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Querido Padre Obispo de Roma y Papa
de la Iglesia Católica.
Es prácticamente imposible que usted
lea esta carta. Sé positivamente que con las obligaciones
de su cargo usted no está en posibilidad real de leer las
decenas de miles de cartas que recibe diariamente desde
todo el mundo. Menos cuando provienen de un humilde
estudioso de la Teología, sin ningún cargo ni relevancia,
como es mi caso.
Pero si tuviera la oportunidad de
escribirle y ser leído, le diría lo siguiente.
En primer término me declaro un
admirador suyo, que ha leído gran parte de su obra, ha
estudiado con muchos de sus valiosos textos, y que desde
que usted fue elegido para ocupar la silla de Pedro ha
estado fervorosamente de acuerdo con muchas de las líneas
de su pontificado. No soy de los que se situaron “en la
vereda de en frente” por provenir usted de la Curia
romana, por haber sido durante muchos años titular de la
Congregación para la doctrina de la fe, por tener una
imagen de “conservador” en las cuestiones doctrinales, o
por haber sido un colaborador cercano del difunto Papa
Juan pablo II, a quien recuerdo también con enorme cariño
y gratitud.
Sé de su sencillez personal, y de su
simpatía. La experimenté personalmente un día en que,
esperando para compartir una misa con el difunto Papa,
usted llegó al Vaticano y nos saludó con cordialidad a
quienes esperábamos, en una fría mañana de diciembre.
Sé de la enorme altura intelectual
que usted posee. Sé de su incondicional amor por la
Iglesia, por la gente, por la enseñanza académica, por
Jesucristo a quien sigue radicalmente desde joven.
Sé de su participación fructuosa en
el Concilio Vaticano II, como Perito. Sé de su compromiso
con las ideas conciliares, compromiso que se refleja
claramente en muchas de sus obras y en gran parte de su
magisterio.
Por estas razones, y por muchas más,
espero que Dios le de salud y un largo tiempo de servicio
a la Iglesia y al Pueblo de Dios en su oficio de Pedro.
Hoy le escribo para manifestarle
algunas dudas, algunos reparos respecto de la dirección
que toma una parte del esfuerzo ecuménico de la Iglesia,
concretamente hacia los hermanos de la Fraternidad
Sacerdotal San Pío X, conocidos también como “La Tradición
Católica”.
Es conocida la posición de este
grupo eclesial y de otros grupos de parecida tendencia,
que se caracterizan por un rechazo abierto al magisterio
del último Concilio, a la Reforma Litúrgica, a los
esfuerzos ecuménicos y a la eclesiología predominante en
la Iglesia. Algunos, incluso (no es el caso de la
Fraternidad San Pío X) se consideran a sí mismo “sedevacantistas”,
o sea: sostienen que el último papa legítimo fue Pío XII,
de feliz memoria.
Cuando usted, a través del Motu
Proprio “Summorum Pontificorum” amplió la autorización del
uso de la Misa de Juan XXIII (vigente hasta la reforma
litúrgica conciliar), me alegré y hasta publiqué una larga
nota en la cual expongo un nutrido número de argumentos
por los cuales me pareció sumamente acertada la decisión.
Sostuve entonces que era un signo de apertura y que no
debía tomarse como un retroceso a posiciones
preconciliares, ya que sigue en vigencia el Novis Ordo
Missae que constituye la liturgia ordinaria de la Iglesia
Católica en todo el mundo, a Dios gracias.
La búsqueda de la unidad con los
seguidores del fallecido arzobispo Marcel Lefevre, es en
sí algo bueno y evangélico, como lo es la búsqueda de la
unidad con la Ortodoxia o con las Comunidades Eclesiales
surgidas de la Reforma.
