos
años de estudio, sobre la relación entre Teología y
Filosofía, fe y razón.
En Surnaturel de Lubac
adopta una nueva posición en un debate histórico: por su
creación, sobre la base de su ser, el hombre ha sido
efectivamente llamado a la comunión con Dios, a la
consumación trascendente de su anhelo de felicidad. No
puede imaginar una naturaleza pura del hombre. La vocación
última del hombre está, para de Lubac, inscripta en la
naturaleza misma del hombre, según la frase de Agustín:
“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón no tendrá
reposo hasta que descanse en ti”.
De esta manera, de Lubac
postulaba una cierta exigencia de lo sobrenatural,
difuminando así la distinción entre naturaleza y Gracia.
Su postura despertó una
gran polémica, que envolvió a los teólogos de la Nouvelle
Theologie, por un lado, y a los ambientes escolásticos por
el otro, que veían que el Padre de Lubac se salía
notoriamente de la enseñanza de Santo Tomás.
Pero fundamentalmente la
postura del Padre de Lubac fue encontrada excesivamente
humanista, poniendo en peligro la gratuidad de la gracia
de Dios. Se vio, en la postura de Lubac, sobrevolar el
fantasma del modernismo queriendo entrar como un caballo
de Troya en la inmutabilidad de la verdad eterna.
Por lo mismo, de Lubac
tuvo problemas con el Santo Oficio y con sus superiores de
la Sociedad de Jesús, hasta el punto de que el General de
los jesuitas lo suspendió de la enseñanza en las
Facultades de Lyon y Fourviére junto a cuatro compañeros
jesuitas más, por “errores perniciosos sobre puntos
esenciales del dogma”.
La Humani Generis,
de Pío XII, en 1950, terminó de defenestrar la postura
de Lubac, reafirmando la absoluta gratuidad de lo
sobrenatural. La encíclica no nombraba a de Lubac, ni
condenaba a nada ni a nadie. Pero contenía alusiones
claras referentes a las luchas de los nuevos teólogos,
reafirmando las normas que debían seguirse en todo
recurso a las fuentes a fin de evitar los relativismos
dogmáticos, defendiendo además la validez del método
especulativo en la teología.
A partir de su salida de
la enseñanza, De Lubac se dedicó a rescribir varios de sus
libros, entre ellos Surnaturel.
En 1953 vio la luz su
Meditation sur l’Eglise, obra maravillosa que lo
muestra en toda su dimensión, y a la vez bellísima
profesión de fe en la Iglesia que amaba.
En 1958 fue designado
miembro del Instituto de Francia. Volvió a la enseñanza
después de 1959.
El Concilio Vaticano II
dio a este teólogo la oportunidad de verse reconocido. Fue
perito convocado por el Papa Juan, y muchos de los
escritos conciliares llevan su marca. En este tiempo trabó
amistad con el entonces obispo Karol Woytyla.
Poco después va a ser
nombrado consultor en el Secretariado para los no
creyentes y en el Secretariado para las religiones no
cristianas.
Formará parte de la
Pontificia Comisión Teológica Internacional; pronunciará
una serie de conferencias y cursos. Hizo un estudio sobre
el filósofo moderno Pico della Mirándola; se preocupó
mucho por estudiar y reflexionar sobre la crisis de la
Iglesia; y defendió la ortodoxia del pensamiento del P.
Teilhard de Chardin.
En 1983, el Papa Juan
Pablo II le elevó a la dignidad cardenalicia.
En 1985 publica un
intercambio epistolar comentado entre Gastón Fessard y
Gabriel Marcel.
Falleció en enero de 1991,
a la edad de 95 años.
Aspectos del pensamiento del Cardenal Henri de Lubac
La obra de de Lubac es
fundamentalmente el itinerario de fe de un creyente
convencido de la catolicidad y la unidad de la Iglesia.
El modernismo
Con Danielou,
de Lubac creía que el modernismo era una respuesta errónea
a un problema real. El error de la teología dominante no
fue condenarlo, sino de no buscar la raíz, negar la
existencia misma del problema que lo había generado. Que
el modernismo era una respuesta errónea, no cabía la más
mínima duda En su tentativa de adaptarse a la modernidad,
estaba dispuesto no sólo a abandonar elementos
secundarios, obsoletos efectivamente, sino al mismo núcleo
fundamental del dogma.
