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| Diario de Viaje |
Segundo Viaje al Lanín, Marzo
de 2006. Por Pablo Otegui
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- Bueno, quedate tranquilo que yo me voy a empezar a
averiguar todo…
- Ok, dale, nos vemos… Cuidate.
Un jueves de Noviembre de 2005, recibí un llamado de
Seba, para saber si quería unirme a él, junto con
Germán, para ir al Lanín en Marzo del año próximo.
Obviamente mi respuesta fue de inmediato que si, y
quedamos en ir averiguando todo, ya que contábamos con
unos meses de tiempo para los preparativos. Los
preparativos eran un tanto especiales, porque Germán,
con quien comparto una amistad desde hace más de 20
años (sí, yo tengo 25 ahora), vendría de España de
vacaciones y había que reducir el tiempo al mínimo en
estadía y viajes y esas cosas, porque cuando viene Ger,
se reparte el poco tiempo que tiene aquí en Argentina
entre todos sus afectos. |
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Y así fue como empezó todo esto. Nos mantuvimos en
contacto durante los 4 meses previos a esta
aventura. Averiguamos pasajes, fechas, opciones de
transporte… Prácticamente todo…
Germán llegó a Buenos Aires la primer semana de
Marzo, cuando ya Seba estaba en el sur, más
precisamente en Bariloche, de vacaciones… Yo ya
había tenido mis vacaciones, en Enero, también en
Bariloche, en donde la empresa más importante
estaba planeada junto con Atomo y era coronar la
cima del Tronador. |
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Pero “la luna vino mala esta vez” |
Ronky y Pablo |
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dijeron por ahí los que saben, y durante toda la
quincena no paró de llover. Habíamos empezado a subir
con sol, y a mitad de camino el cielo se cerró y
comenzó a llover. La picada era angosta en ese
momento, y con una inclinación superior a los 30
grados. Así que me adelanté un poco, dejando de lado
el cansancio, que en mí no era mucho, pero Atomo lo
vivía en agonía, creo yo, por falta de entrenamiento.
Así que subí tan apresuradamente como pude a buscar un
lugar en donde poder refugiarnos de la lluvia, que
cada vez se hacía más gruesa y pesada sobre nuestras
mochilas. De pronto, se abrió un claro hacia la
derecha en la picada. Era un camino que conducía por
la vieja picada, ahora en desuso por su mal estado.
Pero había suficiente espacio llano para armar la
carpa. Todo este espacio era tierra, que muy pronto se
convertiría en barro, pero eso ahora no importaba
porque la prioridad era ponernos a resguardo de la
lluvia… Así que literalmente corrí hasta ese lugar, me
saqué la mochila y comencé a armar la carpa, ya bajo
una lluvia intensa, mientras Atomo subia con las pocas
fuerzas que le quedaban. Una vez que la carpa quedó
armada (mal armada, por el apuro), nos metimos dentro.
Y así nos quedamos por dos días y dos noches,
encerrados por la lluvia intensa, que a veces se
transformaba en granizo, señal de que más arriba la
cosa debía estar bastante más fea… Pero bueno, no
quiero profudizar este relato ahora. Al tercer día
bajamos, cuando aprovechamos una pequeña ventana de
cielo azul. Y así nos quedamos con las ganas de subir
el Tronador, por segunda vez… |
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El zorro sabe por zorro, pero más sabe por viejo…
Y creanme que es verdad… El día 14 fue el último
día de lluvia, a los que le siguieron quince días
de radiante sol… Y en esos días otra aventura se
gestó en mis deseos de fundirme en el paisaje
entre los cerros de Bariloche. Esta vez el elegido
fue el Cerro Navidad, llamado así por un grande en
la historia de este deporte, Otto Meiling, por
haberlo subido en esa fecha. Así que un día me
levanté temprano y comencé a caminar en dirección
SSO transitando por la picada que lleva a Laguna
Negra, hasta la confluencia con el arroyo
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A juzgar por la hora, tarde era ya para emprender el
camino para el Navidad, por lo menos así lo consideré
en ese momento. Y decidí aprovechar la ocasión para
subir a Laguna Negra por la picada de los Italianos,
que es la que usan los refugieros.
Es una picada un tanto exigente, pero de una belleza
única. Después de unas horas ya estaba almorzando en
la laguna, que está al pie del cerro del mismo nombre
y que le da ese color a las aguas en el reflejo de un
día a pleno sol. Después de dar la vuelta a la laguna
y sacar unas fotos en el col del Cerro Bailey Willys
bajé con la idea de volver con más tiempo para cumplir
el objetivo del Navidad. Y así fue como, unos días más
adelante, partí nuevamente del camping en Colonia
Suiza con la idea de subir el Navidad. Esta vez, con
carpa al hombro ya que la idea era hacer noche en
rancho Manolo, un paraje a 20 minutos de la
confluencia. Haciendo noche en Manolo (llamado así por
Manolo Puente Blanco, quién ayudó en la construcción
del refugio Italia, al pie del Cerro Negro y al borde
de la laguna homónima), tendría tiempo suficiente esta
vez para encarar la aproximación al cerro desde
temprano (desde Colonia hasta Manolo hay unas tres
horas de marcha). A las nueve de la mañana ya me
encontraba cruzando la confluencia y tomando el arroyo
que me llevaría hasta el pie del cerro. No había
contado que me llevaría tanto tiempo ese trecho… Esta
temporada la nieve domina todo gracias a las tardías
nevadas (hasta Diciembre) del año anterior. Ergo, el
agua de deshielo corría con furia por todos los
arroyos. Al llegar a la zona de los mallines mi
orientación se esfumó por un rato, pero después de
buscar puntos de referencia, volvió. Y así fue como
justo al mediodía me encontraba ya con los grampones
puestos para comenzar a subir por el nevero que estaba
bastante roto. A causa de esas roturas, me vi forzado
a la tarea de ponerme y sacarme los grampones para
subir por la rimaya y por el nevero… |
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Eso me retrasó bastante, pero en la montaña, la
seguridad está primero. Y así fui subiendo, paso a
paso, con la nieve cada vez más blanda por efecto
del sol que brillaba radiante sobre mi. A las tres
de la tarde, viendo que todavía me faltaba un
tramo, la última canaleta, sin haber comido más
que unas galletitas en el desayuno y con la nieve
cada vez más blanda, decidí abortar el plan de
llegar hasta la cumbre. Miré y volví a mirar la
cumbre que estaba tan cerca, pero parar a comer
algo ahora me llevaría a enterrarme más en la
nieve luego y seguir acelerando el paso convertir
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la aventura en tortura. |
El glaciar de la
cara este |
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Así que tomé unos fotos en donde estaba, ya a más
altura que Laguna Negra y por un momento comprendí
lo grande que fue Meiling en la montaña. La sombra
había quedado atrás, abajo, hacía bastante, porque
ya había superado el límite de la vegetación de
esa zona, que ronda en los 1500 metros. Así que el
único lugar para refugiarme del implacable sol, en
medio de la nieve, era un bloque de hielo que se
había desprendido de un serac, a la derecha de la
cumbre por la ruta de mi ascenso. Así que me senté
al reparo del viento, a la sombra, abrí la
mochila, derretí nieve, preparé jugo mientras
comía galletitas y paté. Uno de los mejores
almuerzos de mi vida. No gastronómicamente
hablando para ser preciso, sino en su conjunto… El
lugar, la forma, el día…
Pero bueno, ya me desvié demasiado del tema
central… Me había quedado en que Germán vino la
primera semana de Marzo... Ya teníamos para esa
fecha cada uno su forma de viajar hasta Junín de
los Andes, la ciudad al borde del Río Chimehuín
que fue en 2004 el punto de partida para la
expedición que Ronky (Sebastián) y yo volvíamos a
repetir este año. Luego de varios contratiempos,
estábamos todos en Junín. Alrededor de las 18 hs.
