| Este
artículo explica por qué en una comunidad parroquial
(Conversión de San Pablo, en Turdera) en determinadas
celebraciones se realiza una liturgia más solemne y
cuidada. |
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“La liturgia se considera con razón el ejercicio del
sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles
significan, y cada uno a su manera, realizan la
santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de
Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el
culto público íntegro”. (Concilio Vaticano II,
Constitución sobre la Sagrada Liturgia, N° 7)
En su rol de madre y maestra, la Iglesia celebra, por
mandato de Nuestro Señor Jesucristo, y a través del culto
oficial, el misterio de la Redención. El año litúrgico, a
este efecto, va presentando a la devoción de los fieles
los distintos momentos de la vida y el magisterio de
Jesús, actualizándolos a través de la Liturgia como culto
vivo y operante de la Iglesia. La liturgia actualiza, a su
manera, el ministerio de Cristo que salva a los
miembros del Pueblo de Dios, ayer y hoy, a través de la
Palabra y los Sacramentos, que como mediaciones de esa
salvación, merecen ser celebrados.
La Sagrada Liturgia cumple, además, un rol catequético
con respecto de esos mismos misterios, para edificación de
todo el Pueblo de Dios. No es una catequesis de
evangelización sino una catequesis mistagógica, de
continua reintroducción a los misterios que celebramos.
En su bondad infinita, el Señor permitió que el Espíritu
Santo actuara en su Iglesia de una manera muy particular
en el Concilio Ecuménico Vaticano II, en el cual, entre
otras muchas importantes cosas, recibió un impulso
decisivo el Movimiento de la Renovación Litúrgica, que
venía abriéndose paso con fuerza singular durante toda la
primera mitad del siglo XX.
Esta renovación conciliar fue específicamente esto: un
“volver a la novedad de la liturgia cristiana”, quitando
algunos obscurecimientos que el paso de los siglos fue
agregando en el magnífico tesoro de oración y celebración
sacramental que constituye el culto de la Iglesia.
La liturgia cristiana es un tesoro que debe ser
preservado, y para ello es menester evitar la
improvisación, y la frivolidad tantas veces presente de la
novedad por la novedad misma. Por ello es fundamental que
aquellos que colaboran en la animación litúrgica de
nuestras Parroquias, y en general todo el pueblo fiel,
cuenten con una adecuada formación litúrgica, que les dé
herramientas para cumplir dignamente su misión,
recuperando la dimensión interior del ministerio
litúrgico, y encarnando el difícil equilibrio entre las
iniciativas personales, las rúbricas aprobadas y los
derechos de la comunión eclesial; entre la tradición viva
de la historia de la Iglesia y la constante renovación de
la experiencia cristiana; entre la creatividad y la
fidelidad. El error, y hasta la herejía y el cisma, se
producen cuando se toma solo una parte de la realidad,
negando la otra.
La liturgia solemne
¿Por qué es distinta esta noche?
Con esta pregunta que le hace el
miembro más joven de cada familia judía al miembro más
anciano, comienza el Seder, la cena ritual de Pascua en el
Pueblo del Antiguo Testamento. Y el miembro más anciano
responde: “Porque en una noche como esta, Yahvé sacó a
Israel de la esclavitud del Faraón, en Egipto”. Y luego
cuenta, sucintamente, la Historia de la Salvación en su
fase prefigurativa.
Cuando en nuestras casas hay un
acontecimiento especial -un aniversario de bodas, un
cumpleaños, una graduación- suele hacerse un festejo.
Entonces colocamos el mantel reservado para ocasiones
especiales. También la cubertería suele ser la mejor, la
que no se usa todos los días. El vino que se coloca en la
mesa es un vino de mayor calidad, y la comida es distinta.
Se come algo que “sale-de-lo-cotidiano”.
Sucede que es fiesta. Y la
fiesta es la afirmación íntima y gozosa de algo.
En la fiesta familiar, la mesa es la
misma, los comensales son los mismos. La casa es la misma.
Pero hay una circunstancia que moviliza a todos los
miembros de la familia hacia un estado celebrante.
Y es por ello que se utilizan ciertos ritos,
ciertos signos, que establecen en la realidad que
estamos viviendo un tiempo distinto. Un tiempo de
fiesta.
Lo mismo sucede en la liturgia
católica. Cada misa vuelve a afirmar el único Sacrificio
de Cristo en el Calvario, hecho de una vez y para siempre.
Por ello, cada misa es tan importante como cualquier otra.
Y cada domingo reafirma y restablece el domingo de Pascua
de la Resurrección del Señor. Y por eso todos los domingos
del año litúrgico tiene la misma jerarquía.
