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Por Joan Bellavista
1.
Orígenes de la fiesta
El título de este
apartado es indicativo de la direción que va a tomar el escrito
que iniciamos. Es conveniente advertir, ya desde el principio, que
sería impropio acercarnos a la fiesta, en los cuatro primeros
siglos, con la mentalidad actual. Es más exacto hablar de la
Ascensión como parte integrante de la celebración del Misterio de
la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Precisamente porque la
íntima naturaleza de la Ascensión forma parte del Misterio Pascual
del Señor, puede ser de provecho desglosar el conocimiento de la
formación histórica de la fiesta. Creemos que esta presentación
facilita captar mejor los detalles del objeto de la celebración
cristiana.
El objeto de la fiesta
es el descrito por el evangelista Lucas ( 24, 50-52, y Hch 1,
9-11). En los restantes escritos del Nuevo Testamento sólo
encontramos referencias indirectas, si exceptuamos la breve cita
de Marcos 16,19. La Ascensión del Señor es presentada en estos
textos como el término de la vida terrena de Cristo y formando
parte de su glorificación. Es el Señor glorioso que esperamos al
final de los tiempos para el juicio definitivo y el reino sin fin.
Los relatos bíblicos connotan algunos detalles de lugar, tales
como cerca de Betania, o elementos simbólicos como pueden ser la
nube, el gesto de bendecir y el mismo subir al cielo. Son detalles
que no escaparán a la posterior iconografía de la Ascension, ni en
la ampliación no bíblica de los relatos.
El contenido de la
fiesta se presta a un gran desarrollo histórico. En efecto, es
objeto de nuestra fe y, como tal, encuentra su formulación en el
Credo: «Resucitó al tercer día , según las
Escrituras y
subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Se expresa
de múltiples maneras en el arte, y se formula en los textos
litúrgicos de la fiesta. Esta y otras manifestacinones son las que
constituyen la historia de la fiesta.
2. Lugar
Lugar y fecha son dos
cuestiones relacionadas con la fiesta. La tradición señala un
lugar. Desde el siglo cuarto, por lo menos, los peregrinos sitúan
el hecho en un determinado lugar sagrado. La tradición conserva el
recuerdo de la Ascensión vinculado a un lugar teofánico. La
celebración de la fiesta, según el relato de la peregrina Egeria
-prescindiendo por el momento del día- tiene lugar inmediatamente
después de sexta. Todo los cristianos suben al monte Olivete, esto
es, a la Eleona, de modo que ningún cristiano queda en la ciudad.
Al llegar «al monte Olivete, esto es, a la Eleona, primero se va
al Imbomón, esto es, al lugar de donde el Señor subió a los
cielos, y allí se asentan el obispo, los presbíteros y todo el
pueblo ....»1
No hay duda de que la
fiesta ya en los remotos orígenes del siglo IV, y aún antes,
connota un carácter local y topográfico. A este lugar del monte de
los Olivos donde se conmemoraba la subida del Salvador a los
cielos el día de la Ascensión, Egeria le llama repetidas veces,
Imbomón. No es que realmente en su tiempo hubiera allí una
iglesia, al menos ella no la recuerda nunca, sólo habla del lugar.
Quizá habría algún monumento que recordaba el hecho evangélico 2.
La iglesia octogonal de
la que después hablan los peregrinos y varios autores, fue
construida por Poemia, noble dama emparentada con el emperador
Teodosio. Egeria no conoció esta iglesia porque Poemia llegó a
Jerusalén el año 394 y Egeria había emprendido el viaje de vuelta
a la patria unos diez años antes.
2. La cuestión del día
Es conocido el texto de
San Agustín, contenido en el sermón 118, donde afirma que las
fiestas litúrgicas de la pasión del Señor, resurrección, ascensión
y venida del Espíritu Santo, son celebradas por toda la tierra.
Con ello pretende remontar el origen de las fiestas a la
institución de los apóstoles. Sin embargo parece cierto que en el
siglo II la fiesta no es conocida. En esta época sólo se habla de
Pascua y Pentecostés. Ni Orígenes, ni Tertuliano o san Cipriano
hablan de la fiesta. San Paulino, en el siglo cuarto, sólo nombra
entre las grandes fiestas, Navidad, Epifanía, Pascua y
Pentecostés.
A mediados del siglo IV
empiezan a salir testimonios de su existencia. San Juan
Crisóstomo(+405), habla de ella como una fiesta universal. Otro
tanto ocurre con Gregorio de Nisa. El escritor Sócrates, a
principios del siglo V, narra que la fiesta es celebrada en un
barrio de Constantinopla, con mucha concurrencia de pueblo.