llegué en el micro que debía haber llegado a las
15, retrasado por unos piquetes en la ruta. El
vuelo de Germán se demoró 4 horas y perdió el bus
que lo llevaría de Bariloche a Junín (Argentina,
señores…). Así que se tomó un bus a San Martín de
los Andes y se encontró con Raúl que estaba con
Santa. Paso a explicar mejor la situación: Raúl,
veterano montañista, amigo de la casa, iba a estar
por la zona en la misma fecha que nosotros, con
las mismas intenciones que nosotros, así que
acordamos aunar esfuerzos antes de salir de
nuestras casas para emprender esta empresa. Y a su
vez, sucedió algo similar con Santa, un médico de
nuestros pagos radicado en Neuquén. Así que ya
tarde, nos reunimos por fin los 3 miembros de la
expedición original, ideada por Ronky, con Raúl y
Santa. |
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En el trayecto hasta Junín, el panorama a futuro
se empezó a tornar más oscuro… Mi retraso por los
piquetes, el retraso del vuelo de Germán… Todo lo
que yo había planificado se estaba esfumando…
Germán contaba con poco tiempo en Argentina, así
que me asignaron desde el momento en que quedó
confirmada la expedición, como “jefe de
logística”. Me había encargado de encontrar un
modo de viajar que le permitiera a Germán salir de
Buenos Aires y llegar al pié del volcán en el
mismo día (avión – bus - traffic). Lo mismo para
Ronky y para mí, pero nosotros viajábamos
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Ronky y Germán |
en micro. Así que con este retraso, había
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que volver a planificar todo de nuevo… Por suerte,
Raúl contaba con vehículo, así que Germán y Santa
completaban su tripulación. Ronky y yo nos
arreglaríamos en conseguir un bus que saliera lo
más temprano posible para Tromen, ya que el nuevo
plan, ahora integrado por 5, era salir al otro día
para Tromen (pie del volcán) y comenzar a subir de
inmediato porque Raúl contaba sólo con 3 días. Por
suerte, conseguimos un transporte a última hora.
El 28 de Marzo llegamos Ronky y yo a la base del
volcán, 2 km. antes del paso fronterizo Mamuil
Malal, al área del lago Tromen. Eran las 8 de la
mañana aproximadamente, y todo era silencio luego
de que el ruido de las ruedas del bus contra el
ripio se esfumara. Buscamos un lugar en el camping
que está enfrente del puesto de Gendarmería
Nacional, y a la derecha de la oficina de Parques
Nacionales, formando los tres establecimientos lo
único habitado en esa zona. Luego de armar la
carpa, comenzamos a diagramar las cosas a llevar,
puesto que el plan era subir directamente al
refugio RIM 26 en cuanto llegara Raúl con los
demás. Así que nos dividimos las cosas Ronky y yo,
y dejamos su parte a Germán. Recién llegaron a las
12 hs., bastante más tarde de lo que me hubiera
gustado, pero bueno, ya estábamos todos. Los que
todavía no lo estaban se prepararon, nos
registramos en la oficina de Parques previo
chequeo del equipo, y a las 13:30 estábamos
entrando en la picada.
El comienzo de la ascensión al volcán por la cara
Norte, la ruta normal, que subió Rodolfo Hauthal
en 1897, se encuentra al costado izquierdo del
puesto de Gendarmería Nacional, sobre la ruta
nacional 62 que lleva al cruce a Chile, y la
primera parte transcurre sobre un bosque de lengas
y coihues de unos tres kilómetros de extensión.
Durante ese trayecto que en esta oportunidad duró
más o menos una hora, uno parece estar transitando
los bosques de Bariloche. Al llegar al final de
este pequeño bosque se hace presente el volcán,
imponente, al ser el único cerro de tal altura por
la zona, dominando toda vista. El escorial, que es
la zona de descanso eterno de todo el sedimento
volcánico que arrastró durante su época activa el
volcán transcurre sin más dificultades, con una
mínima inclinación, y el camino señalado nos lleva
a la “espina de pescado”, punto de inflexión desde
que salimos hace ya dos horas atrás. |
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Cada uno iba a su ritmo… Seba y Santa tomaron
la delantera un tiempo, luego Germán
capturando cada momento con su cámara, atrás
un servidor y más atrás, Raúl, a paso lento
pero constante. Ya habían transcurrido unas 3
horas desde que salimos del camping y el
hambre recién empezaba a asomar, cuando mi
reloj mostró que eran cerca de las 4 de la
tarde. Así que en una de esas reuniones de
equipo que se suele tener en una empresa de
este tipo, al llegar al final del camino
transitable por el espina, justo antes de
tomar por el camino |
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de mulas, decidimos parar un poco
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El grupo al
entrar en el Escorial |
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más adelante a saciar el hambre. Y así lo hicimos.
Al reparo del sol que lo cubría todo en un día
inmejorable, nos sentamos y disfrutamos de un
banquete a puro paté y galletitas, y agua. Yo me
sentía bien, con ganas, con ánimo, con fuerzas…
Creo que el resto de los que me acompañaban
también. El sólo hecho de estar en ese maravilloso
lugar, con gente que uno aprecia mucho ya hace del
esfuerzo un disfrute. En fin… Terminado el
“almuerienda” (almuerzo + merienda), continuamos
la marcha, ya por el camino de mulas, que es el
trayecto que nos lleva directo al refugio BIM y
que es más descansado (pero más largo) que la
espina.