Pero la Iglesia, en su sabiduría, ha
incorporado ciertas fechas, dentro del año litúrgico,
para recordar los momentos más significativos en la
Historia de la Salvación que
Cristo, el Señor, consumó para siempre. Y es
importante que existan signos que a la manera de una
catequesis simbólica, llamen la atención acerca de lo
central y lo particular de la fiesta que se celebra: la
Muerte del Señor, su Resurrección venciendo a la muerte y
al pecado; la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia;
el reinado de Cristo sobre toda la Creación; su
Encarnación del seno de una Virgen.
Por ello existen las Solemnidades que
la liturgia contempla. Y por ello las celebraciones
litúrgicas, en esas fechas, son diferentes.
Motivan, catequéticamente, la pregunta: ¿Por qué esta misa
es distinta?
Y debe surgir, en el cristiano, la
respuesta catequética: ·”Porque hoy celebramos, en tiempo
de fiesta, tal o cual acción del Señor realizada
gratuitamente para nuestra Salvación.
Y es por esta causa que desde hace ya
muchos años hemos rescatado, en nuestra comunidad de la
Parroquia Conversión de San Pablo, la liturgia solemne. En
ella los ritos, la música, los gestos, simbolizan lo que
sucede en nuestros corazones, celebrantes de la Salvación
decretada por el Señor para todos nosotros.
La música en la liturgia
En este ámbito, un lugar de importancia
(aunque no el central) lo ocupa la música sagrada.
Constituye éste un ministerio que debe ser valorado en su
verdadera dimensión de servicio al creyente que ora y
celebra.
En nuestras celebraciones queremos
servir a todos. Y por ello contemplamos cantos como para
todos. Usamos cantos venerables por su antigüedad y
belleza, y cantos recientes, siempre que cumplan con el
rol que deben ocupar en la liturgia: estar al servicio de
la oración.
Contemplamos ritmos folclóricos; piezas
del cantar juvenil contemporáneo. Incluso composiciones de
nuestros propios compositores.
También incorporamos, en nuestras
celebraciones, cantos en latín y griego, en justa medida,
cosa que no siempre es bien comprendida y aceptada.
Permítaseme que explique su sentido.
Los cantos en latín o en griego, como
“Christus Vincit”, o “Kyrie Eleison”, nos recuerdan que la
Iglesia es católica, esto es, universal. Universal
en el tiempo (es la Iglesia de hoy y de siempre),
universal porque es para todos; universal también en su
extensión geográfica. Los cantos en latín nos recuerdan
que no formamos parte simplemente de la Iglesia Católica
argentina, o española, o africana, sino de la Iglesia
Universal, la Iglesia de Jesucristo que está antes, en
tiempo y en espacio, que cualquier Iglesia local, con toda
la importancia que esta tiene y que el Concilio le
reconoce en el Nº 23 de la Constitución Lumen Gentium.
El latín sigue siendo el idioma de la
Iglesia Latina, y el Conciliopide expresamente que sea
preservado.
Y el uso de los ritmos musicales de
distintas épocas nos recuerdan que nuestra Iglesia no es
sólo la Iglesia de los jóvenes, o de los matrimonios, o de
los ancianos, sino la Iglesia de Todos, porque es,
precisamente, la Iglesia de Jesucristo. Por eso en cada
celebración solemne hay cantos y signos que se les hacen
familiares a cada edad, a cada condición.
Hay composiciones bellísimas en idioma
latino, que ciertamente se podrían traducir, pero el latín
es bello en sí. Y es el idioma en el que han sido
compuestas estas piezas, con letras, entre otros muchos,
de Santo Tomás de Aquino, y música de Schuman, Beethoven,
Pallestrina, Refice, Perosí, Bach, Mozart y muchos otros.
Es menester recalcar que no se trata de
un intento restauracionista. El uso del idioma local, en
la liturgia, es una bendición pastoral que nunca dejaremos
de agradecer a la inspiración del Concilio.
Intentamos, además, ser equilibrados:
la belleza tiene que ser percibida por todos, y somos
concientes de que el latín resulta extraño para muchos,
especialmente para los más jóvenes. Por eso los cantos
latinos o griegos son, en nuestra liturgia,
significativamente minoritarios.
El Culto es el tiempo consagrado,
separado para Dios. Y en el culto, los ritos
litúrgicos simbolizan y -a su manera- actualizan, la
Gracia santificante de Dios sobre nosotros.
En nuestra comunidad intentamos dar a
la liturgia la importancia que el Concilio Vaticano II le
otorga, a través de la que fue su primer documento
oficial, la Constitución Dogmática “Sacrosantum
Concilium”. Este es el sentido de todo lo que se hace,
y muy especialmente es el sentido de los talleres de
preparación de cada “tiempo fuerte” del año litúrgico, en
los cuales nos preparamos para vivir en profundidad el
misterio que celebramos, y en los que, con profundo
acierto pastoral, es la misma comunidad la que se hace
cargo de la preparación amorosa y responsable de los
detalles de cada celebración
Raúl Francisco Llusá
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