De Lubac insiste en su
obra que el núcleo central de la Historia y del mundo es
Cristo, que se convierte en el punto de partida de su
teología, iluminando la historia entera, dominada por el
hecho Cristo; preparado por el Antiguo Testamento,
encarnado en el seno virginal de la Virgen María, donado
en los Sacramentos, difundido en la Iglesia hasta el fin
de los siglos.
Lo que constituye la
unidad de la teología es el acto redentor de Cristo, y
este acto redentor es la clave de sentido de toda la
Sagrada Escritura. Es por ello que de Lubac propugna salir
de una hermenéutica puramente filológica y cientificista,
a favor de métodos exegéticos más cristocéntricos y
teológicos. Por ello revaloriza la interpretación
espiritual y tipológica propia de los Padres de la
Iglesia, que, más allá del alegorismo propio de esta
interpretación, revela el verdadero sentido de la
Escritura.
La exégesis espiritual
Su familiaridad
con la obra de Orígenes le permitió desarrollar su idea de
la importancia de la exégesis espiritual de la Sagrada
Escritura: ella no tiene solamente un sentido literal,
sino que porta además muchos misterios que sólo pueden ser
plenamente develados a la luz de Cristo. De aquí su
doctrina sobre los diversos sentidos de la Escritura. A
esta doctrina está ligada una interpretación de la
relación entre los dos testamentos: “El Nuevo, todo
entero, es preparado por el Antiguo; y al mismo tiempo el
Antiguo, todo entero, se debe interpretar a través del
Nuevo”. Esta relación implica, asimismo, la visión
específicamente cristiana de la Historia. Todas las fases
de la historia están ordenadas al Advenimiento centra de
Cristo que, por su venida, hizo nuevas todas las cosas. Y
es por la Iglesia que la novedad cristiana se hará
presente a lo largo de toda la historia.
La
eclesiología de de Lubac
Es en la Eclesiología
donde los aportes del Cardenal de Lubac reflejan más
fielmente su pensamiento.
La gran preocupación del
Cardenal de Lubac será la de mostrar a la Iglesia no como
algo ajeno a la vida del mundo y de los hombres, sino todo
lo contrario. En esto sigue a los Santos Padres: realidad
cristológica de la Iglesia, y realidad eclesiológica de
Cristo.
El fin de la Iglesia es
mostrarnos a Cristo, llevarnos a Él y comunicarnos su
gracia: “Nunca se dará el caso, ni aún en las más altas
cimas de la vida espiritual, de que pueda alguien llegar a
tener tal conocimiento del Padre que en adelante le
dispense de tener que pasar por Aquél que continúa
siendo siempre y para todos “el Camino” y “la Imagen del
Dios Invisible”. Esto mismo debe aplicarse a la Iglesia,
cuyo fin es el mostrarnos a Cristo, llevarnos a El y
comunicarnos su gracia, lo que equivale a decir que la
única razón de su existencia es la de ponernos en
comunicación con El”
La Iglesia es, dice, un
proceso de reunión de los hombres con Dios. La realización
personal del hombre consiste en realizar en uno mismo la
imagen de Dios que tiene el hombre desde su creación,
imagen que fue destruida y desfigurada por el pecado. Es
por ello que las relaciones entre los hombres han pasado a
ser bruscas y hostiles.
Pero Dios reúne todo lo
disperso bajo un nuevo principio: Cristo, el Dios hombre
que al tomar la naturaleza humana restaura el orden
interior de los hombres y de las cosas, re-formando la
imagen de Dios en los hombres, y todas las cosas
re-encuentran su sentido. Esta restauración en Cristo y
por Cristo es, para el cardenal, la misma Iglesia, que
atañe de esta manera a la estructura social de la
humanidad, ya que no llegamos a ser nosotros mismos sino
únicamente a través del todo, incorporándonos a Cristo en
la Iglesia.