Dejamos para más adelante completar estos datos, puesto que de
continuar ahora podrían contribuir al error de pensar que la
primitiva celebración de la Ascensión tenía lugar el día
quadragésimo después de Pascua. En realidad éstos son testimonios
del comienzo de una nueva fecha de celebración.
Sería en vano buscar en
los tres primeros siglos una fiesta de la Ascensión el día
cuarenta. Esto no significa negar la posibilidad de su existencia.
La primitiva concepción teológica unitaria del Misterio Pascual y
de su celebración cincuentenaria, forman el núcleo originario
primitivo del año litúrgico, que los siglos posteriores ampliarán
y, a veces, desnaturalizarán.
Conviene recordar que
el único tiempo del año litúrgico primitivo era la cincuentena
pascual, Pentecostés. Una institución de los tiempos apostólicos.
Este tiempo no se entendía originariamente como los cincuenta días
de después de Pascua, sino el espacio indiviso de cincuenta días.
Para nuestro propósito bastará citar aquí, únicamente, el
testimonio más elocuente de los primeros siglos, Tertuliano:
«Nosotros, empero, tal como lo tenemos por tradición, sólo el
domingo de Resurreción nos abstenemos no sólo de arrodillarnos
...Lo mismo también durante pentecostés, que se distingue
por la misma solemnidad de alegría» 3. Una cincuentena, pues, que
toda ella formaba una única solemnidad, y que por consiguiente
excluía la idea fragmentada de unas fiestas autónomas en su
interior.
Fácilmente
comprenderemos ahora la no existencia de una mentalidad que
concibe la fiesta de la Ascensión como autónoma, como si se
tratara de un satélite de la Pascua y de Pentecostés.
El estudio de los
orígenes de la fiesta han puesto a plena luz unos magníficos
testimonios escritos, los cuales nos resultan de gran valor para
entrar en el conocimiento del misterio de la Ascensión. Aun habida
cuenta de los límites de nuestro escrito, no se puede pasar por
alto ofrecer una pequeña síntesis.
Entre los autores que
suelen citarse está el nombre del célebre historiador, el obispo
Eusebio de Cesarea. En su escrito Sobre la solemnidad pascual,
alrededor del año 332, dice: «Después de Pascua celebramos
Pentecostés en siete semanas llenas... Sin embargo, el número de
Pentecostés no se para en estas semanas. Con él se designa el día
solemnísimo de la Ascensión». Hay que admitir, pues, que la fiesta
que pone el sello de clausura al tiempo pascual es la
conmemoración de la subida de Jesús al cielo, sin excluir, por
otra parte, la memoria de la efusión del Espíritu.
En un escrito apócrifo,
de origen sirio, de principios del siglo cuarto, que suele
llamarse Doctrina Apostolorum, en el canon 9 se lee: «Los
apóstoles establecieron que al cumplirse los cincuenta días de la
resurrección se hiciera conmemoración de la Ascensión hacia el
Padre Glorioso» 4. El propio Cabié encuentra indicios de esta
práctica litúrgica en un antiguo leccionario siríaco oriental 5.
Tanto por la
importancia del texto como por tratarse de testimonio de
Jerusalén, nos conviene volver al Diario del Itinerario de la
peregrina Egeria. Curiosamente la peregrina relata la
circunstancia de celebrar el día cuadragésimo en la iglesia de la
Natividad. El hecho de no hacer ninguna mención al rito de la
Ascensión da a entender que ésta no se celebraba.
Más adelante, en el
texto que hemos citado al principio, se desprende que este rito se
celebraba en Pentecostés. Tenía lugar después de la misa en el
monte donde Jesús subió al cielo. Allí se lee el evangelio de la
Ascensión y el mismo pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en
medio de muchos cantos y oraciones.
Si se extiende el
análisis para conocer la práctica de otras iglesias de la tierra,
el resultado es el siguiente. La iglesia de Egipto a mitad del
siglo cuarto, parece que todavía se mantine fiel a la concepción
primitiva de Pentecostés. Las comunidades de Palestina, Edesa y
Mesopotamia, celebran también, en el último día de la cincuentena,
la Ascensión del Señor.
3. Objeto de la fiesta
y fecha
La conclusión de la
cincuentena pascual, en los primeros siglos, como memoria de la
Ascensión del Señor, nos plantea la cuestión de saber si éste era
el único objeto de la fiesta. En todo caso nos resulta extraño no
encontrar la referencia al don del Espíritu de Pentecostés.
Un planteamiento como
el que antecede es ajeno al de la época que estudiamos. Si
partiéramos de la fecha de los cuarenta días (Hch 1,3), o de la de
los cincuenta, como aniversarios de hechos salvíficos, nos
apoyaríamos sobre un supuesto histórico falso. Para aquellos
cristianos la cincuentena les hacía revivir el conjunto del
misterio pascual, sin ninguna fragmentación.