No debemos caer en una actitud
frecuente, que podemos tipificar (si se me permite el
término) como “hemiplejia afectiva”, de aquellos que están
dispuestos a cederlo todo o casi todo para la unidad con
la Reforma, pero se crispan de solo hablar de cualquier
tipo de entendimiento con los tradicionalistas. Entiendo
la génesis de esta convicción en muchas mentalidades, pero
no puedo suscribirla.
Insisto: la unidad debe buscarse
para con todos los cristianos separados. Incluso con los
Viejos Católicos, o con cualquier grupo que piense
diferente.
Pero hay una cuestión que puede
parecer sutil, pero que tiene gravitación. Y usted sabe,
Santo Padre, que las sutilezas (tan caras a los
intelectuales) a menudo marcan las diferencias que hacen
al fondo de un asunto.
Esta cuestión radica en que algunas
de las diferencias que mantenemos con Iglesias o
Comunidades Eclesiales se inscriben en aspectos
doctrinales o disciplinarios que son sumamente
importantes, pero que no tienen gravitación en la vida
diaria de los cristianos. Temas como el “filioque”
con la Ortodoxia; o el “subsistit in” con
las Comunidades de la Reforma están lejos de los gozos y
las esperanzas, las angustias y las preocupaciones de los
hombres y las mujeres de hoy. Cuando nos
encontremos -Dios mediante- todos en el Cielo,
estas cosas habrán dejado de tener actualidad.
Incluso el oficio de Pedro (que
divide a muchas Iglesias y Comunidades Eclesiales con
nuestra Iglesia Católica) es una cuestión que caducará.
Insisto: son cosas importantes, pero
hay otras cosas que separan a los cristianos, sin embargo,
que tienen más gravitación, lo sé.
Con los grupos tradicionalistas pasa
algo singular: compartimos el enorme acervo de la fe. De
la fe en Jesucristo Salvador, de la fe en la Iglesia, de
la fe en los Sacramentos. Pero nos separan otras cosas que
sí tienen una influencia cocnreta en la vida de los
cristianos. Y no me refiero a la liturgia, que es una
realidad incoada (y siempre imperfecta) de lo que
viviremos plenamente el Día del Señor.
Lo que resulta sumamente
problemático son aquellas convicciones de los grupos
tradicionalistas que nos dejan muy cerca de posiciones
fundamentalistas que no tienen nada de evangélicas.
La así llamada Tradición Católica
-con matices en los diferentes grupos que la integran-
pregonan y enseñan algunas cosas que los católicos no
tenemos autoridad para suscribir:
-
Que la Iglesia de Jesucristo es la
Iglesia Católica, y que fuera de ella no hay salvación,
poniendo en duda la voluntad universal de Salvación de
Dios, y el hecho de que la Salvación se ofrece y se
alcanza también fuera de la Iglesia Católica, e incluso
fuera del Cristianismo, aunque por supuesto detrás de
toda salvación está la voluntad y la acción salvífica de
Jesucristo.
-
Que el Diálogo Ecuménico es de
inspiración demoníaca, y que todas las iniciativas en
esta línea son una traición a la verdadera Iglesia.
-
Que la Iglesia Católica es una
Sociedad Perfecta jerárquicamente organizada, en la que
unos están destinados por derecho divino a mandar y
enseñar, y otros a obedecer y aprender, pulverizándose
así los conceptos conciliares de Iglesia Comunión e
Iglesia Pueblo de Dios.
Hay otras enseñanzas de los
tradicionalistas que se sitúan en la misma línea y que son
igualmente graves. Compruebo con tristeza que en estos
grupos (así como hay mucha gente santa) hay también
quienes se sitúan cerca de los poderes de este mundo, y
lejos de los pobres y los desheredados. Están también
(aunque espero que constituya una lamentable excepción)
los que, como en el caso del Obispo Williamson, tienen una
opinión reñida con la historia y con el sentido común,
pero especialmente reñida con la caridad, en temas tan
delicados y tremendos como el horror de la Shoa en
la que cerca de 6 millones de hermanos judíos encontraron
la muerte por el demencial odio racista del
nacionalsocialismo, infelizmente aún vigente en muchas
mentalidades.