Pero la unidad de esta
Iglesia, de la humanidad en Cristo, es distinta de la de
un todo, ya que sus miembros no pierden ni su libertad ni
su responsabilidad personal.
La catolicidad es parte
del misterio más profundo de la Iglesia.
La Eucaristía hace la
Iglesia, y la Iglesia hace la Eucaristía.
Una imagen cara a Lubac es
la de la Iglesia como Madre. También en esto sigue a los
Padres. Repetirá varias veces en su obra aquello de
Cipriano: “No puede tener a Dios por Padre quien no
tiene a la Iglesia como Madre”
Algo muy actual de su
pensamiento, algo que nos viene muy bien para reflexionar
hoy: de Lubac plantea de una manera nueva, creativa,
positiva, el viejo principio “Extra Ecclesia nulla
sallus”. Si el mundo perdiera la Iglesia, perdería la
redención. La Iglesia forma parte ineludible de la
Economía de la Salvación. “El que, cediendo a las
sugestiones de un falto espiritualismo, pretendiera
desembarazarse de la Iglesia como de un yugo, o prescindir
de ella como de un intermediario engorroso, acabaría muy
pronto abrazándose con el vacío o terminaría entregándose
a dioses falsos”.
La Iglesia es Católica más allá
del hecho cierto de su extensión por el mundo:
“La
Iglesia no es católica por el hecho de estar actualmente
extendida por toda la superficie de la tierra y contar con
un crecido número de miembros. La Iglesia era ya católica
la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros cabían
en una reducida sala... Esencialmente, la catolicidad no
es cuestión de geografía, ni de cifras... Es
primordialmente una realidad intrínseca a la Iglesia”
.
La santidad de la Iglesia
La santidad del cuerpo
místico de Cristo brilla a través de su misma visibilidad.
La santidad, como la catolicidad, es algo intrínseco a la
Iglesia.
Y esto se da
independientemente de los méritos personales de los
miembros de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia, en este
mundo, es y será una realidad en la que conviven santidad
y pecado:
“No pensemos, como los
donatistas, que hay un grupo de «perfectos» o de santos
predestinados. La Iglesia es, en este mundo, y continuará
siendo hasta el fin, una comunidad compleja: trigo
mezclado con paja, arca que contiene animales puros e
impuros,
barco repleto de malos pasajeros que siempre parece que lo
van a arrastrar al naufragio”.
El pecado no mancha la
santidad de la Iglesia. Porque la santidad no es, en la
Iglesia, mérito de sus miembros, sino cosa de Dios.
Los pecadores que no
reniegan de la Iglesia (y que son la mayoría, dice de
Lubac) siguen formando parte de ella, aunque como miembros
enfermos, secos, y hasta muertos.
“Los pecadores que no han
renegado de ella (de la Iglesia) continúan realmente
formando parte de la misma, y sabemos muy bien que ellos
constituyen su inmensa mayoría. Aunque no viven según el
Evangelio, todavía sin embargo creen por ella en el
Evangelio, y este vínculo, que no sería suficiente para
constituir la Iglesia, es suficiente, aún debilitado
hasta el extremo, para que estos pecadores continúen
siendo miembros suyos, aunque «enfermos», «secos»,
«podridos» o hasta «muertos»
Como queda dicho, de Lubac
sostiene claramente que la santidad de la Iglesia le
viene sólo de Dios. La posee perfectamente desde el
primer instante de su existencia y la transmite siempre
integralmente, independientemente del valor humano o de la
situación moral de los instrumentos de los que Dios
se sirve en ella. En este sentido ella es santa e
indefectible, y por lo mismo santificadora. Su doctrina es
siempre pura, como siempre es pura la fuente de donde
manan sus sacramentos. Dirá, con San Cipriano: “La
Esposa de Cristo no puede tener mancilla; es pura e
inmaculada; no conoce más que una sola mansión; con un
pudor casto guarda la santidad de un solo hogar”
Dice además el
cardenal de Lubac que esta conciencia de pecado y santidad
está ya en los primeros cristianos:
“Cuando las
primeras generaciones cristianas, adoptando un término
bíblico y paulino, hablaron de «Iglesia de los santos»
no es que se forjaran el concepto orgulloso de una
Iglesia, grande o pequeña, en la que sólo los puros tenían
cabida, lo mismo que, cuando hablaban de la «Iglesia
Celestial» no desconocían las condiciones de su existencia
terrena”.
