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Teología palotina

Una página dedicada a la Teología católica y temas pastorales y litúrgicos.

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Carta abierta al Papa Benedicto XVI

 

 

 

Frente a la cuestión de la Tradición Católica

 

 

Querido Padre Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica.

 

Es prácticamente imposible que usted lea esta carta. Sé positivamente que con las obligaciones de su cargo usted no está en posibilidad real de leer las decenas de miles de cartas que recibe diariamente desde todo el mundo. Menos cuando provienen de un humilde estudioso de la Teología, sin ningún cargo  ni relevancia, como es mi caso.

Pero si tuviera la oportunidad de escribirle y ser leído, le diría lo siguiente.

En primer término me declaro un admirador suyo, que ha leído gran parte de su obra, ha estudiado con muchos de sus valiosos textos, y que desde que usted fue elegido para ocupar la silla de Pedro ha estado fervorosamente de acuerdo con muchas de las líneas de su pontificado. No soy de los que se situaron “en la vereda de en frente” por provenir usted de la Curia romana, por haber sido durante muchos años titular de la Congregación para la doctrina de la fe, por tener una imagen de “conservador” en las cuestiones doctrinales, o por haber sido un colaborador cercano del difunto Papa Juan pablo II, a quien recuerdo también con enorme cariño y gratitud.

Sé de su sencillez personal, y de su simpatía. La experimenté personalmente un día en que, esperando para compartir una misa con el difunto Papa, usted llegó al Vaticano y nos saludó con cordialidad a quienes esperábamos, en una fría mañana de diciembre.

Sé de la enorme altura intelectual que usted posee. Sé de su incondicional amor por la Iglesia, por la gente, por la enseñanza académica,  por Jesucristo a quien sigue radicalmente desde joven.

Sé de su participación fructuosa en el Concilio Vaticano II, como Perito. Sé de su compromiso con las ideas conciliares, compromiso que se refleja claramente en muchas de sus obras y en gran parte de su magisterio.

Por estas razones, y por muchas más, espero que Dios le de salud y un largo tiempo de servicio a la Iglesia y al Pueblo de Dios en su oficio de Pedro.

Hoy le escribo para manifestarle algunas dudas, algunos reparos respecto de la dirección que toma una parte del esfuerzo ecuménico de la Iglesia, concretamente hacia los hermanos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, conocidos también como “La Tradición Católica”.

Es conocida la posición de este grupo eclesial y de otros grupos de parecida tendencia, que se caracterizan por un rechazo abierto al magisterio del último Concilio, a la Reforma Litúrgica, a los esfuerzos ecuménicos y a la eclesiología predominante en la Iglesia. Algunos, incluso (no es el caso de la Fraternidad San Pío X) se consideran a sí mismo “sedevacantistas”, o sea: sostienen que el último papa legítimo fue Pío XII, de feliz memoria.

Cuando usted, a través del Motu Proprio “Summorum Pontificorum” amplió la autorización del uso de la Misa de Juan XXIII (vigente hasta la reforma litúrgica conciliar), me alegré y hasta publiqué una larga nota en la cual expongo un nutrido número de argumentos por los cuales me pareció sumamente acertada la decisión. Sostuve entonces que era un signo de apertura y que no debía tomarse como un retroceso a posiciones preconciliares, ya que sigue en vigencia el Novis Ordo Missae que constituye la liturgia ordinaria de la Iglesia Católica en todo el mundo, a Dios gracias.

La búsqueda de la unidad con los seguidores del fallecido arzobispo Marcel Lefevre, es en sí algo bueno y evangélico, como lo es la búsqueda de la unidad con la Ortodoxia o con las Comunidades Eclesiales surgidas de la Reforma.

No debemos caer en una actitud frecuente, que podemos tipificar (si se me permite el término) como “hemiplejia afectiva”, de aquellos que están dispuestos a cederlo todo o casi todo para la unidad con la Reforma, pero se crispan de solo hablar de cualquier tipo de entendimiento con los tradicionalistas. Entiendo la génesis de esta convicción en muchas mentalidades, pero no puedo suscribirla.

Insisto: la unidad debe buscarse para con todos los cristianos separados. Incluso con los Viejos Católicos, o con cualquier grupo que piense diferente.

Pero hay una cuestión que puede parecer sutil, pero que tiene gravitación. Y usted sabe, Santo Padre, que las sutilezas (tan caras a los intelectuales) a menudo marcan las diferencias que hacen al fondo de un asunto.

Esta cuestión radica en que algunas de las diferencias que mantenemos con Iglesias o Comunidades Eclesiales se inscriben en aspectos doctrinales o disciplinarios que son sumamente importantes, pero que no tienen gravitación en la vida diaria de los cristianos. Temas como el “filioque” con la Ortodoxia; o el “subsistit in” con las Comunidades de la Reforma están lejos de los gozos y las esperanzas, las angustias y las preocupaciones de los hombres y las mujeres de hoy. Cuando nos encontremos          -Dios mediante- todos en el Cielo, estas cosas habrán dejado de tener actualidad.

Incluso el oficio de Pedro (que divide a muchas Iglesias y Comunidades Eclesiales con nuestra Iglesia Católica) es una cuestión que caducará.

Insisto: son cosas importantes, pero hay otras cosas que separan a los cristianos, sin embargo, que tienen más gravitación, lo sé.

Con los grupos tradicionalistas pasa algo singular: compartimos el enorme acervo de la fe. De la fe en Jesucristo Salvador, de la fe en la Iglesia, de la fe en los Sacramentos. Pero nos separan otras cosas que sí tienen una influencia cocnreta en la vida de los cristianos. Y no me refiero a la liturgia, que es una realidad incoada (y siempre imperfecta) de lo que viviremos plenamente el Día del Señor.