Por lo tanto, Santo Padre, considero
que la Iglesia Católica ha de ser cauta en el proceso de
unidad con los grupos tradicionalistas. No puede haber
unidad plena con quienes niegan determinados derechos
fundamentales de las personas; con quienes se sitúan por
encima de la Misericordia Divina; con quienes ponen en
sospecha la acción del Espíritu Santo en la Iglesia; con
quienes se convierten, al menos involuntariamente, en
servidores de la división y el odio.
La Iglesia Católica debe buscar la
unidad. Pero no a cualquier precio. La unidad debe
fundamentarse en convicciones compartidas. No en una
voluntad que, aunque meritoria, puede provocar
desconcierto y nuevas divisiones.
A veces, querido Santo Padre, es
mejor trabajar para una diversidad reconciliada
que, aceptando las diferencias insalvables, permita el
diálogo en caridad que debe ser propio de todos los que
nos enorgullecemos en ser cristianos.
Esta unidad reconciliada está a las
puertas de ser una realidad con muchas Iglesias y
Comunidades Eclesiales. Es menester seguir trabajando en
esta dirección. Con otros grupos es aún promesa y deseo,
pero que está lejos de ser alcanzado.
En la unidad reconciliada, quedan
bien claras tanto las diferencias como las cosas que nos
unen. Y fundamentalmente en la unidad reconciliada hay
caridad en la fraternidad. Podemos vivir una comunión
imperfecta, podemos disentir en temas fundamentales, pero
también podemos y debemos amarnos, aún en la discrepancia
grave. ¡Cómo no habremos de poder hacerlo, si nos decimos
discípulos de Aquél que amó a los suyos hasta el fin,
incluso a aquellos que le crucificaban!
El levantamiento de la pena de
excomunión para los obispos de la Fraternidad Sacerdotal
San Pío X puede ser un acto de caridad, pero aún está por
verse si llegará en la práctica a ser un acto de justicia.
Depende de la Fraternidad San Pío X. Es de esperar
declaraciones y hechos concretos que marquen un deseo real
de la Fraternidad por abrazar las convicciones que el
Pueblo de Dios sostiene en una inmensa mayoría.
Los obispos que se beneficiaron con
esta medida deben testimoniar su sumisión a la Iglesia
Católica y al Sumo Pontífice, aceptando el magisterio de
la Iglesia en todas sus dimensiones.
Al retornar a la disciplina
eclesiástica, los obispos tradicionalistas se someten a la
estructura comunional de la Iglesia. Por lo mismo es
menester que la Congregación para los Obispos estudie el
caso de Monseñor Williamson y eventualmente tome las
medidas que correspondan ante la gravedad e imprudencia de
sus dichos en relación a la Shoa.
Estoy convencido, Santo Padre, de
que el Espíritu Santo lo asiste en su gravosa tarea al
frente de la Iglesia. Por lo mismo tengo confianza en que
las cosas se irán dando de la mejor manera en este asunto
en particular y en el resto de los importantes asuntos que
aún están pendientes. Rezo fervorosamente para que así
sea.
Que la unidad de los cristianos, en
la medida en que sea posible, sea con la mayor presteza un
regalo del Cielo y un fruto del trabajo de los hombres. Y
que allí donde nuestras limitaciones nos impidan alcanzar
dicha unidad, podamos en cambio vivir una diversidad
reconciliada que también puede ser un testimonio en un
mundo en el que campean el odio y la desunión.
Pero que nunca dejemos de defender,
los cristianos católicos, aquellas cosas que el Espíritu
Santo va suscitando en la vida de la Iglesia y que
constituyen su crecimiento en la comprensión de la Verdad
que es Jesucristo, ayer, hoy y siempre.
Reza por usted reiterándole su
filiar adhesión,
Raúl Francisco Llusá |