A medida que ascendíamos, el sol a veces se
ocultaba ya tras los filos Oeste del volcán, lo
que permitió sacar buenas fotos cuando alguien
transitaba por ellos, formando un contraluz digno
del primer premio en un concurso fotográfico. La
marcha se hizo lenta pero constante. Alrededor de
las 18 llegamos al BIM. Habíamos hecho el mismo
trayecto que en 2004, pero aquella vez Seba y yo
lo recorrimos en 3½ horas… Algunas teorías
surgieron en mí después de encontrar este detalle,
puesto que se me hacía largo el camino y no
recordaba que fuera así… Tal vez antes habíamos
tomado un atajo en 2004, o simplemente estábamos
más entrenados… Lo cierto es que lo habíamos hecho
sin parar, y esta vez, paramos a almorzar en el
medio de la picada. Pero no es mi intención
detenerme en este tipo de controversias cuando
queda mucho por contar aún… Ya el sol se había
ocultado casi por completo. El frío empezaba a
erizar la piel desnuda de mis brazos, puesto que
llevaba solo un chaleco como abrigo. Tras una
comunicación con el puesto del Guardaparques
informándoles que todo estaba bien, continuamos el
ascenso hacia el refugio en donde pernoctaríamos
esa noche, a una distancia de 40 minutos
aproximadamente. Pasamos por un nevé ya endurecido
por suerte y la prueba difícil del día fue superar
el pedrero que oficia de muro entre los dos
refugios. Rocas del tamaño de un zapato en
constante equilibrio, más todo el acarreo de
tierra y pedregullo que el movimiento de una de
estas piedras ocasionaba.
No fue una tarea fácil, subir un pie casi tan
rápido como el otro para no perder altura en el
momento del desequilibrio… Un esfuerzo agotador,
por lo menos para mí, porque hacía mucha fuerza
con la cintura y la espalda para tratar de no
patinar y bajar los pocos centímetros que subía a
cada paso. Al levantar la cabeza, un poco de
alivio obtuve al ver que no era el único con ese
problema. Raúl también se veía agotado, mientras
que Santa y Ronky ya habían llegado al filo del
pedrero, y Germán intentaba filmar la situación
unos metros delante de mí. Cuando patinaba, me
enterraba en el pedregullo y la tierra por encima
de los tobillos. Fue duro, pero luego de unos
minutos que se tiñeron de eternidad, ya me
encontraba sobre roca más sólida, pronto a rodear
el filo. Desde este punto se veía perfectamente la
sobra cónica del volcán, casi casi hecha con
escuadra, que se proyectaba hasta el horizonte por
efecto del sol que ya pronto desaparecería por el
oeste. Detuve la marcha durante unos instantes
para contemplar una de las imágenes que quedarán
por siempre en mi memoria. Luego de que Germán me
alcanzara y de intercambiar palabras de lo que
estábamos viendo, seguimos por el sendero que
ahora descendía hacia el Norte, y desde donde
pudimos ver la estructura del refugio RIM 26.
Animados ya por el corto camino por andar que nos
quedaba, bajamos hasta el RIM (Regimiento de
Infantería de Montaña), donde dejamos las mochilas
por un momento para sacar fotos de nuestro
alrededor… El glaciar NE del volcán, agrietado con
sus colores azulados, la sombra del volcán que
todavía se podía apreciar, la cumbre que nos
miraba desde arriba, el cielo ya de un celeste
casi azul sin nubes, el refugio solo para
nosotros… |
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Terminado el pequeño descanso al arribo del
refugio nos pusimos en marcha para las
próximas tareas. A no ser que uno llegue con
tiempo, o que establezca un campamento por
varios días, o que la mala suerte se haga
presente y toque tiempo de tormenta, cuando se
está en la montaña siempre hay cosas para
hacer. Esta vez, Germán y Ronky fueron al
glaciar a buscar agua para beber y cocinar,
mientras que el resto organizó la cena y la
distribución en el refugio. Ciertamente había
buen clima; no sólo el cielo se encontraba
totalmente despejado ni tampoco corría
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Pablo con el volcán
de fondo |
una gota de viento, sino que además
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dentro del refugio el buen humor de los que lo
ocupábamos se hacía eco en nuestras risas que
irrumpían el silencio en la calma de la montaña. Ya
con el agua en el refugio, que esta vez bajaba con
bastante sedimento, Nos pusimos a cocinar. Raúl junto
con Santa y “los tres mosqueteros” por otro lado, sólo
un formalismo por haber organizado las cosas así antes
de salir de nuestras casas… “Panza llena, corazón
contento” decían los mapuches, y esta vez nosotros
también. Al terminar de cenar, las bolsas de dormir se
extendieron y se llenaron, las alarmas se fijaron para
las 6:00 hs. Todo estaba tranquilo, pero por dentro de
mis venas corría esa “tensa calma” que uno siente
cuando espera algo fuerte, algo decisivo. Para
relajarme, encendí música que sonó durante un tiempo
largo, hasta que me dormí prácticamente, y que
compartí con Germán, dándole el otro auricular. Y así
mis ojos se cerraron aquella noche. Ya el reloj
mostraba las 22 hs. Pronto despertaríamos para el gran
día, ese día que soñamos siempre cuando estamos presos
en el trabajo, ese día que soñamos cuando pusimos esta
empresa en marcha… |
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El reloj de Ronky sonó unos minutos antes que el
mío… Raúl ya estaba fuera de la bolsa, cuasi
vestido, tratando de encender el calentador cuando
al abrir los ojos pude comprender en dónde me
hallaba. En cuanto a los demás, Germán y Santa
eran mariposas en sus capullos todavía. Me levanté
y comencé a vestirme. El viento casi ni se
escuchaba. Una vez ya vestido, guardé la bolsa,
salí un momento afuera a relajar mi vejiga, entré,
y encendí el calentador para preparar el desayuno
mientras Ger y Ronky se vestían. 6:30 marcaba mi
reloj. El día se presentaba espectacular.