Tenían clara conciencia de que la Iglesia en sí no tiene
pecado, pero que en sus miembros nunca está sin pecadores.
Sabían bien, dice de Lubac, que la perfección está
reservada al más allá. Aún los miembros que viven una
vida santa tienen esta santidad como una realidad frágil:
“En cuanto a sus mejores hijos, también ellos se
encuentran siempre en vías de santificación y su santidad
no pasa de ser precaria: todos tienen que huir siempre de
la malicia del mundo refugiándose en la misericordia de
Dios”
La Iglesia de
los santos de aquí abajo es una anticipación, y no pasaría
de ser una ilusión si no fuera una esperanza.
La unidad de la Iglesia
De Lubac reacciona siempre
contra cualquier intento de quebrar la unidad intrínseca
de la Iglesia.
En Lubac la Unidad de la
Iglesia se fundamenta en la obra salvífica de Jesucristo.
Jesucristo, extendido y comunicado, acaba (en cuanto puede
realizarse aquí) la obra de reunificación espiritual,
necesaria por el pecado, que comienza con la Encarnación y
culmina en el Calvario.
Para fundamentar la Unidad
de la Iglesia Lubac apela mucho al testimonio vivo de los
Padres.
Así, con San Juan
Crisóstomo, dirá, comentando a San Juan, que al reunir a
los que estaban cerca y los que estaban lejos, Cristo
hace de unos y otros un solo cuerpo.
Con Agustín, exclama: “Tú
unes entre sí a todo el género humano, por la creencia en
la comunidad de nuestro origen, de suerte que los hombres,
no contentos con asociarse simplemente, se hacen por así
decir hermanos”.
La Iglesia es una, es
Católica. Pero no es católica por estar extendida y tener
gran número de fieles: era ya católica la noche de
Pentecostés. La catolicidad, como la santidad, es algo
intrínseco a la Iglesia.
Todos, cualquiera sea su
origen, raza o condición, son llamados a ser uno con
Cristo, y la Iglesia es principio de esta unidad, dirá,
basándose en San Ambrosio.
Con San Agustín, dice que
la Iglesia hace de los seres que reúne un solo todo. La
humanidad es una, y la misión de la Iglesia es revelar a
los hombres la unidad nativa perdida; restaurarla y
acabarla
Ya en Pentecostés se
produce un signo de unidad: las lenguas de fuego, que
preanuncian el don de lenguas, aquél por el que todos
comprenden lo que los discípulos hablan, preanuncia la
predicación a todo el orbe: tiene una misión unificadora.
Es tan grande la unidad de
la Iglesia, que ésta se presenta constantemente
personificada, en la obra de los Padres. Ella es la
Prometida, la esposa de Cristo, es Pueblo Escogido, es
Hijo de Dios.
La unidad se fundamenta en
la caridad: si jamás es es auténtica la caridad que no
valora la unidad., la unidad es sólo aparente donde no
reina la caridad. Dirá, con Hugo de San Víctor:
“Caritas unitas est Ecclesiae.
Sive
caritatem, sive unitatem nomines, idem est, quia unitas
est caritas, et caritas unitas”
La Iglesia es un Israel
Espiritual, una nación, pero ahora reclutada en toda la
tierra. Sólo donde está Cristo está el verdadero
Israel. Como dice Justino: “La raza israelita
verdadera, espiritual, somos nosotros, los cristianos”.
Contra los protestantes,
dirá: La Iglesia no es una simple federación de
Asambleas locales. Y mucho menos la simple reunión de
quienes han adherido al Evangelio y se juntan por
exigencias del culto por cualquier otra circunstancia. No
es un órgano exterior creado o adoptado por la comunidad
de creyentes después.
Es mucho más, en su
unidad, que el agregado de pastores y rebaño La vocación
divina que la hace real, y el principio divino que la
anima la hacen siempre anterior y superior a todo cuanto
se puede contar y distinguir en ella.