Algunos textos, no
obtante, como el apócrifo citado, Doctrina Apostolorum, incluyen
en un mismo último domingo el don del Espíritu a los apóstoles.
Para las iglesias de Palestina, en el siglo IV, Cabié concluye que
celebraban la Ascensión el día cincuenta, sin que pueda excluirse
la conmemoración del Espíritu. Los testimonios documentales ni lo
afirman ni lo contradicen.
En occidente, en
algunos vestigios, como los de las homilías de Máximo de Turín,
aparecen simultáneos los temas de la Ascensión y de la venida del
Epíritu, dando a entender que son objeto de una misma celebración.
Lo que está fuera de
toda duda es que en la región de Edesa y entre las Iglesias sirio
orientales, la Ascensión, en el siglo IV, se celebraba al final de
la cincuentena. Quizá, en este siglo, se podría hablar de dos
tradiciones diferentes, pero en ningún modo opuestas. El punto
culminante del misterio pascual para la mayoría sería la
Ascensión, sin excluir que para otras el acento recaería en la
glorificación del Señor. No es de extañar; lo podríamos contemplar
como una doble lectura de los acontecimientos narrados por los
Hechos de los Apóstoles, si tenemos en cuenta que las primeras
comunidades tienen acentos diferentes en la teología subyacente en
estos hechos; una, la del evangelio de Lucas, que presenta al
resucitado, más circunscrito a determinados espacios de tiempo, o
la de Juan, en la que el Señor trasciende el tiempo.
4. La Ascención en el
día cuarenta
De ciertas homilías de
san Juan Crisóstomo y de Gregorio de Nisa, que tienen por objeto
la Ascensión el día cuarenta, parece deducirse que a finales del
siglo
cuarto, en las Iglesias
de Antioquía y de Nisa se abre camino una fiesta autónoma de la
Ascensión. El concilio de Elvira, cerca de Granada, a principios
del siglo cuarto, y el de Nicea, a. 325, contienen expresiones que
dan a entender un movimiento para individualizar los cuarenta
días.
El hecho de la
autonomía de la fiesta de la Ascensión es un fenómeno que se va
produciendo entre finales del siglo cuarto y el quinto. En esta
época las Iglesias de Oriente, si exceptuamos Egipto, que
permanece fiel a la tradición cincuentenaria, rápidamente se suman
a la reciente práctica de la Iglesia antioquena. Es lógico suponer
que san Juan Crisóstomo como patriarca de Constantinopla, el año
398, no renunciaría a los usos litúrgicos que había practicado en
Antioquía.
En Roma, a mitad del
siglo quinto, la Ascensión ya llevaba tiempo celebrándose el día
cuadragésimo. Nos resulta fácil la lectura de las homilías del
papa San León (441-461) pronunciadas en el día de la fiesta, en
las que el uso del término cuarenta deja fuera de toda duda. San
Agustín conoce también la tradición del día cuarenta, aunque
parece que en la Iglesia del norte de Africa la nueva práctica no
ha alcanzado la solidez de la de Roma.
Durante el siglo quinto
la documentación no es unánime, para poder afirmar que las
Iglesias de Oriente y Occidente celebran la Ascensión el día
cuarenta. Con todo, los testimonios son suficientemente
abundantes, para creer que la mayoría de Iglesias ya habían
introducido esta práctica. En todo caso la cosa es cierta para las
iglesias de Brescia y Aquileia, alrededor del año 400, aunque no
estemos en condiciones de afirmar que ésta sea la práctica de toda
Italia. De hecho de alguna homilía de Ambrosio de Milán parece
desprenderse, todavía, el concepto del antiguo pentecostés.
La documentación sobre
el tema proveniente de Italia, Galia o la Península Ibérica, es
más tardía. No obstante la escasez de textos, los pocos que nos
han llegado coinciden en dar a entender que, durante la quinta
centuria, la solemnización de la Ascensión tiene lugar el jueves
de la sexta semana. Es probable que entre los años 380-390 la
costumbre empieza a introducirse en el Oriente cristiano. La
conclusión general sería que durante el siglo V la nueva práctica
ya es universal.
5. Otras
manifestaciones
A manera de complemento
añadimos otras manifestaciones históricas relacionadas con la
Ascensión. En nuestro caso nos referiremos principalmente a las
artísticas. La representación de la Ascensión no forma parte de la
primera época del arte cristiano. Por los testimonios de que se
dispone se deduce que el misterio de la subida al cielo del Señor
Jesús, empieza a representarse en el siglo IV.
Unos pocos ejemplos
servirán para darnos cuenta de la mentalidad cristiana, expresada
en la forma de representar el misterio. Se supone que la
representación más antigua es el relieve de la puerta de la
iglesia de santa Sabina, en Roma. Al margen de las discusiones
para determinar la época de la obra de arte aceptamos, por ser la
opinión mas común, que se trata de una obra del siglo V.