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La poca luz en ese momento de relax |
Raúl en el escorial |
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bastó para observar un cielo totalmente limpio, una
leve brisa, fría, si, pero sin comparación al brusco
viento que nos había tocado en el 2004. Desayunamos
tanto como pudimos, leche chocolatada y cereales. El
buen humor de los cinco estaba de manifiesto, y yo me
sentía bien, con la confianza necesaria para encarar
el largo día que se aprontaba. Luego de desayunar,
armamos las mochilas. Seleccionamos todo lo que
deberíamos llevar y lo repartimos en peso ecuánime en
tres, Raúl y Santa formaban “otra cordada”. La
división de peso estuvo bien, pero no en forma
correcta según la utilidad…
Una vez que estuvimos todos listos, fuera del refugio,
Raúl fijó las pautas generales. Cada uno a su ritmo.
Al principio tomé estas palabras a la ligera, puesto
que el día anterior todos habíamos tenido la misma
intensidad de marcha. Así que una vez superado el
sendero que bordea el lomo rocoso ya en dirección SO,
nos calzamos los grampones para superar una pequeña
rampa de una inclinación de unos 45/50º. En el momento
en que la traba del grampón izquierdo emitió el sonido
de “preparados” sentí un brote de adrenalina crecer
dentro de mis venas. Luego, el “listos” al escuchar el
crujido de la tira que terminaría de ajustar el
grampón a la bota. Y finalmente el “ya”, al tomar el
piolet con la mano derecha… Salí disparado por la
rampa como el Apolo 11 de la plataforma de
lanzamiento. En unas pocas zancadas ya estaba en el
filo de la rampa, entrando en el glaciar. Una grieta
de varios metros de abertura hacia mi izquierda
indicaba que la inclinación del glaciar había llegado
al vértice en ese lugar, mientras que Raúl le sacaba
fotos. Sentí en ese momento estar en el lugar donde
quise estar siempre. Al mirar atrás noté que los demás
todavía no se habían podido poner los grampones, y al
levantar la vista hacia la cumbre noté un color
verdoso en medio del mar blanco que nos regalaban los
glaciares y nevés. Como quien ve borroso, achiqué la
vista y focalicé la zona en cuestión. Era cierto. El
reflejo del sol sobre el hielo emitía ese color
verdoso sobre la superficie del glaciar… Extraña
visión, puesto que es común verla en tonalidades
azules, no verdes… |
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Al volver la mirada hacia atrás, noté que Germán
venía subiendo, lo que retraté en unas fotos. Ya
cuando estuvimos listos, Germán tomó la delantera
para seguirlo a Raúl, que ya había cruzado el nevé
que nos separaba del lomo rocoso en donde descansa
el refugio C.A.J.A (Club Andino Junín de los
Andes). Así que seguí a Germán, mientras que Ronky
ya estaba en marcha sobre la rampa y Santa seguía
luchando con los grampones. Mi ritmo en este
trayecto disminuyó un poco. En medio del nevé hice
un alto, miré hacia atrás y noté que Santa aún no
había podido salir |
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Subiendo por Mulas |
hacia la rampa, por estar aún luchando con
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los grampones.
De inmediato me invadió la necesidad de bajar a
ayudarlo. Pero al pensarlo por tercera vez reconocí
que sería un desgaste importante bajar y volver a
subir. En la lucha contra la pereza perdí esta vez,
levanté la vista y seguí rumbo ascendente hacia donde
estaban Germán y Raúl, ya sacándose los grampones.
Ronky seguía detrás mío.
Al llegar al CAJA, pude ver a Santa que venía cruzando
el nevé y me alegré de que así fuese. Germán estaba
sentado a la izquierda del refugio esperando que todos
nos agrupemos. Raúl sacaba fotos mientras Ronky
permanecía parado al lado mío. Una vez que los cinco
nos juntamos, Germán salió disparado hacia arriba ya
creo yo cansado de esperar sentado. Ya podíamos ver el
volcán Quetrupillán hacia el Oeste, en Chile.
Quetrupillán es un nombre de origen mapuche y
significa “volcán mocho” y bien se lo tiene merecido,
porque hace muchos, muchos años su cono explotó y
quedó trunco. Al ver que Germán seguía, fui tras de
él, luego Ronky y el resto. Ger parecía estar en muy
buena forma, y motivado. Tomó la delantera de aquí en
más, siempre con un paso constante, sin pausa, pero
sin prisa. Al pisar nuevamente el glaciar Norte noté
que la sed me invadía en gran forma. Cada uno llevaba
un litro y medio de agua, que había que cuidar puesto
que no sabíamos si más arriba contaríamos con un
afluente para reabastecer las botellas (yo estaba
seguro que sí y así fue, pero ante la duda…). A pocos
metros de comenzar a subir el glaciar cuyo trayecto
nos depositaría en el inicio de la última canaleta,
noté que no había nadie detrás de mí. Ronky era el más
cercano y estaba a unos 15 metros más adelante. No
había notado la diferencia hasta ya bien entrado el
glaciar. Germán era un punto rojo, seguido por Raúl y
Santa un poco más atrás de amarillo y rojo
respectivamente, y bien visible a unos pocos metros
Ronky vestido con anorak verde. Ese momento fue
decisivo en este viaje puesto que mi estado anímico
decayó considerablemente al ver que los puntos de
colores se alejaban cada vez más. Experimenté una
melange de sensaciones que no había sentido nunca y me
repetía en silencio: “¿Por qué no me esperan…?” |
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Paso a paso fui ascendiendo la rampa glaciar que
conducía al plateau de los 3000 m.s.n.m. Cada vez
que levantaba la vista parecía como si yo
estuviese parado mientras los demás en movimiento.
Mi ritmo era algo lento, pero a fuerza de
convicción, de ganas de superarme, logré llegar
hasta el plateau, con una sed infernal, apenas
calmada con decenas de bocados de nieve que, según
le había dicho a Ronky, no iba a probar. Cada
tanto hacía una detención para alivianar el dolor
producido por el ácido láctico en mis rodillas,
sumado al dolor en las canillas, sobre todo en la
izquierda, por |
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acción de la bota que ajusté con demasiada
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Germán y pablo en el
BIM |
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gana. La superficie que transitábamos era bastante
irregular.
Como si estuviéramos en un mar lleno de pequeñas olas
que quedó congelado en un instante. Cruzábamos las
huellas de expediciones pasadas. A veces era mejor
seguirlas, otras veces era mejor abrir huella nueva.