La idea primitiva de
Iglesia está en relación de continuidad con la idea
hebraica de QAHAL, que Septuaginta traduce como
Ekklesía. QAHAL: realidad bien concreta, la
totalidad del Pueblo de Dios.
Pero la palabra
ekklesía tiene la ventaja de subrayar otro aspecto
esencial de la Iglesia: la ekklesía precede lógicamente a
los kletoí. Los convoca y los reúne con miras al Reino. Es
convocatio antes de ser congregatio.
La unidad de la
Iglesia, para de Lubac, no es sólo la de la Iglesia
invisible. También la Iglesia visible, madre de todos, la
hace realidad.
Al respecto, hay que
descartar una disociación peligrosa, llevada a cabo por
espíritus quiméricos, como aquella que contrapone la
Iglesia visible, jerárquica, creación humana, a la iglesia
“invisible”, espiritual, toda interior, la única que sería
objeto de fe.
Con respecto a la ruptura
de la unidad de la Iglesia, dice De Lubac:
“Desgarrar la unidad es
corromper la verdad, y el veneno de la discordia es tan
pernicioso como el de la falsa doctrina.
También cita ejemplos de
Clemente de Alejandría y Orígenes. El que produce cismas
o quien provoca la discordia atenta contra lo que hay de
más querido por Cristo, puesto que atenta contra ese
cuerpo espiritual por el que Cristo sacrificó su cuerpo
de carne, dirá siguiendo a Tertuliano.
Los cristianos
«disidentes», dice el Cardenal de Lubac siguiendo a la
encíclica Mystici Corporis, de Pío XII, están
simplemente «ordenados» a la Iglesia:
“Los «infieles» de buena
fe, y aún los cristianos disidentes (cuya situación es
realmente muy distinta) solamente están ordenados a ella
(a la Iglesia) «por cierto deseo y anhelo inconsciente»,
sin que pueda decirse que son miembros suyos en el sentido
exacto y genuino de esta palabra, «reapse».
Sin embargo, en nota al
pié el Cardenal aclara que en cierto sentido, y en una
medida que hay que precisar, y tal como lo dice el breve
Singulari Nobis, del papa Benedicto XIV (1749), los
disidentes están realmente incorporados a la Iglesia,
porque hay grados en la incorporación a la Iglesia.
Un tema particular: la
salvación fuera de la Iglesia una
El Cardenal de Lubac
sostiene, con Santo Tomás de Aquino, que “la gracia de
Cristo es universal y que el medio concreto de salvarse
(en el sentido pleno de la palabra) no le falta a ninguna
alma de buena voluntad; y que no hay hombre, no hay infiel
cuya conversión sobrenatural no sea posible a Dios desde
el umbral mismo de su vida razonable”.
Pero tiene bien claro el cardenal que existe un problema
que no se puede rehuir: Cristo no sólo cumplió su
sacrificio redentor, sino que además predicó una Ley y
fundó una Sociedad. Y ordenó a sus discípulos extender una
y otra. Declaró además que la fe en su persona y la
incorporación a su Iglesia eran la condición de salvación.
La pregunta que se impone es entonces: si todo hombre
puede, aunque sea precariamente, salvarse: ¿para qué la
Iglesia? ¿Para qué el hecho de manifestar que su expansión
es la más urgente de sus tareas? Y además, si todo hombre
puede salvarse… ¿para qué entrar en la Iglesia?
El cardenal contesta:
“El género humano es uno.
Por nuestra primera naturaleza y todavía más por nuestro
común destino, somos los miembros de un mismo cuerpo.
Ahora bien: los miembros viven de la vida del cuerpo.
¿Cómo pues, habría una salvación para los miembros si,
por un imposible, el cuerpo mismo no hubiese sido salvado?