El artista ha expresado
el misterio de esta forma. Jesús en la pendiente de un monte es
llevado por las manos de tres ángeles que lo elevan hacia arriba.
Abajo, al pie de la montaña, están cuatro apóstoles.
En el díptico de Munic,
siglo IV, un precioso relieve sobre marfil, la Ascensión es
representada en dos escenas complementarias. Abajo está la visita
de las mujeres junto al sepulcro vacío. Arriba la subida de Jesús
al cielo. La ejecución es de una gran calidad artística. Aunque
puede parecer una representación de la resurreción, es
interpretada como la escena de la Ascensión. En esta época se nota
la influencia de los escritos apócrifos sobre el arte cristiano.
Otra representación,
esta vez en un manuscrito, nos sitúa en el año 586. Es obra del
monje Rabula, que la realizó en el monasterio de san Juan de Sagba,
en Mesopotamia. Se conserva en la biblioteca de Florencia. Es
unaespléndida manifestación del arte en Siria, en tiempo de
Justiniano en Constantinopla, muy próximo al estilo de la capital
del imperio bizantino. Estamos lejos de la escena de Jesús
arrastrado por los ángeles. Aquí aparece rodeado de cuatro
ángeles, dos de los cuales están en actitud de adoración. Cristo,
en el aire, está sostenido por las alas de serafines, entre los
que se combinan los símbolos de los cuatro evangelistas. La
diferencia mayor entre ésta y la representación de santa Sabina,
sería la animación que aquí ofrece la escena, mientras que en el
primer caso parece inerte.
Por último, una
representacón pictórica de las catacumbas de san Javier, en
Nápoles, nos presenta una imagen de gran fuerza juvenil. El fresco
del interior del arcosolio, representa a Cristo imberbe, vestido
con una túnica, y entre los pliegues se dejan ver las piernas del
Señor. Toda la escena aparece como flotando. La cabeza esta
rodeada por un nimbo cruciforme. La figura manifiesta una fuerza y
novedad sorprendentes. Ha surgido el tipo que va a prevalecer en
el futuro. Los ángeles han desaparecido. Cristo ya no es
arrastrado, ni siquiera de la mano que sale de la nube. Se trata
ya de una verdadera Ascensión. Cristo sube al cielo sin necesidad
de ninguna ayuda. 6
Hemos podido ver una
evolución en tres fases. En el primer caso Cristo arrastrado por
ángeles, a la mitad del monte. Después es llevado triunfalmente
por manos de ángeles. Ahora sube al cielo por su propia virtud.
Una visión global de
los orígenes y evolución de la fiesta de la Ascensión, lleva
implícitos unos conceptos muy útiles para la comprensión del año
litúrgico. En primer lugar es de sumo interés darse cuenta del
significado profundo de la primitiva tradición, unificada por el
núcleo central del año litúrgico, el misterio pascual. La unidad
indisoluble del «sagrado espacio de los cincuenta días» pone de
relieve una concepción sacramental, por encima de la histórica de
conmemoración, desconocida de las comunidades cristianas de los
cuatro primeros siglos.
No carece de interés
notar como el cambio profundo operarado, hacia una visión más
historicista del año litúrgico, matiza de otra manera la
sacramentalidad del año litúrgico para el futuro. La acentuación
progresiva hacia la historización de la fiesta, podría conducir a
celebrar meros aniversarios, de una manera no demasiado distinta
de cómo podría ocurrir aun prescindiendo de la fe.
Las representaciones
artísticas del misterio celebrado, son imágenes de la fe que van
más allá de puras ayudas catequéticas. Son una evocación del
misterio más en conexión con la celebración. De este tronco común
de las representaciones de los primeros siglos, derivarán después
dos líneas que marcarán dos concepciones distintas, la oriental,
más sacramental y la occidental más nocional.
Pueden obsevarse unos
elementos populares concomitantes que son capaces de generar la
fiesta litúrgica. Merecen especial atención la manera cómo la
celebraba la comunidad de Jerusalén, en razón del privilego único
de su ubicación en los sagrados lugares. No son ajenas a esta
creatividad, otras costumbres populares nacidas a raíz de la
fiesta, como la antigua bendición de las habas, de la que aún
quedan restos en el sacramentario gelasiano.
.............
1.
A.Arce.
Itinerario de la virgen Egeria, Madrid 1980, pp. 305-307.
2.
Ibid. p.111.
3.
De Baptismo,
c 19,2.
4.
R. Cabié,
La Pentecôte, Paris 1965, p.131.
5.
Ibid. p. 131.
6.
Dictionaire
d'archéologie chrétienne el liturgie,
Ascension
dans l'art.
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