Este trayecto que habrá durado alrededor de 2 horas
transcurrió en silencio. Sólo el habla del viento que
se intensificaba más con la altura podía cortar mis
pensamientos en esa soledad que me tocó vivir. Cada
vez al detenerme, observaba mi alrededor agradeciendo
el poder estar en un lugar tan maravilloso, sin
importar el esfuerzo, el cansancio ya vivido. Se podía
observar el volcán Villarica por detrás del Quetru,
con sus fumarolas apenas perceptibles. El Lago Tromen
se veía en su totalidad, así como también otros cerros
nevados más al sur, de los cuales desconozco su
denominación. El cielo estaba completamente celeste
hasta el más lejano punto del horizonte. Mi reloj
marcaba los 3050 m.s.n.m. La sed crecía cada vez más y
el hambre empezaba a mostrarse. Mi rostro estaba
endurecido por el frío junto con mi mano derecha,
desnuda, sin guante, ya que el forro interno de los
dedos no permitían que estos entren.
De pronto Ronky comenzó a perder velocidad, hasta el
punto en que podíamos intercambiar palabras sin
problemas. Faltaba el último nevé hasta la canaleta
final. Unos 400 metros que duraron su largo rato
viendo como Germán se adelantaba cada vez más y Raúl
junto a Santa lo seguían sin prisa, pero sin pausa. En
este tramo con Ronky hablamos tanto como el viento y
las fuerzas nos dejaban, lo que se traduce en “nada”.
Soplaba bastante viento Oeste. De pronto el nevé
llegaba a su fin y aparecía la tan anunciada canaleta
final. Tenía un poco de nieve dura, y a la derecha de
esta, un lomo rocoso lleno de acarreo y pedregullo,
con alguna que otra loma de roca volcánica es su
estado más puro. Germán ya se encontraba en el final
de la canaleta. Había optado por el hielo. Ese siempre
fue mi fuerte; es el lugar en donde mejor me
desenvuelvo. Pero vi que Raúl y Santa se movían
bastante bien (o eso me pareció ver en ese instante) e
insistí a Ronky que siguiéramos los pasos de Raúl. Sin
dudarlo, comenzamos a subir la canaleta por la roca. |
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A veces tomamos decisiones correctas. Otras veces,
acertadas. La vida es una sucesión de decisiones,
y porque podemos decidir es que somos libres...
Esta vez la decisión de ir por la roca fue la que
menos hubiera deseado tomar si hubiera sabido el
calvario que se aprontaba, por lo menos para mí.
Ronky continuaba a mi lado, subiendo a veces a
rastras por la roca, por su estado resbaladizo,
por el pedregullo. Germán ya se había acomodado un
poco más arriba del final de la canaleta, sentado
a la derecha de las |
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La sombra del volcán
al atardecer |
estalactitas de hielo que colgaban |
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de un lomo rocoso, y que bien se veían desde yo me
encontraba.
Yo tenía unos chocolates en la mochila y unas latas de
paté, junto con otras cosas reservadas para la cumbre.
Ronky tenía unos salamines y más paté. Y Ger había
cargado con las galletitas y otras cosas. Mi reloj
marcaba que ya el mediodía había pasado, y mi
estómago, como el de todos los miembros de la
expedición, quería ser llenado con combustible lo
antes posible. Así que en un ataque de gula, abrí un
chocolate y se lo ofrecí a Ronky, pero no quiso. Yo
comí unas barras y continuamos ascendiendo lento, muy
lento. Raúl y Santa hicieron una parada en donde
almorzaron bastante bien. Germán, pobre, tuvo que
conformarse sólo con galletitas, debido a la mala
distribución que dimos a las mochilas al salir del
refugio. Mientras, Ronky y yo luchábamos contra el
viento, el hambre y el cansancio para avanzar tanto
como podíamos. |
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Para el momento en que nos reunimos con Raúl,
Germán y Santa ya habían desaparecido por detrás
del hombro. Habían seguido rumbo a la cumbre y lo
habían dejado a Raúl. Al comprender esto, imaginé
que se podía encontrar en problemas. Pero al
llegar y preguntarle contestó estar reponiendo
fuerzas. Yo me senté en el mismo lugar que ocupó
Ger unos minutos antes, también para reponer
fuerzas. Raúl estaba a mi derecha, un poco más
abajo, y Ronky se sentó a mi izquierda. A la
derecha teníamos las estalactitas de hielo
petrificado |
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que colgaban de un lomo rocoso, del que
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Grieta |
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nada más arriba se veía desde donde nosotros
estábamos. Sacamos unas galletitas que comimos sin
piedad.
La sed era mucha, tanta que las galletitas raspaban la
garganta y quedaban ahí a la espera de ser empujadas.
Por suerte Ronky tenía un sobre de jugo que diluimos
en una botella y pudimos saciarla por un momento.
Según los cálculos de Raúl, que ya había hecho este
trayecto, faltaban 30 minutos para coronar la cumbre.
Al detenerme mi cuerpo se enfrió y comencé a temblar
sin poder controlar mis movimientos. Mi mano derecha
estaba demasiado colorada y ya no tenía sensibilidad
en la punta de los dedos. En esa detención todo pasó
tan rápido que ya ni recuerdo si expuse las ganas de
permanecer sentado ahí mismo que sentí en un momento.
Pero lo cierto es que Raúl se puso de pié y encaró
hacia nuestra izquierda, hacia el Oeste, para tomar
por el hombro. Ronky lo siguió sin pestañar y yo me
quedé quieto por un momento, con la mente en blanco.
No recuerdo nada de ese momento, más que la mochila de
Ronky desapareciendo tras un filo hacia la izquierda.
Recién ahí comprendí que debía seguir, que debía dejar
atrás toda la pereza que me empujaba a quedarme
sentado esperando el regreso triunfante de los que
bajaban de la cumbre… Pero resistí, resistí tanto a
esa tentación que para cuando organicé mi mente con
estos pensamientos ya me encontraba desapareciendo
tras el mismo filo que Ronky hace unos minutos atrás.
Yo también podía bajar de la cumbre… |
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Cuando giré sobre mi izquierda para tomar el
hombro, pude ver que Raúl y Ronky no se
encontraban tan lejos. Así que me apresuré a su
encuentro aprovechando la detención de Raúl para
tallar unos escalones en el hielo duro porque nos
encontrábamos sin grampones. Desde las cascadas
hasta el inicio del glaciar cumbrero el camino se
repartía entre pequeños nevés y roca semi suelta.