Pero la salud para ese cuerpo (para la humanidad) consiste
en recibir la forma de Cristo, y esto no es posible sino
por medio de la Iglesia Católica. ¿No es ella, en efecto,
la única mensajera integral y autorizada de la revelación
cristiana? ¿No se extiende por medio de ella en el mundo
la práctica de las virtudes evangélicas? ¿No es finalmente
ella quien tiene a su cargo realizar, en la medida en que
se presten a ello, la unidad espiritual de todos los
hombres? Así esta Iglesia, como cuerpo invisible de Cristo
se identifica con la salvación final, como institución
visible e histórica es el medio providencial de esta
salvación. «En ella sola se rehace y se re-crea el género
humano”
De Lubac
sostiene que fuera de la Iglesia la humanidad puede
elevarse a ciertas alturas espirituales. No todo está
corrompido necesariamente, y pone como ejemplo al budismo,
aunque, dice, algo le falta a la caridad budista, como
también algo le falta a la espiritualidad hindú…
Fuera del cristianismo,
sostiene el Cardenal, nada llega a su Término, “al
único Término donde tienden sin saberlo todos los deseos
humanos, todos los esfuerzos humanos, que es el abrazo de
Dios en Cristo”
Los más
pujantes esfuerzos de la humanidad tienen absoluta
necesidad de ser fecundados por el cristianismo para
producir su fruto de eternidad. La Iglesia histórica es
necesaria para transformar y llevar a cabo el esfuerzo
humano, aún cuando ella misma no está acabada. La Iglesia
es un cuerpo en crecimiento, un edificio en construcción,
dice citando a Próspero.
Y este
crecimiento de la Iglesia, esta extensión de la Iglesia,
beneficia a toda la humanidad, incluso a los infieles.
“La
humanidad está hecha de personas, todas las cuales, sea
cual fuere la categoría, el siglo o el lugar de su
nacimiento, tienen un mismo destino; singular y eterno, y
cuyas relaciones no pueden concebirse como puramente
exteriores, como si unas tuvieran solamente que preparar
las condiciones de desarrollo de las otras, según la
paradoja de Renan sobre el advenimiento de un superhombre.
En la extrema diversidad de sus luces y de sus funciones,
todos los miembros de la familia humana gozan de una
esencial igualdad delante de Dios. Providencialmente
indispensables a la edificación del Cuerpo de Cristo, los
«infieles» deben beneficiarse a su manera de lops
intercambios vitales de este cuerpo. Por una extensión del
dogma de la Comunión de los Santos, , parece, pues, justo
pensar que, si bien no están ellos mismos situados en las
condiciones normales de salvación, podrán al menos obtener
esa salvación en virtud de los vínculos misteriosos que
los unen a los fieles. En resumen, podrán ser salvados
porque forman parte integrante de la humanidad que será
salvada”
Con respecto al axioma
histórico: “Extra Ecclesia nulla sallus”, el cardenal
sostiene que este venerable axioma no significa que nadie
que no esté exteriormente vinculado a la Iglesia se haya
salvado jamás, ni que se pueda decir con ello: «fuera de
la Iglesia serás condenado» sino «Por la Iglesia, y
solamente por la Iglesia serás salvado». Porque “Es por
la Iglesia por donde vendrá la salvación, por donde
comienza a venir para la humanidad”
Iglesias particulares e Iglesia
universal
El Cardenal de
Lubac tiene bien claro el íntimo vínculo que existe entre
la Iglesia Universal y las Iglesias particulares, vínculo
en el que la Iglesia Universal pide necesariamente a las
Iglesias particulares, pero a la vez las Iglesias
Particulares son ellas, cada una, y constituyen ellas,
cada una y todas a la vez, la Iglesia universal. De Lubac
deja claro que la Iglesia universal no es una
confederación de Iglesias particulares, cada una con su
obispo como responsable y jefe autónomo. Cada obispo al
frente de una Iglesia particular es igual al obispo de
Roma en cuanto obispo de una Iglesia particular; al
heredar una función episcopal que tiene su fundamento en
los apóstoles. Veamos su pensamiento en una conferencia
dada en el Centro de estudios "San Luis de Francia" de
Roma, el 28-X-1971:
“Jamás ha habido
cristianismo sin Iglesia. Jamás ha habido Iglesia
universal sin Iglesias particulares. Donde quiera que
se celebre la Eucaristía, está la Iglesia católica entera.