Lo que resulta sumamente problemático son aquellas convicciones de los grupos tradicionalistas que nos dejan muy cerca de posiciones fundamentalistas que no tienen nada de evangélicas.

La así llamada Tradición Católica -con matices en los diferentes grupos que la integran- pregonan y enseñan algunas cosas que los católicos no tenemos autoridad para suscribir:

  • Que la Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica, y que fuera de ella no hay salvación, poniendo en duda la voluntad universal de Salvación de Dios, y el hecho de que la Salvación se ofrece y se alcanza también fuera de la Iglesia Católica, e incluso fuera del Cristianismo, aunque por supuesto detrás de toda salvación está la voluntad y la acción salvífica de Jesucristo.

  • Que el Diálogo Ecuménico es de inspiración demoníaca, y que todas las iniciativas en esta línea son una traición a la verdadera Iglesia.

  • Que la Iglesia Católica es una Sociedad Perfecta jerárquicamente organizada, en la que unos están destinados por derecho divino a mandar y enseñar, y otros a obedecer y aprender, pulverizándose así los conceptos conciliares de Iglesia Comunión e Iglesia Pueblo de Dios.

Hay otras enseñanzas de los tradicionalistas que se sitúan en la misma línea y que son igualmente graves. Compruebo con tristeza que en estos grupos (así como hay mucha gente santa) hay también quienes se sitúan cerca de los poderes de este mundo, y lejos de los pobres y los desheredados. Están también (aunque espero que constituya una lamentable excepción) los que, como en el caso del Obispo Williamson, tienen una opinión reñida con la historia y con el sentido común, pero especialmente reñida con la caridad, en temas tan delicados y tremendos como el horror de la Shoa en la que cerca de 6 millones de hermanos judíos encontraron la muerte por el demencial odio racista del nacionalsocialismo, infelizmente aún vigente en muchas mentalidades.

Por lo tanto, Santo Padre, considero que la Iglesia Católica ha de ser cauta en el proceso de unidad con los grupos tradicionalistas. No puede haber unidad plena con quienes niegan determinados derechos fundamentales de las personas; con quienes se sitúan por encima de la Misericordia Divina; con quienes ponen en sospecha la acción del Espíritu Santo en la Iglesia; con quienes se convierten, al menos involuntariamente, en servidores de la división y el odio.

La Iglesia Católica debe buscar la unidad. Pero no a cualquier precio. La unidad debe fundamentarse en convicciones compartidas. No en una voluntad que, aunque meritoria, puede provocar desconcierto y nuevas divisiones.

A veces, querido Santo Padre, es mejor trabajar para una diversidad reconciliada que, aceptando las diferencias insalvables, permita el diálogo en caridad que debe ser propio de todos los que nos enorgullecemos en ser cristianos.

Esta unidad reconciliada está a las puertas de ser una realidad con muchas Iglesias y Comunidades Eclesiales. Es menester seguir trabajando en esta dirección. Con otros grupos es aún promesa y deseo, pero que está lejos de ser alcanzado.

En la unidad reconciliada, quedan bien claras tanto las diferencias como las cosas que nos unen. Y fundamentalmente en la unidad reconciliada hay caridad en la fraternidad. Podemos vivir una comunión imperfecta, podemos disentir en temas fundamentales, pero también podemos y debemos amarnos, aún en la discrepancia grave. ¡Cómo no habremos de poder hacerlo, si nos decimos discípulos de Aquél que amó a los suyos hasta el fin, incluso a aquellos que le crucificaban!

El levantamiento de la pena de excomunión para los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X puede ser un acto de caridad, pero aún está por verse si llegará en la práctica a ser un acto de justicia. Depende de la Fraternidad San Pío X. Es de esperar declaraciones y hechos concretos que marquen un deseo real de la Fraternidad por abrazar las convicciones que el Pueblo de Dios sostiene en una inmensa mayoría.

Los obispos que se beneficiaron con esta medida deben testimoniar su sumisión a la Iglesia Católica y al Sumo Pontífice, aceptando el magisterio de la Iglesia en todas sus dimensiones.

Al retornar a la disciplina eclesiástica, los obispos tradicionalistas se someten a la estructura comunional de la Iglesia. Por lo mismo es menester que la Congregación para los Obispos estudie el caso de Monseñor Williamson y eventualmente tome las medidas que correspondan ante la gravedad e imprudencia de sus dichos en relación a la Shoa.

Estoy convencido, Santo Padre, de que el Espíritu Santo lo asiste en su gravosa tarea al frente de la Iglesia. Por lo mismo tengo confianza en que las cosas se irán dando de la mejor manera en este asunto en particular y en el resto de los importantes asuntos que aún están pendientes. Rezo fervorosamente para que así sea.

Que la unidad de los cristianos, en la medida en que sea posible, sea con la mayor presteza un regalo del Cielo y un fruto del trabajo de los hombres. Y que allí donde nuestras limitaciones nos impidan alcanzar dicha unidad, podamos en cambio vivir una diversidad reconciliada que también puede ser un testimonio en un mundo en el que campean el odio y la desunión.

Pero que nunca dejemos de defender, los cristianos católicos, aquellas cosas que el Espíritu Santo va suscitando en la vida de la Iglesia y que constituyen su crecimiento en la comprensión de la Verdad que es Jesucristo, ayer, hoy y siempre.

Reza por usted reiterándole su filiar adhesión,

 

Raúl Francisco Llusá