Luego de subir por la “escalera Llusá” me detuve a
contemplar lo que mis ojos no podrán olvidar más…
Estando casi en la vertical de las cascadas, unos
20 metros más arriba, dando la vuelta al
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Germán en ascenso |
hombro, la vista era total en una |
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panorámica que iba desde el Este hasta el Oeste
barriendo todo el Norte. Recuerdo haberme apoyado en
bloques de hielo del tamaño de un automovil, duros
como el acero, pero tan frágiles en aspecto y tan
vivos de tonalidades azulinas… De pronto una rampa de
unos 40º/45º apareció ante mis ojos. Me detuve para
sacar el piolet que llevaba en la mochila, y al
sacarlo comprendí que ya estaba, que sólo ese tramo me
faltaba para la gloria que tanto buscaba. No había
rastros de ninguno de los que me acompañaban, ni de
sus huellas. Como parte del glaciar que descansa
eternamente en la cumbre, comencé a subir la rampa a
fuertes pisadas, ya que la adrenalina que corría por
mis venas nubló mi sentido de seguridad impidiendo que
pensara en ponerme los grampones. Con el piolet en la
mano derecha, la misma que, desnuda, se volvía cada
vez más insensible a causa de la baja temperatura que
provocaba el fuertísimo viento que empezaba a hacerme
saber que la cima del volcán se encontraba muy cerca,
fui ascendiendo esa rampa con la esperanza de ver en
cada nuevo paso la silueta de mis compañeros
festejando. Pero se apareció ante mí otra rampa más,
luego de un breve balcón de unos pocos metros.
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Ya me encontraba cansado, agotado
psicológicamente, tratando de soportar todas las
desazones de este día y encima ¡otra desilusión
más! Pero no importaba nada en ese momento. La
cima que tanto había soñado estaba a unos pasos de
distancia. Ya no importaba ni el hambre, ni el
frío, ni mi mano enrojecida… Nada. Todo lo único
que tenía que hacer era seguir caminando hacia la
cumbre.A los pocos metros de haber iniciado la
subida por esta rampa creo ver algo oscuro que se
mueve en el contraste entre el blanco del glaciar
y el azul del cielo, allá en el horizonte.
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Efectivamente, era Santa que se asomaba |
Raúl y Pablo en el
Hombro |
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para ver si yo estaba en marcha o me había detenido.
Al verlo sentí un pinchazo de adrenalina que me
inyectaba la mismísima ansiedad de llegar… Subí con
más empuje, más rápido, y a medida que lo hacía, el
horizonte blanco se fue transformando en celeste, ese
celeste cielo bajo el cual pisé por primera vez la
cumbre del Lanín, aquel 29 de Marzo. Eran las 14:23 hs.
De pronto, mi silencio se vio interrumpido por un
grito. Un grito hacia el cielo y con el piolet en
alto; la sublimación de todo el esfuerzo, de todas las
ganas, de todas las esperanzas, de todo el cansancio,
de todo este hermoso sueño… Ronky y yo nos dimos un
fuerte abrazo, culminando dos años más tarde lo que
habíamos soñado en el 2004. Luego Santa me entrega una
pequeña botella de champagne de la cual bebí un sorbo
a manera de festejo, cortesía de los últimos que
estuvieron ahí. Germán, que registraba todo con su
cámara también se acercó y compartimos un gran abrazo.
Estábamos a 3.776 m.s.n.m. Al único que no tuve la
oportunidad de abrazar fue a Raúl, que ya se
encontraba listo para descender. El viento era
verdaderamente insoportable. Soplaba en todas
direcciones. Pude distinguir allá lejos al Sur el
Tronador, el Puntiagudo, al Oeste el Villarica, el
Quetrupillán, al Sur el Lago Tromen… ¡Hasta me pareció
ver el Océano Pacífico! |
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Casi no había nubes, sólo unas pocas al Sur, y un
cielo celeste, con el sol observándonos en esa
minúscula planicie blanca. Sin dejarme tiempo a
comprender del todo la situación, Raúl y Santa
comenzaron a bajar. Rápidamente, decidí tomar
tantas fotos como fuese posible. Mi mano derecha
casi no reaccionaba y presionar los botones de la
cámara fue una desesperante tarea; ¡no podía
perder tiempo!. Ronky y Germán se quedaron un
momento más conmigo en la cumbre y gracias a ellos
pude retratar con la cámara uno de los momentos
que quedarán grabados en mi retina para siempre.
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Pablo en la cumbre |
Tan hermoso fue ese momento como corta |
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su duración. Me quedé un instante viendo allá lejos el
Tronador y cuando me di vuelta, ya habían desaparecido
todos. Sólo Germán podía ser visto pero estaba muy
pronto a desaparecer bajo el manto blanco del glaciar.
En ese momento quise gritarle que se quedara un
momento conmigo, porque sentía que no era suficiente
tiempo para mí allí en la cumbre. Pero de nada hubiera
servido porque el viento rugía a un nivel
ensordecedor. Y comprendí en ese instante que ya el
objetivo estaba cumplido. Así que volví a mirar todo
desde la cima del volcán por última vez, me cerré el
anorak como pude, que había quedado abierto por sacar
la cámara y que no había podido cerrar por la
insesibilidad de los dedos, y comencé a bajar sin
perder de vista al resto de mis compañeros. |
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Cuando mi mente volvió en si, ya casi estaba
llegando a las cascadas. Todo aquel último tramo
de ascenso lo bajé sin darme cuenta, tal vez
demasiado rápido, o tal vez mi mente estaba tan
concentrada en no perder el rastro de mis
compañeros que no tuve oportunidad de detenerme a
apreciar esas maravillosas vistas por última vez.
En ese punto (en las cascadas) nos reunimos todos.