El obispo de la más pequeña aldea es, a este respecto,
como decía san Jerónimo, igual al obispo de Roma. Pero, al
mismo tiempo, jamás ha habido Iglesias particulares
autónomas, que se hayan federado en una Iglesia universal;
al igual que los doce discípulos, escogidos por Jesús, no
se han federado entre sí. En la multiplicidad de sus
realizaciones, la Iglesia es fundamental de sus miembros,
el Colegio episcopal es fundamentalmente uno.
El Colegio episcopal
sucede, en todo lo que tenía de transmisible, al Colegio
de los Doce. Los que ejercen la función episcopal son
conscientes del origen apostólico de la misma.
Exactamente igual que el
de los Doce, el Colegio de los obispos no existe de forma
intermitente. Es una realidad permanente, como también
indivisible. En este doble sentido, es universal. Por
tanto, nada tiene que ver con un gobierno de asamblea, y
mucho menos con un sistema de reuniones particulares,
nacionales o regionales; aunque la historia de la Iglesia
está llena de tales asambleas, frecuentemente muy útiles.
Su cohesión se manifiesta de diversas formas,
concretamente, por los lazos que establecen entre sí, en
nombre de sus Iglesias, obispos o grupos de obispos; lazos
que en tiempos fueron estrechos, y cuya costumbre debemos
lamentar se haya perdido hoy casi por completo. Pero su
labor más esencial se ejerce día a día, por el simple
hecho de que cada obispo enseña en su propia Iglesia la
misma fe y conserva la misma disciplina fundamental que
los otros obispos en las suyas” .
Pero tal vez un
texto que resuma admirablemente el pensamiento del
cardenal De Lubac en torno a la Unidad y Santidad de la
Iglesia sea éste que ofrecemos, extraído de “La
Iglesia, Misterio y Paradoja”:
"La Iglesia es a la vez
humana y divina, a la vez un don del cielo y un producto
de esta tierra… Está orientada hacia el pasado, que
contiene un memorial que ella sabe bien nunca es pasado;
se orienta hacia el futuro, eufórica por la esperanza de
una consumación indescriptible de la que ningún signo
sensible de la naturaleza nos da una clave. Destinada en
su forma actual a dejar todo tras de sí como ‘la imagen de
este mundo’, está destinada en su más íntima naturaleza a
permanecer intacta hasta el día en que se llegue a
manifestar lo que ella es. Compleja o multiforme es,
sin embargo, una, y altamente preocupada por la unidad.
Ella es un pueblo, la inmensa multitud de los anónimos y
sin embargo -- no hay otra palabra para expresarlo -- el
más personal de los seres. Católica, esto es
universal, que quiere que sus miembros se abran a todos
los horizontes y sin embargo ella misma nunca se muestra
completamente abierta sino cuando está tranquila en la
intimidad de su vida interior y en el silencio de
adoración. Es humilde y es grandiosa. Se considera capaz
de adaptarse a cada cultura, y de animar sus valores más
altos, al mismo tiempo la vemos revindicar para sí misma
los hogares y los corazones de los pobres, los ordinarios,
y las masas de los sencillos y desposeídos. No cesa por un
instante -y su inmortalidad asegura la continuidad- de
contemplar al que es a la vez crucificado y resucitado, el
hombre de dolores y señor de la gloria, derrotado por el
mundo pero salvador del mundo. El es su esposo
ensangrentado y su maestro glorioso. De su corazón
generoso, siempre abierto y a la vez siempre
ostentosamente secreto, la Iglesia ha recibido su
existencia y la vida que desea comunicar a todos…
"La Iglesia es mi madre
porque me ha introducido en una vida nueva. Es mi madre
porque su preocupación por mí nunca descansa, y además
hace esfuerzos por interiorizar esa vida en mí, a pesar de
mi cooperación poco entusiasta. Y aunque esta vida puede
tener un ligero y tímido crecimiento en mí, he visto su
pleno florecimiento en otros…
"¡Felices los que han
aprendido desde su niñez a ver en la Iglesia a su madre!