Era imposible borrar la sonrisa de Germán y de
Ronky. Todos estábamos muy felices por haberlo
logrado… En ese momento luché con todas mis
fuerzas para volver a ponerme el guante, pero no
pude. |
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Resignado, me puse los grampones al |
Pablo y germán en la
cumbre |
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igual que todos los demás y continué bajando, siendo,
una vez más, el último del grupo. Esta vez, la última
canaleta la bajé por la nieve, deslizándome en grandes
pasos. Los demás bajaban ayudados por sus bastones,
pero yo disponía sólo de mi piolet. Una vez sola
caminé con bastones. Para caminar con peso y sobre una
no muy inclinada pendiente me resultaron cómodos, pero
para subir o bajar prefiero mi técnica de equilibrio
que he adoptado a través del tiempo. De costado, me
voy deslizando sobre la nieve dejando un surco,
siempre en zigzag y cambiando de pierna al cambiar de
dirección. Para cuando quise acordar, ya la canaleta
estaba bajada. Ahora todo el camino era blanco, la
nieve se había ablandado por efecto del radiante sol y
el viento. En algunos momentos la profundidad de las
pisadas superaba ampliamente los tobillos, lo cual
hacía más dificultosa la tarea de deslizamiento. Todos
bajábamos a un ritmo parejo. Raúl encabezando el
grupo, seguido por Santa, luego Germán, Ronky y
finalmente yo. En varias oportunidades la pierna que
trabajaba como anclaje en el deslizamiento se trabó y
me caía sobre esa mismo lateral, pero en ninguno de
los casos pasó de eso: un resbalón. Si, en dos
oportunidades, ya pisando sobre nieve más sólida, me
resbalé más comprometidamente, pero gracias a que
mantengo intacta la técnica de autodetención pude
reaccionar rápidamente clavando el piolet bajo todo el
peso de mi cuerpo. Nunca estuve en peligro, pero el
pequeño resbalón ameritaba un poco de acción para
hacer más interesante la bajada ya que todos caminaban
en silencio de aburrimiento. |
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Germán, al ver como me autodetenía, pensó una
solución para la tortura (por lo interminable) en
que se estaba convirtiendo la bajada. Cuando nos
encontramos a causa de que yo aceleraba el paso a
medida de que él lo disminuía, me propuso bajar el
último tramo de pendiente hasta el C.A.J.A. en
culopatín. Calculando el estado de la nieve, la
dirección y demás, acepté con un acomodamiento de
mis ropas. Nos sentamos encabezando yo el trencito
y comenzamos a arrastrarnos pendiente abajo para
ganar algo de velocidad. Al cuarto o quinto
intento de |
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Cascaditas de hielo |
deslizamiento, ya habíamos alcanzado |
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suficiente velocidad, así que lo que Santa y Ronky
(que más o menos estaban a la misma altura al iniciar
este descenso) tardaron en bajar en 30 minutos,
nosotros lo bajamos en 10, o menos. Pura adrenalina,
entre risas y concentración fueron los ingredientes de
la travesura. Raúl ya se encontraba en el C.A.J.A.
mientras Ger y yo disfrutamos de una veloz bajada por
la pendiente blanca. Mi mano derecha, aquella que el
la cumbre se negaba a articular por efecto del frío,
ahora respondía sin problemas y había recuperado su
color normal. Al llegar a la roca, nos sacamos los
grampones y fuimos al encuentro de Raúl, de paso por
el C.A.J.A., que hablaba con un extranjero en “espanglish”.
|
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Esperamos a Santa y Ronky y una vez reunidos
todos, seguimos descendiendo rumbo al RIM 26, en
donde nos esperaría una noche de descanso.Sin
darme cuenta, ya me encontraba bajando la primera
rampa, al costado de la grieta. Parecía casi
imposible que ese mismo día haya subido por esa
rampa de 45º a la mañana. ¡Qué largo que se hizo
el día! Pero ahí estaba yo, viendo a Raúl ya sobre
la roca, que esperaba a que baje por la pendiente
de nieve sólida.
Como me encontraba sin grampones, inspeccioné la
zona para planear el |
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descenso. Comencé a bajar cautelosamen- |
Pablo en el CAJA |
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te, hasta que me sentí confiado en practicar una vez
más la autodetención. Y Así fue como en un abrir y
cerrar de ojos, ya me encontraba a metros del refugio.
Germán había llegado primero, yo estaba a punto,
mientras que Raúl esperaba a Santa y a Ronky a que
bajaran por la rampa. Cuando llegué, lo vi a Germán
recostado en el piso del refugio, con las piernas
extendidas hacia arriba apoyadas en la pared. Sin duda
nos merecíamos un momento de descanso, antes de
comenzar con las tareas pertinentes para una buena
cena. Yo me saqué la mochila y muy bien no recuerdo lo
que pasó hasta que llegaron los demás, pero creo que
también me tiré a descansar… Me sentía feliz por
haberlo logrado. No estaba cansado físicamente, pero
psicológicamente un poco si. Una vez que llegaron los
demás, Ger y yo, que ya habíamos disfrutado de un
momento de relax, nos pusimos en marcha para preparar
la cena. Esta vez, juntamos todo lo que había para
comer e hicimos una gran cena. Fideos con salsa Llusá
era el menú de la noche, y todos lo esperábamos
ansiosos. Cuanto condimento había, Raúl, quien se auto
designó como cocinero esa noche, echaba en la olla que
largaba un sabor hipnotizante, no se si realmente por
lo bueno de la salsa o porque teníamos mucha hambre.
Lo cierto es que esa noche si nos dimos un verdadero
banquete. Comimos hasta saciarnos por demás. Luego, lo
que todos estábamos esperando, lo que no habíamos
podido hacer en la cumbre. Un brindis por la aventura
vivida, por la gloria alcanzada. Cada uno tenía una
pequeña botella de champagne que habíamos cargado
hasta la cumbre y vuelto a bajar sin siquiera probar,
a causa del poco tiempo que estuvimos por efecto del
viento. Pero ahora no había viento, había sólo
alegría, satisfacción, felicidad. Así que brindamos
aquella noche por la cumbre que pudimos alcanzar; la
que quedó retratada en las fotos, la que alcanzamos
interiormente cada uno de nosotros… |
 |
Luego de cenar, tuvimos un tiempo de sobremesa.
Salí del refugio a contemplar un cielo totalmente
estrellado, sin luna, en donde se podía ver con
claridad las luces de los pasos fronterizos de
Chile y Argentina. Las estrellas brillaban tanto
como una noche de luna llena, pero esa noche la
luna no había aparecido. Así que me fui a dormir
otra vez en compañía de la música que otra vez
compartí con Germán. Me desperté temprano.
Nuevamente salí de mi cálida bolsa de plumas,
después de pasar una noche tranquila, sin viento
casi, a desinflar mi vejiga. Un amanecer de
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Ronky, Germán y
Pablo en el RIM |
ensueño irrumpió mi vista ante aquellos
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|
rayos de sol que se colaban por el horizonte. Sin duda
este sería otro día espectacular. Saqué un par de
fotos y luego entré para empezar a armar la mochila,
al mismo tiempo que Germán hacía lo mismo. Raúl y
Santa tenían que emprender cuanto antes el regreso a
sus respectivos trabajos. Armamos las mochilas,
limpiamos el refugio, y alrededor de las 9 – 9:30 hs.
ya estábamos listos para comenzar el descenso. |
|
Comenzamos a bajar por el mismo camino que
habíamos hecho dos días atrás. La temperatura no
era baja. El sol iluminada todo. Unas nubes teñían
de a pedazos el cielo de gris, pero lejos nuestro.
Nos habíamos quedado sin agua. Así que planteamos
un descenso rápido a causa de esto. Germán fue el
último en abandonar el RIM 26, mientras que Raúl,
Santa y Ronky habían sacado unos minutos de
ventaja. Yo bajaba despacio. Siempre con mi
técnica de bajado por no tener bastones. Aquel
pedrero que separaba el BIM del RIM lo bajamos en
un abrir y cerrar de ojos. ¡Y |
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pensar que nos tomó más de media hora |
Amanece en el RIM |
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subirlo…! Una vez que llegamos al BIM, buscamos
recargar las botellas con agua, pero habíamos pasado
el vertedero hacía rato, así que comenzamos a bajar,
sin agua, por el camino de mulas, tomando de vez en
cuando atajos. Un rato más tarde de habernos despedido
del BIM, me garganta se empezó a secar. El viento
había desaparecido por completo. Mientras, cuando el
paso lo permitía, íbamos hablando de los más variados
temas, al igual que en la subida. La bajada siempre se
hace tortuosa. El cuerpo tiende a mantenerse erguido.
El peso recae sobre las rodillas al mismo tiempo que
junto con las piernas buscan mantener el equilibrio.
De pronto ya estábamos casi a la altura de la
bifurcación entre la espina y mulas. Habíamos bajado
casi en línea recta desde el BIM, así que ahora
tuvimos que bordear un tramo casi llano hacia la
derecha hasta que llegamos a la espina de pescado. La
sed ya era insostenible. Mi garganta estaba totalmente
seca y ni siquiera la saliba podía lubricarla. Tras un
breve descanso y unas fotos, continuamos bajando.
Hasta este punto nos mantuvimos más o menos juntos.
Santa y Ger comenzaron a bajar por la espina. Luego
los siguió Ronky y después yo. Raúl, que casi no tuvo
descanso, venía un poco más atrás. Si lo anterior
había sido tortuoso, bajar la espina era el infierno…
Una inclinación que no permite un paso cómodo. Las
rodillas se esfuerzan el doble porque deben frenar el
empuje que produce la pendiente. Los pies se deslizan
dentro de la bota. Los pequeños saltitos rompen los
hombros en donde la mochila golpea sin cesar. Una
situación verdaderamente horrible. Y en medio de esa
situación me encontré bajando solo, con Raúl bastante
más atrás y el resto mucho más adelante. Pero ya me
había fijado un objetivo: llegar al campamento para
tomar agua. Así que seguí bajando hasta que la
pendiente se fue haciendo más leve y la espina había
quedado atrás. |
 |
Al llegar al escorial, continué el camino que me
mostraban las huellas marcadas en la tierra
volcánica. Sin darme cuenta, estaba siguiendo las
huellas incorrectas. De pronto siento un grito
proveniente de mi derecha. Eran los chicos que me
indicaban el camino. Así que pronto fui a su
encuentro. Raúl recién terminaba la espina, pero
pronto se encontró con nosotros. Eso me demostró
lo mucho que me había desviado. Sin perder tiempo,
encabecé la marcha entrando al bosque de coihues.
En este tramo mi objetivo era sólo uno: llegar lo
más rápido posible para tomar agua. No había
bebido |
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Fin de la aventura |
nada en casi tres horas de marcha y ya me |
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dolía la garganta que emulaba por inercia el efecto de
tragar. Eso dolía cual fuertes anginas. Así que
aceleré el paso tanto como pude sin pensar en los
demás, que venían casi detrás de mí, charlando. Ya se
podían escuchar las cotorras sonar, que no eran las
que me acompañaban caminando; eran las que estaban en
el camping. Después de cruzar la tala de los pinos
para la construcción, una curva anunciaba que ya había
llegado. Sin detenerme en el campamento de Raúl (su
auto estacionado frente a la oficina de Parques),
arremetí directo a la carpa, donde me saqué la mochila
y corrí hacia el canal natural de agua que corría
fresca y pura sin cesar. Me senté con una gran sonrisa
y bebí hasta quedar saciado. Ronky llegó casi junto
con Germán y los dos bebieron de la botella que yo les
había llenado. Mientras, Raúl avisaba en Parques que
todos estábamos bien. De pronto, la carpa se vio
rodeada de equipo y ropa desparramados por doquier.
Nosotros también estábamos en la misma posición,
recostados sobre los aislantes, aireando los pies,
extendiendo las piernas, descansando los hombros.
Antes de que nos pusiéramos a almorzar, Raúl y Santa
vinieron a despedirse; ya partían hacia la rutina de
todos los días. |
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Nosotros todavía gozábamos de unos días libres, que
habíamos planeado tener desde el inicio de la empresa,
en caso de padecer días de tormenta o algún otro
contratiempo. Gracias a Dios, todo salió más que bien,
mejor que lo planeado.
Al rato, almorzamos más paté y galletitas y nos
tomamos el resto de la tarde para hacer nada. Ese
mismo día dimos un poco de pulcritud a nuestros sucios
cuerpos y ordenamos todo el desparramo de cosas que
habíamos hecho al llegar de la montaña. Cenamos fideos
con salsa portuguesa y nos fuimos a dormir, felices y
satisfechos por lo que habíamos logrado. Durante la
noche la temperatura descendió tanto que al levantarme
(temprano, quizás demasiado) noté algo raro la forma
en que el sobretecho de la carpa se abrió hacia fuera.
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Un crujido y restos de hielo sobre mi hombro me lo
confirmaron: ¡había helado tanto que la carpa
estaba congelada por fuera! Me quedé un buen rato
observando esto, sorprendido. Luego de unas horas
rozando los cero grados, los chicos se despertaron
y a pura carcajada comenzamos el día que se haría
interminable por esperar la traffic que nos
llevaría de regreso a Junín de los Andes. A las
pocas horas ya habíamos levantado el campamento.
En la ruta, al frente del camping, nos quedamos
toda la tarde hasta que llegó la traffic.
Suficiente |
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tiempo tuvimos bajo el sol para fijar la |
Acomodando el equipo |
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vista que teníamos del volcán, cuya cumbre habíamos
conquistado, en nuestra mente. Así que ni bien llegó
el transporte, cargamos todo y partimos casi de noche
hacia Junín de los Andes. En el camino cruzamos un
pequeño bosque de pehuenes, un par de ciervos y varios
chivitos, producto de una patagonia que todavía se
mantiene virgen (casi virgen mejor dicho), fuera del
dominio del hombre. Llegamos a destino, el albergue en
donde pasaríamos las dos próximas noches, y nos
acomodamos en una habitación para los tres. Luego de
elegir las camas, vino la ducha que tanto habíamos
deseado. Ya limpios, iniciamos una excursión al centro
de Junín en busca de un restaurante para festejar
pomposamente la cumbre que habíamos conquistado, el
volcán Lanín. |
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