¡Más felices aún aquellos a los que la experiencia, en
cualquiera que sea el sendero de la vida, ha confirmado en
su verdad! ¡Felices los que un día entendieron totalmente
la novedad, la riqueza y la profundidad de la vida que se
les comunicó por esta madre!”
Conclusión
Una mirada como la que
hemos realizado a través del pensamiento eclesiológico del
Cardenal Henri de Lubac, nos muestra a un teólogo
sumamente preocupado por la unidad de la Iglesia, cuyo
fundamento está dado en la obra salvífica de Jesucristo,
extendido y comunicado. La Iglesia, cuya santidad, como su
catolicidad, le es intrínseca, está llamada a la unidad
fundada en la caridad. Por ende la ruptura de la unidad en
el cisma es una ruptura de la caridad, y atenta contra lo
más querido por Cristo.
Por otro lado, el Cardenal
de Lubac refrendó su postura con su vida. Luego de los
inconvenientes que sufrió por sus posturas con respecto a
la cuestión de la historicidad del estado de naturaleza
pura, y el tema de la gracia en el hombre (todo lo
expuesto en su obra Surnaturel) vivió y escribió
aceptando con mansedumbre las críticas que su desarrollo
teórico despertó, y haciendo una protesta encendida de
fidelidad y amor, tanto en su Meditación sobre la
Iglesia como en su vida personal.
Pero con todo, aún
recuperando la unidad perdida; aún extendiendo el
Evangelio por todo el orbe, no llegará la Iglesia al fin
de su existencia en esta peregrinación terrenal:
“La Iglesia sabe muy bien
que jamás triunfará plenamente del mal, es decir, de la
desunión, acá abajo. Sabe que el «estado de guerra»
teniendo como tiene su germen en el corazón de cada uno,
será hasta el fin el estado de nuestra condición terrena.
La gran ciudad construida por Caín a fuerza de crímenes no
será jamás arruinada mientras subsista el tiempo. El
«mundo», en sentido maldito, remonta incesantemente por
mil fuentes desde el mismo interior de los islotes ganados
a su fangoso océano. La Iglesia, a medida que se extiende,
lo encuentra dentro de sí misma más sutilmente amenazador.
Ella lo sabe. Sabe también que los más seguros progresos y
las conquistas más admirables del hombre tienen siempre
algo de ambiguo, de donde el mal puede sacar partido. El
«Misterio de la iniquidad» todavía no ha ejercido sin duda
sus mayores estragos”.
Su perspectiva sigue
siendo escatológica, como el primer día. Y sin embargo,
dice de Lubac, intenta sin descanso la obra imposible.
Algunos de los escritos
del Cardenal De Lubac:
Catholicisme, les aspécts
sociaux du Dogme, (1938)
Le drame de l’humanisme
athée (1944)
Hábeas
Mysticum, 1944
Surnaturel
(1946)
Méditation sur l’Eglise
(1953)
Sur les chemins de Dieu
(1956)
Paradoxes (1959)
Exégèse médiévale, les
quatres sens de l’Êcriture (4 volúmenes, 1959-1964)
Le pensée religieuse du
Père Teilhard de Chardin (1962)
Le mystère du
surnaturel (1965)
L’Ecriture
dans la Tradition (1966)
La foi chrétienne (1970)
Numerosos artículos en
revistas de Teología
Conferencias
Bibliografía de este
trabajo:
·
T. M. Schoof: La Nueva
Teología Católica; Ediciones Carlos Lohle,Bs.As.;
México, 1971.
·
Le Cardinal Henri de
Lubac, article du Pére Michel Fédou, publié dans la
revue Croire aujurd’hui.
-
Henri de Lubac: Meditación sobre la Iglesia,
Ediciones Desclee de Brouwer, 1964.
-
Henri de Lubac: Catolicismo, Aspectos sociales del
dogma, Editorial Estela, Barcelona, 1963
-
Revue Thomiste, 101, (2001)PP. 31-34: Le surnaturel,
discernement de la pensée catholique selon Henri de
Lubac.
-
Felix Sánchez Caro: Henri de Lubac, en Gran Enciclopedia
Rialp, Madrid, 1981, Tomo 7, Pags. 360 y 361
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